Península (0)

  01 Mayo 2021

La serie Z coreana también existe

peninsula-0Pocas veces una segunda parte ha dejado tan desorientado a este cronista. Precedida por el éxito crítico y comercial de Tren a Busan (2016), de Yeon Sang-ho, todos esperábamos una segunda parte con la imaginación, el sentido del ritmo y la diversión de aquella.

Y nos encontramos con un rutinario producto basado en un guion inacabado, unos zombis digitales de serie Z y, en general, la sensación de que se han copiado los peores tics del cine de zombis americano para llegar a una lamentable escena final, absolutamente increíble, que entierra cualquier atisbo de interés… por más que los zombis se levanten una y otra vez.

Yeon Sang-ho es conocido por los aficionados gracias a dos notables trabajos de animación alejados del «cine infantil» para dar cabida a temas adultos e incluso el terror como género narrativo: King of pigs (2011) y The fake (2013).

Poco antes de estrenar Tren a Busan realizó un tercer título de animación que era casi un prólogo de aquella: Seoul Station (2016), donde ya se planteaba que los personajes fallecidos en la estación de Seúl se convertían en zombis.

Precisamente en la estación de Seúl comienza Tren a Busan. Allí, distintos pasajeros toman un tren, en el que también se sube a última hora una mujer infectada por una fuga de productos en una planta química. Pronto ella se convertirá en zombi y el tren, lanzado a toda velocidad, se convierte en un microcosmos que refleja la lucha mundial entre vivos y muertos… donde los zombis ganan terreno continuamente.

Una película vibrante, filmada con inteligencia, con un guion que combina con notable elegancia las escenas de acción con las reflexiones. Con un ingenioso uso de los túneles para moverse en la oscuridad del tren. Con un final feliz al que se llega de forma lógica, sin forzar la narración, y que sortea los tópicos del género para apostar por la vida y el arte (una canción es la fórmula para sobrevivir).

Una agradable miniatura que merece la pena recuperar ahora que su secuela ha estropeado el buen recuerdo que nos dejó el film seminal.

Una secuela olvidable

Tanta expectación había levantado el original que esta secuela se estrenó, atentos, en el festival de Cannes y posteriormente en el de Sitges. Cine de terror en Cannes: histórico.

Retrasado en varias ocasiones su estreno por la pandemia, finalmente Península (2020), nuevamente con Yeon Sang-ho como guionista y director, llega a los cines en la primavera de 2021, con uno de esos tráileres que invitan a los aficionados al terror a acercarse al primer lugar que la proyecte.

De hecho, el comienzo sigue siendo un festín para gourmets iniciados en el género fantástico: un prólogo dinámico que apunta el inicio de una pandemia.

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Península continúa con un guiño a 1997, rescate en Nueva York (1981), el mítico film de John Carpenter, incluso con una música que recuerda a las melodías sencillas pero efectivas que componía el propio director de Halloween: incluso se utiliza esa música en el extraordinario tráiler (que incluimos al final).

Hay que entrar en una ciudad abandonada, dominada por los zombis, para rescatar algo. Aunque —signo de los tiempos— aquí es una camioneta… llena de dinero.

Ya no se trata de salvar a una persona… y mucho menos el presidente de los Estados Unidos, como planteaba Carpenter en su maliciosa epopeya protagonizada por Kurt Russell.

Aquí todo es más simple, sin dobles lecturas, sin aristas, con escaso margen a la incorrección política. Un simple robo: como a los zombis no les interesa el dinero, llegar y recoger la pasta para vivir bien. Sin más.

A ese primer peldaño bajado respecto a Carpenter comienza a unirse pronto una bajada de escaleras a todo tren. Porque las incongruencias comienzan a acumularse como zombis alrededor de la trama principal.

Hay más vivos que no son zombis. Una mini sociedad que recuerda por momentos al mundo de Mad Max, sobre todo de la tercera entrega, Mad Max: Más allá de la cúpula de trueno (1985), de George Miller y George Ogilvie. Volvemos a un estado de tintes nazistas, más salvaje que los propios zombis, donde la diversión la proporcionan las exhibiciones circenses, inspiradas en los circos romanos. Pero con luchas entre prisioneros de esos salvajes frente a zombis también prisioneros.

Nada nuevo en el género, efectivamente.

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Pero lo peor está por venir: la confusión entre los distintos grupos de personajes es continua.

A los «malvados» que viven y a los zombis que no viven en la península, se unen nuestros protagonistas, un pequeño grupo de cuatro componentes encargados de recuperar el dinero, cuyo destino podemos imaginar aplicando la lógica del relato…

Pero el relato no tiene lógica.

Así que aparece otro grupo que, atentos, lo forman dos niñas y su madre. Sí, el signo de los tiempos. ¿Tiene explicación cómo sobreviven las tres en este submundo atestado de malvados, vivos o muertos? No, no la tiene. Y el director ni lo intenta explicar, para qué.

Cuando lo políticamente correcto se empieza a instalar en el film, debemos aceptar —caprichos del director-guionista— que una de las niñas es una experta conductora cuando apenas alcanza al volante. Y no solo eso, también es experta cazazombis a base de macacharlos con los derrapes de su todoterreno. Sin comentarios.

Pero puede ser peor. Tomen nota.

La hermana pequeña también es experta. Maneja coches teledirigidos con los que engaña y atonta a los zombis. Luces y ruido atraen a los muertos vivientes —o lo que sean— por lo que los lleva de acá para allá para poder escapar.

Si pretenden ser escenas humorísticas, no tienen gracia. Si van en serio, dan miedo.

De la madre mejor ni hablamos, aunque si la consideramos prima hermana de Linda Hamilton en la saga Terminator nos haremos una idea de su modo de vida.

Y ahí están ellas, viviendo entre zombis, malvados que cazan zombis, individuos vivos que no sabemos de dónde salen y, en fin, sin poder abandonar la famosa península... pese a los intentos de un abuelo ya demente, que jura y perjura cada día que ha contactado con el ejército para que venga a rescatarles. Aunque su emisora ni siquiera tiene pilas.

Por cierto, varios flashbacks nos recuerdan que nuestro protagonista masculino dejó abandonada a su suerte a una madre con una niña en brazos en su huida inicial —el prólogo del film—, cuando la pandemia comenzó a extenderse. Sí, es la misma madre. Sólo que ahora tiene dos hijas. ¿De dónde ha salido la otra? Buena pregunta.

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Podría ser peor… y lo es

El primer problema es que todo es digital en esta Península. Los decorados, los anocheceres, los zombis… y no de gran calidad.

Una digitalización excesiva que sirve sobre todo para eliminar la sangre y la dureza de la lucha entre humanos y zombis. Aquí todo se resuelve con una ráfaga de cualquier arma o un coche lanzado atropellando zombis por docenas.

Como en el cine americano «que evita la calificación para mayores», la digitalización convierte el film en una peli de dibujos animados. Poco creíbles los ejércitos de zombis. Casi infantil su exterminio continuo. Ni una gota de sangre ensucia la pantalla.

Recuerdan estos minionzombis a los de Guerra mundial Z (2013), de Marc Forster, aquella epopeya «para todos los públicos» en la que Brad Pitt salvaba a su familia, al planeta y curaba a los zombis mientras miles de muertos se amontonaban en las murallas para trepar por ellas. Un gran chiste, si no fuera porque la película se lo tomaba en serio.

Aunque para chiste el cierre de Península, con un final imposible, alargado, excesivo… sin sentido.

No se entiende que haya un barco esperando en el puerto, con las puertas abiertas, para que entre el camión con el dinero… y también los zombis, naturalmente.

Ni se puede aceptar que el muerto que conduce el camión (y no un muerto viviente precisamente) pueda mover el vehículo con el dinero para evitar que… bueno, no desvelamos nada. Digamos que la peli transita por el territorio de lo políticamente correcto y no puede permitir que los malos se lleven el dinero.

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Y como remate, atentos, llegan los soldados de las Naciones Unidas.

Los espíritus sensibles no leáis el siguiente párrafo, por favor. Gracias.

Veamos. No llega el ejército, solo un helicóptero. ¿Por qué? Ni idea, porque pretender que un viejo loco ha contactado con ellos no es creíble, como no lo ha sido durante el tiempo que llevan con la pandemia. ¿Por qué va al puerto? Buena pregunta. ¿Y quién aparece en ese helicóptero salvador? Pues miren ustedes, una negra, gordita y que es la antítesis del soldado cachas que puede acudir a misiones de guerra. ¿Chiste? ¿Ironía sobre lo políticamente correcto? Juzguen ustedes. En la peli es real. He ahí la salvación: el prototipo de heroína políticamente correcta.

En fin, para no hacer sangre —no estaría bien visto en un film de zombis donde precisamente se echa de menos el rojo carmesí—, no es creíble nada de la parte final.

Incluido el sacrificio en el último momento de algún personaje dispuesto a dar la vida para salvar a los demás… aunque luego, atentos, ¡el sacrificado también se salva!

Todo vale para conseguir un «emotivo» final feliz, a cámara lenta, con varios finales imposibles añadidos hasta que se salva incluso el apuntador… ¡venga ya!

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Casi parece que el director pretenda ofrecer una parodia del final de Tren a Busan, donde los personajes que sobrevivían lo hacían siguiendo una lógica: conocíamos desde el principio del film la importancia de la canción que finalmente salva a la hija y al padre.

Aquí nada tiene lógica. Se acumulan finales, a cada cual peor. Y no es ironía, es simple incapacidad del guion. Llegan buenos y buenas, mueren malos y zombis, se salvan buenas, hay sacrificio de algún personaje, pero los malotes pagan por su ambición…

La sensación es de timo. Yeon Sang-ho parece haber claudicado ante todos los tópicos que ha sabido sortear en su cine de animación y en la atractiva Tren a Busan.

Si hubiera humor, sería una atractiva parodia del género… ¡pero se lo toma todo en serio!

Añadamos: la digitalización es mediocre, los personajes carecen de interés y el guion necesitaba de una urgente revisión para eliminar muchos personajes innecesarios e increíbles, que aparecen y desaparecen de la película sin mayor justificación.

Probablemente la mayor desilusión del cine fantástico en mucho tiempo.

Escribe Mr. Kaplan

  

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