Una veterinaria en la Borgoña (2)

  28 Abril 2021

Película de una ruralidad entrañable que da lo que promete

una-veterinaria-borgona-0Se desarrolla la película de la mano de Alexandra, una joven veterinaria parisiense recién y brillantemente regresada e instalada a llamada de su tío, en un pueblo de la Francia profunda y vaciada. Allí debe atender temporalmente todo tipo animales: ganado y animales domésticos.

De modo que tenemos, en el corazón de la Borgoña a una urbanita, por cierto, desagradable y orgullosa, que se ve empujada a enfrentarse a una vida dura pero más «auténtica» de la que llevaba en la capital.

Michel, compañero del último veterinario del lugar y su tío, ha anunciado su jubilación, con la dificultad inicial de encontrar un nuevo colega que lo sustituya. Pero hete aquí que consigue atraer a su sobrina, una joven brillante que es oriunda del pueblo, aunque por la prematura muerte de su madre se ha educado en la capital; si bien cada verano volvía a sus orígenes, por tanto, la chica sabe bien donde pisa.

Pero Alexandra es difícil: misántropa, poco simpática y sin pizca de ganas de volver a la aldea de su infancia. La clave es si Nico, el veterinario del lugar, intentará lograr que se quede a su lado.

Es la ópera prima de Julie Manoukian (hija del compositor francés André Manoukian), que se acoge a un popular subgénero del cine francés, al modo de Un doctor en la campiña (2016), de Tomas Lilti, donde se apuntaba la falta de una medicina de calidad en las zonas rurales galas.

Al igual que en aquella simpática y humana cinta de Lilti, esta ofrece de forma equivalente una semblanza afable del campo, huyendo del realismo, más bien en la línea de comedia acrítica y afable que «abraza sin complejos todos los clichés del mundo rural» (Elsa Fernández-Santos).

Tiene una bonita música y emotivas canciones de Mateï Bratescot, junto a una hermosa fotografía de Thierry Pouget que sabe retratar el ambiente fértil y frondoso del lugar, con bellas vistas y rincones idílicos.

Siendo pues una temática y una modalidad conocidas y más o menos trilladas, apenas se le puede pedir originalidad, menos aún sobresaltos o imponderables, en una trama predecible conducida por un guion que se reconoce fácilmente, especie de déjà vu, de la propia Manoukian.

Entonces, lo que sí podemos pedir al film es que tenga buena onda, y, efectivamente, la cinta nos traslada buen rollo y cosa linda. Amén de unos preciosos paisajes y actores con encanto, lo cual sucede con un reparto correcto, especialmente la protagonista Noémie Schmidt, a quien acompañan entre otros Clovis Conillac (como el veterinario Nico), Lilou Fogli, Carole Franck, Caroline Gaget, Sébastien Pruneta o Juliane Leporeau.

Igualmente tiene su espacio para el romance, y los momentos dramáticos y los lineamientos de comedia están balanceados adecuadamente.

El mensaje tampoco es rupturista pues, como digo, ha sido visto y oído por demás. Se trata de demostrar que el mundo rural y campestre es mucho mejor, más recomendable para la salud psicofísica y la felicidad que el ambiente de ciudad.

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Lo que sí hay es un elemento perturbador e incluso premonitorio en una película estrenada en Francia en 2019: el hecho de que Alexandra está interesada, más que en los animales, en la investigación; tiene en mente ingresar en un laboratorio para luchar contra una pandemia a nivel mundial, de enfermedades que pasan de los animales a los humanos. Curioso, ¿verdad?

Pero volvamos a la historia. La joven veterinaria es antipática, arisca, esquiva y solitaria; para colmo su mascota es un ratón, por aquello de que estos animales viven solamente dos años. Y, para remate, la insociable fémina quiere volver cuanto antes a la ciudad para encerrarse en un aséptico centro de investigación con tubos de ensayo y batas blancas. Una vida que es la antítesis de lo que hace en el pueblo donde tiene que afrontar una realidad que es la atención directa a los animales, operaciones quirúrgicas, pomadas en los ojos de los perros y lidiar con los pueblerinos, tarea nada fácil, pero una labor humana, social y al aire libre.

Para ejemplo de contraparte vocacional, trabajador y generoso como pilar importante del lugar tenemos a Nico, el último veterinario que lucha denodadamente por salvar la clínica, al pueblo y a los agricultores y ganaderos. Por eso soporta estoicamente horarios draconianos y un trabajo extenuante, por lo que hasta incluso llega a enfermar por fatiga, surmenage o todo lo anterior.

Poco a poco la directora del film va descubriendo las razones profundas de la personalidad de Alexandra, su infancia sin madre y en un internado; las contrariedades que tiene inicialmente y que ha de padecer, por parte de los habitantes de la zona, lo cual se agudiza por su condición de mujer (liviano mensaje feminista que no va a más).

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Aunque no sea gran cosa, la película resulta bonita, calma, como los paisajes y las inocentes fiestas locales. Entonces pensamos, como espectadores, que nosotros, como la chica, podríamos lo mismo: dejar nuestras ambiciones capitalinas y de vanidad, tomar el primer vehículo que podamos, volver a la madre natura y cambiar de vida. Mensaje rupestre sano.

Además, el enfoque de Manoukian resulta fresco y singular al centrase en una profesión pocas veces retratada en la ficción naturalista de este corte, como es la de veterinario. Además, pone especial atención en plasmar detalladamente los usos y costumbres de lo campero, con especial énfasis en la dureza del trabajo con animales en un marco ganadero; también en lo doméstico, caso de las mascotas.

Manoukian muestra su capacidad para conseguir un equilibrio entre la crítica social y la comedia pueblerina y rural, impregnando de ciertas reivindicaciones (incluidas unas notas de feminismo), a una historia protagonizada por una mujer que no se deja dominar por los animales ni por los parroquianos, hombres o mujeres. 

Sin ser una gran película, ni siquiera una película inolvidable (al final podrá en la mente confundirse con otras similares como la mencionada más arriba o Un verano en la Provenza, 2007, de David Guirado), es una cinta digna, con gracia y distraída para pasar con agrado los 95 minutos que dura el metraje.

Película feelgood, de esas que hacen sentir a la concurrencia, dando prioridad a sentimientos positivos como la alegría y el optimismo. Película, en fin, que da justo lo que promete. Y todos contentos.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Caramel Films

  

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