Pequeños detalles (3)

  05 Abril 2021

A falta de pequeños detalles para sobresalir más

pequenos-detalles-0En la historia envían a Joe Deke Deacon (Denzel Washington), el sheriff adjunto del condado de Kern (California), a Los Ángeles. Supuestamente debería haber sido una tarea rápida de recopilación de pruebas sobre el crimen de una joven. Pero Deke se ve envuelto en la investigación de un asesino en serie que aterroriza a la ciudad, a la vez que se enfrenta a su pasado de errores y obsesiones.

El sargento del Departamento del Sheriff de Los Angeles, Jim Baxter (Rami Malek), es quien se encarga de dirigir la investigación y búsqueda del criminal de la muchacha. Impresionado con el instinto policial de Deke, consigue que colabore con él, aunque fuera del canal oficial. Mientras persiguen al asesino, Baxter no es consciente de que la investigación está sacando a la luz ecos del pasado de Deke, lo cual estaba descubriendo secretos inquietantes que podrían poner en peligro algo más que el caso que lleva entre manos.

Como señala Martínez, el thriller como género ha de estar tan cerca del escalofrío como de la emoción. Efectivamente, el thriller tiene como objetivo primordial estremecer. Debe regirse por la tensión, tensión que deriva en un final que nunca acaba de llegar, que siempre queda suspendido. El thriller debe hilar errores y vericuetos hasta concluir una solución última o un desliz fatal.

Y ahora que en nuestra revista estamos cerrando un monográfico sobre el cine de Alfred Hitchcock (en su etapa americana), no está de más recordar que Hitch fue quizá el primero en romper moldes cuando en su celebérrima obra Psicosis (1960), decide acabar con su protagonista en el primer acto, chocando al espectador y haciendo un ejercicio, si es que se puede hablar así, de «anti cine», que ponía las reglas del revés, pues lo más esperado ya ha sucedido y el espectador se siente estremecido, en el sentido de perdido, sin expectativas y a merced de un director «peligroso» que no se sabe a dónde nos va a llevar.

Está todo esto relacionado con este film, pues el director y guionista John Lee Hancock, cineasta eficiente al que sin embargo parece faltarle algo de sal y pimienta; Hancock pretendía hacer lo que decía de Hitch, de modo que su film «es thriller, pero también quiere ser lo contrario» (Martínez). Sabemos ya mucho nada más empezar la cinta y quedaremos sin saber otro tanto al final («toda sciencia trascendiendo»).

Este tipo de películas suelen seguir dos líneas de desarrollo básicamente. La primera es brindar detalles y hechos que potencien la investigación para atraer al espectador y crearle la necesidad de adivinar e incluso resolver el enigma que plantea. La segunda pone en valor a los personajes para ver reflejado en sus caras y conductas cómo les afecta lo que va sucediendo. Lo idóneo es encontrar equilibrio entre ambas opciones.

Pero, aunque la película lo intenta, al final ninguno de ambos vectores destaca de manera especial. Se da además la circunstancia de que la cinta juega un poco a ser siniestra con el maligno asesino en ciernes, pero no hurga demasiado en este terreno y controla lo suficiente para que no cunda el pánico, como para no asustar o espantar al público más sensible. Pero claro, esto tiene una consecuencia clara: «la conexión emocional que uno pueda tener con las víctimas se diluye, sucediendo lo mismo con su capacidad para impactarnos» (Zorrilla).

Hay también una apuesta más por los diálogos que por la acción o el contexto que encuadra la trama. Se siente todo más trágico y funesto por lo que dicen los personajes que por la por atmósfera creada por Hancock que resulta medida, como contenida. Los protagonistas hablan de atrocidades, pero el clima es mayormente de tranquilidad y poco espanto, salvo imágenes o fotos de muchachas asesinadas que en puridad no son acción ni restalla el sentimiento.

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La música de Thomas Newman resulta por momentos inquietante y mezcla cancioncillas sesenteras plan nostalgia. Buena fotografía de John Schwartzman que arropa bien unos crímenes estáticos y sangrientos (en imágenes mayormente), con mucha poli y mucha medicina forense.

Para aclarar apunto en primer lugar que esta es la primera película que veo con fecha de 2021: la película habla de un sheriff mayor, fracasado y ofuscado por acontecimientos del pasado que le obligaron a renunciar a su brillante carrera de flamante inspector en Los Angeles (infarto por medio, divorcio, etc.), para acabar en una pequeña localidad perdida y al margen de los noticiarios o de la notoriedad.

Por cosas medio de trabajo y también medio azarosas, vuelve a la ciudad de sus temores, pesadillas y también de su fracaso matrimonial y familiar. Allí se encontrará consigo mismo, con el calco de sus ambiciones en la mirada atenta de un joven policía que viene a ser su actual alter ego de antaño y en su misma comisaría, donde no es muy bien acogido. Se conecta, así, con la mejor copia de todas sus ambiciones del pasado, encarnada en el detective de homicidios Baxter, con el que va colaborar para intentar dar caza a un astuto y peligroso asesino reincidente.

Esta película explota los clichés del género negro noventero, lo que no quita para que haya que reconocer que Hancock tiene aptitudes y despliega bien su habilidad para generar suspense y componer imágenes noir, con la suficiente inteligencia como para seguir paso a paso el camino para apresar a Albert Sparma (Jared Leto), un criminal psicópata y peligroso.

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Todo lo cual, empero, se ve lastrado por una narración predecible y con elementos faltos de lógica, tal vez por un exceso de prisa e improvisación en explorar asuntos complejos de los personajes. También fuerza a los personajes a ciertas conductas poco creíbles o difícilmente asumibles, con la intención de ofrecer un improbable giro y sorpresa final, lo cual que no queda claro.

Quiero recordar que Hancock dirigió en su momento películas de notable éxito como The Blind Side (Un sueño posible, 2006, Oscar para Sandra Bullock) o Al encuentro de Mr. Banks (2013, con Tom Hanks haciendo de Walt Disney), historias digestivas e insustanciales, que parten de hechos reales, en las que nuestro director ha basado su discreta carrera cinematográfica.

Es el mismo Hancock que escribiera en 1993 su primer libreto, Un mundo perfecto (1993), que dirigió Clint Eastwood; y un año antes escribió el guion de esta cinta Pequeños detalles (Eastwood o Spielberg estuvieron a punto de llevarlo a la pantalla). Y ahora, treinta años después, ha sido el propio John Lee Hancock quien ha dado el paso adelante para dirigir la historia criminal que imaginó y redactó cuando empezaba en estas lides.

Me ha recordado la película La última gran estafa (2020), donde un director de cine fracasado tiene en su haber un guion escrito hace años, en el que tiene cifrada su buena estrella en el mundo del cine, una ilusión definitiva para cuando la pueda producir, y por nada quiere deprenderse de su libreto; lo guarda como oro en paño a la espera de un productor para llevarlo a la pantalla. Pues eso, es como si Hancock hubiera esperado el momento preciso para llevar a la pantalla un libreto antiguo, de corte noventero y con un mundo aquel, muy diferente al actual: sin móviles móviles, mucha cabina telefónica, coches chatarra o métodos de investigación policiales ya trasnochados (huellas digitales...).

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Esta realidad le da cierta pátina vetusta a la obra, lo cual, si se mira con atención y «buenos ojos», puede no estar mal del todo. Es más sencillo y hasta más clásico y romántico idear una película de criminal psicópata sin móviles ni ordenadores, siguiendo las viejas técnicas de la investigación sobre el terreno y la intuición detectivesca.

Ello, unido a la calidad de los protagonistas (Washington, Malek y Leto) y la circunstancia de que no molesten las oscuridades morales manifiestas de todos, policías y criminales. Aunque el mensajito viene a ser que el policía, como tal, corre sus riesgos y está sujeto a error: «no somos ángeles», le dice el viejo Deke al joven Baxter, para consolarlo por un error grueso que ha tenido este, con resultado de muerte o, mejor, de asesinato: gajes del oficio que el propio Deke experimentó en su juventud como policía.

Eso sí, hay momentos de tensión, apoyándose en gran medida en el reparto, más que en una trama construida con agudeza o por una dirección atrevida. Decisiones narrativas discutibles y un final poco satisfactorio que finge más sustancia de la que realmente tiene. Hay momentos, como el interrogatorio policial a Leto, cuya escenografía, detalles y diálogos elevan el listón a un lugar al que el resto de la película no llega. Además, Leto, basándose en su perversidad de mente vivaz (y usando un toque de prótesis que desfigura su cara en una podredumbre de mala hiel y hastío), comunica una gran cantidad de placer enfermizo y perverso que tanto consigue inquietar al detective Deke.

Si recordamos de nuevo a Hitchcock, éste decía que a toda costa había que evitar el cliché, o sea, lo manido, no repetirse ni copiar lo ya existente. Y esta película cae en cierto modo en esa falla, pues entra en un terreno ya conocido por el público: policías obsesionados por capturar a un maligno asesino en serie, la familia de los policías que llega a estar abandonada por el trabajo incesante e insistente del padre de familia, y todo eso que ya sabemos.

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Y lo hace anclado en los noventa, no solo porque se ambienta la cosa en esos años, sino porque técnicamente el director libra su suerte a la de los actores, un serio Denzel Washington siempre eficiente en un trabajo bien medido, peculiar y creíble, frente a un rutinario Rami Malek y un viscoso e impostado Jared Leto, psicópata de ojos saltones interpretado por un actor habilidoso que acierta a ofrecer una actuación meritoria con un tipo de sordidez diabólica que el espectador acaba odiando: «la dinámica entre los personajes dista mucho de ser memorable, incluso cuando la película se desvía de lo habitual en este tipo de tramas en su último acto» (Zorrilla). 

Acompañan actores y actrices muy bien en su conjunto coral: Chris Bauer, Sofia Vassilieva, Natalie Morales, Terry Kinney, Michael Hyatt, Kerry O’Malley, Sheila Houlahan, Joris Jarsky, Dimiter D. Marinov, Jason James, Isabel Arraiza, Stephanie Erb, Samantha Cormier, Ton Hughes, John Kim y Patricia Mizen.

Al salir de la sala pensé que el thriller estaba salvado en una medida nada despreciable por un Washington que marca la diferencia con el resto de protagonistas y cuya presencia es capaz de elevar un producto de medianía. A la vez, la película me pareció bien, se ve bien, no es molesta, no hay truculencia inútil.

En cambio, y pensando en el título, es legítimo pensar que hay «pequeños detalles» que faltan para que el resultado se hubiera diferenciado y sobresalido de otras propuestas similares. La película habría dado mucho si hubiera habido más arrojo y osadía para haber forzado un poco más los límites de lo habitual.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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