La peor persona del mundo (3)

  24 Marzo 2022

Conflicto identitario y sociedad líquida

la-peor-persona-del-mundo-0A veces no sabemos lo que queremos, pero sí estamos seguros de lo que no queremos. Esta obra trata de una mujer joven que no quiere conformarse y quedarse donde ya no está a gusto.

La protagonista, Julie (Renate Reinsve), cumplirá en breve treinta años y su vida no acaba de encontrar su cauce. Parte de sus cualidades y talentos han sido desperdiciados, y su novio Aksel (Anders Danielsen Lie), un exitoso novelista gráfico de cuarenta y dos años, la presiona en cierto modo para que busque el camino a seguir y siente la cabeza. Aksel querría tener una familia, la más importante decisión y menos reversible de la vida. Pero Julie no está lista ni convencida de que alguna vez querrá estar lista: «¿Qué tiene que pasar primero?», pregunta él con cierta exasperación; «No lo sé; necesito hacer más cosas antes», responde ella.

Estas dudas e interrogantes son muy propias de las actuales generaciones de jóvenes y no tan jóvenes ¿Qué significa tener un bebé? ¿Hay que tener una posición sólida, un piso comprado con lavadora y todo eso? ¿Quizá sea preciso conocerse mejor a uno mismo? ¿Asistir a sesiones de psicoterapia antes de decidir algo?

En fin, mientras en Julie se suceden estas y otras preguntas, una noche en que decide abandonar el acto de presentación de un libro gráfico de Aksel (lugar donde ella no se encuentra a gusto), se cuela en una fiesta a la que no está invitada y conoce a un atractivo joven de nombre Eivind (Herbert Nordrum). No tardará mucho en abandonar a su sólida pareja e iniciar un coqueteo prolongado con Eivind, el cual ya casi de entrada le confiesa que no quiere tener hijos, lo cual viene a ser, para Julie, una razón importante para estar con él en una zona de confort sin exigencias.

Inicia una relación sin cimientos en la que cada cual va a su aire. Las reflexiones y autocensuras vendrán cuando nuestra protagonista cumpla los treinta años y piense si su estancamiento no habrá sido en sí, una elección de vida.

Conforme la comedia romántica avanza siguiendo el errático y antojadizo camino de la protagonista, en las buenas, en las malas y las más de las veces en un punto intermedio, la narración deviene historia con cierto encanto. Especie de cántico pausado y leve en dirección a la inquietud y la duda, un dejar pasar el tiempo y a ver qué pasa. Ello, para bien y para mal, con cierta cadencia orientalista con el lema: «Lo que sea, será».

Joachim Trier, tras su sorprendente y desafiante drama sobre adicción a las drogas Oslo, 31 de agosto (2011), radiografía furiosa, autodestructiva y muy negra, vuelve de nuevo, esta vez con cierto espeso aroma melancólico, de nuevo con la capitulación como sentido. Sin duda esto de las derrotas suena a temática nórdica, con la particularidad de que realmente lo es en este caso.

Esta cinta y su director asumen uno de los géneros más difíciles imaginables, el drama romántico, y lo combina con otro estilo muy complicado, el de la mayoría de edad, «para crear algo gloriosamente dulce y seductor» (Bradshaw).

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Estructura y retrato generacional

Está la cinta organizada en 12 capítulos, respaldada por un prólogo con cierta vis cómica y un epílogo agridulce y revelador, estructura que puede parecer algo afectada. Sin embargo, a través de cada parte se hace un repaso a la vida de la protagonista que anda rozando los treinta, una mujer a la que parece guiar la permanente sensación de pérdida; y refleja acertadamente el flujo y reflujo episódico propios del vivir; también la manera en que Julie, que con el tiempo se decantará por ser escritora, tiende a retratarse a sí misma.

Capítulos, pues, que van marcando las etapas en la vida de Julie, que son una especie de diario donde se recoge una cascada de aprendizajes personales y sentimentales. En su decurso la felicidad, el amor y la pasión conviven con el fracaso, la enfermedad, la muerte y sobre todo con las sucesivas crisis de identidad.

Trier acaba también dibujando el retrato generacional de una mujer que, a las puertas de la vida adulta, aún lucha denodadamente buscando su camino y enfrentándose a sucesivos conflictos identitarios, queriendo salir a flote en el espacio difícil y sutil donde los sueños y la amarga realidad se tocan y separan: Julie vive aterrorizada por la terrible irreversibilidad de las elecciones de vida.

El título La peor persona del mundo entiendo que viene a resumir cómo Julie se castiga a sí misma por sus errores y fallas, que no son sino el reflejo de una más que genuina condición humana; o sea, la cascada de fallas y fracasos son el destino de cualquier persona que busca entre el paisaje externo e interior de la vida, una salida airosa. Es, por lo tanto, un filme psicológico y existencial.

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Inconsistencia y liquidez

Trier pretende darnos un nuevo modelo de comedia romántica en una película de iniciación, que tiene en cuenta los cambios que acontecen en este tiempo que nos toca, esta «modernidad líquida» —términos de Bauman y Touraine—, esta sociedad fluida y volátil, sin valores sólidos, sin certezas y sin un fortalecimiento de los lazos humanos, con individuos sin identidad fija, y sí maleables, volubles, «surfeandoen las olas de una sociedad líquida siempre cambiante —incierta— y cada vez más imprevisible», donde todo es de quita y pon, sobre un contexto «espumoso».

Una cultura en la cual la solidez de acontecimientos, decisiones o instituciones como el matrimonio u otras, dan paso a la fluidez, la vacilación y mucha perplejidad flotando sobre contextos volátiles.

En el prólogo de la cinta se nos habla con voz en off, de varios y desafortunados impulsos irreflexivos de la joven; una Julie que comienza a estudiar medicina con interés y total entrega; luego, con los ojos abiertos como los de un búho, le dice a su sufrida madre que quiere cambiar de tendencia hacia la psicología, declarando con suficiencia que encuentra la mente más interesante que el cuerpo, que le interesan más las cuestiones del comportamiento que las somáticas, y se inscribe para estudiar Psicología; aunque finalmente acabará siendo fotógrafa e incluso escritora.

La joven cambia constantemente sus tendencias vocacionales y profesionales (medicina, psicología, fotografía, escritura) y lo hace de manera tan arrebatada como cambia de pareja, empujada por caprichos y fases azarosas.

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Tras abandonar a Aksel entre llantos y lamentaciones, tras el flechazo con Eivind, comienza otro vínculo, con la esperanza tomar un nuevo y prometedor rumbo, y adoptar una nueva perspectiva. Pero nuevos acontecimientos, entre otros la grave enfermedad de su anterior pareja y un embarazo inopinado, la hacen caer en la cuenta de que su vida ya no está para ciertos experimentos y falta de certezas.

La película en absoluto quiere detenerse en los lugares comunes y trillados de la conveniencia de vivir a la manera tradicional. Más bien aspira a placeres simples como el calor, el tacto o la conexión humana espontánea; también el lujo del sosiego y la quietud.

Ocurre así en la escena más entusiasta que, dura varios minutos, en la cual Julie, armada de valor, ha dejado a su novio Aksel. Entonces, el mundo queda congelado en torno a ella mientras corre por las calles de Oslo para encontrarse con su nuevo amante, y son ambos las dos únicas personas que se mueven en el mundo. La brisa acaricia el cabello de los peatones petrificados, los vehículos detenidos, mientras la joven corretea entre ellos tranquila y contenta. Sólo por una vez, en ese momento breve y mágico, es el tiempo el que espera a Julie, y ella es la mujer más feliz del mundo: elección sin consecuencias.

Hay otra escena llamativa cuando ingiere hongos alucinógenos con Eivind y sus amigos, momento cumbre y absoluto de una secuencia de delirios y alucinaciones producto de la droga en la que Julie, finalmente, se enfrenta a su padre, un hombre distanciado al que apenas ve. Esta escena alucinatoria de psilocibina más o menos, tiene una poderosa intensidad visual llena de imágenes abigarradas e incluso pavorosas.

En fin, sin caer en la comedia de enredo, su elegante tono y la puesta en escena hacen que Trier acierte a manejar los juegos de seducción, mientras su película abandona de forma progresiva la comedia para converger en cierta manera de drama.

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Aspectos técnicos y particularidades del filme

Excelente dirección de Joachim Trier, que traza escenas cálidas y composiciones limpias, y a la vez hace uso en momentos precisos y breves de contrastes de luz, que dan peso dramático a pequeños grandes detalles como el humo de un cigarrillo o la quietud de un gesto.

Un libreto dinámico que no decae en ningún momento, con situaciones y parlamentos muy interesantes. El guion de Trier, junto a su asiduo colaborador Eskil Vogt, está impulsado por los cambios y pausas del corazón, y dejado correr por la decidida voluntad de búsqueda del personaje; además está escrito con perspicacia y ensamblado de manera impecable.

Suena una sugerente música de Ola Fløttum que envuelve y alienta; y muy buena la fotografía de Kasper Tuxen, con bellas imágenes de exteriores y enfoques virtuosos.

El reparto está compuesto por excelentes actores y actrices donde destaca una brillante Renate Reinsve que sabe dotar de verismo los tránsitos de vida por los que va atravesando: interpretación tremendamente madura, sensible y simpática. Andiers Danielsen Lie, estupendo como el hombre que podría ser el alma gemela de Julie, un hombre algo mayor que anhela una relación estable y familiar, a ser posible. Y encantador Herbert Nordrum como Eivind, un compañero millennial, un muchacho que trabaja de camarero y que anda a la deriva.

Acompaña un extenso y óptimo reparto con artistas como Sije Storstein, Maria Grazia Di Meo, Hans Olav Brenner, Marianne Krogh, Vidar Sandem, Sofia Schandy Bloch, Anna Dworak, Elena Skiønsberg, Thea Stabell o Mina Elise Friesi-Stavdal.

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Otras estrategias de Trier son las oportunas menciones al «Me too» y la cultura de la cancelación; amén de una subtrama capital que tiñe de drama melancólico al conjunto de la obra. También, Julie aparece como el paradigma de la confusión de la generación millennial, siempre haciendo cosas que reafirmen su identidad, aunque no sepa muy bien qué lugar ocupa en un mundo en permanente estado de derrumbe. Una mujer dubitativa hasta el extremo, anímicamente caótica, lo cual que nunca tiene claro qué hacer con su vida, siempre dispuesta a iniciar nuevos romances o proyectos de trabajo que son evidencia de su constante huida.

En esta cinta la mirada la aporta una mujer (brillante la actriz Renate Reinsve) y para no desanimar en exceso al espectador, un buen sentido del humor y del ritmo.

Tiene excelentes escenas, como la noche en que Jule conoce a Eivind en plena fiesta; un ser tan desorientado como ella, y son esos momentos del metraje cuando Trier toma las riendas de una forma cálida y sintónica, de los habituales componentes de la comedia romántica. Aunque la película se queda a medias en su episódica estructura narrativa.

De otro lado, se me ocurre que no es Julie un personaje que pueda representar a una generación en su conjunto (aunque Trier lo pretenda); su opacidad puede más que la semblanza resplandeciente y la luminosidad ególatra y aturdida de la Reinsve; en suma, que no concluye en mujer carismática y obsequiosa, dentro de un filme que esconde su fragilidad con la virtud de su meritoria fluidez narrativa.

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Los elementos que siguen son un inteligente repaso por asuntos de la pareja, la maternidad, el compromiso y el absurdo de todo esto «en tiempos donde cualquier sustantivo abstracto admite el prefijo post o pos: posfeminismo, posmetoo, pospandemia, pospos» (Martínez).

Es una obra que, pese a su gravedad, no es indigesta, sino más bien ligera y con un fondo de optimismo en su desesperanza, y aunque arañe, es gozosa. Tal vez sea una también una profecía. El resto es como lanzarse en parapente y que haya suerte y algún ángel bueno nos salve.

Cerrando

Podría parecer que nada hay de nuevo, pero esta simpática «dracomedia» romántica pretende, con un tono distendido, examinar los caminos que pueden desplegarse delante de una persona, en este caso una mujer. Con una vitalidad más subrayada en la primera parte quiere demostrar que más allá de los amores románticos propios de las comedias de enredo televisivas, también el cine puede reescribir el modelo de cine romántico, para dar cuenta de las contradicciones que podemos encontrar en una existencia igualmente contradictoria.

Al verla tuve la sensación de haber visionado una película que es cine de autor y quiere ser referencia para muchos jóvenes nacidos en los años 80 o 90. Sugestiva, gentil y divertida. Aunque en algún momento parezca convencional, no lo es. Es más bien pegada a la realidad de nuestro tiempo.

Un tipo de obra que quizá tengamos la sensación de haber visto antes, pero tan mal hecha, que resulta sorpresivo y placentero verla bien hecha. A la vez que reparamos en que los temas que aborda son importantes y muy propios de este tiempo que nos toca: ¿De quién te enamoras? Y a partir de aquí las preguntas sobre quién es el elegido; en qué momento observas que te estás acomodando; si te estás traicionando a ti misma/o, etc. A lo cual cabe unir el extraordinario trabajo y rendimiento de la Reinsve, tan bueno, que se puede afirmar eso de: ha nacido una estrella.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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