Nadie (3)

  08 Mayo 2021

Acción y venganza en una obra con tintes de comedia

nadie-0Nadie tiene un comienzo en que el protagonista interpretado por Bob Odenkirk (en un cambio de registro notable), responde a un interrogatorio del FBI ensangrentado, contusionado y con un gatito entre las manos, al cual alimenta con una lata de atún que él mismo abre sobre la mesa delantera ante la cual permanece esposado con un aspecto de frialdad y quietud que pasma a los polis que interrogan: «mi nombre esNobody».

Ese primer marronazo en plena frente sumerge al espectador en una fantasía de poderío en la cual no existe perdón. Cosas de productores, guionista y director.

Lo que viene a continuación son los días de un calendario cayendo tediosamente y un hombre que repite cada en jornada sus rutinas más rutinarias (la redundancia es a propósito).

Hutch Mansell (Odenkirk) es el típico hombre de familia de los que hay tantos y no salen en pelis ni en prensa y menos en aventuras extraordinarias. Hace una vida común y repetida, se levanta, intenta tirar la basura, pero siempre llega tarde y el camión ya se ha ido, se despide con una mueca de su bonita esposa y llega a su trabajo, una especie de fábrica de medio pelo donde ficha y se emplea en un trabajo alienante. Desalentador.

Una noche entran unos ladrones a su casa, unos jóvenes ansiosos por hacerse con algún dinero, robar algo y poco más. La cosa es que cuando Hutch ve lo que ocurre, ante la inminencia del atropello, decide no defenderse y preservar a su familia, o sea, evitar inconvenientes y problemas colaterales. Pero esta decisión desilusiona a su hijo Blake (Munroe) y su mujer Becca (Nielsen), que queda un poco como pasmada, o sea, como que se acrecienta la distancia de él.

Hutch queda interiormente reconcomido, aunque lo que tiene sobre sí es tedio vital (taedium vitae) de la mísera vida que lleva. Pero algo en él estalla y restalla cuando su hija pequeña le dice que no encuentra su pulserita, que se la han robado los pobres choris.

Estas circunstancias van a precipitar que aflore en Hutch su lado más violento y lóbrego, pero también su faceta de investigador sagaz y perseverante, del que al poco sabremos era un «auditor» del Estado, lo que traducido sería una especie de sujeto con licencia para matar, muy preparado, duro y totalmente anónimo (Nadie).

Incluso da para pensar que lo que comienza en este episodio de persona hastiada es la irrupción de la crisis de identidad en un hombre de mediana edad que lo tiene todo pero es incapaz de cualquier cosa, lo cual se va entendiendo poco a poco.

La peli tiene una más que aceptable dirección del director moscovita Ilya Naishuller, que parece entender el atractivo que tiene la propuesta que le han encargado. El guion de Derek Kolstad está bien hilado y escribe una historia un tanto loca, pero a la vez con ritmo y entretenida.

Va acompañado el paquete de una música de David Buckley con multitud de canciones bien conocidas que vienen a representar las emociones y la subjetividad del protagonista, sustituyendo de manera progresiva la mediocre realidad que le toca vivir. Buena fotografía de Pawel Pogorzelski que sabe estar con su cámara en el ojo del huracán.

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Sobre la película

Es de suponer que muchos aficionados al cine actual de autor desconozcan el nombre de David Leitch, que es un productor principal de este film. Leitch es un señor que ha ido girando y trasmutando en el mundo del cine, pasando de especialista y doble de Brad Pitt y Jean-Claude Van Damme (¡nada menos! Ya hay que estar en forma), a coordinar secuencias de riesgo, de lo cual pasó a director de segunda unidad, director, productor y artífice de un espectacular cine de acción como teórico y director de John Wick (2014) y haber producido los dos siguientes capítulos de la saga (con una puesta en escena robusta y puñetazos o disparos a bocajarro muy singulares), Atómica (2017) y Deadpool 2 (2018).

Y ahora produce esta obra, una violenta y sarcástica película de acción (escenas violentas excelentes) que tiene luchas a discreción, mafias, policías, espionaje, rusos muy peligrosos, ello en un entorno familiar, donde no falta la figura increíble de su anciano padre. Así pues, Leitch, a quien podemos calificar de ideólogo de la obra, es todo un personaje del cine de acción, aunque en este caso hay más que mera acción.

David Leitch ha fichado con inteligencia a dos profesionales talentosos para este tipo de producto: Derek Kolstad (guionista de John Wick) y el director moscovita Ilya Naishuller que en 2015 estrenó Hardcore Henry, thriller de acción y ciencia ficción noir espectacularmente grandioso e innovador, hecho casi en su totalidad en una sola toma, «filmado como una apoteosis del plano subjetivo» (Ocaña). Su sello se deja notar nada más comenzar la peli, cuando presenta al protagonista (padre de familia simple cuyo hijo lo aborrece por su pusilanimidad) que va a más, amén de un montaje sincopado y repetitivo.

Es una película, como apunta Ocaña: «con vocación de pequeña obra de cámara, escueta de tiempo y modesta en sus escenarios, que no obstante se eleva sobre su (aparente) sencillez como un placentero pasatiempo de salvaje creatividad». No obsta para que la cinta, sobre esta aparente sencillez, se convierta en un pasatiempo gustoso para los amantes de cierta creatividad salvaje no exenta de humor.

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Reparto

Para este título se ha contratado para el rol protagónico a un Bob Odenkirk que hace gala de un aéreo sentido del humor. Pero, sobre todo, a partir de cierto punto cardinal del film, se convierte en un sujeto auténticamente duro, inteligente, algo suicida, en el que fluye su violento y secreto pasado como auditor (reconocido gendarme de estado duro y preparado), tras haber aparecido en las primeras secuencias como un hombre retraído y pávido.

Odenkirk es quien lleva la película sobre sus hombros: algunas escenas de peleas en un autobús, tiroteos hogareños y masacre en un establecimiento fabril son más que amenas, sobre todo para los amantes del género de venganza y golpizas.

En ellas, Naishuller, como demostró en Hardcore Henry, pone en valor su ingenio para «la composición de set pieces asentadas en las músicas de contraste» (Ocaña). Con ballets de reyertas cuyos planos apenas duran fracciones de segundo, haciendo ver con desenvoltura y distinción su curiosa composición de la venganza y de la ironía también.

Pero Nadie (Nobody), que es el sobrenombre del personaje como consecuencia de su pasado misterioso y recóndito de agente ultrasecreto y misterioso, es incluso más comedia que thriller, especie de diversión más que una viscosa cinta de movida turbulenta. Y lo es por razones que ahora apunto.

Se ve que Odernkirk, al decir de Crespo, «tenía ganas de dar unos cuantos mamporros y profundizar en ese lado rabioso y justiciero que le sale a todo padre de familia cuando le tocan a su manada». Ello, como hombre maduro que hace de “don nadie”, pero que tiene también una tradición en el terreno del riesgo, con trazas de vengador y pericia para la cosa de luchar y matar. Y lo hace creíble. Quién sabe si no han encontrado los lineamientos para una saga que continúe la senda de John Wick, no parece azaroso que ambas figuras compartan guionista.

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Un film agotador para un actor aprendiz

El film es un intenso recorrido por escenarios plagados de puñetazos, ímpetu, golpes y disparos, que cuenta en sus filas con expertos. Pero si algo resulta curioso es la circunstancia de que el menos familiarizado con el género y las escenas de enfrentamiento físico es el protagonista. Tanto el productor (Leitch) como el guionista (Kolstad) sabían lo que se hacían.

Bob Odenkirk, con su aspecto templado y afilado rostro, más bien con la pinta de hombre de medianía tristón y gris, se reconvierte y logra salir con dignidad, originalidad y holgura como vengador, apartándose de otros títulos convencionales de vendetta.

El actor se sometió a un duro entrenamiento de meses para aprender a golpear, a derribar al contrincante o verse envuelto en revoltosas broncas. Como él mismo afirma, «me resultó muy difícil a nivel físico e incluso personal». Pero a fe que lo consigue y lo ejercita con gran verismo y virtud, pese a no tener un físico que resalte particularmente; al contrario, más bien es un hombre del montón: ¡doble mérito!

Junto a Odernkirk participan con buenas sensaciones intérpretes secundarios, como Christopher Lloyd y RZA que también contribuyen al esparcimiento y la diversión, y colaboran para que nos tomemos en serio a este Nobody con ganas de caña.

Completan, artistas como Aleksey Serebryakov, Connie Nielsen, Michael Ironside, Collin Salmon, Billy MacLellan, Araya Mengesha, Gage Munroe, Paisley Cadorath, Aleksandr Pal, Humberly González, Eddson Morales y J. P. Manoux. Todos muy bien.

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Dos curiosidades: sexo y gerontología

Me han llamado la atención dos aspectos del film que son notablemente destacados. En el primero, la vida marital gris del protagonista con su bonita esposa, muy bien interpretada por la hermosa Connie Nielsen, con la cual apenas mantiene proximidad física y menos relaciones sexuales. Y no hace falta ser muy listo para percatarse que el pobre y mediocre Hutch es cero atractivo a los ojos de su encantadora mujer.

Pero es cuando abandona ese rol doméstico y de oficinista alienado, para volver a su antigua profesión de agente de alto rango (o auditor) capaz de las mayores hazañas belicosas y de inteligencia, cuando su esposa empieza a hacerle caso de nuevo. O sea, cuando Hutch una noche vuelve tarde y malherido de una gran pelea (la del bus), su esposa lo valora en su dimensión de macho fuerte y aguerrido y mantendrá, lo que se sugiere veladamente, relación íntima con él, y en la mañana ambos están contentos como unas castañuelas y con proyectos de futuro in mente.

Vaya, que no le va al protagonista la vida ciudadana simple tras su reentré como aventurero de acción; su mujer necesitaba al guerrero y hombre veterano que en habitaba en él y que da la talla a todo nivel.

La segunda cuestión que me ha parecido de lo más gustosa y divertida es la presencia del padre de Hutch, una persona muy mayor en una residencia geriátrica. Al igual que el hijo, no se encuentra en la monotonía de una jubilación ociosa de siestas o televisión. El buen señor empieza a revivir y reverdece cuando de nuevo empuña sus escopetas de cañones recortados y su armamento pesado, para ayudar a su hijo a resolver sus cuitas con los villanos que lo acosan.

A partir de ese momento, el viejo despierta de su letargo, su existencia cobra sentido y la vida se torna placentera. O sea, como tiene que ser, pues nada peor para una persona mayor que la molicie y la falta de ilusión.

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Lo gracioso es que para este buen señor, salir de ahí no es apuntarse a un seminario sobre Historia del Arte o a un curso de piragüismo, sino dar toda la caña explosiva que puede, que es mucha, a tiro limpio de posta gruesa, y cargarse junto a un hijo negro que tiene —hermano de Hutch y que no me preguntéis de dónde sale porque yo no me he enterado—, que da también muy buen juego en el film, amén de disparar mejor que Buffalo Bill.

Y, por último, a tono con el jocoso desarrollo, tenemos a los «rusos», pues si tiene que haber malos, mejor que sean rusos, mafiosos de la cosa moscovita que gestionan el dinero de las pensiones de sus paisanos. Todo un sainete que acabará como el rosario de la aurora para gran descalabro del ejército eslavo de matones a cual más malo y que resultan todos para el arrastre.

Para finalizar

La peli tiene su gracia. No es meramente de vengadores o de extrema violencia, tampoco de sesgo severo y «sin perdón» a lo Bronson, Norris, Eastwood o Willis. La cinta tiene su risa, es de tinte comedia. Pero claro, llega un momento en que hay que cerrar y poner el «The End».

Según mi parecer, la fórmula de Naishuller con musiquita feliz ambientando continuadas masacres y refriegas se puede hacer pesadita. De hecho lo empezaba a ser cuando ¡zas! De pronto, cuando estamos a punto de cierto hartazgo, la película, de apenas 90 minutos, termina sin apurar la cosa, sin pasarse.

Hay que saber acabar y Naishuller sabe poner algunos broches, de nuevo risueños, a un final plácido que en realidad queda abierto, tal vez para alguna otra entrega.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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