Tiempo, de M. Night Shyamalan (2)

  25 Agosto 2021

Interesante obra a la que le sobra el final

tiempo-0La película Tiempo que ahora comento (en el original, Old) resulta de la adaptación de una novela gráfica de 2010 llamada Sandcastle (Castillo de arena), escrita por Pierre Oscar Lévy y dibujada por Frederik Peeters.

En Sandcastle, como en el filme, un grupo de turistas llega a una playa paradisíaca con la única intención de ser felices. Y serlo a tope lejos de las preocupaciones del trabajo y de las rutinas diarias. Una pareja tortolita, sentada sobre la fina arena al borde de las livianas olas, se miran y susurran emocionados ese deseo que todos comparten: «¿Y si la vida fuera así para siempre?».

Pero resultará ser que, en la playa, en apariencia deliciosa, por cada media hora que transcurren en ella, todos envejecen un año. Los que tienen entre 20 y 30 años cuando llegan a la playa, como ocurre con muchos de los padres en la historia, están rozando el final de sus vidas o morirán en veinticuatro horas. Lo cual, se me ocurre, parecería el envés del Shangri-La ideado por James Hilton en su novela de 1933 Horizontes perdidos, llevada al cine por Charles Jarrott en 1973 y antes por Frank Capra en 1937. Pero sigamos con lo nuestro…

Hay una escena especialmente espantosa en la que una niña que comienza la historia cuando es una niña pequeña, no solo llega a la pubertad al muy poco, sino que también da a luz en la playa. La pregunta profundamente delicada es: ¿Cómo quedó embarazada? La respuesta a esa pregunta en el cómic es exactamente la que tiene que ser: ha tenido sexo con uno de los otros niños que se han hecho también mayores rápidamente en la playa. Los niños han adquirido la madurez psicológica y biológica suficiente para entender qué es el sexo y desearlo. El desarrollo infantil se precipita mientras que los padres envejecen rápidamente.

El director indio-estadounidense M. Night Shyamalan ya tiene un largo recorrido de enorme nivel con títulos como El sexto sentido (1999), El protegido (2000), Señales (2002), El bosque (2004) o Múltiple (2016). Películas que sorprenden, que incluso impactan y que, sobre todo, han creado escuela, además de tener recorridos originales, escalofriantes e inesperados. Shyamalan es un cineasta honesto, sin trampas en sus obras, que son, sin más, fruto de su imaginación, poesía visual y sonora (excelentes bandas sonoras) y referidas a aspectos trascendentales de esta vida y de la «otra vida».

Shyamalan sabe también usar un singular humor, propio suyo, para restar parte del dramatismo de sus historias y hacerlas más tolerables. Porque el cine de Shyamalan es profundo y por momentos escabroso. Por ello, a veces, ha sido mal comprendido. Además, Shyamalan es lo suficientemente inteligente y sutil para saber que ha de ser también comercial.

En esta cinta nos ofrece una obra muy actual y afín al tiempo que nos toca vivir. Inicialmente parece algo convencional, pero no tardamos en percatarnos que el filme es reflejo de una sociedad perdida, despistada y superficial, amén de inconsciente y acobardada. Un rebaño sin pastor, sin líderes importantes honestos, generosos, de peso. Un mundo de personas muy centradas en sus pequeñas miserias o en su cuerpo o en pasarlo bien y feliz, aunque sea por unos días en una exótica playa en la cual pretenden encontrar la solución a sus problemas más profundos e intrincados; o sencillamente abstraerse de su realidad como seres humanos que sufren y padecen. Shyamalan se instituye, así, en un norte moral, una especie de guía que nos muestra un poco de luz, no sin sarcasmo.

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Escenas como la de la mujer narcisista y esposa del médico paranoico y receloso, que sólo vive para maquillarse y hacerse selfies tomando grotescos desayunos hipervitaminados; las impertinentes preguntas del niño a los turistas («¿cómo se llama usted y a qué se dedica?»). Todo ello muestra la pérdida de lo esencialmente humano, del genuino afecto, de la sencillez, de la vergüenza, de los sentimientos, del «ser» más allá del «aparentar» o «tener» (que diría Fromm).

Este proyecto de Shyamalan cuenta con un elenco internacional impresionante que incluye a Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell, Ken Leung, Abbey Lee, Aaron Pierre, Alex Wolff y Thomasin McKenzie, entre otros. Estupendas y conjuntadas actuaciones que ofrecen una imagen dramática y de verismo de la tragedia por la que pasan los personajes.

O sea, toda una reflexión sobre esas ideas tan extendidas de encontrar todo lo mejor en viajes a Cancún o el disfrute de lo material e inmediato como solución a la rocosidad de la vida. Pues, como escribiera el poeta barcelonés Jaime Gil de Biedma en versos que casan muy bien con la trama: «Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / –como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos / –envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro. / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra»

Shyamalan lo filma con planos primeros quebrados, fondos desenfocados, detalles antes que la globalidad y transcurriendo esta fábula de forma sencilla pero implacable.

Cándidos juegos infantiles, miradas a través de cristaleras y retrovisores, todo ello a modo de antesala, los reflejos del espanto en una playa que es también trampa y que bien puede servir a modo de elevada alegoría de muchas cosas que se nos pueden ocurrir: la vida, el matrimonio, incluso el confinamiento obligado por el Covid. Y presidiendo, un tiempo de «fugacidad inane», como dice Fernández, invitación a reflexionar sobre la fugacidad de la vida, visto desde un prisma de terror suave: todos «dispuestos a acabar y fenecer» (J. Manrique).

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Así es la película: «Un oscuro mecanismo de terror existencial al sol de la playa que circula con un ritmo tan frenético como el envejecimiento acelerado de sus personajes» (E. Fernández Santos). Tempus fugit y una experiencia aguda y penetrante sobre el curso de la vida.

Cierto es que la película no acaba de cerrar los argumentos que propone; tampoco es cruel o sangrante con la cruda realidad de unos personajes que finalmente sólo anhelan escapar de esa playa o que los rescaten. Y del final, qué decir, que no puede ser más pedestre y torpe. Pero incluso se perdona pues lo que cuenta es la impresión tan grotesca y a la vez inevitable de que la historia de la playa es la de todos. Toda una metáfora para quien quiera ver más allá de lo anecdótico.

Pero concluiré con algunas reflexiones que me vienen con relación al filme; aunque lo que diga es perdonable y entiendo la cinta muy interesante; pero los flecos finales le impiden obtener, según mi parecer, medalla de plata u oro.

Lo primero es que la obra habría dado para mucha más reflexión y debate interno, pero deriva hacia un final medio policial o ciencia ficción que, además, no explica bien lo que pretende contar. Habría podido tener su carga filosófica, existencial, psicológica y de mordiente, de no ser porque pretende dar explicaciones paranormales, esotéricas, mágicas y delictivas, policía por medio, a una trama que no da para ello (aunque podría tener esto si nos sustraemos a otros elementos del filme).

Segundo, el relato bien podría haber acabado con todos muertos en la playa que, al igual que los castillos de arena del título original del cómic, hubieran sido llevados por la proverbial marea; como el último castillo de arena que los dos supervivientes construyen antes de cruzar el banco de coral para poder escapar de ese lugar maldito.

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Lo tercero que pienso es cuán bien habría quedado la película de haber seguido un tanto las directrices buñuelianas de personas perdidas en su propia soledad y egocentrismo, o cuánto habría tenido de desarrollo la historia sin tanto personaje demente. Meramente la digresión sobre el curso de la vida, lo estrictamente psicológico o de asombro ante lo que es una vida sobrevenida en pocas horas, o la crisis de los jóvenes que ven perder su juventud, son per se, pretexto y motivo esencial para la película, que podría haber cerrado así, sin añadidos.

Pero ya he dicho que Shyamalan busca por lo común un toque comercial y de actualidad para sus filmes, no sólo para atemperar emocionalmente el mensaje turbador, sino también para vender el producto.

En este caso el The End tiene que ver con la industria farmacéutica, muy vinculado probablemente al descubrimiento de las vacunas contra el Covid en un tiempo récord. Pero este final es añadido a la novela gráfica que en absoluto refiere esta conclusión. Como apunta el propio Shyamalan: «Siempre fue este final. Para mí, la novela gráfica no tenía un final esencialmente y no explicaba nada. Tenía algunos fotogramas en los que estaban insinuando algo, así que seguí escribiendo esa versión de la historia en mi cabeza. Yo digo, ¡Oh! Eso debe significar eso. Eso debe significar que está sucediendo algo más. Entonces, para mí, era mucho de la novela gráfica como una pintura que estaba inacabada, por lo que el final fue a partir de eso. Siempre fue esa versión. Y había diferentes ritmos de cómo transmitir ese final. Y hubo varias versiones de transmitir ese final, pero siempre fue ese final».

Como decía antes, no es película de oro o plata, metales que tuvo a su alcance; pero visto lo visto, medalla de bronce y la considero valorada con colmo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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