Un héroe (2)

  15 Marzo 2022

Irán 2.0

un-heroe-0Asghar Farhadi vuelve al territorio que mejor domina, a su Irán natal. Tras la decepción que supuso su incursión española (Todos lo saben, 2018) ha querido recuperar las señas de identidad que le lanzaron al estrellado, Oscar incluido, con Nader y Simin, una separación (2011), y que retomó con la también premiada en Hollywood El viajante (2016).

No sólo es el contexto el que emparenta Un héroe con aquellas películas, sino también la mirada trágica hacia una realidad que se impone al individuo desvalido, sin que este pueda encontrar ninguna vía de escape, estrellándose sus esfuerzos por enfrentarla una y otra vez contra una ciega maquinaria que le oprime.

En este caso asistimos a la odisea de Rahim, preso por no poder hacer frente a una deuda con un avalista, y que puede remediar su situación si devuelve el dinero a su acreedor. Todo parece ponerse a su favor cuando su novia encuentra un bolso con unas monedas de oro, pero su bondad, aderezada por pequeñas y titubeantes mentiras, les llevará a devolver el hallazgo a su dueña.

La película no plantea dudas sobre la honestidad del protagonista, más allá de las comprensibles tentaciones derivadas de su situación penal. Una serie de casualidades hace que esta trascienda y convierta a su autor en un ejemplo de moralidad, lo que puede servirle, justicia poética, para resolver su problema.

Y aquí es donde se pone en marcha la implacable trituradora social que, igual que lo ha encumbrado, lo acabará hundiendo. La película no lleva a cabo una indagación psicológica que profundice en las contradicciones del hombre, sino que el foco se desvía de inmediato hacia el entorno social y sus reacciones ante la acción que ha realizado. Se trata del relato de la indefensión de este hombre, quien, atrapado por sus veniales mentiras, algunas de ellas provocadas por la misma presión del entorno que le aconseja no desvelar la relación con su novia, se muestra incapaz de demostrar su inocencia ante un monstruo que se le enfrenta y le acaba destruyendo.

Rahim se convierte así en un pelele que va de aquí para allá sin apenas posibilidad de intervenir en su vida, ni cuando fue exaltado su comportamiento ni cuando todo se vuelve en contra. Los paseos con su hijo portando el certificado de buena conducta enmarcado son de un patetismo difícil de superar. Pero tanto se cargan las tintas que la actitud sumisa que le acompaña, espina dorsal de la película, acaba siendo una de sus debilidades. A fuerza de insistir en la inocencia del personaje, este se convierte en un insustancial y monocorde monigote.

Su mirada ovina, que no abandona en ningún momento, da cuenta de la magnitud del problema al que se enfrenta y que le supera sin remedio, pero también, en su persistencia, le despoja de cualquier complejidad que pueda enriquecerlo. Tanto es así que cuando sufre, finalmente, un arrebato de violencia, este resulta tan impostado que, lejos de añadir matices a su carácter, aparece como un añadido incomprensible. Ni el Santo Job.

La tela de araña que lo va aprisionando está bien trazada, demasiado bien trazada. Sobre la insignificancia del individuo solitario ante el poder del entorno no queda ninguna duda. Cualquier intento de encontrar una salida se vuelve en su contra, añadiendo una paletada mas de cemento a su tumba moral. La naturalidad con la que se van hilando las dudas y las acusaciones sobre su comportamiento es tan grande que resulta artificial. Falta realidad, todo obedece a un plan trazado de antemano que ha de cuadrar para que el mensaje quede claro. Cualquier detalle está ahí para que luego se utilice convenientemente (la calculadora que no funciona, el bolígrafo que no escribe). Las costuras del guion, de tan perfecto, resultan demasiado evidentes.

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Todo ello sirve para que el director amague un análisis social que adolece de cierta simplicidad. En algunos aspectos todo sigue igual, como si la historia se hubiera detenido, y nos encontramos referencias a la situación de las mujeres, con alusión explícita al chador, o a las tramas de corrupción en la cárcel, por mucho que en un momento dado se quiera vender la imagen de carceleros comprensivos, estrategia, se apunta, para ocultar el suicidio de uno de los presos. O incluso la actuación de los prestamistas, auténticos vampiros en cuyas manos acaban cayendo los más necesitados.

Pero la de Irán, lejos de ser una sociedad aislada del mundo, es permeable a los cambios que en este se están produciendo, y en la película nos los vamos encontrando uno detrás de otro, todos, dicho sea de paso, muy malos. Y es que, parece insinuarse, tampoco está tan mal la tradición.

Se nos habla de los perniciosos videojuegos, que también corrompen a la juventud iraní, de las organizaciones dedicadas a ayudar a los desprotegidos, las cuales parecen más interesadas en montar un espectáculo de autobombo y en mantener su prestigio que en hacer justicia.

Lo mismo ocurre con las promesas públicas de trabajo que luego se retiran, y, sobre todo, con las redes sociales, que también allí tienen un poder destructor de reputaciones al que es imposible sustraerse. Son ellas las que difunden las dudas y las falsedades que acaban hundiendo a Rahim, el cual, en un ataque de dignidad, se niega a la utilización de su hijo en un videomontaje que tal vez podría ayudarle. No parece que la figura del niño tenga otra función, excepción hecha, claro, del dramatismo, con el toque sentimental correspondiente, que añade a la historia.

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La puesta en escena es coherente con lo abrumado que se siente el protagonista. Las calles de Teherán son el marco perfecto para ello. Todo resulta frenético, y recorrerlas produce la sensación de abandonarse a un engranaje que te conduce sin que quepa oponer resistencia, o en todo caso sin que ésta tenga ninguna posibilidad de éxito. Por otra parte, abundan los espacios cerrados, siempre llenos de gente, como la cárcel, el banco, la tienda, la vivienda familiar y la de su novia; hasta el mismo coche actúa como jaula transparente e inadvertida.

Lo que la película nos está contando no es otra cosa que la prolongación de la cárcel. Rahim no es más libre cuando sale de permiso que cuando permanece dentro. El modo de estar atrapado cambia, pero sigue sin ser dueño de sus actos, de su vida. Y cuando al salir lo vemos dirigirse, en un plano lejano, hacia el lugar en el que trabaja su cuñado, con la larga y trabajosa ascensión posterior de las escaleras, se nos adelanta el mundo al que se incorpora y la situación en la que va a vivir.

El final, cargado de moralismo, es la confirmación de lo que acabamos de decir. Al cabo resultará, visto lo visto, que la cárcel no es tan mala. Nos encontramos a Rahim de vuelta al centro penitenciario, en la misma situación, esperando sentado en el pasillo, en la que lo vimos al principio cuando aguardaba la salida. Y sonríe. La sonrisa que le provocaba su salida se la suscita ahora el regreso.

Por si faltara algo se ha afeitado la barba, la misma que sorprendió a sus allegados al verlo, es decir, ha cerrado el paréntesis que sus permisos y sus tribulaciones han supuesto, y ha vuelto, a pesar de todo, a ser feliz, lejos de ese mundo depredador al que se vio arrojado por unos días. La salida de otro preso mientras él espera aventura las mismas dificultadas que acaba de vivir, el ingreso en esa otra prisión. No parece envidiarle.

Escribe Marcial Moreno | Fotos A Contracorriente Films

  

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