Hijos del sol (4)

  19 Mayo 2021

Intensa y emotiva película sobre niños marginados

hijos-del-sol-0El mundo infantil es tema recurrente en el cine de Majid Majidi, quien se dio a conocer a nivel internacional con su conmovedora Los niños del paraíso (1997), un drama sobre la pobreza encarnada en dos hermanos que necesitan compartir sus zapatillas de deporte para ir a la escuela; o El color del paraíso (1999), donde retrata las penurias de un muchacho ciego a quien su padre intenta abandonar.

Este filme, Hijos del sol, parece una secuela más de aquellos otros y parece como si el director abiertamente nos invitara a continuar con sus niños, con diversas escenas en las que apunta cosas que han cambiado en el Teherán en los últimos años, y lo que no ha cambiado. Junto a las lujosas fachadas y vidrieras de centros comerciales, la miseria y el atraso se hacen presentes. De hecho, esta película está dedicada desde el principio a los 150 millones de niños en todo el mundo que se ven obligados a trabajar ilegalmente para sobrevivir, sobre todo porque carecen de una familia que los ampare.

Ya en las primeras escenas, unos muchachos roban una rueda a un coche de alta gama en un aparcamiento privado. Un hurto para comer, frente a la pobreza y el desamparo más sangrante en un país como Irán y en una ciudad donde riqueza e indigencia conviven. Teherán sirve de marco a la historia, adolescentes entre sus calles y trastiendas, también en el centro, los grandes y lujosos almacenes, en sus populosas calles o en el metro.

Majidi es ya un autor que podríamos considerar un clásico y en este filme se mueve entre el neorrealismo de otros tiempos y la fábula dickesiana, más moderna en su atemporalidad. Se conduce por un guion que firma él mismo junto a Nima Javidi, un libreto confeccionado con solvencia y pleno de mensaje social, acción y un desarrollo que atrae al espectador por su ritmo e intensidad emocional.

Alí, un niño de 12 años, y sus tres amigos, sobreviven como pueden. Obligados por circunstancias familiares penosas de pobreza, procedentes de familias desestructuradas con padres drogadictos, en la cárcel o muertos, y madres en el psiquiátrico o inexistentes, se dedican a mercadear en el metro con menudencias y a trabajar por nada y menos en un taller de neumáticos, todo ello para sobrevivir y ayudar a sus familias.

También cometen pequeños robos para salir del paso y de los inconvenientes que la vida les pone por delante. En un giro importante, Alí recibe el encargo de un nauseabundo viejo y astuto criador de palomas de esos que provocan rechazo, que lo ayude en una empresa que lo hará rico y lo salvará del infortunio y la pobreza. Se trata buscar un valioso tesoro que yace bajo tierra, cerca de un cementerio.

Pero para conseguirlo, el capo le indica que deben matricularse en una escuela, pues ese recinto alberga la única forma de llegar a las monedas de oro y todo lo demás que le promete. Se trata de la Escuela del Sol, una institución filantrópica que intenta educar a niños sin hogar. No sin problemas y objeciones, Alí y sus amigos compinches lograrán inscribirse en el colegio.

Resulta paradójico y todo un sarcasmo que estando los niños ya en la escuela, un lugar que les podría educar, capacitar y hacer que pudieran salir de la indigencia, sin embargo, la urgencia y la necesidad los lleva a desaprovechar esa oportunidad en busca de un atajo prometedor, aunque dudoso.

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Pero no quita para que Majidi haga una potente reivindicación de las instituciones educativas y los maestros, como garantes de la rectitud, la formación y la esperanza en el futuro de los más desfavorecidos. En realidad, Majidi siempre eleva un cántico en favor de la educación en las películas que yo he visto.

Hijos del sol, además de hablar de alumnos de una escuela popular, lo hace de los muchachos de la calle de Teherán, como podrían serlo de cualquier otra ciudad del mundo. Un filme de niños a caballo entre el drama ligero y la comedia triste. Entre esos dos extremos Majidi, más que novedad o innovación cinematográfica busca la honestidad. Majidi es un veterano director de la generación de Jafar Panahi, lo cual se nota en el firme planteamiento de su propuesta, la claridad de sus valores y la ausencia de afectación o pedantería.

Es una película de denuncia sobre la frágil infancia sin cobijo, la infancia desvalida y vulnerable. Como dice Oti Rodríguez: «El macguffin argumental es la búsqueda de un tesoro, pero el tesoro de la película consiste en su mirada a la infancia desprotegida, a la educación, a la explotación infantil y a la familia descuajeringada o inexistente».

El protagonista Alí se entrega de firme a escarbar en la tierra un túnel laberíntico cada vez más hondo, sinuoso, que viene a servir de metáfora que simboliza el agobio, la asfixia y las dificultades de estos menores para encontrar salidas a su desgracia.

El relato posee un ritmo ágil y dinámico, con buena dosis de intriga y una cámara, la de Majidi y Houman Behmanesh, siempre a punto para la descripción social, a la vez que apuntando su inclinación a la recreación, los sueños y los desengaños. Es digno de mención en este punto la subtrama de la niña afgana, interpretada por una portentosa Shamila Shirzad, con la cual el protagonista teje su particular trama sentimental.

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Conmueven también —no por un exceso emotivo de Majidi— los personajes, el idealista y abnegado profesor que se parte literalmente la cara en la comisaría de policía, para defender a la niña afgana a la que han rapado la cabeza por vender baratijas en el metro, con riesgo para su integridad física y jurídica; conmueve un pequeño genio de las matemáticas que aprendió a hacer las cuentas poniendo baldosas en la obra; conmueve la madre de Alí, que ha perdido a una hija y se encuentra en una especie de manicomio a la antigua usanza con las manos atadas a los barrotes de la cama.

Y el protagonista también conmueve profundamente, un menor que sabe de muchas y terribles historias, a modo de precoz adulto inmaduro, ofuscado en encontrar una quimera oculta en las entrañas de la tierra, una esperanza de salir a flote en una incierta deriva.

Refiere también la urgencia sobre la trágica situación a que se ve sometida la gran cantidad de población refugiada afgana que malvive como puede. O el comportamiento irregular y violento de la policía; la falta de ayudas estatales a las obras de beneficencia (recuerdo que la escuela se enfrenta a su cierre inminente por falta de recursos); y varias subtramas más, como la salud pública o la gran cantidad de casos entre la población de adicción a los opiáceos.

Enorme expresividad de los jóvenes actores que se desempeñan con gran naturalidad y autenticidad, ofreciendo sentimentalidad y veracidad a estos jovencillos que no saben muy bien para dónde tirar. Magnífico el actor Rooholla Zamani (que ganó un premio en el último Festival de Venecia) como púber protagonista de doce años que prácticamente sostiene la película en el rol de niño que «mientras escarba a la caza de un tesoro imposible se pierde en los confines de su propia psique» (Alegré).

Junto a él, un reparto excelente con figuras como Shamila Shirzad, Ali Nassirian, Mohammad Javad Ezzati, Tannaz Tabatabavi, Safar Mohammadi, Ali Ghabeshi, Abolfazl Shirzad, Mohammad Mahdi Mousavifar y Mani Ghafouri.

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Interesante la música de Ramin Kousha junto a una espléndida fotografía de Houman Behmanesh y una efectiva puesta en escena.

Es una historia que atrapa, palpitante, llena de acción y emoción a raudales, lo cual que finalmente ha de ser el espectador quien llegue a sus propias conclusiones.

No es una obra lenta, al modo del tradicional cine iraní, más bien al contrario. Además, a lo largo del metraje se desarrollan tramas paralelas, persecuciones, mafiosos, policías, golpes y carreras y la idea latente de una vida mejor, tal vez al alcance de los protagonistas, «un toquecito neorrealista italiano y sin renunciar a unas ligeras gotas de comedia» (Luchini). Es, en suma, un filme más occidental que oriental.

Película que deja buen sabor de boca, pues contiene emociones sencillas y profundas a la vez, como la alegría, la ilusión, tristeza también y, finalmente, un hálito de esperanza que deviene lenitivo cuando al final, en la escuela, vuelve a sonar el timbre de siempre que Alí acaba reparando.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Caramel Films

Más información de Majid Majidi:
Niños del paraíso (1997)  
El color del paraíso (1999) 

  

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