Solo las bestias (3)

  25 Marzo 2021

Bestiario humano

solo-las-bestias-0La provincia es el crisol en donde fructificó el malestar de Emma Bobary. La descripción y análisis del humus en donde se marchitan, en vida, los sueños de la heroína romántica, son el espacio predilecto del bisturí flaubertiano, cuya síntesis y esencia se aquilatarán en las novelas de Simenon y en la mirada de los integrantes de la nouvelle vague. Ese vasto territorio carente del glamour de la metrópoli parisina, pero que atesora los valores imperecederos de la Francia más profunda.

Políticamente, ese malestar lo ha canalizado el Frente Nacional. Cinematográficamente, de tanto en tanto aflora a la superficie de las pantallas, la mayoría de las veces con un tono de comedia (Bienvenidos al norte, en 2009; La familia Bélier, en 2014); últimamente con una inflación de series televisivas con preponderancia de protagonistas femeninas (Candice Renoir, Los crímenes de Cassandra…).

Solo las bestias huye del escenario urbano para escenificar una trama que se mueve por los instintos más primitivos: la necesidad de amar y de ser amado, pasión instintiva dicha necesidad emocional que, al modo naturalista, devendrá en tragedia por la incapacidad de ser regida, controlada por quienes se ven arrastrados en su torbellino que los convierte en —solo las— bestias.

Para realizar la autopsia del amor en un medio tan zafio, la novela realista necesitó de un narrador frío, distante y objetivo. Tal punto de vista es el que ha adoptado el director Dominik Moll. Para diseccionar la pasión que corroe a sus personajes, para atrapar el volcán que late en su interior, opta por una frialdad acorde con el paisaje circundante. Es más, la tormenta de nieve que azota la geografía rural por la que se desenvuelven los muñecos de este drama será el escenario ideal para el estallido de las emociones contenidas.

Unos personajes parcos en palabras y sobrios en sus gestos, casi hoscos, provocarán un torrente cardíaco, un infarto de su frustrada situación vital. Esta olla a presión reposa sobre una estructura matemática, sobre un guion férreo que, partiendo del desconcierto y del desconocimiento, paulatinamente desvelará las incógnitas mediante un juego de correspondencias y concatenaciones que la mirada del espectador habrá de ordenar y debelar.

La historia parte de una estructura in extrema res: el principio del discurso es prácticamente el final del relato. Se parte de la cúspide de una pirámide argumental apoyada en cuatro vértices protagónicos. Esta conformación discontinua, basada en el perspectivismo, obliga a reinterpretar una serie de secuencias con sus diálogos incomprensibles, con sus gestos malinterpretados o sus ademanes incompletos.

Un ritmo sincopado, frenético en su formal parsimonia y languidez; un cuello de botella primigenio que se va expandiendo pasito a pasito, hasta abrir todo el foco semántico a fin de que podamos rellenar el aparente galimatías. Del ahogamiento y la falta de oxígeno a la liberación del encadenamiento, a la comprensión del desorden estructural y emocional, porque lo discontinuo en la forma se funde con el contenido, y ambos desembocan en un guiño sorprendente, casi irónico y lúdico que clausura el argumento y nos permite esbozar una sonrisa tanto de satisfacción como de respiro, de libertad.

Tres espacios concurren en la historia: Causse, una población montañosa habitada por unos ganaderos atávicos, fundidos con la inmensidad rocosa de las montañas circundantes; Sète, reflejo del mediterráneo civilizado y burgués; y Abdijan, en Costa de Marfil, una excolonia francesa que la tecnología acerca a la Francia más profunda e inhóspita.

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Una tetralogía de personajes divide formalmente el relato. Alice es una insatisfecha casada, joven y generosa, que compensará la frialdad de su marido y la presión de su padre a través de los encuentros sexuales con Joseph (segundo capítulo), un huérfano sobrevenido cuyo único contacto, muerta la madre, es con su perro y las bestias de su ganado. Alice cabalgará a horcajadas sexuales sobre Joseph, cuya estabilidad mental es precaria, oligofrénica. No obstante, Alice anhela las caricias de sus manos ásperas y rudas.

Un cadáver abandonado en su heredad servirá de catalizador de los sentimientos de Joseph, cuyo espíritu está muerto, desde la desaparición de su madre. A este cadáver le erigirá una pirámide de heno como tumba. La necrofilia —platónica— acecha. La atracción del abismo como salvación, también.

Marion (tercer capítulo) es una joven camarera en un restaurante de Sète. Entabla una relación amorosa, de una pasión sexual desbordada, con uno de sus clientes. Dicho cliente desaparece tras un fin de semana tórrido, de entrega absoluta. Marion emprende la búsqueda de su fugaz y fugitivo amante y lo encuentra en su refugio de montaña, en las montañas de Causse.

Amandine es el cuarto ángulo de la tetralogía. Es un avatar virtual, es el cebo que Armand, un joven malillense, emplea para cazar a sus víctimas telemáticas, fingiendo ser una escultural muchacha. Esta rubia y angelical y sensual y explosiva Amandine (cuyos rasgos son muy semejantes a la despechada Marion) conectará on line con Michel, a la sazón el marido de la adúltera Alice.

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Cabe resaltar que cada capítulo es más amplio y complejo que el anterior, pues a medida que transcurre la narración las elipsis esbozadas adquieren corporeidad, los intersticios se llenan de significado. Algunos flecos más ocupan un lugar importante.

Así, el gendarme que inicia las investigaciones por la desaparición de Evelyne (la amante de Marion, pues se trata de una relación lésbica), desaparición que sirve de catalizador a la trama, pero que prácticamente es ya la cúspide de la pirámide factual que aún desconocemos, actúa como nexo de unión sin alcanzar ningún rol de protagonista, más bien es un mero enlace diegético.

Hay que resaltar también que el joven estafador negro es tan guapo como inocente: para tener éxito en su empresa delictiva se acoge a la protección de un hechicero que bendecirá —mediante el oportuno donativo— tales prácticas. Armand tiene una hija de una relación juvenil con su amada, a la sazón mantenida de un potentado blanco —neocolonialismo sin moraleja—. El botín que extrae Armand lo despilfarra en ostentosas fiestas y en joyas para su amada, a pesar de que ésta le garantiza que nunca renunciará a su blanco: ni por el amor de Armand ni por su hija, a la que el blanco admite y también cobija.

De las frías montañas nevadas francesas a la caótica, polvorienta y sofocante Abidjan, por obra y gracia de las elipsis y de internet. El mundo es un pañuelo. Los valores —el dinero— y ambiciones son universalmente compartidas. La necesidad de amar y la frustración de no conseguirlo, también.

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A modo de colofón musical, la decepción en la mirada de la mayoría de los personajes se acompaña de los sones de Tu t’en vas, una canción melódica de Alain Barriere, de los sesenta, cuya letra subraya y enfatiza, con ironía y guiño posmoderno, la ruptura personal y afectiva de los personajes, su dolor.

Pues, aunque el esquema policíaco, la indagación, tejan los mimbres de este relato, una profunda y gélida onda melodramática agita las cotidianas y, al tiempo, turbulentas vidas de unos seres tan anodinos, ridículos incluso y reales como nosotros. Solo las bestias son incapaces de domeñar sus impulsos. Las bestias racionales de vez en vez sucumben a sus instintos y se dejan arrastrar por la fría nieve y el cálido polvo del desierto.

La casualidad de la anécdota se eleva a categoría artística. Entre los latidos del corazón se fragua el deseo desbocado. Una puesta en escena geométrica intenta captar la inmensidad de lo nimio. Los engarces, los quiebros y las rupturas, las elipsis, encajan con precisión. Los detalles más insignificantes e intrascendentes cumplen su función: esa foto del marido de Evelyne con su pieza de caza es toda una catáfora: ya la comprenderemos cuando se nos ofrezca, a su debido y medido tiempo, el referente.

Solo las bestias se ampara en una estructura de corte faulkneriana para exponer una radiografía de esa Francia tan poco ostentosa como silente, oculta. Esa Francia que ha nutrido los mejores relatos litearios (Flaubert, Maupassant, Simenon) y cinematográficos (Renoir, Chabrol), y que todavía, en manos del director Dominik Moll, sigue alimentando este desconcertante y primitivo relato, este bestiario invertido, esta humana cacería.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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