La purga infinita, de Everardo Gout (1)

  22 Agosto 2021

Tanta corrección política ahoga la saga

la-purga-infinita-0Una saga que sorprendió en sus comienzos por su planteamiento político, por su inteligente crítica a posturas políticas que hoy están de moda y por cierta fiereza en su puesta en escena.  No era un plato para paladares exquisitos… pero es difícil mantener el tipo en las sagas, como demuestra este quinto episodio, ya muy lejos del original.

James DeMonaco inició la saga como director y guionista, en 2013 con La noche de las bestias (The purge): un título más comprometido y aterrador que lo que sugiere la lectura de su argumento: detrás había un cuento perverso sobre el Poder, el Mal, la Violencia institucionalizada y la supervivencia en el país de Nunca Jamás.

La fórmula funcionó tan bien que rápidamente se planteó crear una saga, siempre amparada por las mismas productoras: Blumhouse (de James Blum, autor de multitud de sagas de terror) y Platinum Dunes (de Michael Bay, director de la saga Transformers), a las que se sumó Man in a Tree (del propio James DeMonaco).

Los dos siguientes episodios también cuentan con guión y dirección de DeMonaco: Anarchy: La noche de las bestias (2014) y Election: La noche de las bestias (2016), ambas propuestas atractivas, sobre todo la primera, todo un canto a El malvado Zaroff y una crítica a una sociedad que permite a los ricos pagar para poder cazar pobres: un deporte ciertamente perverso.

En 2018, se expandió el universo (la palabra de moda para definir las sagas y secuelas de un título de éxito) y La purga contó con dos aportaciones distintas, guionizadas por DeMonaco, pero no dirigidas por él, que se reserva la escritura y la producción como facetas para controlar esta expansión por momentos gratuita: La primera purga: La noche de las bestias, dirigida por Gerard  McMurray —donde se narraba el origen de esta noche fatídica creada por los padres fundadores para salvar la patria—, y una serie de televisión titulada La purga, que ya cuenta con dos temporadas estrenadas.

Y ahora, en 2021, despojado ya en España del subtítulo que ha tenido toda la serie (La noche de las bestias), llega La purga infinita, dirigida por el mejicano Everardo  Gout, un intento de renovar una idea que parece agotada desde hace unos años… pero que sigue funcionando en taquilla, luego seguirán llegando episodios.

Combatir la delincuencia, tarea de todos

El primer episodio, con muy mala baba, planteaba la «necesidad» de que la población se desahogara una noche, como fórmula para reducir la delincuencia. La premisa creada por un Gobierno liderado por los Padres Fundadores era sencilla: durante doce horas no había ley, cada cual podía acabar con los delincuentes —o cualquier otro vecino— que se le antojara. Así se reducía la delincuencia.

Nada más… bueno, nada más y nada menos.

Los sucesivos episodios, escritos por DeMonaco, han intentado distintos enfoques, sin desviarse del tema central —la noche en que todo tipo de violencia está permitida—, aunque buscando la originalidad en aspectos tan sugestivos como el origen de esa purga anual.

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Lo cierto es que el autor ha apostado en todos los episodios en cine —este cronista desconoce la serie de televisión— por unos puntos de partida interesantes: no son meras secuelas, intenta buscar aspectos nuevos… aunque la premisa no siempre da resultados interesantes.

Y llegamos a La purga infinita, que comienza con el traspaso de la valla que separa Méjico y Texas, bajo tierra, en plena oscuridad, por unos túneles oscuros, para llegar a la tierra de la gran promesa.

Una joven pareja mejicana lo consigue y, diez meses después, Adela y Juan van a vivir su primera purga en Estados Unidos. Doce horas en las que todo vale: matar al ladrón, al psicópata, al policía, al vecino rico… o al patrón.

Precisamente ese es el punto de partida del día siguiente, porque la gran novedad de esta purga es que no acaba a las 7 de la mañana, como todas las anteriores, sino que continúa al día siguiente.

Literalmente: la purga se les ha ido de las manos.

Y llegan los ajustes de cuentas, la violencia aún más gratuita y el sálvese quien pueda.

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Vamos a matar, compañeros

Una idea que subraya la imposible justificación de los «padres fundadores» que crearon esa ley para reducir el índice de criminalidad en las calles. En realidad, cualquiera puede acabar con cualquiera y no tiene que rendir cuentas a la justicia. Lo que inicialmente es un «vía libre al ajuste de cuentas con aquel que odias», acaba convirtiéndose justamente en eso: ya no hay normas.

Un duro comentario sobre el día a día de un país en el que todo el mundo tiene armas en su casa porque tiene «derecho» a defender sus propiedades —o cualquier otra justificación que cada cual busque—, y también una lectura política de la situación actual en Estados Unidos… y en muchas otras zonas del planeta: la violencia cotidiana no es patrimonio exclusivo del tío Sam.

Pero también esconde una idea perversa: la violencia se une a un claro ataque al racismo imperante en la sociedad norteamericana (y, en el fondo, en cualquiera del «primer mundo»): ricos que odian a sus trabajadores chicanos, aunque los explotan sin misericordia; jóvenes que matan por placer, pero inicialmente a los de fuera...

El problema surge cuando la sugestiva propuesta sobre el papel debe ser materializada con una historia que contar… y esta está llena de agujeros.

Aunque aceptemos que «casualmente» la policía detiene a Adela, la joven mejicana (ejemplar trabajadora en una empresa norteamericana, lo que la ha hecho ascender a jefa de sección o algo similar) porque la ven defenderse de unos psicópatas al día siguiente (y no han visto cómo la han atacado antes), más difícil de creer resulta que la metan en el mismo furgón policial con otros psicópatas… y no digamos que ese  furgón sea atacado por una horda de maleantes que ni siquiera se preocupan de acabar con los que van dentro.

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Pero no es el único caso en el que la casualidad (el famoso deus ex machina) o, sencillamente, la falta de recursos del guionista hacen su aparición: encontrar un supercamión listo para huir en el rancho no tiene nombre; que en su huida reciban cientos de disparos en el blindaje del camión, pero ninguno en las ruedas o en el enorme parabrisas, no se lo cree nadie; y que una rosa pintada en algunos lugares de El Paso sea una señal está muy bien como idea… pero es que esas rosas no siguen ninguna lógica —que sepamos— por tanto es imposible saber dónde empieza o acaba el camino.

Queda, eso sí, una brillante idea para finalizar la función: el retorno a Méjico se realiza con los elementos opuestos: frente a los túneles oscuros y nocturnos del inicio, al final se regresa de día, al aire libre y por encima de las montañas.

Un viaje al Sur del que ya hablaba El día de mañana (Roland Emmerich, 2004) cuando planteaba que los vecinos estadounidenses del norte debían huir a Méjico para salvar la vida: allí, por el desastre climático, aquí por la horda desatada con la purga.

Esta idea invita a una reflexión acerca de si Méjico (y Canadá, que también abre sus puertas a los americanos que huyen de la muerte segura a manos de sus vecinos) debe o no abrir sus fronteras a un país que casi nunca recibe a sus vecinos con los brazos abiertos.

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Pero no es una reflexión que vaya más allá del enunciado. Las sugerencias políticas, las segundas intenciones, no van más allá de un planteamiento algo tosco, incluso cuando no queda claro, se acude a algún personaje que nos lanza el «mensaje» del film así, a viva voz, para que el espectador sea «consciente» de que está viendo un título «importante».

Tampoco tiene mayor recorrido el papel reservado a la mujer: una es madre durante la película, todo un símbolo, porque no quiere que su bebé nazca en un país tan violento como Estados Unidos; otra aprende rápido a manejar las armas y se convierte en guardaespaldas de la anterior; y la tercera no solo es la mejor tiradora del grupo, sino una líder nata.

Atentos al diálogo que define por qué es una gran tiradora y, en general, muestra el nivel del guion: para justificar su puntería, al guionista no se le ocurre otra cosa que ella diga en un determinado momento que en Méjico pertenecía a «una asociación de mujeres que luchaba contra el cártel».

Asociación de Mujeres Mejicanas contra el Cártel, así, con mayúsculas. El colmo de la corrección política. Sin comentarios.

Explicaciones de ese nivel abundan para hacer avanzar la trama o justificar saltos casi imposibles. Siempre hay un informativo en televisión o incluso una radio con pilas para poder llevarla a mano e ir «informándonos» a los espectadores de las novedades de la purga…

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Otra vez The Warriors

Recursos facilones, gratuitos, casi tan difíciles de aceptar como la facilidad con que un grupo de dos familias de vecinos a pie (ricos y pobres) pasan entre bandas rivales, policías e incluso el ejército, liados unos contra otros con disparos continuos… y los vecinos sin sufrir bajas.

Una falta de credibilidad que recorre la mayor parte del metraje, por el que desfilan desde viejos jefes indios que conocen los secretos de la frontera —si no cómo iban a cruzar a Méjico— hasta racistas de tomo y lomo que se «conciencian» y aceptan ayudar a mejicanos y vivir en Méjico —con un aprendizaje por la vía rápida—, pasando por un ejército apenas entrevisto, con un tanque y un puñado de soldaditos —cosas del presupuesto, supongo— y una horda de malos que, siempre que uno llama por teléfono, aparece al plano siguiente un convoy de salvajes para ayudar a los suyos… aunque luego son incapaces de acabar con esta pandilla de ricos y pobres.

Lo peor es que esos neonazis son tan torpes que una familia normalita se les escapa varias veces pese a tener a sus miembros apuntándoles a un par de metros. ¿De verdad nadie dispara en estos casos contra los inexpertos miembros de esas familias no violentas de ricos-y-pobres-unidos- jamás-serán-vencidos?

Cosas de un guión que intenta parecer serio a base de pronunciar frases rimbombantes e ideas políticamente correctas, pero en el fondo estamos ante una peli de aventuras con un largo viaje por la oscuridad, como la primera entrega.

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Aunque aquí resultan más evidentes sus fuentes originales, una mezcla de dos títulos míticos: ese regreso al hogar de una banda que atraviesa territorio enemigo acaba pareciendo un homenaje a The Warriors (Walter Hill, 1979); y el aspecto de los matones, sobre todo en la parte final en pleno desierto, es, sin duda, un pálido reflejo de la saga Mad Max.

Que participe de casi todos los temas hoy políticamente correctos (el liderazgo de la mujer, el respeto a los extranjeros, las acusaciones a los políticos mafiosos…) no significa que todo ello tenga una lógica: es un simple postureo para intentar obtener buenos réditos entre el público más comprometido.

Pero ni el espectador comprometido ni el ávido de sangre y vísceras salen satisfechos de la sala. La película habla mucho, pero ofrece poco: de hecho, su nivel de violencia es casi para todos los públicos, sobre todo si lo comparamos con las primeras entregas, más fieras en todos los sentidos.

La purga ha sido domesticada: larga vida a la purga diaria y a la serie de televisión que, si siguen rebajando su fiereza, pronto será tolerada para todos los públicos.

Escribe Mr. Kaplan

Más información sobre The purge:
Anarchy: La noche de las bestias, de James DeMonaco

  

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