Nomadland (4)

  29 Marzo 2021

El western en el margen

nomadland-0En su tercer largometraje, Chloé Zhao vuelve a interesarse por personajes dañados por un trauma emocional, su inadaptación o su exclusión de un entorno adverso. Tanto Johnny, de Songs my brothers taught me, como Brady, de The rider, comparten su necesidad de encontrar respuesta, en otros espacios o actitudes, a una angustia producida por la pérdida o la falta de expectativas.

Johnny y Brady representan el ocaso de la mitología india y de los rodeos, respectivamente, como quimeras rotas que han derivado hacia un mundo opresor o insoportable donde la única alternativa es la huida o la aceptación de la realidad, como formas de cambio asociadas al crecimiento y la madurez. Los conflictos de los protagonistas de estas historias representan a colectivos sumidos en la agonía circunstancial de los que han perdido su función social, anclados en un pasado que les ha reducido a ser mera representación o decorado para turistas.

Si el entorno de la reserva india de Pine Ridge (Dakota del Sur) sirvió de marco a los dos primeros filmes de Chloé Zaho, como espacio simbólico del desaparecido universo del western, ahora su historia se desplaza a las carreteras y caminos americanos por los que transitan los desfavorecidos que lo perdieron todo en la crisis de 2008, víctimas del paro y los desahucios.

Ellos son la evidencia del fracaso de un proyecto social devorado por un capitalismo neoliberal, siempre hambriento de beneficios. Expulsados fuera del sistema, circulan en sus casas rodantes de un lado a otro, hacia el norte y el sur, de Nevada a Dakota, Nebraska, Arizona y California, buscando el calor o el trabajo temporal y mal pagado que les permita sobrevivir y seguir en movimiento.

Como si con este filme quisiera cerrar un ciclo y abrir otros, la directora sigue utilizando material fílmico documental para montar sus ficciones, con la novedad, en este caso, de la inclusión de dos actores profesionales muy relevantes, Frances McDormand y David Strathairn. Como afirma Chloé Zaho en sus entrevistas, su empatía con la actriz se consolidó durante los premios Independent Spirit 2008. Unidas por su actitud independiente y comprometida, el proyecto se selló con la compra de derechos por parte de Frances y su socio productor Peter Spears.

También comenta que la parte documental ya estaba disponible en el libro de la periodista Jessica Bruder (País nómada: supervivientes del siglo XXI, 2008), lo que supone un cambio en la metodología habitual de la directora, curtida en seleccionar los materiales de sus trabajos. Otro cambio, y no menor, es la inclusión, prácticamente como protagonista, de una actriz tan potente como la protagonista de Un anuncio en las afueras.

La película comienza con un evidente guiño a Centauros del desierto donde el porche que separa a Ethan de la vida doméstica que le es negada, se transfiere a la persiana del trastero donde Fern elige los objetos que se llevará en su viaje. Con el ruido de la persiana como anticipación, la cámara encuadra la silueta a contraluz de Fern en un plano medio continuado por un travelling que sigue al personaje hasta las cajas donde guarda un pasado que permanecerá encerrado, mientras al otro lado de la puerta le esperan la furgoneta adaptada como hogar para su viaje. La cazadora a la que se abraza, metonimia del marido muerto, y las hojas otoñales de los platos que le regaló su padre remiten a la pérdida afectiva, la soledad y la proximidad de la vejez. 

La poética del lenguaje visual de Chloe Zahó se impone en los grandes planos generales donde el paisaje nevado se funde con el vehículo blanco de Fern, evidenciando la soledad y magnitud de su empresa. A partir de entonces veremos esta alternancia de planos, medios y generales, para representar los dos focos que determinan la vida de Fern: la acción compartida con los itinerantes y los momentos íntimos de reflexión y soledad.

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El cromatismo de la fotografía de Joshua James Richards administra magistralmente la luz y el color en una paleta de azules y anaranjados que se combinan y adaptan a esta dualidad de meditación y acción, exterior e interior, planos generales y primeros o medios planos.

El programa Camper Force de Amazon, para captar grupos de mano de obra barata, lleva a Fern a trabajar temporalmente en la multinacional, mostrando al espectador el perfil y vida de las personas que habitan en su entorno: gente mayor despojada de su vida anterior a la crisis.

Cámara al hombro, la secuencia de la comida arranca con el plano de detalle de unas manos pelando un plátano para iniciar una panorámica circular en el que se van presentando los comensales, cuyas observaciones y valores («El hogar puede ser una palabra, algo que atesoras en tu corazón») inician a Fern en la vida errante. En la supervivencia edificada sobre la solidaridad, el arrojo y la aceptación residirá el mensaje transversal que albergará todas las historias que Fern encuentre en el camino.

Tras Amazon, adonde curiosamente retornará al final de su periplo, Fern recorrerá diversos asentamientos: el campamento del líder evangelista Bob Welles con su comunidad de creyentes en el trabajo solidario y el poder curativo de la naturaleza, y un conjunto de áreas de servicio, campings y bares de carretera. El camino se convierte en universo que muestra su diversidad de paisajes y paisanajes.

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Linda May, Swankey, Dave (David Strathairn)… La fauna humana que vive en él va aportando información sobre la vida y moral que la sostiene: la necesidad de autonomía, el vehículo como casa, la conformidad con la muerte y la eutanasia. Así se van sumando las partes de una teoría de la itinerancia, una ideología que va destilándose a lo largo del tiempo de la historia. Las reuniones al calor del fuego se llenan de relatos de ausencias y sufrimiento como desencadenantes de la migración y la búsqueda de atenuantes que les aporten algo de esperanza. El movimiento se entiende como valor en sí mismo, pues lo esencial es lo efímero, el cambio, el tránsito.

El personaje de Fern sobrevuela y se contrapone a esta concepción de la vida, pues, tras los contactos sociales imprescindibles, se aísla en tiempo y espacio paseando solitaria entre las chimeneas rosadas de Arizona y sus desérticos pasajes con espinosos y altos cactus; permaneciendo sentada o tumbada en su hamaca mientras el ocaso pinta el cielo de malva y naranja; trabajando en soledad mientras acarrea  piedras de colores en Quintens Rock, andando por el borde de acantilados donde se estrella un mar atormentado, fundiéndose como un grano de arena con la enorme montaña de remolachas de Nebraska.

Esta quietud, que deja a Fern anclada al suelo viendo cómo los demás parten en caravanas de luces por las carreteras-río de las llanuras, le otorga la función de conductora del relato y observadora de lo que acontece. Esto le confiere una posición que trasciende la parte documental del filme para apoderarse de la ficción, que se llena de símbolos alusivos a la temática subyacente bajo el viaje de duelo y reparación de la —ahora sí— protagonista. Fern es un personaje lastimado que lo ha perdido todo: su marido, su trabajo y su casa. Para superarlo tiene que escapar, moverse. Su presencia en el camino es un recorrido de purificación y olvido.  

El anillo que no puede sacarse del dedo, los cactus espinosos, la piedra agujereada que le regala Dave, el bosque donde se reconoce en el tronco de la secuoya caída y desarraigada como ella, las golondrinas —también nómadas— del vídeo de Swankey, el fuego de los westerns evocados que reúnen a los solitarios de la noche, el agua clara e inquieta y la que acoge el cuerpo desnudo y cansado de Fern. Todos ellos tienen como referentes la soledad y el dolor del personaje.

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En el mismo nivel narrativo laten los universales de la verdad y sus máscaras. El comportamiento de Fern, un personaje deliberadamente andrógino y asexuado que rechaza el afecto de Dave y su propuesta sedentaria, tiene algo de impostura, de interpretación. A veces se acerca a la parodia, como si estuviera representando a un personaje próximo a su entorno y no lo consiguiera del todo.

Su condición de intérprete se evidencia en la caravana de lujo, simulando conducir hacia un destino inexistente, o con la corona de juguete y agitando las bengalas mientras grita al solitario aparcamiento: «Happy new year». Su rostro rocoso y áspero no se aviene con las risas y el jolgorio. El tema de las máscaras emerge en la conversación con su hermana, que reconoce llevar la suya puesta frente a la conducta «pionera» de Fern, considerada la esencia de su verdadero carácter.

El filme se cierra en círculo con la vuelta a Empire, el pueblo fantasma que se vació al cerrarse la yesería Empel. La desolación del territorio se revela en el plano general que muestra la mirada de Fern sobre las ruinas de la fábrica. Tras su paso por los almacenes, oscuros como túneles, la cámara va mostrando el polvo de los muebles del despacho, la taza, el casco, finalizando la panorámica en el primer plano del rostro de Fern, donde asoman las lágrimas. Después se dirige a los trasteros, todos iguales y deshumanizados. Se deshace de todas sus cosas y se despide.

En la casa, el vacío de armarios y muebles, imagen del personaje, termina en un primer plano larguísimo de la cara de Fern, pensativa. Cuando se acerca al patio trasero («con buenas vistas al desierto, sin obstáculos en el camino»), el marco de la puerta encuadra su silueta al contraluz, esta vez de espaldas —otra vez John Ford— y el personaje camina hacia el desierto saliendo de campo por la izquierda. El viaje comienza otra vez.

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Fern no es un personaje heroico como Ethan, sino testigo y protagonista. Es la narradora silenciosa de un filme que denuncia las injusticias del sistema hacia los desheredados. Pero también es ficción que se incorpora para considerar temas universales.

Y, además, es reescritura del western de pioneros y errantes que recorrieron los caminos en busca de algún tipo de salvación en tantas películas de ese oeste que a Chloé Zhao le parece el mejor lugar para escapar de la agitación y el ruido. Tom Joad (Las uvas de la ira, John Ford, 1940) y su familia migraron en busca de un territorio donde arraigarse y sobrevivir. Fern persigue la supervivencia sin raíces con la itinerancia como eje de una vida en movimiento, a cuyos partidarios se ha querido dignificar en esta película.

En cualquier caso, estamos ante un filme abierto que deja espacio al espectador para interpretar sus motivos, temáticos o intencionales. Falta saber si la trayectoria de Chloé Zaho avanzará hacia proyectos más comerciales que dulcifiquen los mensajes para adecuarlos a un público más amplio, o se decidirá por los derroteros de un cine independiente de calidad.

Su participación como directora de Eternals, lo último de Marvel, y la polémica que surgió a raíz de la concesión del premio de la muy conservadora HFPA, dejan libre la imaginación para conjeturar largo y tendido sobre este multipremiado filme que parece ir derecho hacia los Oscar.

Escribe Gloria Benito

  

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