Minari: Historia de mi familia (2)

  26 Abril 2021

Familia que trabaja unida

minari-0Sundance sigue proyectando al mundo películas que de otro modo es muy difícil que hubieran trascendido. En este caso la última obra de un director (Lee Isaac Chung, nacido en Estados Unidos y de origen coreano) cuya carrera apenas era conocida en Europa, más allá de alguna participación festivalera de prestigio. Los premios a la mejor película y del público de la edición del pasado año, a cuya estela siguieron otros, han hecho posible la llegada de esta obra a nuestras maltrechas pantallas.

Ese foco de difusión, tan útil si se quiere salir del acotado margen de la industria que domina este negocio y de los gustos adocenados que ha propiciado, posee empero su talón de Aquiles en lo poco selectivo que resulta. Parece como si casi cualquier cosa que se aparte, por poco que sea, de los estándares, mereciese un reconocimiento.

Algo así ocurre con esta propuesta. Director exótico, tono reposado y bajo presupuesto: película indie directa al paladar de los gourmets, aunque a algunos de ellos, llegados a este punto, les cuesta tragar con la sal gruesa.

Una familia coreana (entendemos que la del director, y ahí está el añadido con el que el título español subraya la inspiración que la alienta. El original es únicamente Minari, en referencia a un arbusto propio del país asiático poseedor de mágicas propiedades, como se nos explica en la película), de profesión sexadores de pollos ,pero un poco cansados ya del poco futuro que ven a esa forma de ganarse la vida, adquiere un terreno en Arizona, con algo parecido a una casa de madera incluida, con el propósito de levantar una granja-jardín (bien grande, como el del Edén) donde producir alimentos típicos de su país de origen destinados a la floreciente colonia que se está instalando en los Estados Unidos. Y a partir de ahí el conflicto.

Ese conflicto, necesario para el desarrollo de la historia, se mueve, como es habitual, en dos niveles. Por una parte, el que las circunstancias concretas y el carácter de los personajes determinan; y tras él, la componente ideológica que subyace, aquí no muy profundamente.

Para entenderlo en su justa medida debemos tener en cuenta el marco en el que se desarrolla, a saber, la época de Reagan en la Casa Blanca. Es un momento de euforia en el país, en lo personal y en lo colectivo. La Guerra fría toca a su fin y se ha resuelto con un vencedor, y esa moral se traspasa al conjunto de la población, que se ve capaz de conseguir cualquier cosa que se proponga, basta con que lo desee con la suficiente fuerza e invierta el trabajo necesario para hacerlo posible. El modo de vida americano en la tierra de las oportunidades.

Pero, por otra parte, un tanto contradictoriamente, y esto la película lo ha sabido plantear bien, es el momento de la fe, de la oración, de la providencia siempre necesaria y reclamada. La capacidad del individuo queda así un tanto desvirtuada, transferida a unas manos que no son las suyas y a las que se encomienda.

Tal dicotomía es la que asume el matrimonio protagonista, con los papeles bien repartidos, y es la que sostiene el relato. Él, por su parte, es la pura racionalidad. Cree que la inteligencia es la herramienta que resuelve los problemas, amén del esfuerzo, y así lo intenta transmitir a su hijo en la escena en la que rechaza los servicios de zahorí, o en su poco entusiasmo para visitar la iglesia.

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Por otro lado, la esposa desconfía desde el principio del éxito del proyecto, y parece confiarlo todo a sus oraciones. O visto desde otra perspectiva que en el fondo es la misma: mientras el marido está obsesionado por el éxito económico, o la supervivencia, su mujer está mucho más preocupada por la estabilidad, casi ya salvación, de su familia.

Con un tono reposado, amable, el director va desarrollando este escenario. Aunque decir desarrollar es quizá un poco exagerado, pues todo lo que ha de suceder sucede ya casi desde el principio (como la violenta discusión, la única en ese tono, con la que nos encontramos nada más comenzar), sin que quepa apreciar demasiados matices que vayan enriqueciendo la situación.

Y ahí está el lastre, que no es pequeño, de la película. Todo es muy esquemático, sin claroscuros, sin ninguna evolución, con trazo demasiado grueso (qué pensar si no del trabajador con la cruz a cuestas por la carretera). El giro que un momento dado parece dar hacia la comedia (con la llegada de la peculiar abuela y su particular comportamiento) transmite la sensación de que es un intento de enderezar un camino que no da mucho más de sí, al tiempo que abunda en la suavidad que todo lo impregna.

Quizá en algún momento la intención era introducir ciertos elementos de tragedia, de sufrimiento al menos, pero ni siquiera eso. La cosecha florece de pronto sin tener verdadera conciencia del trabajo que ha requerido, más allá de cierto dolor de brazos al terminar la jornada; la falta de agua se lleva con bastante tranquilidad para lo que podría ser, sin que cause excesivos problemas; el peligro de quiebra por la renuncia del comprador en quien se confiaba se resuelve con suma facilidad; y el enfado de la mujer y su amago de abandono no posee la contundencia necesaria, sino que más bien parece responder a una fijación que la corroe desde la llegada y que acaba tomando la forma de una rabieta injustificada y caprichosa.

La máxima inviolable es que todo ha de volver a su cauce, ya que, por muy independiente que se crea, es una película que se ajusta, con la vocación del neófito, a los códigos que persiguen el éxito más adocenado, incluidas ahí las nuevas normas morales que la industria exige al, llamémoslo así, cine actual. Y como de talento tampoco se va muy sobrado, todo ello se lleva a cabo sin importar la coherencia del tránsito que finalmente tendrá lugar.

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Llegados al punto de ruptura (en el momento en el que, milagrosamente, el hijo parece curado y los problemas económicos resueltos), hace falta un detonante que reconduzca la situación, y qué mejor que el fuego purificador. A la abuela, mermada físicamente, no se le ocurre otra cosa que quemar la basura por la noche mientras el resto de la familia está ausente. Se masca el desastre. Plano del fuego que cae del bidón. Planos del esfuerzo, inútil, ya lo sabíamos, de la abuela por evitarlo. Plano del fuego prendiendo la hierba seca junto al recolector de basura. Y casa en llamas.

Y eso, que podría ser el final, no lo es. Al contrario, porque de la tragedia brota la salvación. La mujer se esfuerza en ayudar a su marido a rescatar lo que se pueda de la cosecha, y éste no duda en abandonar sus posesiones para atenderla a ella, abrazándose finalmente mientras miran lo implacable de las llamas. La abuela es rescatada por los niños (que antes la han mirado con recelo), y, sin mediar más explicaciones, la familia aparece reconciliada: el amor oculto que vuelve a florecer, como los campos, de los que ahora serán los dos quienes se preocuparán, aunando las visiones contrapuestas iniciales en la aceptación del buscador de agua.

La magia, las creencias y la fe (no olvidemos la naturalidad con la que se asocia la oceánica fe religiosa del empleado con su confianza en el poder del palito para detectar el agua) reconciliadas con el trabajo y en el esfuerzo: A Dios rogando y con el mazo dando.

Todo parece subordinado a ese mensaje reconciliador y, en definitiva, optimista. Y en la misma medida se quedan por el camino otras posibilidades. A lo largo de la película se tiene la impresión de que se malogran, o directamente se ignoran, vías que podrían haber dado mucho más de sí, comenzando por la abuela, cuyo protagonismo no acaba de estar definido: Ni supone una subversión del orden en el que irrumpe, ni representa un modelo educativo o una visión distinta para los niños, más allá de lo anecdótico, es decir, sin ninguna trascendencia. Al final es la herramienta que hace posible la catarsis, pero en su conjunto no va mucho más allá de la caricatura.

Lo mismo ocurre con las relaciones familiares, establecidas ya desde el principio sin apenas ninguna transformación. O ante la posibilidad de desarrollar una reflexión sobre las dificultades de la integración cultural de los coreanos en el medio oeste norteamericano. En algunos momentos se insinúa esa posibilidad, como durante la visita a la iglesia, pero de inmediato se abandona sin más contemplaciones. Las mismas con las que se pasa apresuradamente por las relaciones con los vecinos o entre los niños, por mucho que en un momento dado se aborden de forma bastante inexplicable.

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Todo ello acaba transmitiendo la sensación de una película deslavazada, inacabada incluso, pero no porque exija un esfuerzo del espectador para rellenar lo que está sugerido y no desvelado, a modo de campo de minas sabiamente diseminado. No hay nada enterrado. El subsuelo está vacío.

Las lagunas en el guion corren paralelas al tono general. No se rehúyen las contradicciones, las cuales no son contradicciones enriquecedoras sino recursos perezosos que desvelan la precariedad del conjunto. Qué decir si no de la pernoctación del niño en la casa de esa familia desestructurada a la que se le confía alegremente, cuando la madre ha hecho de la sobreprotección su divisa. O del misterio que envuelve al terreno en el que se instalan y que se deja caer al principio, con la intención, así lo espera quien contempla la película, de que esa idea se desarrolle y tenga trascendencia en el transcurso del relato, pero nada más lejos de la realidad. El tema se liquida con una alusión al suicidio del anterior propietario, y ahí queda la cosa.

No hay explicaciones, no hay sugerencia, no hay insinuaciones. Hay volantazos y derrapes que llevan la historia por los caminos que el director ha trazado de antemano sin importar las piezas que se vayan perdiendo por el camino. Importa la llegada y no la pulcritud del vehículo, y eso es justamente lo que el cine tendría que evitar.

Es cierto, no son tiempos para ponernos exquisitos. Lo que ahora se pide son mensajes claros, rotundos, y la vigilancia sobre el incumplimiento de la norma es muy estricta. El director de esta película lo ha entendido bien, y ofrece una pieza amable, sencilla, clarita, facilona… Gustará, suponemos, y así lo adelanta la considerable cosecha de nominaciones para los Oscar que ha conseguido, y hasta algún crítico brillante la ha ensalzado, prueba fehaciente de que el cine no pasa por su mejor momento.

Escribe Marcial Moreno

  

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