Operación Camarón, de Carlos Therón (2)

  31 Agosto 2021

Desenfadada comedia que gustará más a unos que a otros

operacion-camaron-0Esta obra es una adaptación de una cinta italiana de título Song’e Napule (2013), de Antonio Manetti y Marco Manetti, libreto de Giampaolo Morelli. Yo no he visto el original, pero la que ahora comento, como dice Martínez, es un «subproducto de aire televisivo donde las estrellas cómicas pasan de una pantalla a otra sin prejuicios, sin vergüenza y, todo sea dicho, a costa de unos fondos pensados supuestamente a la mayor gloria de asuntos tales como la diversidad cultural».

Un joven extraño al mundo del hampa con aspecto de gilipuertas, un joven vallisoletano y pacato, a la sazón prodigio del piano clásico lastrado por el miedo escénico, gracias a una tía concejala acaba destinado en el archivo de una comisaría gaditana. Nuestro protagonista es, pues, un policía novato que, paradójicamente, resulta ser idóneo para una misión más que peligrosa. La cosa consiste en infiltrarse como teclista en una banda de dudoso gusto rozando lo vulgar llamada Los Lolos, un grupo de flamenco-trap que está contratado para tocar en la boda de la hija de un traficante de droga local.

La historia juega con la idiosincrasia patria, los acentos y modales de la España diversa, lo que ya resultó muy rentable en Ocho apellidos vascos (2014), de Emilio Martínez-Lázaro, entre otras, pues hubo más del mismo corte.

Se pone a la faena un Carlos Therón como director decidido, valiente y conocedor del gag físico y el puro slapstick; y lo hace de manera decidida, sin preconceptos ni chistes que provoquen vergüenza ajena, al menos en cierta medida.

No desmerece la música con canciones de Riki Rivera, arreglista genial, guitarrista e intérprete, con una carrera llena de éxitos de cine a pesar de su juventud (ganador del Goya a la mejor canción original en 2015, por El niño). Rivera dixit: «Hay muchos mensajes detrás de la película, y uno es precisamente que el reggaetón es más de lo que pensamos. Pero, eso sí, desde el humor. Como es una comedia, amplificamos y caricaturizamos todo. Está super divertida». Estupenda fotografía de Sergi Gallardo, junto a una buena puesta en escena.

De manera que un ingenuo y tontorrón pardillo del norte llega al sur para jugar a los policías. Lo destacable de la aventura es su fichaje por la brusca banda de flamenco-trap, empujado por la necesidad de colarse en la boda de la hija del capo.

Y aunque parezca que no, aunque la cosa vaya contra pronóstico, el filme se deja ver; es una comedia resultona, desvergonzada, ágil en sus planteamientos y, eso sí, soez un rato largo.

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Carlos Therón cumple en la dirección, haciendo las cosas de manera más que aceptables. Pues, aunque sea un producto prefabricado que no va en línea con una propuesta original, a pesar de ello, entre chapuzas y sucedáneos, Therón, tras su peli Lo dejo cuando quiera (todo un éxito de recaudación en su momento), parece haber encontrado una fórmula para, como dice B. Martínez: «hacer comedia mainstream con un toque canalla y utilizar el humor como mecanismo para reírnos de nuestros prejuicios, miserias y fracasos».

Encajan en un nivel aceptable el guion de Josep Gatell y Manuel Burque (que se reserva un simpático papel de secundario) que no da tregua (han adaptado la comedia poliziesca escrita por Morelli), y hace un humor sencillo y directo, valiéndose de elementos costumbristas, pero también encontrando la necesaria variedad para no cansar. Los actores y los chistes capaces de hacer aflorar por momentos la risa, aunque no a todos.

Se aleja en gran medida de los moldes más complacientes, introduce algunos estimulantes toques de trasgresión, y consigue unas buenas dosis de frescura y vitalidad, tal el caso del melindroso personaje encarnado por Julián López, el ímpetu barriobajero de la banda de reguetón Los Lolos o la inspectora agriada y de mala uva que interpreta Miren Ibarguren.

Cinta, en fin, próxima a la cultura y la música urbanita y popular, que se alimenta de ese universo hortera, a la vez que se convierte en una referencia a la música y estilo pop que nos lleva de Chiquito de la Calzada hasta Sálvame Limón, pasando por el flamenquito descafeinado. Todo un encadenamiento contagioso y pegadizo como el reguetón mismo.

La película cuenta con actores buenos, de los de antes y de siempre. Con oficio de gracioso, Julián López, actor emblemático caracterizado por sus personajes de patoso que cautivan por su ingenuidad entrañable, en esta cinta debe hacerse pasar por un cani.

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A él se une la intensidad dramática y cómica de Natalia Molina como la mánager de la banda mafiosa. Con la réplica un tanto brutal-humorística de Miren Ibarguren como la inspectora de policía dura y perseverante de la brigada antidroga o el macherío herido de Carlos Librado (gran sorpresa).

Sin olvidar otras figuras de peso como Antonio Dechent y Adelfa Calvo. Y el acompañamiento meritorio de Canco Rodríguez, Julián Villagrán, Paco Tous, Alberto López, Manuel Burque, Juanlu González, Antonio de Cos y Xisco González. El reparto está muy bien elegido para esta peli que, rozando lo chusco, acaba por divertir un tanto y sirve para aliviar los calores del verano.

En fin, el tópico de los castellanos (de Valladolid) sobrios, racionales y con poca chispa y capacidad para dejarse llevar por sus emociones versus los viscerales y festivos andaluces que gustan de la juerga y del pescaíto frito.

Desde luego no es una película de esas que marcan, ni mucho menos; tal vez la olvides prontito, pero resulta un pasatiempo digno como para para pasar unos minutos en una sala de cine fresquita.

Comedia resuelta, procaz (eso sí), ágil, que de puro burda puede resultar hasta bien plantá. O, como escribe Medina: «La fórmula Mediaset es infalible: comedia desenfadada, familiar y no demasiado imbricada con un reparto encabezado por un rostro muy popular afín a la cadena y un plus de choque identitario entre norte y sur, ciudad y campo, padres e hijos o cualquier dualidad susceptible de enfrentarse».

Aporta atrevimiento, disparate, frescura, ritmo y toques de gamberrismo a gogó como para el disfrute del respetable. De algunos al menos.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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