Maixabel (4)

  22 Octubre 2021

Vivir sin odiar

maixabel-0«Ven,
salgamos fuera.
Todavía
nos queda mucho
atardecer»

Karmelo C. Iribarren.

La llegada del otoño nos ha traído la nueva película de Icíar Bollaín, Maixabel, un largometraje sobrio, auténtico, inteligente, que se antoja fundamental para intentar comprender la problemática sociopolítica del País Vasco en las últimas décadas.

La obra, basada en hechos reales, aborda la vida de Maixabel Lasa a partir de que esta mujer conozca el trágico acontecimiento que cambiará su existencia: el asesinato, perpetrado por ETA, de su marido, Juan Mari Jáuregui, el 29 de julio de 2000 en Tolosa. Jáuregui era por aquel entonces gobernador civil de Guipúzcoa, además de ser un político socialista muy apreciado.  El filme arranca con el crimen —no será la única huella de García Márquez y Crónica de una muerte anunciada (1981)—, y se centrará en los efectos que el atentado provocará en la familia de Jáuregui: en su única hija —una joven universitaria— y, sobre todo, en su viuda.

Blanca Portillo nos ofrece una interpretación inmensa en el papel protagónico, una de las mejores actuaciones del cine español contemporáneo —al nivel de Mercedes Sampietro en Gary Cooper, que estás en los cielos (1980), Emma Suárez en El perro del hortelano (1996), ambos largometrajes de Pilar Miró; o de Laia Marull en Te doy mis ojos (2003), de la propia Icíar Bollaín—. Portillo transmite humanidad a raudales y ya desde su mirada y desde su rostro, a veces sin necesidad de diálogo, es capaz de llenar la pantalla y llegar a nuestros corazones. Considero que el epicentro de esta lección interpretativa es poder hacer creíble a los espectadores algo que en principio puede resultar increíble para muchos de ellos: su voluntad de querer hablar con los asesinos de su marido.

Toda la película está narrada desde la sinceridad de la experiencia real de Maixabel, la manera en la que esta ciudadana vasca, que tanto tiene de la Madre Coraje de Brecht, en circunstancias complejísimas, decide seguir defendiendo lo que defendió su difunto compañero, su pareja desde los 16 años: la concordia, el espíritu abierto y democrático, una ética que se asienta en la dignidad y el conocimiento, no en el odio y la exclusión. «Juan Mari habría hablado con ellos», dice en algunas escenas de filme, ante la perplejidad de quienes no logran comprender que quiera entablar un diálogo con los terroristas que acabaron la vida de Jáuregui. Para componer esta sublime actuación, Portillo habló durante varios meses con Maixabel Lasa, conoció a la mujer cuya vida ha llevado a la gran pantalla con un fulgor y un humanismo impresionantes.

Bollaín elabora un filme sin demagogia, abarcador de la compleja sociedad vasca. Pero la ausencia demagógica no implica equidistancia política: desde el primer momento, la cineasta condena la violencia terrorista, defendiendo la paz, la libertad y la tolerancia cívica. En este sentido, junto con el personaje nuclear de Maixabel, verdadero eje discursivo de la película, resultan maravillosas las actuaciones de la hija, encarnada por una excelente María Cerezuela, que otorga toda la bondad, la inocencia y la ternura de la descendiente de Maixabel y Jáuregui; y la mediadora entre los familiares de las víctimas y los asesinos: una sublime Tamara Canosa, digna, íntegra, valiente.

Acierta Bollaín en la narración paralela del relato biográfico de Maixabel y de la situación de los asesinos de Jáuregui en una cárcel alavesa. La mezcla de ambientes y de personajes, que es la mezcla de dos mundos muy distintos que logran converger, está muy lograda. Tosar, un actor talentoso, lleno de energía, no se muestra tan convincente como Ibon, el líder del comando etarra que segó la vida del político progresista. Creo que las lagunas en el personaje radican en que no se profundiza en la evolución de este, o que su cambio existencial —de la defensa de la violencia a la repulsa de la misma, de la pertenencia a una organización terrorista a su rechazo de esta, en definitiva, de apostar por la vida, y de ahí el arrepentimiento por sus crímenes, y no por la muerte que él generó— se nos muestra sin toda la hondura y todos los matices que se requerirían.

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No obstante, Tosar nos obsequia con alguna escena excelsa como el cara a cara con Portillo, una de las cumbres de largometraje, donde la viuda busca saber más, conocer más para no dejar paso al odio, y el terrorista pide perdón a la mujer de la persona que asesinó. Y entre el perdón y el conocimiento, en esa extraña simbiosis quizá se hallen las bases de la sociedad democrática vasca del porvenir.

El otro asesino, Luis, brillantemente interpretado por Urko Olazabal —¡cuánta contención!, ¡cuánto tormento profundo!—, a diferencia del personaje de Ibon, sí alcanza la necesaria credibilidad en su metamorfosis vital e ideológica, incluso su encuentro con Maixabel se sitúa como otro de los puntos culminantes del filme, anticipando el posterior diálogo cimero entre Portillo y Tosar.

El largometraje transmite con solidez y sabiduría el universo cotidiano del País Vasco: los altos árboles, los bellísimos paisajes de lluvia, los paseos junto al mar, las conversaciones con un buen chato, la amistad de las cuadrillas. En el precioso y emotivo final de Maixabel he sentido el influjo del gran maestro John Ford.

Uno de mis mejores amigos, el fenomenal escritor y periodista Alberto Lardiés, es navarro y vive en Vitoria. Desde hace veinte años, cuando nos conocimos en la Universidad Complutense de Madrid, hemos hablado mucho sobre los problemas, las realidades y las perspectivas de futuro del País Vasco. Gracias a Alberto, he podido conocer algo de los conflictos existentes en esta comunidad autónoma. Gracias a mi amigo, descubrí la literatura de Fernando Aramburu. Al ver esta extraordinaria película de Icíar Bollaín, me acordé de nuestras conversaciones mientras paseábamos de Ciudad Universitaria a Moncloa y de Moncloa a Ciudad Universitaria, y pensé que Maixabel, de Bollaín, y Patria (2016), de Aramburu, serán obras con las que los individuos de las próximas generaciones puedan acercarse a las vivencias, los lamentos y las esperanzas del pueblo vasco.

Escribe Javier Herreros Martínez  

  

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