La mujer que escapó, de Hong Sang-soo (4)

  26 Agosto 2021

Work in progress

la-mujer-que-escapo-0Hong Sang-soo lo ha vuelto a hacer. En este work in progress que representa su filmografía ofrece una entrega más que es y no es una vuelta a sus filmes anteriores. Lo es porque retorna a sus temas recurrentes, nada fáciles de definir: una profundización en el ser humano a través de su cotidianidad, de lo trivial incluso, pero desplegando una mirada incisiva hacia lo esencial, aquello que requiere de obras como las suyas o cualquier otra que el arte de todos los tiempos ha ido legando, para ofrecernos, a través de esa singular mirada, la confirmación incluso de la existencia de lo humano.

Y lo es también porque de nuevo nos encontramos con sus recursos habituales, personas que conversan mientras a su alrededor se depura un marco que va dotando de sentido, que perfila con una precisión exquisita, lo que dicen.

Pero, al mismo tiempo, cada película del director coreano es un paso más, un sigiloso avance, en la obra monumental que va construyendo. Sus personajes, él mismo habría que decir, van evolucionando hacia posiciones que nunca son las mismas, y que en cierto modo representan también la evolución del propio espectador. El tiempo se convierte así en un elemento más, crucial, en el desarrollo de su cine, el que otorga sentido al conjunto de su creación, y el que la conecta con la mirada que trasciende las limitaciones geográficas o culturales. El que hace de este cineasta, en definitiva, un artista.

La película se estructura en este caso a partir de tres conversaciones que mantiene Gamhee (una esplendorosa Kim Min-hee) con otras tantas conocidas suyas, y sobre las que planea la idea del matrimonio en sus distintas posibilidades, desde el éxito, más que dudoso, al fracaso sin paliativos.

El único atisbo de éxito es el que la propia Gamhee representa; es la primera vez en cinco años que se separa de su marido (y puede así visitar a su íntima amiga en su nueva casa), ya que éste piensa que el amor obliga a la compañía ininterrumpida de los enamorados. Y tanta fe, o todo lo contrario, tiene en ello, que lo repite a cada una de sus interlocutoras, en una especie de empeño en convencerse a sí misma de lo feliz de su situación, aunque lo que acaba aflorando es la cárcel emocional en la que vive, y que da sentido al título del filme, por mucho que en la primera historia se apunte a un personaje quien, literalmente, escapó de su familia.

Con el resto de protagonistas Sang-soo plasma el abandono, la necesidad de compañía o la persistencia de un matrimonio fracasado; incluso la tercera de las historias insinúa una especie de triángulo amoroso (malogrado en todas sus aristas) que resume el naufragio general, y que asoma en la aclaración de la protagonista de que se ha casado «con un hombre» o en el contacto fugaz de sus manos fiscalizado por sus respectivos anillos de casadas.

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De una manera u otra, todos los personajes acarrean consigo una íntima frustración. En la primera de las historias, la separación ha generado un notorio desequilibrio entre las partes, el cual se vislumbra por un lado en la reclusión de la mujer en esa especie de fortaleza aislada en el campo, mientras que el marido parece seguir con una vida llena de éxito, hasta el punto que las dos amigas le desean el fracaso.

Por otra parte, la mujer solitaria que vive en la ciudad lleva como un castigo el único desliz amoroso del que puede dar cuenta, mientras se aferra desesperada a un paseo con un vecino casado y, dice ella, en trance de divorcio. Es la misma a la que se le quema la comida y tiene que reconocer que no es buena cocinera porque al fin y al cabo nadie ha alabado nunca sus guisos.

Por lo que hace a la tercera interlocutora, la frustración es mucho más patente, por cuanto se suma el reconocimiento del fracaso de su relación de pareja a la constatación del carácter irrecuperable del pasado.

Además de ello, todas las historias están atravesadas por la soledad. Llama la atención ya desde el principio el carácter solitario de las calles por las que se mueve Gamhee, como ciudades fantasmas en las que se imponen contundentes edificios de hormigón, o con cables que las cruzan, pero sin apenas ningún ser humano. Hasta el mismo cine en el que se sienta al final es un cine vacío, con un único espectador como compañía lejana.

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Esa situación de enclaustramiento emocional tiene una adecuada correspondencia en la descripción del medio en el que tiene lugar. Proliferan las puertas blindadas, los videoporteros, las cámaras de seguridad… En dos escenas magníficas las escasas relaciones humanas que se nos ofrecen son contempladas a través de las imágenes de las cámaras que las distorsionan y las alejan. Del mismo modo, la propia amiga tiene noticia de que Gamhee ha llegado a su casa gracias a haberla visto a través del videoportero, lo que sugiere, además, una actitud temerosa y paranoica.

El vecindario, así, apenas existe, es intrascendente. En el diálogo que se mantiene respecto a los gatos, todo acaba con una velada amenaza, la intervención de la junta de vecinos, violencia sutil que rompe cualquier amago de conexión. Por otra parte, el hecho de no reconocer al vecino que se ha encontrado en el bar de los artistas habla a las claras de las relaciones sociales que la mujer solitaria de la segunda historia mantiene.

En esa correspondencia entre la soledad emocional y el aislamiento físico se recurre a los espacios cerrados, que si acaso se conectan con el exterior a través de ventanas también cerradas, como promesas de una realidad próxima e inalcanzable.

Como ocurre con la obra al completo de Sang-soo, esta película es en sí misma una recopilación de tres historias conectadas que van indagando en la poliédrica naturaleza del alma humana, y, del mismo modo que la sucesión de sus películas mantiene entre sí una serie de rimas internas, las entrelaza diseñando una unidad más férrea.

Algunas de ellas son el canto del gallo en la primera historia (desapercibido para las mujeres que viven en la casa, un indicio más de su aislamiento) y el de los cuervos en la segunda; la salida al exterior para fumar en la primera y la tercera historias, la lluvia con la que se despide Gamhee de sus dos primeras visitas, la manzana pelada que se comen al principio y al final, los anillos de casadas… Y el recuerdo constante de la protagonista de la asfixiante relación que mantiene con su marido, aunque no lo declare abiertamente y quizá ni siquiera lo perciba.

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El cine de Sang-soo se va tornando poco a poco más oscuro. La alegría y el sentido del humor presentes en sus primeras películas casi han desaparecido. Incluso un elemento esencial de su poética, el recurso a la imaginación y su inserción en la vida real, construyendo un todo indiferenciable, está aquí ausente. Las historias se van tornando poco a poco más lineales, más crudas.

Lo que ha ocurrido es que el tiempo pasa para el director como pasa para los espectadores que lo seguimos, y como pasa para los protagonistas que están constantemente aludiendo a ese paso del tiempo (por la pérdida de la memoria, la necesidad de ir más veces al baño, el tedio que provoca el marido que habla y habla y se repite y se repite), y lo inviable que resulta recuperar los instantes pasados, lo irreversible de los errores cometidos.

Las constantes estilísticas de su cine siguen presentes en esta película: el uso del zoom, los movimientos de cámara para aislar o unir a los personajes, a veces en contra de la lógica de la narración, en busca de un sentido más profundo, como el momento en el que la vieja amiga reencontrada le pide perdón, y la cámara se centra en ella en lugar de recogerlas a las dos en un gesto de reconciliación, o los discursos fuera de plano…

Y gestos, detalles, que hacen de este cine mucho más que un cine meramente literario, como alguien quizá tuviera la tentación de dictaminar. Es el gesto de la tercera de las mujeres jugando con sus dedos en una prueba callada del nerviosismo que la posee mientras conversan, o la vuelta al cine con la que concluye la película, la cual pone al día la constante presencia de esta forma artística en el conjunto de su obra al mismo tiempo que nos indica su estado emocional, pues acaba de declarar el efecto relajante que la película ha tenido, efecto que vuelve a buscar, que necesita.

Un eslabón más en la cadena. Sang-soo se ha convertido en algo así como el Rohmer coreano. El mejor Rohmer, hay que precisar.

Escribe Marcial Moreno  

  

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