El triunfo (2)

  02 Abril 2022

Sísifo a la fuga

el-triunfo-0El segundo filme de Enmanuel Courcol como director se proyectó en 2020 durante la clausura de Seminci 65, con el aval de haber sido nominada y premiada como mejor comedia del Cine Europeo, lo que le garantizó un notable éxito de taquilla en los cines franceses a pesar de las restricciones de los primeros tiempos del Covid.

Sin embargo, esta película no se ajusta en su totalidad al modelo de comedia amable donde se compensa la dureza de sus tramas (Los chicos del coro, Intocable) con cierta dosis de ternura, humor y final feliz, asegurando el bienestar de un público que puede sonreír, satisfecho, sin sentirse demasiado perturbado.

Aunque El triunfo cuenta una historia de presos que hacen teatro, no es una película de tema carcelario, quizá porque versiona un hecho real, la experiencia del sueco Jan Jönson que en 1985 preparó y dirigió una representación de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, con prisioneros de la prisión de Kumla.

El grupo obtuvo permiso para actuar en varios teatros, pero no llegó a la segunda representación en Goteburgo, porque, antes, cuatro de los cinco actores se fugaron. El director salvó tan comprometida situación ante aquella impaciente audiencia improvisando un monólogo de casi hora y media, donde relató su experiencia con los reclusos y su proceso creativo. La amplia difusión de la historia inspiró el documental de Misha Saal, Los prisioneros de Beckett (2005) que llamó, a su vez, la atención de Enmanuel Courcol y Thiery de Carbonnières, los guionistas de El triunfo.

Desde el comienzo del proyecto, el equipo tuvo clara la idoneidad de Kad Merad, el actor argelino arraigado en París y artista polifacético con solvente trayectoria en la comedia, para interpretar el papel de Etienne Carboni, un actor en paro que se vuelca en su plan de dirigir y estrenar la obra de Beckett con un grupo de presos. El teatro de Beckett crea un espacio emocional compartido por el director y los actores, pues todos encuentran en él una vía de escape de sus propias frustraciones, de sus fracasos personales, familiares y sociales.  

Etienne y su troupe, como los personajes de la obra, se sienten impotentes y desamparados ante una vida sin expectativas, donde el choque entre las aspiraciones y la realidad conduce a la apática espera derivada de la inutilidad de la acción, tal y como propone el credo existencialista. La cárcel, como el espacio dramático donde se espera a Godot, es «un lugar donde no se sabe qué hacer, donde nada tiene sentido, donde el tiempo se detiene».

La atmósfera creada por Beckett para evidenciar el profundo desengaño de la sociedad sensible tras la Primera Guerra Mundial converge con el ambiente carcelario que invoca a la vacuidad de la vida tras la pérdida de la confianza y los ideales de la juventud. El absurdo teatral se superpone y fusiona con la vida de la prisión, que los reclusos-actores conocen muy bien, tal como acredita la frase de unos de los presos de Kumla: «¡Esto no es teatro! ¡Esto es mi maldito diario de vida!>.

En ambos contextos, la inacción y la espera son algo asumido y coherente. Para los reclusos, participar en la representación supone, en principio, un entretenimiento, una forma de escapar del tedio que infecta las rutinas carcelarias. «Esto es un paréntesis, un paréntesis de mierda», dice uno de los actores.  A medida que avanza el argumento, actuar se convierte en un modo de conocimiento personal con la posibilidad de dejar atrás a la persona para refugiarse en el personaje.

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Por un tiempo todos creen y disfrutan de ser otros, de encarnarse en sus papeles. Los presos, porque perciben el alivio a su dolor en la fraternidad teatral, en la pertenencia a un grupo que les da prestigio y reconocimiento. Etienne, cuyo ego necesita más que nadie alimentarse del triunfo para atenuar los fracasos y errores de su vida, se envuelve en el rol de director con una pasión obsesiva y casi enfermiza que su hija Nina le reprocha: «¡Déjate de presos! ¡No lo hiciste por ellos, sino por ti!».

Con un lenguaje sencillo y realista que adapta la angulación y movimientos de cámara al ritmo de un relato que no pierde de vista que la historia parte de una realidad sobradamente documentada, el guion da un giro cuando los actores-presos advierten el absurdo contextual que los aplaude y reconoce como artistas, pero los reprime y castiga como delincuentes. El tono narrativo contiene y mantiene en suspenso, de un modo deliberadamente ambiguo, esa concienciación pragmática sin anticipar indicios reveladores de los hipotéticos derroteros de la historia.

En estos momentos, el espectador se sitúa en la disyuntiva de elegir entre dos opciones interpretativas de la película, cada una relacionada con la doble naturaleza de presos-actores de los personajes: el teatro como lenguaje impulsor de una narración donde los personajes evolucionan y progresan, mediante una redención terapéutica y reparadora de los errores del pasado, para aceptar, como Sísifo, su destino; o bien, el teatro como generador de espacios ficticios que entretienen y consuelan temporalmente, pero sin transformar las duras circunstancias de un entorno donde la libertad  no existe.

En este caso, asistiríamos a la fuga de Sísifo y al fin de un mito sin sentido en un mundo tan utilitario. El que se queda es Etienne, atrapado por un ensueño teatral que nunca ha perdido, pues está en su naturaleza.

Escribe Gloria Benito | Imágenes Caramel films

  

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