Quo vadis, Aida? (2)

  15 Mayo 2021

Europa es culpable

quo-vadis-aida-0La directora y guionista Jasmila Zbanic (Sarajevo, 1974) propone una enmienda a la totalidad a la actuación de la comunidad internacional durante la ¿última? Guerra de los Balcanes o guerras de la disolución de la antigua y extinta Yugoslavia (1991-2001). Su origen autóctono podría acreditarla para tal cometido vindicativo, aunque también podría resultar contraproducente dicho conocimiento y experiencia vitales, vivenciales.

Históricamente, desde tiempos remotos, su ubicación espacial y territorial ha propiciado la inestabilidad en la zona, por su condición fronteriza entre Occidente y Oriente, por ser marca de separación entre cristianismo e islamismo, entre Europa y Asia. Después de la primera Guerra Mundial, allí tuvieron lugar los últimos estertores bélicos asociados a las ruinas del fenecido Imperio Austrohúngaro.

Así pues, este crisol de culturas ha sido un territorio abonado a la violencia por su heterogeneidad morfológica: étnica, religiosa y lingüística. La caída del muro de Berlín y la posterior implosión de la URSS volvieron a generar el caldo de cultivo adecuado para la reanudación de las crónicas hostilidades.

El estallido de Yugoslavia respondió tanto a querellas internas del débil Estado como a los intereses en juego dentro del tablero europeo. Alemania, Inglaterra, Francia y la nueva Rusia dirimieron a finales del siglo XX influencias y problemas de ascendencia decimonónica. La directora conoce el pasado histórico de la zona, ha sufrido las causas y las consecuencias del mismo, pero el público europeo menor de cincuenta años deberá recurrir a la hemeroteca virtual para hacerse una idea cabal de los hechos históricos que se muestran en la pantalla.

Estamos en julio de 1995 y estamos en Srebrenica, una pequeña ciudad de la República de Bosnia-Herzegovina, inmersa en una guerra con la República de Serbia y de Montenegro, principales valedoras de la unidad de la antigua Yugoslavia y que no habían podido impedir la segregación ni la independencia de Croacia y de Eslovenia, apoyadas desde tiempo remoto por Alemania, dada su pertenencia al antiguo Imperio Austrohúngaro.

Escaldada por sus fracasos bélicos y políticos, Serbia no estaba dispuesta a permitir la escisión de Bosnia, mayoritariamente poblada por musulmanes. La matanza de Srebrenica se aloja en el el mismo espacio de la historia universal de la infamia y de la ignominia que la masacre de Sabra y Chatilla, en el Líbano. Son emblemas del fracaso de la civilización, del mundo occidental, para impedir genocidios, matanzas indiscriminadas de civiles.

Pero es que la lista sería interminable, hacia atrás (el genocidio armenio por parte de Turquía —que obviamente no lo reconoce como tal—; la invasión de Hungría en 1956, la Primavera de Praga en 1968) y hacia delante (África: Hutus y Tutsis en Ruanda; Siria: destrucción del país, guerra en curso; Libia: destitución de Gadafi y estado fallido; Ucrania y la península de Crimea).

Quo vadis, Aida? es una radiografía, una denuncia en toda regla del genocidio allí cometido (investigado, probado y juzgado por el Tribunal Penal Internacional), una dramatización de los funestos hechos que conllevaron el asesinato de casi nueve mil civiles y que supuso el punto de inflexión de la guerra: la implicación norteamericana aceleró su conclusión, bombardeos humanitarios de Belgrado mediante (ordenados por el presidente Clinton).

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La narración es parcial, sesgada, de parte: se nos ofrece la versión bosnia, la considerada correcta, la buena. Pero en un conflicto bélico no hay buenos ni malos (la ética y la verdad son lo primero en desaparecer del campo de batalla): hay vencedores y vencidos. O una paz impuesta y pactada por las grandes potencias, que fue lo que sucedió. Una paz cosida con alfileres y que se sigue manteniendo en equilibrio inestable en los Balcanes, vigilada de cerca por la comunidad internacional, que la tutela y la ha sufragado.

La guionista focalizará la matanza de Srebrenica en una mujer, en un personaje que ejercerá de madre coraje para intentar salvar de la debacle a su familia, pero cuya lucha agónica se verá condenada al fracaso, pues la paráfrasis bíblica del título ya advierte al respecto: igual que Pedro no pudo renunciar a sí mismo, a Jesús y al Cristianismo (lo cual lo condujo al martirio y sacrificio, a la crucifixión, pero también a la santidad), Aida no podrá escapar de la suerte reservada a sus vecinos, a su pueblo, a su país. Y los miembros masculinos de su familia (marido y dos hijos) formarán parte del nutrido número de víctimas.

El guion apuesta por mostrar el titánico esfuerzo de esta esposa y madre por salvar a su familia de una muerte anunciada, palpable, tangible, cierta. Por encima del destino de su pueblo, de sus amigos y de sus conocidos; y su indefectible fracaso.

El mensaje está claro: es comprensible la desesperación individual, particular, pero la salvación será colectiva o no será. Y no fue.

Aida ha trabajado como traductora para el contingente de las Naciones Unidas encargado de velar por la seguridad de la ciudad y de sus habitantes. Ella porta al cuello el emblema que acredita su condición de integrante de la ONU, la célula de identificación, los papeles que le garantizan un salvoconducto para escapar de la matanza. Ella se dejará la vida intentando ampliar dicha inmunidad a los suyos, ante la displicencia, indiferencia y negación de sus jefes: los oficiales holandeses al mando de la base de la ONU.

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La directora persigue cámara en mano la angustia de la protagonista, su febrilidad se torna nerviosismo en las imágenes, temblor. La interpretación de la actriz Jasna Djuricic es lo mejor de la película. El trasfondo en el que se desenvuelve, lo peor.

El personaje está perfilado, está vivo, respira y nos salpica con su amarga saliva y su azogado aliento. El escenario y los secundarios son entes de ficción, de cartón piedra, arquetipos de un trazo, sin fisuras, esquemáticos (casi amateurs). Las tintas se cargan contra el enemigo serbio y desbordan el tintero y emborronan el discurso: denso, opaco, maniqueo. Al enemigo, ni agua.

El personaje histórico del general Mladic aparece retratado como un megalómano narcisista, manipulador, una verdadera bestia negra para los bosnios y los musulmanes. Si la perspectiva fuese serbia, tal vez sería un héroe nacional: un Patton, un Montgomery, un De Gaulle. Fue el artífice histórico de la matanza. Aquí es el autor intelectual de la misma: arrolló a los pusilánimes oficiales holandeses al mando de las tropas de la ONU.

Sus hombres son unos paramilitares de hechura y aspecto fascistoide, los chetniks, unos patriotas nacionalistas serbios cuyo origen se remonta a siglos posteriores y que la Guerra galvanizó y resucitó. La escenografía es precisa: los bosnios musulmanes son un remedo de los judíos perseguidos por los nazis, ahora reconvertidos en los chetniks, mientras que la base de la ONU donde buscan refugio en lugar de ser un búnker protector se convierte en una ratonera (campo de concentración) en donde los bosnios son cazados como conejos, ante la impasibilidad e inoperancia de los holandeses encargados de su protección.

Si a los serbios al menos se les caracteriza como a unos viles villanos, lo cual da juego a que muestran su maldad intrínseca y la exterioricen e interpreten, a los neerlandeses les corresponde la más fea: unos pazguatos incompetentes, con sangre de horchata, caricaturizados; unos monigotes y esperpentos vestidos con su uniforme ridículo: unos pantalones cortos-bermudas que exhiben sus pálidas y enclenques patitas, proyección de su falta de espíritu y de agallas; meros comparsas no sólo de los serbios, sino de una comunidad internacional renuente a afrontar su responsabilidad histórica y a enfrentarse a los belicosos serbios, sabedores de su poderío militar y dueños de la fuerza bruta, de la que harán gala y exhibición.

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Cuando mayor es el suspense por la incapacidad de Aida para evitar la tragedia, mayor es el grado de polarización entre los pésimos y sádicos verdugos frente a las inocentes y propicias víctimas. Las escenas de la hecatombe se ofrecen fuera de campo, brevemente y sólo con signos auditivos: el traqueteo inclemente de las ametralladoras.

Consumada la carnicería, se produce una elipsis que nos sitúa en un tiempo futuro en el que la guerra ya ha finalizado. Una demacrada Aida, ajada por el paso del tiempo y el sufrimiento, regresa a su ciudad, a Srebrenica, a su casa, a su antiguo hogar que sigue en pie pero que ha sido ocupado por una familia de los vencedores.

Una joven la recibe amablemente y la convida a un café y a un trozo de tarta, con una actitud reconciliadora. Aida, interpelada, le anuncia que volverá a ejercer su profesión de maestra. La inquilina le presenta a su hijo y futuro alumno. La joven madre e invasora, nerviosa e incómoda, no para de jugar con una pequeña cruz de su colgante: es una cristiana ortodoxa, una serbia. Aida le exige que abandone la casa. Aida quiere recuperar su hogar.

En las escaleras del edificio, se cruza con el marido de su inquilina forzosa: es uno de los capitostes serbios que invadió la base de la ONU y raptó a los varones musulmanes. Hay que incidir en que la directora no ha querido subrayar el aspecto religioso del enfrentamiento. Los musulmanes apenas muestran signos externos de su religión. De la ciudad, se destacan sutilmente varios minaretes que sobresalen de sus mezquitas, una de ellas abatida en un plano que el narcisista y propagandista Mladic hace tomar cuando entra victorioso en la ciudad.

Este abandono de los bosnios musulmanes por Europa y los EEUU originó el surgimiento de una milicia, una yihad para luchar por ellos. De aquellos lodos estos polvos (aunque a la directora no le interesen).

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Aida encontrará los restos de sus seres queridos, los reconocerá por las zapatillas. Ahí sí que la comunidad internacional ha sido eficiente en la recuperación de los cadáveres, de sus esqueletos. La secuencia final quiere abrir una ventana a la esperanza (aunque también se podría interpretar todo lo contrario): los niños de la clase de Aida (cuatro o cinco años) interpretan una especie de espectáculo ante la mirada complacida-ensimismada del público asistente: sus padres, mezclados serbios y bosnios, como los niños en el escenario y en el colegio.

Si este es el mensaje de esperanza —la educación como mecanismo de superación de odios ancestrales, atávicos—, la directora insiste en el punto de partida: Aida y su marido eran maestros y profesores de una sociedad multiétnica que no dudó en renunciar a la ciudadanía yugoslava para retrotraerse a esquemas tribales primitivos de raza, lengua y religión. Si aquel modelo de integración impuesto por Tito falló, ¿por qué ahora ha de ser válido?

Durante todo el filme, desde el mismo inicio, la directora ha apelado constantemente a la conciencia (la mala conciencia) europea, a través de la mirada de sus personajes a la cámara, incluso en el único flashback en el que se nos muestran unos tiempos felices, de celebración y música, al modo de Kusturica. Allí, uno a uno los personajes nos miran y nos interrogan: ¿pero permitiréis que nos maten sin hacer nada?

Dicha apelación ha tenido éxito y la película ha conseguido varios distinguidos premios, a modo de reconocimiento de culpas pasadas y de consolación y reparación presentes.

El avispero balcánico ha sido tratado ya varias veces. Quizás el mejor acercamiento siga siendo La mirada de Ulises (1995), de Angelopoulos, por su carácter individual y elegíaco, de adiós a toda una visión del mundo (el comunismo en la tierra).

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Las flores de Harrison (2000), de Elie Chouraqui y la infumable En tierra de sangre y miel (2011), de Angelina Jolie, fueron fracasadas aproximaciones lastradas por el sentimentalismo y el afán de denuncia.

Entre dichas aguas, aunque con algo de mejor tino, se desenvuelve la directora bosnia. Sin lugar a dudas, los modelos de representación de matanzas históricas más logrados están centrados en el conflicto del Oriente Próximo: Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, y, en especial, Incendies (2011), de Denis Villeneuve. Pero es que este monta una tragedia universal, fundacional, sobre un entramado concreto bélico que le sirve de trasfondo, de escenario, mientras que Jasmila Zbanic potencia el factor reivindicativo sobre la tragedia personal que utiliza como mero instrumento para desplegar su tesis, que quizá sea correcta, pero no universal.

El último estallido en el polvorín balcánico sirvió para ajustar cuentas con el comunismo soviético, con la configuración de la nueva Europa post URSS, con el final de la historia… El periodista Herman Tertsch (sí, el eurodiputado de Vox) escribió virulentas crónicas desde la atalaya de El País contra los serbios, tenidos en España como la parte representativa de la izquierda en el conflicto (Anguita dixit). El novelista austríaco Peter Handke se batió el cobre para dotar de cierta legitimidad al bando serbio, por lo cual fue lapidado por la intelligentsia europea.

Hay que rechazar simplificaciones y posturas reduccionistas, tanto históricas como dramáticas. El ser humano es complejo. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en aquello que gritaba Serrano Suñer a principios de los años cuarenta del siglo XX desde el balcón del Palacio de Oriente: «Rusia es culpable».

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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