Cruella, de Craig Gillespie (2)

  14 Junio 2021

Pintoresco retrato del Londres de los 70

cruella-0Vuelve Disney con un live action dedicado a Cruella, la villana de 101 dálmatas que ya interpretara Glenn Close en 1996 y 2000, pero con intención de reconvertirla en heroína punk, haciendo de ella un retrato más amable y dotándola de una historia que justifique su carácter amargo y la animadversión que siente frente a los perros manchados.

Disney ha querido estrenar este filme en su plataforma de streaming al mismo tiempo que en las salas de cine, y será interesante hacer una comparativa recaudatoria en los próximos meses para ambos formatos.

Para sacar adelante el proyecto, han contado con Emma Stone —la intérprete de La La Land— en el papel de Cruella y con Craig Gillespie —el director de Yo, Tonya—, en la realización. A ellos se une Emma Thompson dando vida a la Baronesa von Hellman, la rival de Cruella en este filme.

El resultado no es todo lo bueno que cabría esperar, y la verdad es que más allá de lo puramente estético, la película no aporta gran cosa. Es sobre todo muy extraña —por lo deficiente— la realización de Gillespie, que no acaba de encontrar el ritmo y que en ocasiones parece dejar a los actores en pantalla sin saber muy bien qué hacer o decir, trasladando una imagen de improvisación e incluso desgana que casa muy mal con una supuesta película de entretenimiento gamberro.

Porque esa es otra cuestión; siendo entretenimiento... ¿es Cruella una película para niños? Lo cierto es que ha sido calificada con un PG-13, lo que sugiere que no está recomendada para menores de 13 años no acompañados ¿Por qué? Explicar esto puede ser un buen punto de partida para analizar el filme.

Quizá sea porque en la película hay muertes, y no precisamente de perros. No es que estas sean abundantes y gratuitas, pero pueden resultar lo bastante impactantes como para desaconsejar su visionado a menores muy influenciables. Del mismo modo, hay una desasosegante historia de abandono infantil cuyo misterio planea sobre toda la película y que se alimenta de personalidades psicopáticas que basan en su desprecio a los demás la posibilidad de sobrevivir y ascender en un mundo despiadado. Eso, añadido a la oscura ambientación de la película, podría redundar en esta extraña calificación, pero cuando uno se pone a pensar en, por ejemplo, la saga de Harry Potter, no encuentra que las aventuras del niño mago sean menos oscuras que la película de Gillespie.

Con todo, creo que las razones son más banales: el Londres de los años 70 en que se ambienta el filme es el de la eclosión del punk y su filosofía nihilista. Casi lo único verdaderamente reseñable en el filme es esta —esquemática, imperfecta— recreación del ambiente en que nacieron los Sex Pistols o The Clash, y la riqueza estética que se les opuso desde el Glam rock de David Bowie o Queen. Ambas corrientes hacían de la irreverencia política, el consumo de sustancias y la liberación de las costumbres mediante la ambigüedad sexual, su seña de identidad, y en estos tiempos de renacimiento victoriano eso parece pecaminoso y poco recomendable para la infancia.

En estos apartados, incluyendo el musical, son los únicos en los que el filme brilla a media intensidad. Y digo media porque los productores no han querido ir más allá de los tópicos singles más reconocibles de la época, y aderezados con The Stooges, The Doors o The Clash encontramos cosas más melifluas como Nina Simone, ELO, Aretha Franklyn, o incluso Judy Garland con Smile, canción original de Nat King Cole que tiene su aquél, ya veremos por qué.

Lo cierto es que, siendo casi todas mainstream, ninguna de estas canciones destaca lo suficiente como para convertirse en fetiche que lance publicitariamente una película llamada a ser un taquillazo, y esto es probablemente un error de cálculo de la productora, que no ha sabido identificar la película con un reclamo que pudiera también triunfar en las listas de Spotify.

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El apartado visual es, desde luego, muy sugerente. Las creaciones de Cruella, que incluyen la alta costura y su puesta al servicio de las gamberradas más epatantes, constituyen sin duda lo mejor —y lo único original— de una película que naufraga en casi todo lo demás.

Las interpretaciones de ambas Emma (Stone y Thompson) son lo último que apenas se salva. Desde luego hay un monólogo sostenido de Stone que, con sus variados registros, demuestra el potencial de la joven intérprete. De Thompson poco puede decirse, salvo que en esta ocasión es fuertemente recomendable acudir a la versión original, si no queremos quedarnos a medias con una actuación que se debate entre lo sublime y lo ridículo. La inclinación hacia uno de los dos epítetos viene mediada, sin duda, por el idioma que uno elija para visionarla.

Pero poco pueden hacer estas dos actrices ante un libreto que no les hace justicia. Ejemplos sobrados de lo insuficiente de un guion poco trabajado lo tenemos, por ejemplo, en la transición de Cruella de personaje amable a villana, que no está nada bien sustentada. Uno no sabe nunca si la protagonista ha completado su viaje al lado oscuro; si es vengativa o compasiva; si tiene doble personalidad, trastorno bipolar o superdotación intelectual; si es narcisista o humilde,  psicopática o empática, o si estima a sus compañeros o estos son puros medios para alcanzar un fin, lo que la dotaría de un maquiavelismo que, junto a las otras características ya mencionadas, completarían la tríada oscura de la perfecta villana que acabaría por hacerse abrigos con pieles de perros.    

Las comparaciones con Joker (2019) son, en este sentido, odiosas: la película de Gillespie parece una versión de todo a cien de la de Phillips, y lo que la cruel epopeya del norteamericano detallaba delicada y prolijamente, la caricatura amable del director australiano simplemente lo da por supuesto con un mero revés del destino. La inclusión de la canción Smile, de la que antes hablamos —fetiche, esta sí, de la película sobre la Némesis de Batman—, desde luego no ayuda a evitar estas comparaciones.

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Los actores secundarios son más bien terciarios, y no me duele tanto por los acompañantes de Cruella, Gaspar y Horacio, meros comparsas sin gracia ni profundidad, como por el siempre magnético Mark Strong, que aquí parece querer emular en su planicie emocional al Alfred interpretado por Jeremy Irons en Batman. John es un tipo insulso que se debate entre la fidelidad perruna y la rebeldía intempestiva hacia su pagadora, la Baronesa von Hellman, y su conversión tampoco está nada clara, entre otras cosas porque el guion tampoco se ocupa de aclarar sus motivaciones.

Y es que todos y cada unos de los mencionados defectos son achacables al guion, que sin duda hubiera podido aclarar, incluso con medidas ambigüedades, si Cruella es una heroína o una villana, o si al cabo puede llegar a ser las dos cosas. Sin embargo, las más de dos horas de película transcurren morosamente para no llegar a explicar nada de esto, dejándonos con un palmo de narices a los que buscamos algo más que un espectáculo visual sugerente.

Algunas de las transiciones entre escenas parecen sugerir recortes en el libreto. No nos extrañaría que Disney hubiera metido la tijera en alguna de estas secuencias, quizá porque el análisis psicológico que el coguionista Tony McNamara suele imprimir a sus historias no haya resultado del gusto de los ejecutivos de la productora, o quizá porque la coescritura con Dana Fox, autora de comedias románticas poco afortunadas, no ha resultado en una simbiosis adecuada.

Lo cierto es que la cosa se queda apenas en una trama típica, salpimentada a veces de ocurrencias felices, pero que no es suficiente como para contar con la aprobación general del que suscribe.

Y además en la banda sonora se han olvidado de la New Wave of British Heavy Metal. Eso sí que no lo perdono.

Escribe Ángel Vallejo

  

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