El buen patrón (4)

  04 Noviembre 2021

Un Bardem esplendoroso

el-buen-patron-0«Todo arte es releer el arte»

 

Rafael Chirbes.

Humor inteligente y crítica social se conjugan admirablemente en el nuevo largometraje de Fernando León de Aranoa: El buen patrón. Son estas las principales señas de identidad de la filmografía del cineasta madrileño, que con esta película recupera la brillantez artística y la solidez narrativa de sus grandes trabajos: Barrio (1998) y Los lunes al sol (2002).

Si este otoño nos hemos encontrado con una Blanca Portillo en estado de gracia en Maixabel, de Icíar Bollaín, el papel de Javier Bardem como jefe de una empresa de básculas no le va a la zaga. Bardem está inmenso: en dicción —esa genial voz gangosa, que implica una ficticia cercanía a los empleados—, en movimientos, en gestualidad. La dificultad de la interpretación, que Bardem supera con maestría, estriba en mostrarnos a un dirigente egoísta, ambicioso y carente de escrúpulos bajo una capa dulce, bonachona, tierna.

Bardem logra uno de los puntos cimeros de su carrera como el empresario Julio Blanco, siguiendo las huellas luminosas de Vito Corleone —Marlon Brando— y su hijo Michael —Al Pacino— en El padrino (1972) y El padrino, parte II (1974), de Francis Ford Coppola. Y no, no tiene tanto poder como los líderes mafiosos, pero su apariencia simpática, su capacidad de fascinación, su confianza en sí mismo, el respeto que infunde entre sus subordinados resultan equiparables. El autoritarismo no lo ejerce de manera directa sino en las sombras.

En el fondo, la nueva propuesta fílmica de Fernando León de Aranoa es una sabia revisión de las obras maestras de Coppola: desde el lugarteniente Miralles —magnífico Manolo Solo—, una especie de Fredo desnortado, al que Blanco decide expulsar de la compañía tras un largo período de cavilaciones, hasta el majestuoso montaje paralelo del final en el que se resuelven trágicamente las tramas con la música operística de Tchaikovsky de fondo.

Desde el arranque del filme, ya se aprecia un notabilísimo guion. En el discurso de apertura de Blanco, en apenas dos minutos, ya se nos ha pintado la idiosincrasia del personaje protagónico y su ámbito de acción: la propia empresa que él lidera. Blanco, casado y sin hijos, proyecta demagógicamente la equivalencia entre trabajo y familia. Pero lo hace de forma sutil, encandilando a través del verbo, dando un perfil amigable, conciliador.

Y ya en ese prodigioso inicio, Fernando León de Aranoa introduce un elemento de conflicto dentro del proyecto de estabilidad y bonhomía que irradia Blanco al frente de la empresa: José, un trabajador —Óscar de la Fuente—, padre de dos hijos, es despedido en mitad de la alocución paternalista de Blanco, y acampará frente a la puerta de la compañía. Lo que en apariencia es solo un despido más desencadenará una progresiva crisis.

La película cuenta con unos secundarios de lujo, muy bien llevados por el director: con el personaje de José, el trabajador que se queda en paro e inicia sus reivindicaciones delante de la entrada de la fábrica, León de Aranoa no solo critica la dura realidad laboral de nuestros días —muchísimos trabajadores son despedidos a diario—, sino que también muestra de forma sutil el aislamiento que estos parados sufren ya no solo por las empresas, sino, lo que es más grave a nivel ético, por el propio mundo de los trabajadores: no hay sindicatos ni partidos de izquierdas que los apoyen, ni solidaridad entre sus compañeros. 

La soledad de José en sus demandas —ayudado únicamente por sus dos hijos, y eso al principio, luego ya completamente solo—, refleja el arrinconamiento del espíritu progresista en pleno siglo XXI, en un país como España, con 45 años de historia democrática tras la dictadura franquista. De esos sueños por cambiar el mundo, de esos ideales de justicia y libertad, ¿qué quedó? La película muestra los rescoldos: las pancartas, los cánticos, los versos de La muralla, de Nicolás Guillén, entonados por Ana Belén y Víctor Manuel.

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En el albor del siglo, en 2002, en Los lunes al sol, todavía quedaba cierta fraternidad, cierta unidad en la lucha de José, Lino, Santa y Amador: los compañeros que aún conservaban el sentimiento solidario. Pasadas casi dos décadas, la izquierda —al menos en un nivel organizativo, grupal, pues siempre quedará la rebeldía individual de cada persona— continúa en caída libre, y el capitalismo prosigue con sus tropelías.

De eso, entre otros aspectos, trata este largometraje y buena parte del cine de Fernando León de Aranoa, y yo, sin ser marxista, pero que no he dejado de creer en los ideales de la izquierda, continúo apreciando sus obras. Un cine que dice que podemos perder, podemos ser unos derrotados, pero somos unos derrotados dignos, con ganas de vivir con una sonrisa, pese a todo.

Celso Bugallo, un excelso intérprete, un actor histórico del teatro gallego, el Amador de Los lunes al sol (2002), el protagonista de Amador (2010), es Fortuna —un guiño galdosiano— en El buen patrón. Apenas habla, pero en cada escena transmite con su sola presencia la fidelidad al jefe y el hondo dolor por la tragedia familiar. Y qué bien conecta con Bardem en la gran pantalla. Al igual que en Los lunes al sol, Fernando León ha sabido potenciar esa armonía existente entre ambos.  Fortuna, como hiciera el artista musical en El padrino, busca el amparo, la protección de Blanco, un Corleone de nuestro tiempo.

Por su parte, Fernando Albizu refuerza la dimensión humorística del largometraje con su papel de vigilante. Lo borda. Quizá el punto más flojo de la película radique en el personaje de Liliana —Almudena Amor—, pues no resulta del todo creíble su ascenso en la empresa a través de su astucia y magnetismo sexual. Y el propio Bardem, enorme a lo largo de todo el filme, es más brillante en el ámbito laboral que en sus peripecias sentimentales. Su interpretación es gloriosa en la esfera empresarial. Es el Blanco jefe el que encandila a los espectadores.

En definitiva, con El buen patrón ha vuelto el mejor Fernando León de Aranoa, un cineasta comprometido que sabe conjugar las temáticas sociales y las cotidianas con unas dosis importantes de comicidad. Una genuina simbiosis de Bertolucci, Costa-Gavras, Berlanga y José Luis Cuerda.

Escribe Javier Herreros Martínez  

  

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