El verano de Cody (3)

  07 Mayo 2021

Pueblo pequeño, cielo grande

el-verano-de-cody-0Solo por poder disfrutar de uno de los últimos trabajos en vida para la gran pantalla del recién malogrado Brian Dennehy ya vale la pena el visionado de esta pequeña gran película que se puede encuadrar dentro del cine indie norteamericano.

Alejada un tanto injustamente del circuito de premios, pero muy bien considerada por crítica y público en todos los festivales de cine donde se ha proyectado desde su puesta de largo en el Festival de Berlín de 2019, El verano de Cody (libre traducción de la original Driveways, que en español sería algo así como Calzadas) supuso una de las actuaciones postreras de un actor como la copa de un pino.

Aquí no vamos a repasar su vasta filmografía, que para eso ya está la Wikipedia o IMDB, pero no está de más recordarle en sus roles más icónicos para todos aquellos que no relacionen nombre y cara: el sheriff que no da tregua a Rambo en Acorralado y su protagonismo en El vientre de un arquitecto, de Peter Greenaway.

Aquí funciona como trasunto del Clint Eastwood de Gran Torino en plan gigantón gentil. Sentado en su porche con una cerveza en la mano, viendo pasar lo poco que le queda de vida mientras atiende impávido a los movimientos de sus vecinos recién aterrizados en un pueblo perdido de la mano de Dios (se filmó en Poughkeepsie, en el estado de Nueva York), una madre y un hijo de origen asiático que se instalan en el lugar para arreglar toda la burocracia derivada del fallecimiento de un familiar que vivía allí.

Las cuitas de unos y otros acabarán por cruzarse para procurarse paz mutua. La relación intergeneracional entre el abuelo y el niño se convertirá en el núcleo de la narración. Primero un encuentro distante para que progresivamente se vayan conociendo.

El chaval no acaba de integrarse entre sus coetáneos y acabará hallando cobijo en la compañía de los más veteranos del lugar. Así, lo veremos sufriendo las gamberradas de dos aprendices de sacamantecas o aburriéndose de lo lindo en la pista de patinaje el día de su cumpleaños, mientras que se lo pasará bomba en el bingo del pueblo rodeado de ancianos.

Esos pequeños instantes de complicidad son los que hacen subir como la espuma el caché de la propuesta. Momentos en las vidas de todas las personas que importan, que acaban marcando, aunque se traten de reuniones breves y efímeras.

Dejando a un lado si estamos ante un incipiente ludópata, esas escenas de comunión están llenas de ternura y comprensión. Allí se cruzan temas como la necesidad de formar parte de una familia, la maldición del alzhéimer, la dificultad de abrazar la armonía... todo tratado con suma delicadeza y sobre todo con serenidad y pausa, algo que se agradece muy mucho cuando estamos hartos de movimientos de cámara epilépticos y montajes frenéticos.

Gracias a esta parsimonia trufada de diálogos sinceros el film consigue transmitirnos arrebatamiento y calidez a partes iguales. No existen picos dramáticos ni momentos de tragedia rebuscada. Las metáforas son de cajón (ordena tu mente mientras te deshaces de todo lo superfluo), y aunque exista gato encerrado y enterrado nos daremos cuenta de lo importante que puede llegar a ser darse un abrazo cuando la separación es inminente.

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El director de esta estimable propuesta, Andrew Ahn, aplica el vademécum del movimiento slow (esto es, mostrarnos la posibilidad de llevar una vida plena y desacelerada, haciendo que cada individuo pueda controlar y adueñarse de su existencia) utilizando para ello todo el engranaje típico del cine indie (presupuesto bajo, temas cotidianos y aroma intenso a las montañas nevadas de Sundance).

Pero si por algo hay que darle las gracias es por haber permitido reunir bajo el mismo techo a una pléyade de actores octogenarios y nonagenarios quienes, por desgracia, no tienen cabida alguna en el mainstream hollywoodiense. Ahí queda para la posteridad el listado de viejas glorias que aparecen aparte del ya citado y finado Dennehy: Laurent Rejto, Stan Carp, Jerry Adler, Bill Buell y Christine Ebersole.

Por último, sería injusto no destacar la aportación a través de un papel complejo de madre coraje de Hong Chau (nominada hace unos años en los Globos de Oro por haber dado vida a una activista vietnamita en Una vida a lo grande (Alexander Payne, 2017)), quien borda la figura de una madre desnortada con una vida emocional complicada que tiene que sacar fuerzas de flaqueza para establecer dinámicas positivas con su hijo y así intentar alcanzar algo parecido a la felicidad familiar.

En definitiva, asistimos a un claro ejemplo de cómo una elegante amistad puede llegar a cuajar entre dos almas solitarias separadas por varias generaciones. A fin de cuentas, ¿qué puede unir más que una conversación sobre vomitonas mientras se están despachando a cuatro carrillos unos deliciosos sándwiches?

En manos menos sensibles, esta pequeña historia podría haberse convertido, con bastante facilidad, en... sensiblera. Pero, afortunadamente, hay una ligereza de tacto y una afinidad de corazón que ensalza las preocupaciones de la juventud y los lamentos de la vejez.

Escribe Francisco Nieto

  

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