Competencia oficial (2)

  27 Febrero 2022

Cuestión de egos

competencia-oficial-0La dupla formada por los directores argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat lleva tiempo analizando los mecanismos de la creación desde una mirada crítica; unas veces ha sido el mundo artístico (El artista, Obra maestra), otras, el universo literario (El ciudadano ilustre).

Su último trabajo, Competencia oficial, que se estrena tras pasar por las secciones oficiales del Festival de Venecia y San Sebastián, pone al descubierto los egos, las vanidades e inseguridades que rodean la creación cinematográfica a través de una historia donde dos actores, con planteamientos artísticos muy diferentes, se enfrentan a los ensayos previos al rodaje bajo la férrea tutela de una directora; todo ello con el objetivo de poner en pie una película producida por un anciano millonario que quiere pasar a la eternidad obteniendo un prestigio social a través del cine.

Bajo esta premisa, la película desarrolla un discurso satírico basado en la comedia negra en la que los dos actores y la directora muestran la egolatría y las manías en un catálogo de obsesiones que cada uno lleva a su terreno. Un actor que se considera un artista (Óscar Martínez) frente a otro que es consciente de su valor comercial (Antonio Banderas), dos concepciones alejadas que la directora —ególatra y casi psicópata— fomenta para que del choque surja una mejor película (el personaje de Lola Cuevas que encarna Penélope Cruz).

Esta confrontación de personalidades intenta resumir todos los tópicos asociados a la creación, enarbolando los discursos sobre la valía del trabajo de cada uno o las diferentes formas de interpretar. De este planteamiento surgen una serie de situaciones cómicas que no dejan títere con cabeza ironizando sobre los métodos interpretativos de los actores, la forma tiránica de ejercer la dirección de la película o los ejercicios propuestos por la directora para que interioricen sus personajes.

Nada se escapa al ojo crítico de los directores que trabajan el espacio y el encuadre para aislar a los personajes considerándolos como una especie de cobayas que se mueven de un lado a otro por el laberinto de trampas que les propone la directora. De esta forma el gran espacio del edificio, que se asemeja a las salas minimalistas y enormes de un museo de arte contemporáneo, son el laboratorio donde se experimenta con las miserias humanas que se materializan al poner a los actores ante el reto de asumir su profesión.

El juego con los espacios filmados en plano general y los planos más cercanos del rostro de los actores crea una interesante equidistancia entre ambos, así como el recurso a las pantallas —preciosa la escena del rostro de Antonio Banderas hablando frente a la cámara y su reflejo que se proyecta en la pantalla que hay tras él— que establece una dualidad entre realidad y ficción.

El enjambre de ayudantes y asesores que rodean la vida profesional de los protagonistas, y que se extiende también a su círculo más cercano, ayuda a cerrar el círculo de todo aquello que consideramos el entorno de la creación cinematográfica, incluida la imagen de la crítica o el mundo de los festivales y los premios.

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Se bosquejan multitud de temas: el valor artístico del cine como elemento de reconocimiento (el empresario que tiene mucho dinero pero quiere pasar a la posteridad por producir la mejor película); el interrogante que surge en relación con la importancia del trabajo artístico, que puede medirse por su trascendencia cultural o, por el contrario, por su capacidad comercial; el miedo al fracaso que produce inseguridad; o la dignidad moral de los artistas, aunque al final solo les interese terminar la película por encima de todo.

Sn embargo, a pesar de que Competencia oficial está centrada en el mundo del cine, reconocible por las anécdotas de los actores o directores, la película va más allá del localismo de este sector para trazar un relato sobre la miseria de la condición humana y que tiene un carácter universal pues este alegato sobre el egoísmo y la vanidad es entendible y extensible para cualquier profesión o país. La miseria humana puesta al descubierto en cuanto hay una necesidad o un reto para las personas.

Al igual que ocurría en El ciudadano ilustre, el guion de Andrés Duprat propone un juego de diferentes relatos, sobre la verdad y la mentira, con continuas sorpresas en una estructura fílmica donde el rodaje de la supuesta película viene dado por una gran elipsis pues en el filme vemos cómo la historia se centra en el periodo anterior —los días en que están trabajando la lectura del guion y desarrollando la caracterización psicológica de los personajes con la directora antes del rodaje— y en la fase posterior de presentación de la película (con la rueda de prensa ante los periodistas en un gran festival de cine).

Las escenas que van componiendo todo el filme funcionan de manera desigual, con momentos brillantes frente a recursos más tópicos y poco imaginativos, en un relato cinematográfico que se va a las dos horas de duración. Las mejores bazas se encuentran en el juego actoral del reparto y en el planteamiento estético y la planificación  de las escenas.

En esta reflexión sobre la interpretación cinematográfica y los mecanismos creativos, Mariano Cohn y Gastón Duprat siguen apostando por un ejercicio de metalenguaje con una recreación escénica elaborada en el que hubiera sido necesaria una mayor capacidad de síntesis y concreción que pusiera freno al exceso de texto dialogado.

Escribe Luis Tormo | Fotos: Manolo Pavón 

  

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