Queridos vecinos, de los hermanos D’Innocenzo (3)

  05 Julio 2021

Nunca volverás a bañarte en mi piscina

queridos-vecinos-0Pocas películas han reflejado de manera tan tremebunda el choque intergeneracional como esta que nos ocupa y que supone la segunda película de los hermanos D’Innocenzo, quienes ya dieron muy buena impresión para público y crítica en su debut de 2018 con Hermanos de sangre.

Los hijos viven apesadumbrados por el desquicie colectivo de sus progenitores, quienes han alcanzado un nivel de histeria y hastío que les ha llevado a un punto de no retorno. Lejos de buscar cualquier punto de conexión entre unos y otros, aquí se extreman las posturas, dando pie a situaciones grotescas e incómodas; momentos que podrían ser hilarantes se oscurecen y retuercen hasta conseguir que nos llevemos las manos a la cabeza.

Los directores saben jugar con el contrapunto de texturas, sonidos, puesta en escena y distintos posicionamientos de la cámara para acentuar el contraste y enfatizarlo. Una secuencia filmada desde el pudor de la distancia puede derivar en tragedia contenida en plano general, hasta que después del caos desatado la rúbrica nos llegue a través de un plano detalle donde uno de los personajes exteriorice toda esa presión acumulada.

El manejo de los silencios, algo tan difícil de reflejar en la trama si no se quiere aburrir al personal,  también adquiere una importancia inusitada, bien sea para sostener el plano en una situación de tirantez máxima, con miradas furibundas (de ojos rojos de conejo, como diría Joe Crepúsculo) o bien actuando de oposición inmediata a los instantes en los que el ruido insoportable se adueña de la pantalla, que, como buena obra italiana que se precie, son abundantes en su escandalosa bulla colectiva.

Momentos de quietud ambiental que se pueden cortar con una navaja y en los que distintos personajes parecen reflexionar antes de tomar una determinación, aunque, a la postre, y sobre todo en el caso de los adultos, reaccionen más por instinto que por cualquier otro designio racional.

El conjunto deviene así una especie de olla a presión a punto de estallar en la que, desde luego, la climatología canicular funciona como acicate máximo. Un ferragosto infame de sábanas pegadas al cuerpo y calor asfixiante que exaspera la cotidianeidad e invita a mostrar sin tapujos las más bajas pasiones.

Los pocos instantes de respiro vienen propiciados por la ternura de los que sufren las consecuencias de los fracasos airados de sus progenitores. A fin de cuentas, ellos todavía se encuentran en una dinámica de experimentación y descubrimiento adolescente. Su única huida hacia adelante es una suerte de realismo mágico con ecos tanto fellinianos (esa merienda improvisada deudora de Amarcord) como tintobrassianos (ese provocador erotismo carnívoro).

La cámara se acerca a sus imperfecciones propias de la edad con dulzura y sin aspavientos. Como buenos aprendices intentarán emular a sus mayores con resultados tan calamitosos como emocionantes. La brusquedad quedará para los encontronazos familiares, donde una pregunta inocente puede desencadenar el acto de violencia más atroz y cobarde o la desesperante búsqueda de la identificación genética les lleve a alcanzar límites de locura desbordantes.

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Y mientras el metraje avanza a golpe de abanico, el surrealismo de las escenas va ganando terreno, aunque de forma paradójica la enigmática y juguetona sentencia en off con la que se abre la película acabará encontrando finalmente todo su sentido.

Los secretos mejor guardados acabarán saliendo a la luz; la muy rencorosa mala educación desbaratará el poco hálito de futuro de quienes soñaban con un mundo mejor en el que el odio fuera exterminado de cuajo, y a la postre todo desembocará en una gran tragicomedia en la que no sabremos ni a lo que atenernos ni dónde agarrarnos, hecho que, por supuesto, puede considerarse como uno de los grandes logros del film, que triunfa en su afán de incomodar y entretener a la vez.  

Los cuentos de hadas a los que hacen referencia el título original del film (Favolacce) supuran ironía y mala uva, aunque no por ello son menos disfrutables. Aquí las historias que explican los padres a sus hijos les provocan las peores pesadillas, y a golpe de realidad les sumergen en un mundo de estupor y malos augurios.

Los más inocentes pagan las consecuencias de los maleados vitales, esos «queridos vecinos» que en lugar de inspirarnos confianza nos contagian repulsión. Y lo más sangrante del asunto es que, si reflexionamos un poco y nos quitamos por un momento esos ropajes de falsedad en la convención que normalmente nos acompañan en el día a día, nos vamos a ver reflejados en muchas (no todas, espero) de las situaciones que aquí se plantean; y es que en ocasiones la vida puede no ser tan maravillosa. 

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna | Fotos Flamingo Films

  

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