Un pequeño mundo (3)

  18 Marzo 2022

¡Sin novedad en el patio!

un-pequeño-mundo-0La sorpresa inicial se produjo cuando, ya sin luces, advertí que estaba solo en la sala de proyección. Tras la constatación, me asaltó la duda de si la ausencia de aforo era porque sabían que aquello iba de un drama con matones de patio de colegio, era un falso documental o la típica épica redentora de un docente excepcional.

Mi único consuelo, en ese momento, fue pensar que la película duraba alrededor de hora y media. Al menos esto aseguraba que, si no me gustaba, pronto podría salir a disfrutar de la luz de una tarde de final del invierno. Sin embargo, la propuesta cinematográfica me atrapó porque hablaba, al fin y al cabo, de una soledad semejante a la que yo estaba sintiendo como espectador.  

Sorprende que para un tema de tanta envergadura como el planteado en Un pequeño mundo, se haya reducido tanto el metraje. El asunto, sin duda, le habría permitido a la novel directora añadir muchos más minutos de proyección. Pero no, desde los títulos de crédito hasta el final de la proyección, da a entender que se prescinde de todo lo superfluo para no desviar la atención del proceso vital experimentado por la protagonista. En fin, al levantarse de la butaca uno sale convencido que más minutos o más aditamentos escénicos en la producción hubieran ido en detrimento de la fuerza y eficacia narrativa de la película.

Para empezar, no estoy tan seguro que la directora y guionista, Laura Wandel, adoptara el socorrido acoso escolar como tema central para su primer largometraje. Todo parece indicar que lo toma como excusa, como artificio narrativo del que se vale para alcanzar su objetivo: diseccionar una de las situaciones en la que niños y niñas de las sociedades escolarizadas, esto es, de las desarrolladas, toman conciencia del mundo en el que viven. Muy significativo es el tipo de institución elegido como escenario: la escuela y, en particular, su correlato indisociable que es el patio de recreo donde la protagonista debe enfrentarse a una cruda realidad que no la dejará indemne.

Hay un dicho en la cultura popular según el cual para ser algo en la vida se ha de ir a la escuela, pero no es menos cierto que también en ella surgen situaciones de injusticia e incluso de violencia, como en este caso, que marcan la vida de los escolares. Ambivalencia por la que quizá los distribuidores de la película hayan jugado con varios títulos, el original: Un monde, el más explícito en inglés Playground y el menos preciso en castellano Un pequeño mundo. Cada título ofrece un matiz y entre todos ellos una advertencia sobre las consecuencias de lo que sucede en los pocos metros cuadrados exteriores dedicados al recreo de los escolares.

Los dispositivos narrativos con los que se construye el largometraje centran el foco de atención sobre los dilemas morales que ha de resolver una niña al llegar al colegio. Las agresiones que Nora (Maya Vanderbeque) contempla en el patio del colegio la ponen a sus siete años ante una disyuntiva tan dramática como el delatar o no a quienes maltratan a su hermano Abel (Günter Duret); por cierto, nombre nada casual. Tiene que aceptar el que su hermano, algo mayor que ella, no quiera jugar en el patio o que su padre la deje sola cada mañana en medio de gente extraña. Compañeras y compañeros de parecida edad que no solo no la acogen, sino que le lanzan preguntas insidiosas, y además la mayoría de los adultos no se enteran del problema que a ella más le preocupa en esos momentos.

La niña contempla atónita todos estos desplantes, justo en la institución de la que su padre le argumenta, una y otra vez, que se lo pasará muy bien y tendrá muchos amigos. Su hermano le asegura otro tanto, pero ella es testigo de cómo se ensañan con él algunos compañeros y a los que no quiere enfrentarse. Pregunta por qué le hacen eso y no obtiene una respuesta convincente.

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De modo que la protagonista se encuentra en un entorno en el que ha de aprender a sobrevivir construyendo su propio sistema moral. Tarea que ha de hacer ella sola sin detenerse ante las dificultades, mostrándose generosa, menos conformista que su hermano y nada vengativa. Así es como la directora nos muestra a la protagonista en la fase de configuración de su identidad.

A mi entender, de ahí se desprende la tesis central de la película: las vicisitudes por las que transita Nora es el precio a pagar para entender las contradicciones del mundo que le rodea y en el que ella ejercerá como adulta con su sistema moral, su identidad y, en definitiva, su personalidad.

En ningún momento de la película, Nora, la protagonista, queda fuera de foco, sino que además nos la muestra con planos tan cortos que cautiva la expresividad de sus ojos (magnífica la fotografía de Fréderic Noirhomme). Por la tonalidad ambiental, la calidez de su mirada y el intenso mundo interior al que remite, en más de una ocasión me recordó a Ana Torrent en El espíritu de la colmena (1973), incluso por el parecido físico. No obstante, en Un pequeño mundo, la cámara se sitúa a la altura de los ojos de la niña, enfatizando así el carácter subjetivista del relato, cuya evolución depende en gran medida de lo que ella ve y escucha.

También deja fuera de plano a los adultos, salvo a una de las maestras (Laura Verlinden) y a su hermano Abel, el resto de aditamentos de la escenografía aparecen desenfocados. A veces del padre de Nora (destacable interpretación de Karim Leklou), solo se le ven los pies o de espaldas alejándose, pese a ser un personaje clave para la historia por lo enigmático. De hecho, solo se nos dice del padre, asunto que le preocupa mucho a la hija, que está en paro y por eso es él quien se ocupa de cuidarlos.

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Pero cuando se lo pregunta la niña, tampoco recibe una respuesta convincente, por lo que tampoco sabe cómo contestar cuando las compañeras del colegio le dicen que su padre es un holgazán porque no trabaja o si será él quien la acompañe a la fiesta de cumpleaños que organiza una compañera de clase. Nada se dice de la madre de Nora, cuya figura reconoce en buena medida en la profesora que trata de comprenderla. Es quien además le admite que tampoco los adultos saben muy bien cómo abordar conflictos como el que rodea a Abel.

La procedencia social de los personajes queda apuntada, pero no se indaga más en ellas, pese a la enorme relevancia que tiene para el proceso interior que vive la protagonista. Laura Wandel nos da breves apuntes de los personajes que rodean a la niña, fragmentos formales con los que nos invita a pensar y acompañar a Nora en su viaje introspectivo. Y, tal vez para reforzar este tránsito personal, la banda sonora, salvo en contadas ocasiones, se limita a los ruidos ambientales del patio o de las aulas, lo que refuerza aún más la sensación de aislamiento de la protagonista, de meditación sobre lo que ve y oye.

La tensión aparece desde el principio pues, en la primera secuencia y en ligero contrapicado, se muestra a dos niños abrazados sin saber muy bien dónde están. De fondo se ve la fachada de un edificio desenfocada, así que la atención se centra en el diálogo entrecortado de los dos niños. Pasados unos segundos, sobre todo cuando aparece la profesora, descubrimos que se están despidiendo en el patio del colegio porque les están pidiendo que suban cada uno a la clase que le corresponde. Un buen ejemplo de la «violencia simbólica» ejercida en las instituciones de custodia, como es la representada en la película.

Salvo algunos detalles, tanto la historia como los personajes resultan convincentes. En las entrevistas, Laura Wandel insiste en que antes del rodaje trabajó mucho con los niños y niñas de diferentes colegios, incluso con el profesorado y los padres. De hecho, a los más pequeños les pidió que dibujaran cómo veían ellos determinadas escenas y situaciones. Dibujos que luego fueron considerados en la escritura del guion y en la composición de algunas secuencias. En todo caso, destacar la magnífica interpretación de Nora y su hermano Abel, operando como los pilares fundamentales sobre los que se sustenta la película.

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La historia nos la cuenta mediante poderosos planos secuencia, muchos de ellos con cámara subjetiva, primeros planos, sin grandes alardes escenográficos y tonos grises en la fotografía. Y según reconoce la propia directora, para perfilar su estilo le sirvieron referentes cinematográficos como El hijo de Saúl (2015) a la hora de delimitar el punto de vista de la protagonista y, por otro, el tan característico estilo narrativo de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardemne (El niño de la bicicleta, 2011; Dos días, una noche, 2014).

Laura Wandel hace que transcurra la acción en las clases, la piscina, las escaleras o el patio del colegio, sin maquillar su apariencia estética, porque apuesta por un estilo naturalista y hasta minimalista.

No obstante, hay un par de cuestiones que considero no están bien resueltas, tanto en el guion como en la puesta en escena. Una de ellas es el cargar tanto las tintas en las agresiones físicas de unos chicos demasiado malos, ya se produzcan en el aula, en el servicio o en el contenedor del patio.

Por otra parte, Laura Wandel no logra esquivar el estereotipo y aparece la superprofesora que se percata de la situación y socorre a Nora, mientras que el resto de colegas del claustro no se enteran de nada. Hoy esto resultada poco convincente con los protocolos activados en la mayoría de los centros de enseñanza.

Aunque Un pequeño mundo no ha gozado de grandes reconocimientos en festivales, salvo en Cannes 2021, merece la pena verla, aunque sea solo. De ella destaco la invitación que nos hace a reflexionar sobre los dilemas morales de Nora y a su hermano ante lo que les sucede en el colegio. Vicisitudes que constituyen el precio a pagar por los avances en la maduración de persona adulta.

Sin duda, un aviso a navegantes.

Escribe Ángel San Martín | Fotos Avalon

  

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