El robo del siglo, de Ariel Winograd (1)

  12 Julio 2021

Cuando la realidad supera a la ficción

el-robo-del-siglo-0Desde las últimas décadas del siglo pasado, un cine argentino de verborrea, humor fácil y amable, en el que se impone la comedia sobre el drama, ha sido un plato habitual en las carteleras cinematográficas españolas. A este cine ligero se une el serio, el combativo, el drama… aunque, siempre con fugas al humor, a lo entrañable.

El robo del siglo forma parte de ese cine argentino que logra estrenarse en nuestros cines, algo ya habitual por la abundancia de coproducciones entre ambos países y por el éxito que algunos títulos han cosechado: Tiempo de revancha y La historia oficial, en los ochenta; Un lugar en el mundo, en los noventa; El hijo de la novia, Nueve reinas y El secreto de sus ojos, en la primera década del siglo XXI; y Relatos salvajes, en la última década.

Lo que diferencia El robo del siglo de la mayoría de las anteriores es que hablamos de un robo histórico, auténtico, que nunca olvidará el pueblo argentino. Y el film se mantiene muy fiel a lo sucedido, mejor dicho, a lo que se sabe de lo sucedido.

13 de enero de 2006

Fue el robo del siglo y eso que este acababa de empezar. Probablemente, también fue el último robo a la antigua usanza, como en el siglo XX, con pistolas, rehenes y un butrón para acceder a la caja central del banco.

También tuvo algo de Robin Hood, porque robaron en el banco de los ricos, en sus cajas privadas, donde muchos guardaban dinero y joyas de dudosa procedencia, de ahí que difícilmente se haya podido comprobar todo lo que robaron.

Y fue, sobre todo, un robo de película.

El 13 de enero de 2006, rodeados de 300 policías, en el banco de Río (hoy, Santander Río) en la avenida del Libertador de Acassuso, provincia de Buenos Aires, cinco individuos lograron burlar a todos los medios de comunicación (casi fue emitido en directo el asalto), a los vigilantes y al resto del mundo para obtener un botín que algunas fuentes sitúan en 25 millones de dólares y 80 kilos de joyas, de valor incalculable.

Lo hicieron sin violencia, sin una gota de sangre y sin disparar una sola bala… entre otros motivos porque las armas que utilizaron eran de juguete.

Ese detalle fue el que les salvó de la cárcel, por la que pasaron desde unos meses hasta un máximo de ocho años, el que tenía antecedentes como profesional del robo.

Hoy, todos están libres, se dedican a su vida y a su familia, alguno incluso escribe guiones de cine, otros colaboran en películas o series de televisión, incluso hay quien planea montar un parque temático (o un restaurante) con el escenario del robo. Y hay quien no quiere saber nada más de robos, fue una experiencia puntual. Sin más.

Esos cinco ladrones de película son Fernando Araújo, Julián Zalloechevarría, Rubén Alberto de la Torre, Sebastián García Bolster y Luis Vitette.

Y El robo del siglo cuenta los preparativos, el robo y, en un larguísimo epílogo, lo que sucedió después: las detenciones y sus vidas posteriores.

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Un robo mediático

La película es una traslación literal, en algunos momentos, de lo sucedido, incluso cuenta con los habituales planos finales, durante los créditos, que garantizan la autenticidad de lo narrado, ya que aparecen imágenes del robo y de los auténticos protagonistas.

¿Y qué es lo narrado? Pues eso, una ficción.

Porque, por más que se ajuste a la realidad, cuando un guionista escribe un texto y unos diálogos, que son recitados por una serie de intérpretes delante de las cámaras… eso, ya no es realidad. Es ficción.

Y nuestra ficción no es demasiado novedosa.

Vale, se ajusta a la realidad, ¿y qué? La realidad ya la conocemos, vamos al cine y pagamos una entrada para ver un espectáculo… lo de menos es si se acerca o se aleja de su punto de partida. Lo importante es que ese espectáculo sea atractivo en sí mismo.

Y este no aporta grandes novedades.

La trama, llena de enredos y mentiras, nos recuerda a Ricardo Darín en la histórica Nueve reinas.

Nos trae a la mente otros embrollos con generosas raciones de verborrea a cargo de un tal Ricardo Darín, como en El hijo de la novia.

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Pero Ricardo Darín no está. Un grupo de intérpretes actuales argentinos toma el timón: Diego Peretti, Guillermo Francella, Pablo Rago, Luis Luque, Juan Alari, Rafael Ferro… La mayoría de ellos poco conocidos para el público español, aunque cumplen con solvencia en sus papeles. El problema no es el reparto.

La presencia en el guion de Fernando Araújo, cerebro de la banda, garantiza a priori que lo narrado se acerca a la realidad. El tono adoptado, sobre todo en la primera parte del film, con un humor que, visto desde España, no resulta especialmente divertido —aunque ayuda a hacer más llevadera la función— ya establece que la realidad es una cosa y la película otra.

Y la película, curiosamente, es demasiado previsible en su parte central, la dedicada estrictamente al atraco, que por momentos se parece demasiado a aquel juego dirigido por Spike Lee e interpretado por Denzel Washington, Plan oculto (Inside man, 2006). Curioso, el mismo año del atraco real.

Por cierto, ambas películas (y el atraco real) comparten algunos detalles: el túnel, las falsas armas… pero, sin duda, el divertimento de Spike Lee es más ingenioso, más sorprendente, más dinámico, mejor montado. Incluso cuando hace un cine menos combativo, Spike Lee es un director brillante, sabe cómo narrar una historia.

En cambio, el director de El robo del siglo, Ariel Winograd, formado en el videoclip y con varias comedias en su currículum, no deja huella con su film. Parece tan apegado a la realidad que, salvo las notas de humor su trabajo resulta convencional.

Y eso que comienza con una gran escena inicial: la noche, la lluvia, el elemento arrastrado por el agua hasta la alcantarilla que sugiere el plan para el atraco… ¿Os suena esa imagen de Stephen King y las adaptaciones de su novela It?

Pero una vez formada la pandilla y preparado el atraco al banco, prácticamente se acaba la capacidad de sorpresa. Todo resulta convencional, conocido, trillado… por más que en la vida real ese hecho fuera absolutamente fantástico.

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En cine ya lo hemos visto y mejor. Incluso films bastante convencionales, como la saga de Steven Soderbergh sobre Ocean’s eleven, ofrecen más atractivos: en el reparto, en la forma de estar narrada la historia, en la resolución final…

El final, sí, ese momento que acaba por arruinar muchos títulos, cuando todo debe cuadrar, aunque en realidad estemos ante un círculo de difícil traslación a las cuatro esquinas.

Aquí, llegado el final del atraco, el tono amable sugiere un cierto «final feliz» que encaja con lo que hemos estado viendo, con esa comedia agridulce… Si finalizara aquí, la película funcionaría mejor.

Pero llega un nuevo final: la resolución oficial del caso, narrada de forma atropellada, con un investigador que pasa a primer plano… y ni Sherlock Holmes en sus mejores novelas.

Y, no satisfecho con la resolución, hay un nuevo final. Este último con algo de animación, a ver si así el espectador traga con él. Un final con el consabido y tópico «qué fue de los protagonistas», dando cumplida información «real» de lo que pasó con ellos.

Con esos finales alargados, innecesarios, los créditos casi se agradecen…

Para los que conocen la historia, será un juego entretenido ir comparando la película con los sucesos reales. Para los que no la conocen, quizá les recuerde la peli de Spike Lee. Y para todos, en general, queda la sensación de que El robo del siglo no acaba de encontrar su propio lenguaje, su tono, su lugar en el mundo.

Sin duda, no hará olvidar el auténtico robo. Mucho más atractivo que esta traslación cinematográfica.

Escribe Mr. Kaplan  

  

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