Annette, de Leos Carax (4)

  07 Septiembre 2021

¿Dónde está el escenario?

annette-0Comienza el espectáculo. En El hombre de la cámara, Dziga Vertov convertía el hecho de filmar en mucho más que una mera representación del mundo. Con el cine el mundo se creaba, comenzaba a existir. Se convertía así en los ojos con los que mirarlo, pero también en su posibilidad; cárcel y modo de acceso a la vez.

Leos Carax hace algo similar. En el magnífico arranque de la película va a filmar el sonido. Pero no se limita a registrarlo tal como ocurre y devolverlo con fidelidad, sino que transforma la imagen en sonido, hace que se identifique con él, con sus tentativas, sus carraspeos, sus impurezas… La imagen no es un testigo mudo sino una puesta en acción. Y a partir de ahí aparece un mundo propio que va del sonido a la música, y de esta a las canciones, hilo conductor que trasciende sus angostos límites y desemboca en un universo, en una forma de enfrentarse y comprender ese universo.

Cuando el recorrido se está gestando vemos a Leos Carax a los mandos, dando indicaciones sobre lo que tiene que ocurrir, y las da en su lengua, en francés, mientras que el producto de su creación será todo él en inglés, detalle no baladí que aísla y dota de artificio a toda la película: un artificio sobre otro artificio, un espectáculo que nosotros espectadores contemplaremos y en el que se disecciona el espectáculo mismo, la vida como espectáculo, sus inalcanzables límites.

Y al final, como esa puerta que se abre y se cierra en Centauros del desierto, de nuevo el director, sobre los títulos de crédito, comparece para clausurar aquello que no tiene clausura, porque no tiene un contexto que lo diferencie y lo acote.

Y en eso consiste la película. No es ya ofrecer un espectáculo, sino explorar sus límites, llevarlo a sus últimas consecuencias, inmiscuirnos en él, condenarnos a él…

Por la pantalla transitan todas sus formas. El cine, el teatro, la ópera, el concierto, la televisión. Y también las formas más modernas, los teléfonos móviles o las redes sociales… No se trata solo de contemplar, sino de hacerlo de una determinada manera, de aceptar una mediación que resulta irrenunciable y que, al serlo, configura también lo mostrado. El medio impregna el mensaje, y no hay mensaje sin el medio que lo transmite. Ni siquiera es una influencia; el mensaje ha desaparecido para importar sólo el mecanismo de su transmisión.

annette-2

En algún tiempo la representación tenía un valor catártico. Allí se recluían los demonios para desactivarlos, para que la vida siguiera su curso normal. Pero la escena fue creciendo y creciendo, vampirizando lo que permanecía en sus aledaños, y esa vida normal también fue engullida por ella. Y ahora todo cabe. No hay vida más allá de ella. La escena se ha superpuesto al mundo.

El nacimiento y la muerte: el parto de Annette es un espectáculo más, y la muerte es el enunciado de un actor frente a un público, el cual ríe e interactúa. O es la ficción que en la ópera se revierte y hace revivir. La solemnidad ha desaparecido de cualquier instancia. El decorado se funde con la realidad. La cámara transita por él, entra y sale… Cuando parece que se alcanza un momento de intimidad, la propia cámara escruta, invade, viola… Los personajes parecen querer huir. La motocicleta recorre incansable las calles, pero no hay escapatoria. O se ocultan, con los cascos, con la capucha que Henry viste en sus espectáculos y que traslada a su vida privada, en un indicio más de la indisoluble continuidad entre las dos esferas que ya son una sola… Pero siempre está presenta la mirada extraña a la que no es posible sustraerse: los noticiarios, los periodistas que acosan, tan parecidos a los paparazzi que Fellini mostró en La dolce vita, las visualizaciones en las redes sociales. El mundo entero se ha convertido en un escenario.

Ni siquiera la dualidad entre mirar y ser mirado se conserva. Cuando Carax filma las representaciones siempre coloca la sombra del público en primer plano, haciendo así que ese público forme parte también de la representación. Pero no sólo eso, sino que lo hace actuar, sumarse al espectáculo: el hecho de mirar también como parte de la función, rol imprescindible… La línea que separa a unos y otros se ha tornado tan difusa que no puede trazarse ya.

Y de esta forma todo se banaliza, se convierte en trivial. Ante la tragedia se ríe. Los tribunales pierden su empaque, las agresiones sexuales se ven a través de las redes sociales, en los medios de comunicación los niños son explotados. Con todo ello se construyen nuevos contenidos destinados al consumo, no importa de qué se trate. El espectáculo debe seguir.

annette-1

La película está construida a brochazos, como si de un cuadro impresionista se tratase. Pero más allá de su belleza inabordable (insuperable el baile en el barco bajo la tormenta), las sugerencias, las alusiones, el trasfondo, en definitiva, se agolpa y anega las imágenes. La alegría del espectáculo deja entrever la íntima tristeza que lo constituye. Hay una historia de amor que, como casi todas las grandes historias de amor, acaba mal, porque el tiempo no se puede detener. No es una película moralista, porque no da lecciones, pero sí es una particular visión de la realidad que no se contenta con permanecer en la superficie, esa superficie magnética y aprisionadora, sino que lanza vectores oscuros, sombras que atenazan. «No me miréis», suplica Henry al final de la película, y esconde su rostro, se retira… y nosotros miramos cómo lo hace.

Y los simios, que aparecen por doquier, en el muñeco de Annette, en el nombre del espectáculo, de Henry, hasta acunando al bebé, lo que nos remite al final de Holy motors, la anterior obra de Carax, cuando, al final de la agotadora jornada, el protagonista volvía a casa y era recibido por su grotesca familia de monos.

¿Dónde está el escenario? ¿Es interior o exterior?, se nos pregunta al inicio. ¿Es razón o imaginación? ¿Imaginamos el mundo? Buscar el escenario se desvela finalmente como una tarea inútil; no se puede buscar aquello que ocupamos. Es como buscar el aire que respiramos, el espacio en el que habitamos. Nada hay fuera; no nos podemos colocar en el lugar desde el que mirar sin ser vistos.

Esta inmensa obra nos lo dice, y al hacerlo no puede sino cubrirnos con un manto de inquietud. Es el cine, somos el cine, nos constituye el cine, no podemos escapar al cine.

Escribe Marcial Moreno

  

annette-4