Halloween kills (0)

  06 Enero 2022

El Mal muere esta noche

halloween-kills-0El Mal no sabemos, pero lo que es la saga original de Carpenter es evidente que vive del nombre, no de los resultados. Salvo la afortunada resurrección de Rob Zombie, hace tiempo que está muerta, cinematográficamente hablando.

De hecho, el propio creador —acompañado de su hijo y algún socio— vuelve a sentarse a los teclados a componer la banda sonora de este 12º episodio… aunque lo de componer —como lo de escribir, en el caso de David Gordon Green— es un eufemismo: más allá de algún sonido ambiental, se limitan a repetir los momentos más significativos de la música original de 1978 que, efectivamente, suena bien, pero de ahí a llamarlo «banda sonora original».

Y en cuanto al segundo título de la anunciada nueva trilogía es exactamente eso: una operación de marketing extraordinaria, una delicatessen para los seguidores de la saga dispuestos a aceptar cualquier proyecto con tal de ver a Michael Myers de nuevo en los cines… algo de lo que se aprovechan con habilidad la productora Blumhouse, el director David Gordon Green y, sorpresa, el mismísimo John Carpenter, que ha regresado en esta trilogía a su hijo predilecto, en funciones de asesor, coproductor y músico (junto a su hijo Cody).

La saga de Carpenter

En 1978, un joven John Carpenter crea uno de los iconos del cine de terror de la última época dorada del género (de finales de los 60 a los 80), con un título convertido en mito: Halloween, titulada en España La noche de Halloween. Rodada con 300.000 euros, entre amigos y de forma independiente, logra más de 70 millones en taquilla, convirtiéndose en uno de los títulos más rentables hasta ese momento.

Pero, más allá de su éxito comercial, la suya es una apuesta por otra forma de narrar, por un manejo envolvente de la cámara, por un clima que domina el metraje, por una atmósfera de terror que te mantiene pendiente de la trama y con un clímax final que invita a la reflexión.

Desde su plano secuencia inicial, en cámara subjetiva, donde el espectador se identifica con el criminal y su máscara (para acabar en un contraplano que descubre al asesino: un niño de ocho o diez años), hasta su imitadísimo final, donde ese niño ya crecidito, Michael Myers, desaparece cuando todos pensamos que ahora sí, ahora ha muerto, la película de Carpenter es un filme sencillo en su planteamiento, bien filmado y con un elemento de fondo que da coherencia al relato: el Mal nunca muere.

Jamie Lee Curtis se convierte, de la noche a la mañana, en la nueva musa del cine de terror, interpretando a una final girl (la última moza a la que persigue el psicópata) alejada de la torpeza habitual y capaz de acabar —si eso fuera posible— con el Mal.

El propio Carpenter se ocupa de escribir, dirigir y componer la banda sonora, algo habitual en la mayoría de sus títulos, aunque en esta saga cede las riendas de la dirección a Rick Rosenthal en 1981 para la continuación, Sanguinario (Halloween II, 1981), y a su compañero de correrías juveniles Tommy Lee Wallace en Halloween III: La noche de la bruja (Halloween III, 1982).

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Como curiosidad, recordar que Wallace había acompañado a Carpenter en todas sus películas hasta ese momento, desempeñando distintas tareas de guion, diseño, música y producción… incluida la de actor: fue el encargado de interpretar en alguna escena al monstruo Michael Myers en el original Halloween.

Ninguna de las secuelas tiene mayor trascendencia.

La primera porque un guion absolutamente lamentable anula cualquier capacidad de mantener la credibilidad. La galería de lugares comunes (coches que no arrancan, apariciones imposibles de Michael, falta de coherencia de los personajes) se une a una realización mucho más tosca que la de Carpenter.

La tercera entrega no tiene nada que ver con las anteriores y plantea una premisa totalmente distinta donde Michael Myers ni siquiera aparece: una confabulación mundial con científico loco para acabar con la humanidad en la noche de Halloween a partir de unas máscaras infantiles que se activan gracias a un spot de televisión.

La propuesta es un fracaso tan rotundo que Carpenter y su equipo se desentienden de las siguientes secuelas, en las que Myers vuelve a ser el protagonista absoluto de la función, convertido ya en un icono del género, como Jason (saga Viernes 13), Freddy Krueger (saga Pesadilla en Elm Street) o Leatherface (saga La matanza de Texas).

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Los años oscuros

En los siguientes 20 años, la saga de Halloween vive su peor época, con cinco episodios, a cada cual más torpe, centrados en la lucha de Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) contra Michael Myers, casi todas finalizadas con la presunta muerte de un Mal que, a estas alturas, todos sabemos que nunca muere… al menos mientras la taquilla funcione.

Pese a que hay ideas «ingeniosas» de todo tipo, nada en general puede salvarse de estos títulos dirigidos por Dwight H. Little (1987), Dominique Othenin-Girard (1989), Joe Chapelle (1992), Steve Miner (1995) y Rick Rosenthal (2002), todos ellos asiduos visitantes del cine de terror y de las sagas ya citadas.

Convertidas casi en episodios de una inacabable serie de televisión (cuando Netflix y sus series no existían), solo la brutalidad sangrienta de algunos momentos aislados las aleja de la elementalidad televisiva en su planteamiento y puesta en escena, aunque los guiones son lamentables, reducidos a tópicos y clichés por todas partes.

Todo ello conlleva un silencio de cinco años tras el episodio 8, lo que casi parece la crónica de una muerte anunciada, por más que su protagonista se niegue a morir una y otra vez.

Pero en 2007 aparece un nombre propio que da un giro al universo de Michael Myers.

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La bilogía de Rob Zombie

Frente a la puesta en escena anodina y la sangre casi en off de los anteriores episodios, frente a su aséptica presentación de los asesinatos, Rob Zombie crea un díptico sobre Halloween que no solo recupera algunas de las ideas originales de Carpenter sino que las pasa por su propio tamiz, el de un Zombie que ya había dado muestras de su fiereza tras las cámaras.

Iniciado en el mundo de la música con el grupo de rock duro White Zombie (1995-1998), colabora esporádicamente con estrellas del rock como Alice Cooper y sigue creando discos y conciertos hasta la actualidad, siempre dentro de una línea heavy metal y sonidos cercanos.

En 2003, Rob Zombie estrena su primer largometraje, La casa de los 1000 cadáveres, un auténtico shock para las pantallas de medio mundo —en el otro medio es prohibida—. Hacía tiempo que no se veía tanta sangre y una brutalidad tan explícita en los cines. De hecho, la Universal Pictures (creadora del cine de terror) se desentiende del estreno y lo vende a una pequeña compañía para que lo estrene. Un filme duro donde el gore y el terror conviven con una atronadora banda sonora.

Con Los renegados del diablo (2005) realiza una continuación de su ópera prima, más descarnada si cabe que el original, con especial atención a los detalles macabros, la atmósfera podrida, los personajes miserables… todo un paseo por el infierno en la tierra que no deja títere con cabeza y apenas da respiro al espectador.

Es el nacimiento de un cineasta tan brutal como su música.

De hecho, su díptico sobre Halloween (2007 y 2009) es el único que está a la altura de Carpenter, manteniendo elementos del original (todo lo que sucede la noche de Halloween en Haddonfield, con la fuga del psicópata y el ataque a las niñeras) aunque introduce una primera parte con la historia de Michael Myers desde los diez años.

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Halloween: el origen es un retorno al concepto primigenio: la violencia, la angustia y ese Mal que difícilmente puede morir, aunque apunte como solución un suicidio junto a su hermana, la eterna final girl Laurie Strode. La propuesta contiene una parte inicial original, una segunda parte basada en el título seminal y un final… digamos, distinto.

Y, pese a ser un plato de difícil digestión, no apto para estómagos exquisitos, se convierte en la más taquillera de la saga hasta ese momento lo que «obliga» a la imprescindible secuela, titulada escuetamente Halloween II, escrita y dirigida por Zombie.

Curiosamente, esta secuela tiene puntos en común con la ideada por Carpenter en 1981: la acción se inicia justo al final del episodio anterior, Laurie es trasladada a un hospital y Michael se acerca a buscarla y, tras una noche de sufrimiento inenarrable, la acción se traslada dos años después con una aventura totalmente nueva en la que el doctor Loomis, que siempre ha sido su Van Helsing particular, publica una biografía del Mal, es decir, la vida de Michael Myers.

Juntas, las dos películas de Rob Zombie forman un oasis, tanto visual como temático. Coherentes entre sí y con la filmografía del director, ofrecen una alternativa al apoltronamiento que había tenido la saga en las dos décadas anteriores, sometida a un lenguaje cada vez más televisivo y a unos guiones llenos de tópicos y lugares comunes, con personajes estúpidos que merecen morir por su simpleza y con un Michael Myers reducido a mera marioneta de las decisiones de marketing.

Pese a que ninguno de los dos títulos gusta a la crítica y el segundo también es un fracaso de público, hoy se pueden considerar como una bilogía digna de revisión.

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La trilogía de David Gordon Green

De hecho, pasan nueve años antes de que alguien se decida a volver sobre el personaje, en este caso es David Gordon Green quien anuncia una trilogía sobre Michael Myers, con la incombustible Jamie Lee Curtis (interpretando a Laurie Strode 40 años después), bajo el padrinazgo de la todopoderosa Blumhouse (productora reina del terror actual) y, sobre todo, con el regreso de John Carpenter a la franquicia, en la que no colaboraba desde 1982.

La noche de Halloween (2018) es una hábil combinación de remake y reboot. O, para entendernos, una nueva versión que (casi) fotocopia el original en algunos momentos y un replanteamiento de la franquicia de cara a la existencia de futuros episodios.

Que recaudara en taquilla más de 250 millones de dólares (el triple que la de Rob Zombie) garantiza la continuidad de la trilogía, algo en lo que Blumhouse Productions es una experta: Paranormal activity, La purga, Sinister, Ouija y Feliz día de tu muerte ya cuentan con su propia saga.

Lo más original de ese primer filme quizá sea el prólogo, con la presencia de una prensa ansiosa de carnaza, por lo que entrevista a Michael Myers (encerrado en el psiquiátrico de siempre) y a Laurie Strode (encerrada en su propia casa y preparándose para el regreso de su Terminator particular).

Pasado ese inicio, la película repite muchos momentos del original, con fuga, acuchillamiento sistemático de las amigas de la protagonista y enfrentamiento final en el que —signo de los tiempos— tres mujeres se alían para acabar definitivamente con el mal, a través del fuego purificador…

¿Definitivamente? El fuego ya acabó con Myers en el segundo episodio, en 1981. Pero la taquilla, lógicamente, es más poderosa que cualquier llama y aquí estamos de nuevo, con el segundo episodio de la particular trilogía de David Gordon Green.

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La película comienza con una escena del original de 1978, pero contada desde otro punto de vista. Eso permite poner el acento en un joven policía que persigue a Michael Myers. Ese mismo policía, 40 años después, con complejo de culpa a cuestas, revive la situación con Myers de nuevo en Haddonfield.

A partir de ahí, la acción continúa en la noche de 2018, como hiciera en su día Carpenter en la primera secuela y Rob Zombie en su propia secuela: un hospital será el protagonista, donde llegan Laurie, Myers, el policía y media población dispuesta a linchar a nuestro psicópata favorito… como si eso fuera posible. Con alguna escapada a otros escenarios (como el pub del pueblo) donde se habla, se anima el personal y se lanza a la calle buscando camorra.

Todo el argumento transita entre el original de Carpenter y la puesta al día realizada por Gordon Green hace tres años, ofreciendo como única novedad ese enaltecimiento de las masas que quizá sea simbólico, pero que visto con objetividad resulta francamente ridículo.

Es curioso que algunos acudan a la memoria cinéfila y vean una idea inspirada en Furia o incluso en M, el vampiro de Dusseldorf, los clásicos de Fritz Lang. Hablamos de las masas embrutecidas queriendo tomarse la justicia por su mano. Pero basta revisar las escenas para descubrir que cuentan cosas muy distintas.

En Furia, las masas querían linchar a un inocente y el planteamiento era una crítica a lo fácil que es manipular a las masas: Lang apuntaba a la fragilidad del ser humano. En M, los ladrones forman su propio comité, su propio juicio, su propia forma de entender el mundo… hasta que aparece la policía. En ambos casos, hay una lógica implacable en lo que se narra: la manipulación de las masas y el funcionamiento de una sociedad de desahuciados, ambas coherentes consigo mismas.

En Halloween Kills, los vecinos de Haddonfield se plantean acabar con el Mal, así, con mayúsculas. Es decir, con un símbolo que saben que es indestructible, porque hace 40 años mató en el pueblo, no hubo forma de acabar con su vida y ahora regresa para seguir matando. Esto plantea un grave problema de credibilidad: si ya saben que es indestructible, ¿cómo se les ocurre ir a por Michael Myers armados con palos, bates de béisbol y puede que algún cuchillito de nada?

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De hecho, el enfrentamiento en la calle es risible por cuanto vemos cómo nada puede matar a Michael Myers, algo que, por cierto, lo convierte en algo así como un ciborg (¿hemos hablado ya de Terminator?). Con esta lamentable escena, Gordon Green logra que el personaje pierda todo su misterio, gran parte de su encanto y olvida la mayor lección de Carpenter: la capacidad de sugerencia mostrada en su seminal Halloween, en 1978. Pocos directores se han mostrado tan torpes a la hora de entender la «magia» de la sugerencia y la impotencia de mostrarlo todo explícitamente.

Pero, ¿qué sentido tienen que las masas persigan por el interior del hospital a quien suponen un ser indestructible? ¿Son subnormales? ¿No han comprobado que no pueden matarlo y mucho menos armados con un bate de béisbol o directamente a pelo, con los puños?

Increíble que se pueda aceptar un planteamiento tan absurdo en un film que se toma en serio a sí mismo. Y ese es precisamente el gran problema: su seriedad, la falta de ironía…

Por si fuera poco, la única presunta originalidad del filme —situar la acción en gran medida en el hospital de Haddonfield— en realidad ya sucedía en Halloween II (1981): allí la acción transcurría la misma noche que el filme anterior… y en el hospital de Haddonfield, donde acudía Michael Myers a matar a Laurie porque en realidad es su propia hermana.

¿Qué nos queda entonces?

Ah sí, el propio antecedente de David Gordon Green, titulado aquí La noche de Halloween (2018) y realizada 40 años después del original, donde acaba «definitivamente» con Myers a través del fuego.

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Aquí, necesitado de justificar la presencia de Myers tras su presunta muerte al final del anterior film, no tiene empacho en realizar un flashback para mostrar ese final y, de paso, insertar unos planos de Myers saliendo tras una puerta metálica que le ha salvado de morir quemado… por la inmediata acción de los bomberos que sofocan el incendio que iba a acabar con su vida. Su agradecimiento, claro, no puede ser otro que acabar con el equipo completo de bomberos.

¿Qué hace una puerta metálica en un sótano? ¿Qué esconde ese teórico lugar dentro del sótano? ¿Cómo una simple plancha metálica evita que el fuego lo queme todo? ¿Por qué narices Gordon Green tiene que explicar cómo sobrevivió Myers? ¿De verdad era precisa esa patética justificación? ¿Hemos hablado ya de la diferencia entre la sugerencia y mostrar con detalle lo que debería inquietar por carecer de explicación explícita hasta la saciedad?

Gordon Green invierte más tiempo en justificarse a sí mismo que en narrar una historia nueva: la primera parte es un refrito del original de 1978, pero contado desde el punto de vista de un joven policía, que esconde un complejo que saldrá a la luz 40 años después, coincidiendo con el Halloween de turno. Eso sí, se da el gustazo de contar con gran parte del reparto que protagonizó el Halloween de 1978, interpretando los mismos personajes 40 años después. Un guiño para gourmets del terror.

Y en la última parte, alguna escena prestada de su anterior Halloween (dirigido por el propio Gordon Green) le sirve para situar el contexto y que los nuevos espectadores no se pierdan. Y lo que queda se reparte entre pueblerinos gritando «El Mal muere esta noche» y Myers matando a diestro y siniestro con especial predilección por las amigas de Laurie, una protagonista que, por más que se hable mucho de ella, en realidad se pasa casi toda la película en una camilla, herida.

En conclusión, la película duda tanto de su propio poder de convicción que necesita esas muletas para justificarse a sí misma… y ni así logra convencer a nadie.

Con estos mimbres, pese a algunas voces que la consideran exquisita, la segunda propuesta de Gordon Green podría optar al título de una de las peores secuelas de la saga.

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La música de Carpenter

De la música se aprovecha el tema principal prácticamente en todos los films de la saga y, en este último reciclaje, John Carpenter aparece como productor y como autor de la música, acompañado de su socio Daniel Davies (colaborador en un par de discos recopilatorios de Carpenter aparecidos en el último lustro) y su hijo Cody Carpenter (que ya había colaborado con su padre en los últimos títulos).

Quedan dos fragmentos que se alejan del original: Rampage, con un obsesivo tema (nada que ver con la sintonía típica de la saga) que llega a resultar agotador, cuya base es recuperada también en el fragmento Hallway madness; y, por otro lado, Frank and Laurie, algo parecido a un breve tema romántico, resuelto únicamente con un piano dulce y agradable. Probablemente el «tema de amor» de la saga, dedicado a un policía y una superviviente nata, ambos tumbados en camillas en el hospital.

Tal y como repiten una y otra vez en el filme «El Mal muere hoy», o quizá sería mejor pensar que la saga de Michael Myers es la que debería morir de una vez… aunque si cortarle la cabeza en el episodio 5 (¿o era el 6?) no pudo acabar con él y no digamos nada del fuego y las explosiones en los episodios 2, 10 y 11, ¿qué puede destruirlo?

Quizá un fracaso espectacular de público ayudaría… aunque empiezo a dudarlo: la gran campaña promocional —sobre todo en redes— ha logrado convencer a muchos que la nueva trilogía es el no va más. Y prepárense, porque Halloween ends, el final de la trilogía anunciado para este año, se va a convertir en «la mejor de la saga», sin ninguna duda.

Una muestra del poder de la publicidad pagada, nada menos.

Escribe Mr. Kaplan | Fotos Universal Pictures


Más información sobre Halloween:

Monográfico sobre John Carpenter, Encadenados nº 24

John Carpenter, horror en B mayor (de Quim Casas)

La música de John Carpenter

John Carpenter: insobornable espíritu independiente

Halloween: el origen (3)

Halloween II (3)

La noche de Halloween (2018) (1)

La saga de Halloween (Wikipedia)

   

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