Delicioso (2)

  08 Febrero 2022

Gastronomía revolucionaria

delicioso-0Además de inflamar las papilas gustativas, Delicioso también tiene el don de generar una envidia —sana— en el contrito espíritu del espectador español.

Un maridaje genérico de cine histórico y del subgénero culinario son la base argumental sobre la que se erige esta pieza bien hecha, este filme sofisticado, agradable y digestivo, una muestra más de la satisfacción cinematográfica (ergo, nacional y política) que tanto la filmografía gala como británica periódicamente cocinan para solaz de sus respectivos públicos.

La amplia y compleja historia de ambos países ha sido reiteradamente puesta en escena, tanto en sus vertientes ficticias (shakesperares y molieres, dickens y balzacs. dumas, stevensons y simenons…) como en las adaptaciones de raigambre histórica, desde la lejana Isabel I (y los Tudor, y los Estuardo, y todas sus representantes dinásticos) hasta Isabel II y los Windsor; así como el rey Sol, la Ilustración Francesa y, especialmente, la Revolución francesa, en el país del hexágono. Al fin y al cabo, el arte legitima y conforma a nivel cultural la savia de la que surgen las raíces políticas de ambas naciones.

En Delicioso, los prolegómenos de la Revolución Francesa sirven como telón —oblicuo— de fondo, pues bastan unas meras menciones verbales a hechos y personajes históricos de la época, para que el público ubique la misma (en un filme español sería necesario un subrayado más evidente cuanto no una explicación más detallada), una Revolución mil veces explorada (tantas como la guerra de Secesión en los EEUU), pero a la que todavía es posible acercarse para seguir explorando su inagotable filón y sus múltiples perspectivas.

Aquí se ha optado por apelar a la gastronomía, a ese revitalizado subgénero (¡qué inflación de programas televisivos centrados en los concursos de cocina!) que facilita tanto el desarrollo del argumento de competición y triunfo, como el de la formación y superación, para describir cómo el origen de los restaurantes, del moderno concepto de restauración, también surgió en paralelo a los afanes democratizadores que latían en el impulso revolucionario.

Pues Delicioso es una especie de teoría y práctica de la revolución desde una perspectiva gastronómica y, por supuesto, chovinista, pues al fin y al cabo la cocina francesa ha sido la cocina por antonomasia hasta tiempos muy recientes, codificando las reglas culinarias y situándose a la vanguardia de la cocina mundial.

La tesis es prístina: los privilegios estamentales asociados a la nobleza francesa, entre ellos el de degustar del arte del buen comer, de la gastronomía, serán barridos por el terremoto histórico que se avecinaba y que se estaba larvando, debido a  la insoportable situación de marginación y explotación a que se veía sometido el pueblo, una jauría que estaba esperando a que sus recurrentes estallidos de violenta protesta fueran encauzados y guiados por una nueva clase dirigente —los intelectuales— y por los servidores no vasallos de los propios señores.

La película sirve de ilustración didáctica y pedagógica de la consabida historia revolucionaria, asumiendo la perspectiva dominante (más o menos marxiana o materialista), sin poner en duda el relato mayoritariamente aceptado y cultivado. En cierto modo, el guion se conforma con adaptar dicha narración progresista a la perspectiva de un precursor cocinero, un fiel vasallo de un duque sibarita, cuyas ínfulas e innovaciones son rechazadas por los prejuicios aristocráticos, incapaces de admitir y reconocer la valía de la nueva cocina, abierta a los ingredientes de raíz popular (la patata) que la nobleza desprecia.

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Valga destacar el carácter historicista del filme, la precisa y esforzada puesta en escena que alumbra maravillosamente sobre una época histórica abstracta y filosófica. El cine se utiliza como plasmación gráfica y recreación de unos modos, gestos, vestidos, mobiliario, vajilla…, como la resurrección de un mundo fenecido, pero en cuyas cenizas se busca el origen de nuestro ser, de nuestra condición de ciudadanos, nuestra modernidad.

Y el director se recrea con gusto en mostrar y vivificar ese mundo, mediante una serie de primeros planos y de planos generales que nos ofrecen el detalle más exquisito en mitad de su contexto más amplio. Unas escenas en las que se imita la pintura francesa de la época (Fragonard y sus columpios, Bouchard, Quentin de la Tour y sus retratos, las escenas campestres de Watteau), la chinería, las vajillas de cristal, la porcelana…

Todo el rococó florece copiosa, abigarradamente, en los espacios nobiliarios (e incluso en el vientre de la ballena culinaria, en la inmensa cocina señorial del castillo, en mitad de los cacharros y a la luz de los fogones), frente a los escenarios campestres más austeros y sobrios, más naturales, racionales y neoclásicos. Se cita a Rousseau y también se le ejemplifica, pues el cine francés siempre hace gala de ese prurito literario, de esa componenda verbal que apoya y acompaña las imágenes, y las insufla de vida artística. Por supuesto que la puesta en escena es lo mejor de la película (esos bodegones, naturalezas muertas poblados de animales inertes y de frutas y de vino), puesto que los personajes resultan vulgarizados y un tanto estereotipados.

Al duque se le retrata como a un ser tan libertino y sibarita como vil, orgulloso y corrupto. Pues esa literatura libertina, galante y erótica sobrevuela un mundo cuyo refinamiento era un indicio de final de época, de agotamiento, de decadencia. Y, sin embargo, qué bendita y atractiva morbosidad delicuescente…, aunque aquí se apostará por la insobornable justicia de origen preburgués y por la cultura del esfuerzo y del trabajo y de la dignidad individual…

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Se recurre a un discurso caricaturesco para escarnecer al disoluto duque y su mundo, al inflexible y dogmático sacerdote cuyo juicio sumarísimo y elitista provocará la caída en desgracia del cocinero Manceron, su ostracismo ofendido. Su ofensa discurrirá en paralelo con la de una misteriosa dama que le suplicará ser admitida como aprendiz. Y esa dama ocultará un secreto, una ofensa particular cuyo causante coincide con el del cocinero.

Y entre ellos se forjará una relación tanto de aprendizaje mutuo como de enamoramiento, una tensión afectiva que se concretará en un beso final, un simbólico beso que sellará un pacto entre la pujante burguesía encarrilada a tomar las riendas de los nuevos tiempos y entre una pequeña aristocracia ahíta de su propio estamento y que se lanzará a los brazos burgueses con quienes comparte su honrada visión del mundo.

Y ambos trabajan y trabajarán para que el placer gastronómico sea un derecho colectivo, no un privilegio estamental. Y crearán el moderno restaurante que transforma la comida en un arte, en componente destacado de la vulgarización de un hedonismo bien entendido —no usurpado y privado—, pues hay que recordar que estamos en los preámbulos revolucionarios, en la etapa de ilusión (el Terror posterior no interesa) y ascenso revolucionarios.

Esa marquesa ofendida y desclasada aporta la perspectiva femenina actual, tampoco sin cargar las tintas y desbordar la radicalidad reivindicativa. Ese afán por que todo el mundo tenga derecho a disfrutar de los manjares culinarios casa bien con el afán consumista de nuestra época. A la felicidad a través del derecho y la democratización del consumo.

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Ese adolescente que pierde el tiempo entre las páginas de los filósofos será el futuro e incipiente actor político presto a derrocar el Antiguo Régimen y erigirse en nuevo sujeto político: ecologista y buenista avant la lettre, apologeta de lo natural y de la Naturaleza, de lo sencillo y auténtico.

Y por allí, por la antigua casa de postas reconvertida en panadería y luego en restaurant, casa solariega y arraigada y familiar, pululan los pobres hambrientos que, en un momento dado, serán utilizados (¿contratados?) para servir las mesas, camareros sobrevenidos, los que antes habían robado pan con el beneplácito de nuestro protagonista, que prefiere el robo en paz antes que el estallido o el uso de la violencia…

La conclusión acarreará el escarmiento del soberbio duque y de su amante, humillados por su exposición ante el público-ciudadano, una de cuyas voces se atreverá a proclamar «muera la injusticia y los privilegios». Despavorido huirá el pobre duque esperando las letras finales que nos informan de que a los pocos días se tomó la Bastilla (aquí haría falta una nota explicativa para que cierto público español —los seguidores de Masterchef junior, por ejemplo— entendiesen el significado).

Un gran plano general, más bien un plano drónico, se eleva sobre ese enclave campestre, rural e idílico en el que se está materializando el derecho a la ciudadanía: los protagonistas sellan sus bocas, su pacto interclasista, mientras que los clientes, sin discriminación de estamento-clase (raza, sexo, orientación sexual, identidad…) ocupan las mesas que organizan y estructuran una nueva sociedad en torno al yantar.

Lo dicho: qué envidia que el cine francés se recree y recree constantemente su historia, sin pedir permiso ni perdón a nadie. Seguro que a Macron le ha gustado la película.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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