Matrix resurrections (2)

  27 Enero 2022

Dualidad, dialéctica, simetría

matrix-resurrections-00Yo estaba convencido de que todo el mundo tenía razón y que la cuarta entrega de Matrix sería una basura innecesaria.

Iba con mis hijos al cine y no dejaba de preguntarme para qué pagar tres entradas por algo que seguro resultaba una decepción. Como para redundar en mi papel de mal padre, decidí atiborrar de tóxicos a mis hijos y les compré gominolas y palomitas. Al menos podrían ver la película dopados.

Me dispuse a indignarme con mi mejor ceño de crítico avinagrado, pero cuando empezó la película tomé un osito gominola rojo de los que le había comprado a mis hijos antes de entrar a la sala, y de repente todo cambió: aquello no era lo que me esperaba.

No se asusten; todo tiene explicación: nada hubiera resultado distinto si la gominola hubiese sido azul. Tampoco encontré una obra maestra donde esperaba encontrar un bodrio. Sencillamente acepté la invitación de la directora a pasar con Alicia al otro lado del espejo, y allí encontré algo más que una secuela y algo menos que una revelación; vi una película que me estimuló y me entretuvo, y no me hizo arrepentirme de pagar tres entradas. Vayamos por partes.

Es del todo indiscutible que Matrix no debía haber continuado más allá de la película original. Desde ese punto de vista es difícil, pero que muy difícil, justificar la cuarta entrega de una saga que se había estropeado desde la segunda película. Así pues, una de las primeras dificultades que Lana Wachowski —ahora en solitario— debía afrontar era la de explicar por qué se había comprometido a resucitar a Neo y Trinity.

Esa explicación que se nos debe, se nos da efectivamente, y de un modo diegético: uno de los personajes lo verbaliza con total claridad y la película se permite bromear sobre ello durante un buen rato —curiosamente hasta en la escena postcréditos—, constituyendo el mejor de los ejes autorreferenciales de una trama que no para de tirar de su propia coleta para salir de una ciénaga en la que amenazaba con hundirse.

Otro de esos ejes hace referencia a la directora misma; quien no sepa que Lana Wachowski antes era Larry, difícilmente comprenderá algunas cuestiones sobre la dualidad, la elección y la imposición de roles que se desarrollan a lo largo de la película.

Wachowski prácticamente se ha psicoanalizado en este filme, y esta no es una afirmación exagerada, en la medida en que de nuevo recurriendo a esa lábil frontera entre realidad y ficción, uno de los personajes principales se dedica a hacer lo mismo con Neo. La directora parece haberse querido proyectar en el protagonista, señalando cuánto le marcó el alumbramiento de su obra maestra: juega con conceptos como sublimación, proyección, escisión, represión, aislamiento, y acaba por aceptar que la mejor manera de superar sus neurosis es enfrentarse de nuevo al mundo que contribuyó a crear. Parece querer decir —sin renunciar al sarcasmo— que de aquellos traumas vinieron estos fotogramas, y que mejor jugar con todo y con todos antes que intentar superar un éxito insuperable. Ya saben: a veces reírse de un monstruo le quita todo el poder sobre nosotros.  

Así pues, Wachowski diseña su guion como un múltiple juego de espejos, que parece sintetizar su vida personal como tercer momento del reflejo entre realidad y ficción que se da en la historia de Matrix

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Esta apelación a la dialéctica es necesaria: más de una vez se señala que Neo no es nadie sin Smith, y viceversa, en una suerte de referencia comiquera a Batman y Joker que ya LaLego película dedicada al caballero oscuro explotara con humor y acierto. Pero la cuestión no acaba aquí: La segunda dupla es la de Neo y Trinity, y la tercera es la del ser humano y la máquina. Todas ellas apuntan a una superación dialéctica, esto es, a ese mencionado tercer momento que aglutine lo mejor de ambas en un equilibrio virtuoso —vale decir simétrico—, pero que a veces supone la destrucción liberadora: para que lo nuevo nazca lo viejo ha de morir. Lana Wachowski parece haber querido liberar su mente de los viejos fantasmas que la atenazaban: su identidad personal parece uno; el irrepetible éxito de la Matrix de 1999 debe ser otro.   

En resumen, gran parte de lo valioso de la película se halla en el subtexto y solo en el subtexto. Una aproximación superficial, de quien espera encontrarse con una secuela de la anterior trilogía, con los mismos mimbres y protagonistas, está condenada a producir una honda decepción. En primer lugar, porque ya todos los pormenores fueron explotados, y las variables expuestas: el universo Matrix se agotó prácticamente y con contadas y honrosas excepciones, en la primera película: no puede haber vueltas de tuerca sobre el mismo universo, no habrá grandes revelaciones inesperadas, no caben la originalidad, la sorpresa, el redescubrimiento; todo está, en este sentido, llamado a ser más pobre en la cuarta entrega.

Pero la película, de nuevo, es plenamente consciente de ello, y aunque renuncia a la reinvención de su mundo, no puede eludir el fan service: hay guiños constantes a las anteriores películas, con imágenes incluidas que reinciden en la simetría del juego de espejos, en las que la acción de lo actual y lo pasado discurren paralelamente; hay huevos de pascua, pequeñas enmiendas con el escarnio —justo y necesario— de antiguos personajes; momentos naíf, instantes muy emotivos, heroicos, electrizantes y hasta ridículos... que no siempre serán del gusto de los acólitos que acudieron a contemplar una expansión del viejo universo y se encontraron con un extraño cóctel de abjuración y nostalgia.

Porque Wachowski ha querido, de nuevo, jugar con esa dualidad realidad-ficción en este aspecto.

Los creativos de Warner que aparecen en la película se dedican, en cierto momento, a diseccionar el fenómeno Matrix en una tormenta de ideas, y ahí no solo aparecen las referencias a las peleas al estilo Hong Kong, a los trajes de cuero negro y al tiempo bala, sino también las interpretaciones y sobreinterpretaciones diversas y hasta contradictorias que la obra de culto ha tenido en el mundo real: que si es una metáfora trans, que si es criptofascista, anticapitalista, que si reivindica la caverna de Platón o el genio maligno de Descartes, que si solo es caos y armas... todo ello quizá con la intención de decir que «esto es lo que vosotros pensáis y esto es lo que yo, la creadora, puedo hacer con ello sin traicionarme», y la respuesta —plenamente autoconsciente— es que una vez Matrix salió de sus manos y adquirió vida propia, bien poco puede hacer Wachowski sin decepcionar a gran parte del público que piensa una cosa o bien su contraria.

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Matrix resurrections se convierte, desde entonces, en una película pequeña: ya no aspira a realizar la titánica tarea del elegido, repudiando la idea de la fe ciega en un mesías que condujo al desastre a las civilizaciones precisamente por el exceso de confianza de sus dignatarios, sino a salvar lo mínimo necesario para completar una vida humana digna. Esto que sugiero aquí como interpretación no es fruto de un sesudo ejercicio hermenéutico: está expuesto tal cual por boca de uno de los personajes cuando nos habla del destino de Zión tras la tregua que sobrevino tras el sacrificio de Neo y Trinity en la tercera película.

Consecuente con la sentencia talmúdica que dice que quien salva una sola vida salva un mundo, para llevar a cabo un acto así no serán necesarios grandes hombres ni grandes relatos, sino la entrega humilde y voluntariosa del que se ciñe a pequeñas pero nobles causas.

Toda la película está salpicada con apelaciones al «toma tus decisiones, hazlo solo si quieres, y respeta que el otro pueda no querer», que pueden sonar a evangelio woke, pero también a regla de oro de las libertades personales. Reiteramos que para cumplir esto no son necesarios epígonos del heroísmo, sino personas sencillas con sus limitaciones y sus justas aspiraciones.

En ese sentido Neo, el antaño elegido, el héroe paradigmático, aparece envejecido y apocado: se muestra —dentro y fuera de Matrix— como un individuo sobrepasado por su éxito, agobiado por el trabajo, dubitativo y neurótico, además de tímido con las mujeres —interesante que una supuesta película woke muestre tan sensible y respetuosamente la vulnerabilidad e inseguridad de los hombres—, y por todo ello, profundamente humano. Eso conduce a una inversión de la polaridad protagónica: Trinity reivindicará un papel más relevante que el que antaño ejerció de un modo casi subsidiario, pero lo hace sin estridencias, sin renunciar a lo que pueda haber en ella de mujer normal.

¿Y cómo sucede esto?

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Muchos guardianes de lo políticamente incorrecto —esa reacción simétrica y sobredimensionada al evangelio woke de la corrección política— se enfadan porque la vida a la que Trinity parece abocada dentro de Matrix representa lo más normativo que pueda esperarse de una mujer —tener hijos y casarse—, y el hecho de querer liberar su mente parece conducir indefectiblemente a la idea de que esa vida es indeseable.

Sin embargo, estos activistas especulares no parecen reparar en el hecho de que Neo, que lleva una vida absolutamente opuesta, también necesita ser liberado de su decadente y autocompasiva inanidad. De nuevo el juego de unos y ceros, la simetría especular, la realidad invertida y opuesta ¿Cuál de las dos es la buena? Es obvio que ninguna. Por eso necesitan ser liberados.

La gracia está en cómo debe producirse este hecho de la liberación... ¿Debe ser Neo quien tome la iniciativa, asumiendo el papel de macho alfa, o por el contrario una nueva Capitana Marvel debe ocupar ese rol, con el sexo cambiado pero sus actitudes clonadas?

¿Hay otra manera menos impostada y cursi de hacerlo? ¿Puede suceder lo que sugiere Walter Riso en La afectividad masculina...

«El antihéroe quiere abrazar el silencio, dormir en calma, amar intensamente y, ¿por qué no?, ser rescatado por alguna heroína valiente y atrevida, de esas que no aparecen en los cuentos».

...sin que eso suponga su emasculación o su puesta en ridículo a manos de una amazona autosuficiente, despreciativa?

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La respuesta es sí. Neo, destruido y reconstruido, ¿vale decir deconstruido?, ya no posee los antiguos atributos, y su esfuerzo prometeico debe ser compartido con alguien con los poderes de Pronea, la oceánide de la previsión. Es curiosa la cantidad de referencias a la mitología clásica europea que aparecen en la película, empezando por el nombre de la nave, Mnemosine, musa de la memoria, y acabando con Ío, el nombre de la ciudad subterránea que también refiere a una oceánide que se encontró con Prometeo encadenado.

Pero volviendo a Pronea, el modo en que Trinity abraza su protagonismo no niega la validez de una vida normativa, ni exige la renuncia al amor compartido. No abjura de su sensibilidad, sus impulsos, ni tampoco de sus justas reivindicaciones. Más bien intenta poner cada cosa en su sitio, sin que nadie pueda utilizar sus preferencias para chantajearla emocionalmente. Uno de sus últimos reproches es claro: no utilicemos a los niños en nuestras guerras por el poder; la dedicatoria final, de la directora a sus padres, prístina: el amor es la génesis de todo.

Y ahora viene la tesis fuerte: en mi opinión, Matrix resurrections NO es una película woke, sino que representa un tímido primer paso para la disolución de lo woke, superando dialécticamente las caricaturas duales, absurdas, que de los dos inexistentes contendientes ha hecho la corrección política.

Matrix resurrections se permite hacer lo impensable: aunque la homosexualidad aparece totalmente normalizada —cabe pensar que hay dos personajes femeninos que son pareja, pero ni se evidencia el hecho ni se hace un reclamo moral sobre él, ni maldita falta que hace—, hay chistes políticamente incorrectos sobre ella: un hombre ironiza, en el típico juego masculino, sobre el atractivo de Neo,«cosificándolo»; dos protagonistas hablan jocosamente de llenar el cielo de arcoíris.

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También se bromea sobre los llamativos atuendos de los afroamericanos, sobre las cargas de la feminidad y la masculinidad sin buscar responsables absolutos y culpabilidades bíblicas, señalando los excesos a que nos llevaron las guerras culturales cuando uno de los personajes habla sobre cómo aquellos que deseando la libertad acabaron por convertirse en fanáticos, o cuando otro señala que la Matrix acaba por convertir todas las buenas ideas en armas con las que enfrentarnos.

Y sin saber muy bien si la película pretende con esto ser paródica o hablar en serio, lo que se consigue con ello es, sencillamente, destensar la cuerda, detener el péndulo, parar la loca carrera de odio entre individuos que debieran quererse libres e iguales en la expresión de sus voluntades. 

Todo esto, ya lo sé, suena muy naíf. Pero mucho me temo que es uno de los elementos recurrentes en la filmografía Wachowski: tropezones edificantes entre ideas maduras y originales que no siempre hallan la expresión adecuada.

De estas últimas hay bien pocas, pero no me resisto a señalar las apelaciones a la realpolitik que se dan en las decisiones de los altos mandos humanos y los pactos de no agresión o las treguas tácticas e incluso las sinergias entre seres humanos y máquinas.

Para no caer en triunfalismos, hay que decir que en realidad Matrix resurrections no carece de defectos: no ha sabido hallar la síntesis entre la sobreexplicación de lo obvio y el desarrollo de lo argumentalmente complejo: se pasa como un plumazo sobre la guerra civil entre máquinas —uno de los aspectos más interesantes de la realpolitik, sobre la relación entre la escasez y la paz— y se redunda absurdamente en la planificación de la misión, con el soldado que exige —para que el público lo comprenda— que le detallen los pormenores de la misma; para ello se recurre a la proyección en tiempo real del asalto mientras se explica el plan, típico elemento de las películas de Ocean’s que ya ridiculizara hábilmente Matthias Schweighöfer en El ejército de los ladrones y que ya puede considerarse viejuno.

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Sus escenas de acción —estoy pensando en la del tren— son confusas, o lo que es peor, rutinarias —lo que muestra que la dirección de acción queda coja sin Lilly Wachowski—, incidiendo en la idea de que Matrix ya no puede resultar innovadora en este aspecto como sí lo fuera hace veinte años, aunque no pueda negarse algún atisbo de originalidad en las escenas finales, con bombas humanas que se precipitan desde los edificios y revientan en salpicaduras de código.   

Hay escenas absolutamente innecesarias, como la del combate de Morfeo y Neo en ese bucólico tatami de ambiente crepuscular, que más recuerda a los torpes recursos clónicos y reiterativos para el fan service de Star Wars, el despertar de la fuerza que a los icónicos «volveré» de Schwarzenegger en Terminator.

A pesar de ello, Matrix resurrections no es una mala película: la paradoja es que pesando sobre sus hombros la odiosa comparación con sus antecesoras, supera al menos a las secuelas en el cómputo global y a la vez, carece de todo sentido sin ellas.

No es un filme absolutamente rutinario y vacío, pero tampoco marcará una época como sí lo hiciera la película original.

Lo que cabe pedirle a Wachowski, simplemente, es que cierre esa época de una vez por todas.

Escribe Ángel Vallejo

  

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