El callejón de las almas perdidas (3)

  11 Febrero 2022

La grata sensación de haber visto una película de interés

el-callejon-almas-perdidas-0Guillermo del Toro, ya desde sus inicios con El espinazo del diablo (2001), El laberinto del fauno (2006), o luego con La cumbre escarlata (2015), se ha propuesto enseñar a su público que el ser humano es el más cruel de cuántos pueblan la Tierra.

Algo que por cierto parece demostrar la Etología y algunas teorías psicológicas derivadas del psicoanálisis, amén de ciertas filosofías próximas al existencialismo. De manera que con esta obra había que estar preparado, más aún por tratarse de un noir trágico.

Casi desde el primer momento en que se abren interrogantes y caminos por desvelar, seduce y fija al espectador en la butaca. Son escenas y es un personaje huyendo de una casa en llamas, que inquietan y producen incluso cierta turbación por el clima expectante que crea.

El mismo título, sin ir más lejos, suena a balada triste (El callejón de las almas perdidas), incluso puede evocar ideas a los románticos o a los nostálgicos; y cabe que la imaginación alce el vuelo en las mentes volantinas. Estas son las sensaciones de los comienzos del filme.

Cine clásico con tema circense y escenas crudas

Desde muy pronto la cinta tiene la atmósfera, el tempo y los recursos narrativos de un cine de otra época. Bastantes imágenes hipnóticas junto a sucesos turbadores en un circo de los años cuarenta, cuando se permitían espectáculos terribles e inhumanos.

Simultáneamente van apareciendo los personajes, individuos perversos o tramposos, también una muchacha cándida y bonita en cuyo espectáculo la electricidad se transmite a través de su cuerpo; y otros números que interpretan forzudos y enanos, o echadoras de cartas

Desde luego la película me trae rápidamente a la memoria esa auténtica joya del cine titulada La parada de los monstruos (Freaks)La parada de los monstruos (Freaks) (1932), que cuenta la vida en un circo con un abundante grupo de seres deformes, tullidos y personas con amputaciones que sirven de espectáculo morboso y grotesco.

Y es que, en la primera parte, asistimos al espectáculo ambulante de feria y divertimento, con figuras extrañas como el «engendro», humano desaliñado con trazas animalescas, casi en cueros, capaz de romper de una dentellada el cuello de una gallina viva y comer su carne cruda chorreando sangre por su cara y sus manos mientras la pobre ave aletea sin remisión.

Personaje «listo» y los peligros de la pseudociencia y la videncia

Se cuenta el aprendizaje en el circo del hombre que ha llegado sin nada y huyendo, pero que es ambicioso y pone mucha atención a los viejos trucos que le enseña su amante echadora de las cartas del Tarot y la videncia, y los más trucos psicológicos y sibilinos de un hombre mayor que vive con esa mujer en su propia casa, y que se muestra con gran pericia en ardides que tienen que ver con actuaciones anímicas frente al público, en ocasiones impresionantes, todo lo cual él tiene anotado en una especie de «cuaderno de instrucciones» manuscrito, siempre a mano y bajo su control.

El buscavidas (Bradley Cooper) aterriza de la mano de la pitonisa (Toni Collette) y su gancho (David Strathairn), y se introduce en el arte de hacer que los ilusos confundan la realidad y el deseo.

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Luego vendrá el amor, cuando el advenedizo enamora a la chica bonita de la electricidad y marcha con ella a la ciudad en pos de mejores locales y espectáculos más llamativos y lucrativos.

Las enseñanzas de una atractiva psicoanalista (Cate Blanchett) de gran apariencia y sofisticados métodos para la época —como grabar las sesiones de sus pacientes— hacen que el joven y apuesto pitoniso seduzca a la psiquiatra y dé el paso a cierta clase de mentalismo pedestre, es decir, a tener un caché, y al estrellato del timo sobrenatural.

Aprovechando información privilegiada de la psiquiatra, puede acceder a secretos de sus clientes, a los cuales camela, convirtiéndose así en un hombre sofisticado y enigmático capaz incluso de comunicarse con el más allá.

Desde esa posición de misterio y pseudopoder espiritual, nuestro hombre tiene un gran ascendente sobre personas importantes de la ciudad, como un juez y su esposa o un hombre rico e influyente, todos ellos anhelando comunicarse con personas queridas ya fallecidas. Hombres y mujeres dentro de los cuales habita una criatura abisal que los atormenta, que no son sino ellos mismos.

Hace ya muchos años, en las primerísimas promociones de psicólogos, de alguna manera se nos transmitía la idea de que nuestra ciencia no era ni de ultratumba ni de cuento, menos aún parapsicológica, sino que siempre teníamos que ir a remolque de alguna técnica científica, comandados por el Principio de Realidad y el sentido común. Nada de magias.

Para mi modo de ver, esta cinta es, entre otras, una representación de la distancia existente entre la Psicología, en este caso psicoanalítica, y las artimañas de un caradura que se las da de vidente o mago, que utiliza recursos relativamente sencillos, para impresionar al público o a sus propios clientes. Pero triunfará la ciencia, no el «cuento», incluso en la pillería.

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Un apéndice aclaratorio sobre prácticas esotéricas

Es sabido y conocido que no se puede jugar con fuego con los temas espirituales, hablar con los muertos o similares. Más que nada por las funestas consecuencias psíquicas que puede provocar en gente influenciable, sensible o con escasa formación. Y este es un tema que aborda muy bien esta película, con casos muy dramáticos.

A propósito, he recordado un ejemplo muy relacionado con el cine. Me refiero al conocido —al menos en su momento— juego de la Ouija, que se hizo muy popular después del estreno en 1973 de la película de William Friedkin El exorcista, cuya protagonista había jugado con este tablero antes y en el proceso de «ser poseída por el diablo».

El juego, que yo he conocido, consiste en un tablero pulido con las palabras Sí y No, el alfabeto y los números. Los jugadores manipulan una suerte de placa en forma de corazón con rueditas en su base, que posee una aguja en el centro deslizándose por el panel hasta que se posa sobre cualquiera de las letras, números o símbolos, se dice que empujada por los espíritus.

Se utiliza supuestamente para ponerse en contacto con personas fallecidas, saber o conocer datos ocultos o prever el futuro, por medio de fuerzas paranormales que conducen las manos de los jugadores. Este juego provoca, sobre todo en adolescentes predispuestos, crisis de ansiedad, trastornos de personalidad, brotes psicóticos e incluso suicidios.

Hubo un tiempo en que algunos estados en Norteamérica prohibieron la Ouija. Aunque es conocido que lo que conduce el artilugio no son los muertos sino nuestro propio inconsciente, en un efecto conocido por la psicología como «efecto ideomotor».

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Antecedentes del filme

El callejón de las almas perdidas está basado en la novela de William Lindsay Gresham que ya tuvo una olvidada y a la vez memorable adaptación a la pantalla en 1947, de la mano de Edmund Goulding, con Tyrone Power y Joan Blondell como protagonistas; una visión de la ofuscación y la cara oscura que subyace tras las luces brillantes del éxito y la fama.

También, como este remake, la obra es igualmente existencial y trágica, al modo de las tragedias griegas o los melodramas bien llevados.

Por lo tanto, la película es una especie de nueva versión, a la vez que directamente inspirada en la misma obra literaria del extravagante Gresham, Nightmare Alley, de 1946.

Aspectos técnicos y valoración

Del Toro dibuja inicialmente la vida en un circo de tercera categoría en que los hombres se exhiben semidesnudos en las barracas de feria y otras lindezas. Cerca de ellos, el monstruo.

Luego llega el héroe que acaba huyendo con su amada, una muchacha muy querida en el circo a la que acaba cautivando. Marchan a la ciudad y a locales con prestigio, con un número falsario de pseudovidencia. Allí hará fortuna, pues se paga mejor mentir que trabajar.

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Tras conocer en una de sus actuaciones a la psiquiatra psicoanalítica y congeniar con la Doctora y sus secretos, vendrán los clientes ricos y entre ellos el millonario atormentado por la muerte de su amada (Richard Jenkins). Ahí sí ya llegamos al infierno que habita en nuestro interior y los acontecimientos se precipitarán por una pendiente inesperada y cruel.

En mi parecer, Del Toro construye una elaborada, barroca y clásica obra, depurada puesta en escena y aspectos técnicos de primer nivel, lo cual es evidente a lo largo de todo el metraje, donde abundan las bondades: brillante ambientación, generoso diseño de interiores y buena elección de los exteriores, creación de un curioso y exótico universo de trucos, magia y engendros (frikis), la composición de personajes.

A lo cual se une una interesante música de Nathan Johnson y excelente fotografía de Dan Laustsen. Pero como afirma acertadamente Sánchez: «ese ese suntuoso, elegante festín de colores y decorados preciosistas, que concentran la sabiduría cinéfila y la sensibilidad de su autor, es la mayor virtud y el mayor talón de Aquiles de la película. La desmesura del espectáculo visual se traga el alma de la historia: la condición trágica de Stan, acentuada por la perversidad rojo carmín de una Cate Blanchett marmórea, parece diluirse en la grandiosidad art-decó de las localizaciones».

Más allá de estas virtudes y alguna más, la película narrativamente pierde fuelle conforme avanza en su larga duración. Se anuncia en la cartelera que habrá ruindad, pecados capitales como la lujuria o la soberbia, y todo eso; sí, hay maledicencia e incluso malignidad, crueldad y degradación moral. Pero este filme no es Seven.

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La radical propuesta de nuestro director resulta por momentos, enredada y falta de coherencia, tal vez por su particular aspiración a todo-un-poco: a parábola, a thriller, a exageración, a comedia, lo cual anonada un tanto. Como si hubiera una buena porción de exceso. Como apunta Boyero: «Es una película en posesión de cierto aroma, aunque a la que le falta algo muy necesario. No tengo claro de qué se trata».

Sin embargo, aún lo dicho, nada empaña la calidad de un filme que vuelve a ejemplificar el empeño de siempre de Del Toro «por fusionar elocuencia y fluidez expresiva casi a niveles de ideal alquímico» (Trashorras).

Reparto

El reparto es de primer orden y los actores y actrices están más que bien: un Bradley Cooper sembrado como mentalista seductor y timador; Rooney Mara, muy bien como la bonita mucha; Cate Blanchett, arrolladora y potente; Toni Colette, estupenda como echadora de cartas y mujer acogedora y capaz; Willem Dafoe, que es un grande y lo demuestra el tiempo que le toca como espeluznante capataz de feria; Richard Jenkins, extraordinario como millonario siniestro y culposo de su pasada vida; David Strathairn , el personaje anciano y bebedor que acompaña a la echadora de cartas; o Ron Perlman, el magnánimo forzudo defensor de la joven eléctrica.

Y así el resto de participantes, como Mark Povinelli, Hot McCallany, Jim Beaver, Mary Steenburger, Tim Blake Nelson, Paul Anderson, Lara Jean Chorostecki, Clifton Collins Jr., David Hewlett, Dian Bachar, Sarah Mennell, Troy James y Matthew MacCallum. Todos bien y conjuntados.

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La historia, tempo y mensajes

Las dos horas y media del filme se desarrollan, dicho sucintamente, en tres actos diferentes y extensos: el ascenso del estafador, el auge al Olimpo de la videncia y la farsa espiritista, y la caída de todo un arribista profesional.

Mi sensación es que la película va de más a menos. En un principio retrata más que mejor la mecánica del carnaval circense con tonos policromados y la llegada del forastero (recuerdo de nuevo al director de fotografía Daustsen). Después, cuando avanza la historia, la narración y la gama de colores se van enfriando cada vez más en un lirismo sombrío y fatalista.

El panorama descrito es el de un mundo para el cual la clave del éxito y el triunfo estriba en beneficiarse del desconsuelo, el atraso y las flaquezas de los demás, para obtener beneficios. 

Algo que no creo que le choque a nadie, visto lo que vemos a diario en prensa y TV, en esta coyuntura social que nos toca y que ya dura demasiado.

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Conclusión

Película de larga duración, pesimista en cierto modo y espesa. Estamos ante una obra de Del Toro en las antípodas de La forma del agua (2017), que habla de la compasión y de la necesidad del otro. 

Sin embargo, hay un aspecto de nuestro director a tener en cuenta: no cae en el lado oscuro total. Hay una mirada repleta de cariño con que regala a sus personajes más marginales y menos monstruosos, como Rooney Mara (la mucha buena y linda que no quiere ceder a la ambición y al mal), la buena Toni Collette (amorosa y comprensiva echadora de cartas) y Ron Perlman (el hombre que protege a la chica buena con su puño de cinco kilos).

Tenían que existir personajes buenos y cabales para que no cundiera el desánimo y se diera un resquicio a la salvación.

Película, en fin, que en su conjunto es sobradamente meritoria, a pesar de sus huecos en el guion que escriben Del Toro y Kim Morgan. Uno sale del cine con la grata sensación de haber asistido a un filme de categoría.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

  

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