Dune (3)

  11 Octubre 2021

Espectáculo visual listo para el consumo

dune-0Según Denis Villeneuve, la adaptación de Dune fue un sueño aplazado para el que se preparó a los largo de su carrera, como si sus películas anteriores (Sicario, La llegada, Blade Runner 2049) hubieran sido una preparación para este proyecto, una afirmación que resulta sorprendente si se tiene en cuenta la trayectoria del director canadiense, entre el cine de autor y, muy ocasionalmente, el más comercial al servicio de los intereses de la industria.

Se entienden las expectativas ante esta esperada nueva versión del best seller de Frank Herbert (1965), cuyas secuelas se extendieron hasta el 2004 por mor de la abusiva gestión de los herederos del escritor que exprimieron al máximo  sus notas y apuntes, reales o no, para extender y mantener  un negocio editorial de notable éxito.

La película de David Lynch (1984) fue un proyecto fallido que no superaron las series televisivas de John Harrison y Greg Yaitanes (2000-2003). El reconocimiento y prestigio del director de El hombre elefante (1980), que deslumbró a Dino de Laurentiis, desembocó en el fiasco, más que esperable, de un proyecto donde director y productor partían de premisas opuestas y perseguían objetivos incompatibles:  libertad creadora versus dinero. 

El plan de Lynch con la participación surrealista de Dalí, Jodorowski, Moebius y Sting, un presupuesto de 40 millones de dólares y una duración de cinco horas, reducida a 137 minutos por la producción, generó un conflicto de intereses agravado por el fracaso de taquilla y crítica, posteriores al estreno de la película. Se sabe que el director de Mulholland Drive (2001) se negó a reconocer su autoría hasta el punto de solicitar que su nombre no apareciera en los créditos, y si lo consintió fue obligado por las previsibles demandas judiciales que se le venían encima.

Todo ello desató, en el mundo del cine, cierta dosis de prevención y escepticismo ante nuevos intentos de adaptar la novela de Herbert, que algunos devotos de la hipérbole verbal han denominado como «la maldición de Dune». No es de extrañar la expectación provocada por la decisión de Villeneuve para enfrentarse al reto de transformar en cine un libro canónico para los fans del sci-fi. Y más aún si se trata de Dune, un libro cuya estructura dispersa y contenido complejo no facilitaron el trabajo en tiempos de Lynch ni lo han hecho ahora.

Herbert situó su historia diez mil años después de su tiempo, a mediados del siglo XX. Como señaló Philip K. Dick, unos de los modernos padres del género de la ciencia ficción, esta circunstancia —el desarrollo de un relato en el futuro— no garantiza su adscripción al género, pues para ello es necesario que se muestren, analicen o cuestionen los conflictos internos del ser humano en ese contexto, conforme a los avances de la ciencia y la tecnología. De acuerdo con este principio, la saga Dune pertenecería a lo que se ha denominado ciencia-ficción blanda o débil, en este caso algo cercano a una ficción fantástica revestida de matices filosófico-simbólicos.

La novela y sus adaptaciones cinematográficas y televisivas relatan las andanzas de la noble e influyente familia Atreides, una de las Grandes Casas que conforman al Imperio galáctico que gobierna el universo. La orden imperial de abandonar Caladam, el húmedo y fértil planeta que administran y habitan, para regir el desértico Arrakis, único lugar donde se extrae la codiciada «especia-melange», imprescindible para los desplazamientos espaciales mediante plegamientos del tiempo, esconde una trampa política: debilitar el creciente poder de los Atreides enfrentándoles con los Harkonnen, furiosos por sentirse desplazados.

En el proceso de ocupación de Arrakis, los Atreides y su ejército, además de defenderse de los ataques Harkonnen, intentarán someter a los habitantes del planeta, los Fremen, los verdaderos dueños y conocedores del peligroso desierto habitado por mortales y gigantescos gusanos.

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En el desarrollo de este argumento, largo y con numerosas derivaciones y subtramas cuyo progreso avanzará en las posteriores secuelas de la saga novelesca, se infiltran frecuentes reflexiones filosófico-religiosas relativas al mesianismo de un hipotético salvador de los oprimidos, aderezadas con referencias bíblicas o coránicas que se implementan con la aportación de las Bene-Gesserit, la secta femenina de extraordinarios poderes mentales capaces de manipular y transformar la realidad.

Hay que agradecer a Villeneuve que haya ofrecido una historia coherente y   comprensible, poniendo orden en el caos estructural de la novela y del filme de David Lynch. El guión, escrito por el oscarizado Eric Roth (Forrest Gump, Munich) y el menos afortunado Jon Spaiths (Passengers, Prometheus), funciona con notable eficacia, aportando claridad a un relato que, como la novela, se desenvuelve en el territorio de lo fantástico y la fábula moral.

La síntesis narrativa propia del cine es fruto tanto del guión como del excelente montaje de Joe Walker, el habitual colaborador de Villeneuve. El resultado es espectacular desde el punto de vista visual, con una planificación y puesta en escena  exquisitas. El director canadiense ha puesto su talento al servicio de un proyecto impecable desde el punto de vista formal, donde la magnífica fotografía del australiano Greig Fraser contribuye a la brillantez visual del conjunto en el que se integran a la perfección los equipos de arte y vestuario (Jacqueline West y Bob Morgan). El color y diseño de los trajes se adapta perfectamente a las necesidades argumentales: un verde oscuro, elegante y sobrio para los trajes militares de los Atreides, los personajes destinados al papel más heroico de la historia.

Como Menelao y Agamenón, los hijos de Atreus, serán arrastrados por el destino hacia conflictos bélicos de carácter mítico. Víctimas de las intrigas imperiales, se verán destinados a grandes hazañas  para ordenar el caos del mundo y salvar a la humanidad de la codiciosa garra del poder. Como se ve, nada nuevo en esta película que reproduce los más  antiguos y conocidos relatos fabulosos de la literatura y el cine.

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No hay sorpresas en el cuero negro que visten los malvados Harkonnen, entre los que destaca el trabajo del sueco Stellan Skarsgard (Chernobil) como barón de la Casa y el de su hijo y heredero representado por Dave Bautista; ni en los ocres y negros de los arabizados pseudobeduinos habitantes del desierto, ni tampoco en los velos y sedas cargadas de pedrería de las ostentosas Bene-Gesserit, especialmente importantes en el vestido de la Reverenda Madre Mohian, encarnada por una Charlotte Rampling tan tapada que apenas se la ve, aunque su actuación como personaje de poder y fuerza es deliberadamente dramático.

Como vemos, Villeneuve ha efectuado todo un despliegue de medios en consonancia con el alto presupuesto del filme y su objetivo de inmersión total del espectador en la historia, que se acentúa hasta el exceso mediante las extradiegéticas estridencias musicales de Hans Zimmer (Gladiator, Interestellar) y su reiterativa percusión de raíces árabes y étnicas, asociadas al pueblo subyugado. El desierto Fremen resuena y vibra al ritmo de la narración cinematográfica enfatizando los momentos de tensión con sobresaltos sonoros que hacen saltar en su butaca al complacido espectador.

En cuanto al contenido argumental, Villeneuve no aporta casi nada a una historia que, en la novela, no da más de sí, por lo que, en este sentido, podemos afirmar que el director ha realizado una adaptación absolutamente fiel en lo esencial. Con un elenco actoral de primera fila, el director ha seleccionado el perfil más idóneo para cada personaje con el fin de aportar verosimilitud a la historia.

El triángulo evocador de los ambientes medievales y legendarios que tanto éxito tuvieron en Juego de tronos está formado por Oscar Isaac, encarnando al duque Leto Atreides, Jason Momoa (Aquaman), al maestro de espadas Duncan Idaho, y Josh Brolin, al jefe de guerra Gurney Halleck.  Este grupo de personajes representa la lealtad a unos ideales y valores morales que se identifican con la defensa del Bien al que sirven con valor y convicción. Ellos son los soportes ideológicos y la fuerza guerrera de la Casa Atreides.

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Rebeca Ferguson interpreta con brillantez a Lady Jessica, la amante de Leto y madre de Paul Atreides, el heredero. Su pertenencia a las Bene-Gesserit, que la observan con dureza por haber alumbrado un varón, y el adiestramiento de su hijo en el dominio de la mente personifican la parte más fantástica de la historia. Sharon Duncan-Brewster incorpora a la Doctora Lyet Kines, que en la novela y en la película de David Lynch era un personaje masculino. La presencia de Javier Bardem como líder de los Fremen es insignificante, apenas un esbozo, una sombra al final de la película.

La elección de la celebrity Zendaya para el papel de Chani, la líder femenina y juvenil de los Fremen, confirma las intenciones de Villeneuve de entregar una superproducción cinematográfica destinada al gran público. Si la recaudación de taquilla es satisfactoria, habrá una segunda parte, en la que el director trabajaría el próximo año para ser estrenada en 2023. Villeneuve ha optado por dividir la historia en dos partes, por lo que este Dune es en realidad una introducción donde se presentan la trama y los personajes sin profundizar en su singularidad ni en su evolución.

Es posible que el estreno en streaming en HBO Max influya negativamente en la recaudación de los cines, restando posibilidades a futuras realizaciones e incrementando la tensión entre el director y la Warner Bros. El tiempo dirá. De momento las palabras de Chani («Esto no es el final») que cierran el filme trasmiten el deseo del director y la esperanza de un nuevo comienzo.

El único que se aleja muy levemente de esta propuesta es Paul Atreides, interpretado con gran acierto por la joven estrella ascendente Timothee Chalamet, el adolescente enamoradizo que se dio a conocer como prometedor actor en Call me by your name. Su tópico rol de héroe destinado a realizar grandes hazañas, educado y adiestrado en las artes de la política y la guerra para defender los ideales de la Casa Atreides se desvía sutilmente del prototipo.

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Se trata de un héroe más humanizado, con dudas sobre un destino predestinado contra el que se rebela y que acepta en un proceso de crecimiento personal desde la adolescencia a la madurez. Su carismático encanto se incrementa con cierta tristeza que le confiere un aire melancólico muy atractivo para los postmillennials de la generación Z. Todo está muy pensado.

Es capaz de sentir miedo ante el futuro y ante las posibilidades de sobrevivir y tomar decisiones. Es capaz de pensar por sí mismo y prevenirse contra el fanatismo religioso como forma de manipulación de las masas, por lo que contempla con desconfianza las esperanzas mesiánicas depositadas en su persona por los Fremen. Sin duda, Villeneuve ha actualizado el personaje para acercarlo a la realidad política y social del siglo XXI aunque el resto de temas son recurrentes, como las connotaciones ecologistas de los valores Fremen en relación con el futuro del planeta y la preocupación sobre el medio ambiente.

Veremos si llega la secuela y llena los vacíos de esta incompleta versión del libro. Aún no sabemos si Villeneuve ha abierto la puerta a una nueva saga que haga la competencia a la desgastada Star Trek y a la proliferación de adaptaciones de best-sellersci-fi (La materia oscura, Dark).

De momento sólo decimos que hemos visto una película de acción fantástica que se desarrolla en un futuro lejano. Lo que sigue siendo un enigma es lo que pintan las esculturas y trofeos taurinos que decoran la casa y las paredes del palacio de los Atreides. ¿Humor o referencia mítica? 

No hay duda sobre el ingrediente esencial del filme: emoción y dramatismo bien administrados para construir una narración clásica de magnífica envoltura formal, una fiesta visual y envolvente, que atrapa al espectador y le entretiene durante las dos horas y media de la proyección. Si se está favorablemente predispuesto y con saludable curiosidad, claro. Y lista para consumir.

Escribe Gloria Benito

  

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