The King’s man: La primera misión (2)

  15 Enero 2022

Aprender de los clásicos

kingsman-3-0Para su tercer episodio de la saga Kingsman, Matthew Vaughn ha acudido a la experiencia, no la suya, sino la de uno de los últimos grandes: un tal Spielberg. Ello le ha permitido encontrar una fórmula que respeta los patrones de la saga, pero a la vez amplía los horizontes y obtiene un resultado más que aceptable.

Tras el sorprendente éxito del primer episodio, Kingsman: Servicio secreto —naturalmente, el mejor—, la segunda parte fue más de lo mismo, pero a lo bestia. Lo normal en casi todas las sagas: acercarse mucho al original para garantizar la fidelidad del público, pero ofrecer alguna novedad para conseguir que no se note demasiado que solo es una secuela. Kingsman: El círculo de oro está un peldaño por debajo precisamente porque no aporta novedades, bebe de las grandes ideas del original y poco más.

¿Y la tercera parte? ¿Qué hacer para ofrecer algo distinto que no traicione el espíritu del original? La clave está en los clásicos.

Steven Spielberg, a punto de perecer en la vorágine de Hollywood tras el fracaso de 1941 (una gamberrada fechada en 1979, tras los éxitos de Tiburón y Encuentros en la tercera fase) salió a flote en los 80 con En busca del arca perdida, la primera aventura de Indiana Jones (que, como todos sabemos, es el nombre del perro que tenía entonces Marcia Lucas, esposa y coproductora junto a su marido George de ese filme seminal).

Naturalmente, hubo una segunda parte, Indiana Jones y el templo maldito, con más de casi todo, empezando por una localización difícilmente igualable y siguiendo por una trama más oscura (sacrificios humanos), pero con escenas de acción más exageradas (lanzamiento desde un avión en una colchoneta, persecución de vagonetas). En el fondo era más de lo mismo… pero a lo bestia.

El problema estaba en cómo abordar una tercera parte y entonces Spielberg encontró la clave, logrando un tercer episodio memorable: Indiana Jones y la última cruzada. No continúa donde acaba el segundo episodio, sino que retrocede atrás, en un largo prólogo donde se nos cuenta el inicio de las aventuras de Indy, incluso el descubrimiento de sus fobias (las serpientes) y sus filias (su inseparable sombrero). La fórmula se completa con un padre de película (el mismísimo Sean Connery) y una aventura cuyos coprotagonistas incluyen no solo a los nazis, sino al mismísimo Hitler (que no tiene problemas en firmarle un autógrafo a nuestro arqueólogo favorito).

Y eso es exactamente lo que ha hecho Vaughn en su tercera aventura, The King’s man: La primera misión.

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No, Hitler no le firma un autógrafo… Aunque el tío Adolf también aparece en la peli como uno de los malvados inolvidables que se dan cita en ese extraño círculo de poder donde también tiene una aparición inolvidable un tal Rasputín.

El tío Matthew fusila la idea de Spielberg con un largo prólogo.

Allí descubrimos a un niño, su madre y una misión humanitaria. A principios del siglo XX. Pero es duro ser de la Cruz Roja en tiempos de guerra y una bala cambia la vida de nuestro prota para siempre.

Como sucede con Indy, la ausencia de la madre provoca que sea el padre quien se ocupe de su educación. Estricta, naturalmente. Y quien acabe teniendo que aceptar que ha de crecer, pese a la sobreprotección que le dedica.

Un crecimiento del que no desvelaremos detalles, aunque lógico es suponer (el propio subtítulo de la peli ya lo indica: La primera misión) que sus aventuras serán el origen de Kingsman, ese servicio secreto británico que por momentos hace palidecer al mismísimo James Bond (quien, por cierto, ya no podrá darle una réplica adecuada, por razones obvias).

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¿Más coincidencias?

Sí, la presencia de la Historia, así, con mayúsculas.

Un afán de situar las aventuras ficticias en un marco creíble, documentado. Algo que siempre ha acompañado al arqueólogo primogénito de la señora Jones y que también aparece en el hijo del mismísimo duque de Oxford (un Ralph Fiennes estupendo, como siempre).

Aquí asistimos a una relectura del primer tercio del siglo XX, desde el asesinato en Sarajevo del archiduque Fernando y su esposa, pasando por la presencia de Rasputín y Lenin en Rusia, las revoluciones europeas de la época y la primera guerra mundial, hasta finalizar con un prometedor Adolf Hitler previo a su ascenso en Alemania.

Como aperitivo de lo que se avecina, el episodio clave de la primera guerra mundial sirve para parodiar 1917, el exitoso título de Sam Mendes, y también para homenajear los dos primeros títulos de la saga Kingsman con uno de los pocos elementos que tienen en común: uno de los personajes protagonistas pierde la cabeza. Literalmente.

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Quizá en ese repaso histórico radica una de las propuestas más sugestivas de la primera hora de este Kingsman 3, una parte tan sosegada, tan ilustrativa de la historia que… por momentos se hace aburrida. Y es que el público ya acude al cine predispuesto al «más de lo mismo», algo que Vaughn le niega durante una hora de metraje.

La idea que parece sugerir es que el Mal, así, con mayúsculas, siempre ha existido en torno al ser humano. Un Mal que hay que combatir con un elemento a la altura de las circunstancias, lo que acaba provocando la aparición de esa antesala del MI-6 que es Kingsman: la primera agencia de inteligencia independiente.

El Mal sin rostro, genérico, unido, siempre presente, una idea que resulta muy atractiva mientras el líder de ese círculo del Mal permanece en el anonimato, por la capacidad de simbolismo que desprende. Pero que se viene abajo cuando nos muestra «el auténtico rostro» del Mal. Entre otros motivos porque la lógica señala que ese personaje no puede estar al mismo tiempo en Europa y en ese lugar perdido donde se reúnen los siniestros esbirros, perdidos en una montaña de formas imposibles en algún lugar de Rusia.

Afortunadamente para el público adicto a los títulos de la saga, mediado el metraje aparece Rasputín y todo cambia. Su larga pelea bailando contra los agentes de Kingsman introduce no solo la acción, también ese tono humorístico que tan bien funcionó en las dos entregas anteriores (basta recordar el final de la primera, con las cabezas explotando como si fueran calabazas, al ritmo de la Marcha de pompa y circunstancia; o esa realeza escandinava dando la espalda a lo políticamente correcto para ofrecerse al héroe que acaba de salvar el mundo).

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A partir de Rasputín, el film cambia y se impone la línea marcada por Vaughn en los dos episodios anteriores, con un toque gamberro que se agradece entre tanto título de superhéroes serios y concienciados.

Más acción, más humor y una auténtica montaña rusa (literalmente) en la que se suceden los gags afortunados (esa cabra que enseña al duque de Oxford cómo trepar por una pared vertical a cuatro patas), las peleas irónicas (la de Rasputín ya es una secuencia «de culto») y algún bache de guion que tampoco va más allá (¿se lanza en paracaídas desde un avión que se estrella y nadie oye la explosión de ese avión?).

Como es habitual en el director, introduce algunos momentos ingeniosos: como ese plano secuencia que atraviesa el interior de un submarino para llegar al lanzamiento del torpedo y luego le acompaña en su viaje hasta destruir un buque o la ya citada pelea circense con Rasputín bailando a su antojo con el resto de contrincantes, incluidas algunas alusiones sexuales de sal gruesa… a la altura de la princesa escandinava del primer episodio, aquella que daba la espalda a lo «políticamente correcto».

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Son esos detalles los que permiten reconocer la autoría de Vaughn y asocian este film a sus películas previas de superhéroes (X-Men: Primera generación) o directamente parodias de los superhéroes (Kick-ass) y es que el marido de Claudia Schiffer no ha dejado su lado gamberro por más que haya participado en productos de multinacionales dirigidos —en teoría— a todos los públicos.

En su intento de no repetirse a sí mismo (pese a que acabe copiando la «fórmula Indiana»), Matthew Vaughn ofrece una tercera entrega que mantiene el tipo, pero que, desde luego, no tiene ni la capacidad de sorpresa ni el atrevimiento del original Kingsman: Servicio secreto

Afortunadamente, se distancia de la segunda entrega (Kingsman: El círculo de oro), que era demasiado mimética respecto al original y que, como en el caso de Indiana Jones, ha acabado siendo el peor de la trilogía.

Escribe Mr. Kaplan  

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