El olvido que seremos (3)

  12 Mayo 2021

Sobre la familia, el compromiso y la muerte

el-olvido-que-seremos-0La última película de Fernando Trueba sigue la novela de Héctor Abad Faciolince, de título homónimo. El film es un tratado sobre el recuerdo construido desde las emociones, una memoria sentimental cargada de añoranza que por lo tanto olvida de seguro otros aspectos; pero eso importa poco a los efectos. Una semblanza sobre el Dr. Abad, el padre del novelista, el médico activista social y político en el Medellín de los años setenta, asesinado por sicarios en 1987.

Aunque se ocupa de un pasado violento, cada una de las señas del film remite a un presente igualmente encrespado y frenético, una Colombia enferma que no acaba de sanar.

Turín 1983, el joven Héctor recibe una llamada de teléfono para que vuelva porque su padre, el Dr. Abad Gómez, profesor universitario y persona comprometida, debe jubilarse porque así se lo exigen. Un flashback nos lleva más de once años atrás, cuando nace en el pequeño Héctor.

Los acontecimientos se desarrollan en una contexto punzante y viscoso, una sociedad muy conservadora donde convive la violencia de Estado con los paramilitares, extrema izquierda exacerbada y otras alimañas, donde la vida, como dice un personaje, «vale muy poco».

Encomiable Dr. Abad Gómez

El padre del novelista Héctor Abad es un auténtico ser humano, el médico Héctor Abad Gómez, carismático líder social y hombre de familia que empeñó su vida en ayudar a los demás. Sus logros principales fueron las vacunas generalizadas para niños, la potabilización del agua para la población necesitada y la sanidad pública.

Un destacado médico en favor de los más desfavorecidos en el setentero Medellín polarizado y vehemente. Es la historia del doctor, amante padre preocupado por sus hijos y por sus otros hijos, los niños hambrientos del país. En su hogar había vida, creatividad y una educación basada en la tolerancia y el amor.

El relato del hijo, adaptado y hecho guion por David Trueba (hermano del director), refleja, según lo veo, una memoria sesgada —para bien y para mal— por los sentimientos. Con admiración también y la necesaria renuncia que siempre ata y desata la vieja alianza paterno filial, que es la atmósfera donde se resuelve prácticamente toda la película.

La cosa es no tanto la fidelidad de los acontecimientos, sino detenerse en lo que las historias suelen dejar de lado, por lo que se trata de memoria selectiva, a la vez que memoria compartida y vívida donde habitan los afectos y el estremecimiento de la mirada de éxtasis de un hijo hacia su padre.

Un padre que educa, el padre que besa y acaricia, el que lee cuentos antes de dormir. Porque mientras en la calle impera la ley salvaje de la violencia, de puertas para adentro, el Dr. Abad se encarga de que las normas estén guiadas por la calma, papel clave de su pedagogía, y la búsqueda de la belleza. También sus cinco «aes» principales: alimento, afecto, agua, aire y abrigo. Y está también en el film el padre que sabe llorar de espaldas a la cámara en un instante de arrollador pudor y un ejemplo de la sobriedad y poderosa humildad del personaje.

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El academicismo de Trueba

El director Fernando Trueba, en un alarde academicista quizá por demás, hace un cine bello, pero atrapado en algún espacio indefinido y parece la película (como otras suyas) de una época indefinida y suspendida en el tiempo.

Lo que hace nuestro director es partir en dos la cinta. Por un lado, una bonita y entrañable familia de risas y meriendas campestres, intimidad, hijo e hijas que ríen, juegan, cantan y hacen alguna trastada, la educación en la casa con una monja tenaz y firme como un noray del más rancio catolicismo (cosa de la madre), todo lo singular de la vida pasada del autor de la novela que alumbra el film.

Familia, amiguitos, servidumbre, descrito todo desde la nostalgia; y que forma sin duda parte de cierto olvido «defensivo», o sea, tamizado y reprimiendo y marginando de la conciencia elementos que tuvieron que ser pero que se ignoran (por ejemplo, es difícil imaginar el papel de una madre y esposa de familia tan feliz siendo que tuvo que padecer un alto nivel de angustia e insatisfacción amorosa, sexual, de atención marital, etc. El recuerdo sesgado lo que se ve, que parece un cuento feliz y apacible. Parte rodada en color.

La otra parte es la más actual y contrariamente a la época antigua aparece en blanco y negro, quién sabe si porque los tonos grises sirven mejor para captar la tragedia, la violencia, la faceta negativa, la muerte, la decepción y de nuevo el olvido. El capítulo duro y denso del relato y de la vida.

Quiero subrayar esta inversión cromática de las reglas del flashback donde el presente, lejos de la infancia feliz, se representa con un conmovedor blanco y negro; mientras, el pasado, recuerdos felices, fértiles y paradisiacos, en atiborrado festival de vibrantes colores. Obra de la magnífica fotografía de Sergio Iván Castaño.

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Sensacional reparto

En el reparto descuella la interpretación portentosa de un Javier Cámara convertido en médico colombiano (acento muy bien conseguido); se ve el esfuerzo físico y psicológico y las horas de Cámara para construir el personaje. Un afectuoso y ejemplar padre, perfecto padre podría decirse; y el espectador que se puede meter en ese hogar feliz y placentero donde vibra el cariño y la buena onda, pues la película es, por encima de otros elementos, una cinta sobre la familia (o clan).

Hay otros actores y actrices donde cabe destacar a una estupenda Patricia Tamayo contenida y sensacional en el papel de esposa abnegada y perseverante; o a Juan Pablo Urrego en la caracterización brutal del hijo joven.

Y acompañando Aída Morales, Sebastián Giraldo, Whit Stillman, Nicolás Reyes Cano, María Tereza Barreto, Laura Londoño, Elizabeth Minota, Kami Zea, Luciana Echeverry y Camila Zarate.

Influencias de Ford y Mulligan

Es una película con claro fondo de cinta de familia, de relación paterno-filial, de loa desbordada y apasionada, de abstracción y magnificación de lo familiar. Los Abad son dichosos, todo es dulzura y vida, el paraíso en la tierra o como dice Romero Santos: «Sonrisas sin lágrimas».

Planos secuencia con coreografía dentro del hogar y un intento tenaz de capturar la vida doméstica, con un estilo impostado que puede resultar acaramelado, en lo cual colabora la música hiperemotiva de Zbigniew Preisner y una «preciosista fotografía con sabor a miel y chocolate» (Iván Castaño).

Salvando las diferencias, no es difícil adivinar la influencia de John Ford en Qué verde era mi valle (1941), ese soberbio melodrama sobre la vida de una familia minera de Gales, vista bajo los ojos de su miembro más joven, un hermoso canto a los valores familiares.

O el archiconocido film de Robert Mulligan igualmente con padre admirable que es Matar a un ruiseñor (1962), sobre Atticus Finch, un señor justo, valiente, firme y defensor de los derechos de los débiles. El ciudadano más respetable de la ciudad que provoca la admiración de sus dos hijos, huérfanos de madre, con quienes mantiene una relación entrañable.

En fin, en cualquier caso, resulta alentador que alguien como Trueba continúe hablando de los buenos sentimientos, hoy tan devaluados.

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La visión del hijo y el olvido de Borges

Pero la cámara se acerca también a la faceta de un médico comprometido que no quiere renunciar ni dejar de exponerse al peligro que conlleva la defensa de los indigentes, pedir justicia, un tipo honesto, cabal y humano considerado por los conservadores como un marxista subversivo y por la izquierda un aliado del fascismo. 

Los personajes y situaciones son vistos primero por el hijo varón niño y luego por el joven universitario, retrato de una época y un tiempo pretérito y la minuciosa descripción de un estado moral, más que de un estado ánimo. «Trueba se empeña en convertir la evidencia de la bondad en acontecimiento; la certeza de la dignidad, en espectáculo; la belleza, en un modo de estar en el mundo» (Martínez). Lo consigue, pero a costa de sacrificar una visión más realista y honesta que apuesta por llevar al límite ciertas evidencias que nada aportan.

La novela y el film son de igual manera y en forma cruda, la evidencia de que estamos condenados al polvo y al olvido. Como escribe en la novela de igual título Héctor Abad Faciolince: «Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas esas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron y son solo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio».

Y, para acabar, una grata sorpresa y un hallazgo. Aquel 25 de agosto de 1987 en que el Dr. Héctor Abad Gómez fue asesinado por paramilitares, su hijo el escritor Héctor encontró en uno de sus bolsillos un soneto copiado a mano por su padre y firmado JLB. Ese poema es el epitafio de la tumba de su padre. Un minucioso y largo trabajo de investigación corrobora que su autor fue Jorge Luís Borges.

Desde la perspectiva de estos versos borgianos, viendo el tiempo corto de la existencia, «ya somos el olvido que seremos», olvido y polvo elemental que pueden servir a modo de consuelo «bajo el indiferente azul del Cielo».

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«Si el cielo, como parece, es indiferente a todas nuestras alegrías y a todas nuestras desgracias, si al universo le tiene sin cuidado que existan hombres o no, volver a integrarnos a la nada de la que vinimos es, sí, la peor desgracia, pero al mismo tiempo, también, el mayor alivio y el único descanso, pues ya no sufriremos con la tragedia, que es la conciencia del dolor y de la muerte de las personas que amamos» (Abad Faciolince).

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos. 

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre 

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

Al lado o por encima del poema borgiano, algunos hombres y mujeres no serán nunca olvidados. Su obra se escribe en otra dimensión. Así lo creo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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