Free guy (2)

  14 Septiembre 2021

Nuevos códigos

free-guy-0De nuevo Hollywood repite fórmula, integrando líneas argumentales ya ensayadas, muchas de ellas clásicas, en una escaleta nueva o simplemente más adaptada a nuevas realidades que se abren paso a velocidad de vértigo.

Y digo esto porque en esta película podemos encontrar ecos clarísimos de El show de Truman, Matrix, Al filo del mañana o Ready Player One. Películas que, dispuestas en orden cronológico, nos hacen ver que desde hace apenas veinte años y hasta hace tan solo un par de ellos, la evolución digital avanza, como la Ley de Moore, en progresión geométrica. El cine no puede —o no quiere— ser ajeno a ello; por ello, las nuevas películas acogen esos cambios.  

Sí; lo que para Truman era un programa de televisión en directo, para Neo y Trinity —que, por cierto, y nadie sabe si por desgracia, están a punto de volver a pasearse por nuestras pantallas— era una experiencia de realidad virtual indistinguible de las vivencias cotidianas, de manera que ambos jugaban con su vida entre dos mundos de un modo sugestivo y peligroso.

Pero aquella película no explotaba la lógica de los videojuegos del mismo modo que lo hacía la protagonizada por Tom Cruise. En efecto, el coronel William Cage, en un maravilloso remedo de la película Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis, se veía forzado a repetir una y otra vez el mismo día en el mismo escenario de batalla, avanzando en este a medida que aprendía, como si fuese un experto jugador que debiera llegar al jefe final.

Ready Player One, sin embargo, ya no mantenía esta lógica de los juegos de acción, sino que implicaba el rol y la aventura mágica junto a la realidad virtual, adaptándose a los gustos de los gamers que no querían ver un arcade desactualizado en una pantalla gigante.     

Free guy viene a explotar, con no poca habilidad y menor desvergüenza, los mejores hallazgos de todas estas películas, pero emplea también los nuevos códigos de programación y cinemática para dar la apariencia de ser un producto original o al menos, actualizado.

El protagonista no es humano, y esto supone una novedad a medias, dado que contamos con los precedentes de, por ejemplo, Rompe Ralph. Pero mientras que el gigante destrozón era perfectamente consciente de hallarse en un videojuego, nuestro protagonista no lo es.

Así pues, la novedad consiste en que tenemos a un personaje que se comporta como si fuera un ser humano, pero dentro de un videojuego que él considera la vida real.

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Lo interesante es que el guión explota de un modo suficiente —quizá en ocasiones llegue a notable— todas las posibilidades que esta labilidad ofrece: hay talento narrativo para justificar lo que no parece justificable —¿cómo es posible que el personaje principal adquiera autoconsciencia y los otros no?— y además de un modo clásico, con elementos románticos que no chirrían ni producen diabetes.

Hay habilidad para integrar ese nuevo código Hays de lo políticamente correcto, con diversidad funcional, racial y de género, de manera que no suele a sermón revenido —en ocasiones los guionistas se permiten, si mi olfato no me engaña, burlarse sutilmente de ello, como cuando se habla del privilegio blanco o del moralismo de una reconvertida mujer objeto—, y hay capacidad para reírse de todas las generaciones, de la «x» a la «z», sin que por ello nadie resulte ofendido, pues la verdad en nada puede ofender.

En este sentido, el personaje interpretado por el ya casi omnipresente Taika Waititi es un ejemplo claro: alguien que sigue anclado en los «antiguos códigos», incapaz de aportar novedades y ridículo en su pretensión de estar «actualizado» a toda costa. Es un «OK, Boomer» de manual, un adulto que quiere ser guay, molón y chachi, sin reparar en que ya no vive en los ochenta y nadie conoce esa jerga.

Es, además, el típico tirano de los viejos tiempos en el despiadado mercado digital... un poco una metaburla sobre la propia película, que se construye sobre la base de los antiguos guiones, remozados, pero ya clásicos, que no pueden engañar a los que llevan mucho tiempo en esto de ver cine.

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No faltan tampoco los guiños a las franquicias Disney —quien paga manda—, pero tan bien colocadas, tan oportunas, que no dejan de despertar una sonrisa. Son también ocurrentes los momentos de falso documental, cuando aparecen algunos de los gametubers más famosos del mundo en pantalla comentando el avance del protagonista de la película, pero lo son aún más los momentos estelares de los jugadores que aparecen en casa mostrando su identidad real, tan alejada de sus avatares digitales: la sátira, e incluso el escarnio, están muy presentes en esta pequeña fábula burlesca, que critica elogiando.

Con respecto a la historia, bien clásica, es notable la muy delicada y ligera vertiente romántica, que a la postre y de un modo calculadamente ambiguo, se muestra como elemento principal. En este sentido puede decirse que gana por la mano al extraño pegote que supuso la previsible historia de amor de Ready Player One, que se olía a kilómetros. No es que esta sea un prodigio de sutileza, pero se conduce de un modo mucho más discreto que aquella: va dejando pequeñas señales, como easter egss de los videojuegos, que el espectador puede ir recopilando para armar el puzle final.

Todo esto no oculta que tras el enorme decorado digital se halla, como ya hemos sugerido, una historia bien simple, ligeramente edificante, apenas degustativa y nutricia. Su única virtud es hallarse construida sobre nuevos códigos, que aprovechan sin embargo los conflictos, dramas y lances de la cinematografía de siempre.

Las producciones de Hollywood empiezan a dar muestras de agotamiento creativo, o bien, de mucho descaro y desvergüenza. Que Free guy sea una película amena y disfrutable no quita para que señalemos lo obvio: habrá un momento en que no puedan seguir copiándose los tópicos, porque eso mismo será ya un tópico.

Escribe Ángel Vallejo

  

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