La mujer en la ventana (1)

  17 Mayo 2021

Netflix revisita a Hitchcock

la-mujer-en-la-ventana-0Estaba destinada a la gran pantalla, como muchas otras obras que estaban en postproducción antes del estallido de la pandemia, pero ha terminado en Netflix con un estreno tardío. Ciertamente no sabemos si ello ha incidido en el producto final o no, pero la idea sobre papel se nos antojaba enormemente atractiva.

Para empezar, el texto seminal es una obra de A. J. Finn, de idéntico título, que terminó por ser traducida a 38 idiomas y era alabada por Stephen King, quien no dudó en calificarla de «excepcional». El autor escribió esta novela vertiendo en ella su amor por el cine clásico y la novela de misterio, referenciando el cine de Alfred Hitchcock o la literatura de Patricia Highsmith.

También en la novela volcó su experiencia de padecer una enfermedad mental, así como sus sentimientos de profunda angustia, depresión y agorafobia. Así creo un relato en el que el lector se fusionaba con la mente de la protagonista viviendo con ella una espiral enloquecedora de adicción a los antidepresivos, alcoholismo y confusión mental. Por lo que podemos decir que se trataba de un relato clásico de voyerismo, asesinato y locura que terminó por convertirse en uno de esos best-sellers que el cine siempre termina por adaptar.

Del guion se encarga Tracy Letts, actor y dramaturgo que tiene un Pulitzer en su haber y que ya había logrado exitosas traslaciones de texto literario a guion cinematográfico en varias ocasiones.

Para la dirección, nada menos que Joe Wright fue quien se pudo detrás de las cámaras. Wright, apuntemos, es otro experto en traslaciones literarias. Es ampliamente recordado por Orgullo y prejuicio y Expiación, aunque también goza de otras obras muy estimables como Hanna, El solista o incluso uno de los mejores episodios de la serie Black Mirror.

Y para el plantel de intérpretes, tenemos un reparto estelar empezando por Amy Adams, quien lleva todo el peso sustancial de la obra, y siguiendo por un reguero de apariciones breves de actores de la talla de Gary Oldman, Julianne Moore, Jennifer Jason Leigh o Anthony Mackie, entre otros. Lo que también sugiere una mezcla de clasicismo y actualidad en la elección del casting, algo así como el equivalente artístico de las intenciones argumentales del texto original. Con todos estos elementos que hemos ido enumerando, ¿qué podía fallar?

En la mente de Anna

Anna Fox es una psiquiatra infantil que vive encerrada en un bloque de apartamentos en el Village neoyorquino y tiene contacto prácticamente nulo con el mundo exterior. Su enlace más directo con la vida urbana es a través de un inquilino que vive en el sótano del edificio. Se dedica a observar las vidas de sus vecinos del bloque de edificios de enfrente y a atiborrarse de pastillas mezcladas con vino tinto.

Hasta que un día conoce por casualidad a la familia Russell, cuyo cabeza de familia parece abusar física y psíquicamente de su hijo adolescente y de su mujer, Jane. A la noche siguiente de haber conocido a Jane Russell, Anna cree ver el asesinato de ésta a través de la ventana, pero cuando denuncia los hechos descubre que Jane Russell está viva y que no es la mujer que ella había conocido. Por supuesto, la enfermedad que padece Anna hará que nadie la crea. Pero ¿está en lo cierto?

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Sabemos, tan solo leyendo el argumento, que estamos delante de una historia que ya hemos visto, no sólo en el clasicazo de Hitchcock, La ventana indiscreta, sino que este planteamiento aparece unas cuantas veces más en otros filmes menos trascendentes que el mencionado. Cierto es de igual modo que muchos thrillers con psicópata de los 90 abordaban argumentos similares e incluso diremos que las resoluciones de prácticamente todos ellos eran exactamente iguales. Si ya sabemos lo que va a pasar —porque creánme, lo sabemos—, ¡cómo insuflarle tensión a algo de antemano predeterminado?

Y aquí es donde entra Joe Wright. El realizador, que siempre ha vertido un halo de magia específica en sus imágenes, intenta crear una atmósfera diferente, subyugante y tensa, plagada de recursos e ingenios visuales que suscitan un insólito interés por lo que estamos viendo. El diseño de espacios está perfectamente organizado para que el espectador se «meta» en el edificio donde vive Katie, las composiciones cromáticas resultan sorprendentes, los encuadres sugieren mucho más de lo que aparentan, y una puesta en escena teatralizada intenta otorgar un toque de intelectualidad al asunto.

Bien es cierto que, durante la primera hora, hasta que descubrimos el punto de ruptura vital de Anna, seguimos la obra con atención, se antoja vibrante y más o menos satisfactoria, aunque nada de lo que veamos logre cautivarnos. Pasado este punto, la obra —o mejor dicho, el desarrollo del guion de la misma— se torna tosca, inverosímil y entronca con una serie B que desencaja con todo lo establecido anteriormente. Casi diríamos que estamos viendo un telefilm de sobremesa, aunque de impecable factura.

Lo que empezaba siendo un tour de force elegante y siniestramente bien llevado termina por ser un pastiche previsible aderezado con poesía y buen hacer. Hasta uno, desde un principio, sabe cómo se desatará la revelación final y de qué manera. Es como si todo lo construido en la primera hora del filme, se hubiera deslavazado en su tramo final por explicarlo con prisas y con ganas de hacer saltar la función por los aires.

Se queda en mero ejercicio estético que necesitaba más metraje para ser desarrollado con mayor precisión. Lo que no deja de ser una lástima.

Escribe Ferran Ramírez 

Más información sobre Joe Wright:
El instante más oscuro
Pan (Viaje a nunca jamás
Anna Karenina  

  

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