Ane (2)

  18 Marzo 2021

La casa de Ane

ane-0Con toda la ayuda institucional (política) posible, tanto estatal —española— como autonómica y foral —vasca—, el novel director David P. Sañudo debuta en el largometraje después de batirse el cobre con varios y laureados cortometrajes. La Academia del Cine Español ha reconocido su ópera prima con sendos premios a sus dos actrices principales: Patricia López Arnaiz —mejor actriz— en el papel de Lide, una madre coraje sui géneris; y Jone Laspiur en el rol de su problemática hija.

El primer largometraje de Sañudo se inscribe en la estela de un cine tan reivindicativo como realista que pretende ofrecer un fiel retrato de la conflictiva sociedad vasca. Con todo el apoyo gubernamental a sus espaldas, es obvio que el director no iba a morder la mano que le da de comer, por lo que su acercamiento al que fue —¿es?-- el avispero vasco se circunscribe a un periodo histórico muy delimitado: al año 2009 y a las consecuencias que acarreó en la sociedad vasca, y en Vitoria en particular, la llegada del Tren de Alta Velocidad (TAV).

Huelga decir que la presencia de la banda terrorista ETA o las menciones al MLNV (Movimiento de Liberación Nacional Vasco) brillan por su ausencia; no obstante, la alegoría del terrorismo sobrevuela oblicuamente —cobardemente— el desarrollo de la historia. Sañudo ha optado por el discurso político dominante, a saber, la legitimación política de la reivindicación terrorista una vez se ha decretado el cese de la lucha armada.

Pese a todo, en ese 2009 en que se sitúa el presente narrativo de su película, dicha lucha armada estaba plenamente vigente. De hecho, fue en 2009 cuando se produjo el último atentado mortal de ETA (julio, Mallorca: dos guardias civiles muertos con una bomba lapa) y no sería hasta octubre de 2011 cuando se anunció el cese definitivo de la violencia.

Así pues, la invisibilidad terrorista responde a una omisión deliberada a fin de que no perturbe el discurso del presente político, el de 2021. Sañudo desvía el conflicto político externo a un territorio privado, familiar: al conflicto latente entre una madre aún joven y su adolescente hija. La violencia que ha permeado hasta el tuétano el País Vasco en el último medio siglo se canaliza a través del espacio interior, del reducto del hogar.

Ya a principios del siglo XX, Pío Baroja arrostró la tensión de su pueblo a través de La casa de Aizgorri (1900), y ciento veinte años después todavía los maquetos le sirven a Sañudo para perfilar su guion. Con acierto inicial pero posterior fracaso en su desarrollo, el director-guionista utiliza el conflicto externo e histórico como mero marco de las volcánicas personalidades que cohabitan en un hogar roto.

Sí, ese hogar quebrado es un reflejo de la ruptura de la sociedad vasca. Lide es una madre con un carácter fuerte, una todavía joven mujer separada de su pusilánime marido, sojuzgado este por una madre que desprecia y acusa a Lide del fracaso conyugal. Ahora: la suegra es andaluza y habla con acento andaluz (una maketa); el hijo e incapaz marido es un hijo de inmigrantes que ha regentado un bar denominado... El andaluz, incapaz de comprender las reivindicaciones nacionalistas-independentistas, renuente y contrario a las mismas.

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Por supuesto, el bar ha quebrado y el maqueto deberá coger el petate y regresar a su Málaga natal para trabajar de camarero en el restaurante de su hermano. Así pues, Sañudo usa del estereotipo no para superarlo o cuestionarlo, sino para aceptarlo y consolidarlo. Esta apuesta ideológica y tendenciosa restará toda la fuerza dramática a su planteamiento inicial, lo lastrará y le impedirá alzar el vuelo. 

Con una estructura paralelística que, sin duda, es lo mejor del filme, el arranque y la conclusión los cede al buen hacer de la madre-Patricia López. Un plano secuencia y de seguimiento del personaje, cámara al hombro, utiliza la casa y su mobiliario para caracterizar al personaje y la situación dramática que ese hogar alberga. Ese desayuno que debería ser compartido, esa ausencia clamorosa otorga con su silencio más densidad que todas las trilladas palabras y conversaciones que posteriormente intentarán rellenar las lagunas de una historia ahíta de vigor tanto narrativo como emocional.

El conductismo objetivista le funciona a Sañudo, a pesar de los subrayados y de los énfasis innecesarios. Cuando se abandona la parquedad, cuando lo oblicuo cede el ángulo a la exposición, lo romo y obtuso se adueñan de la pantalla.

Durante cincuenta minutos, el matrimonio, a instancias de la aguerrida madre, une sus esfuerzos para buscar a la hija. Se inicia un periplo indagatorio, de amigos, espacios (el instituto público, posible origen y causa de la radicalización juvenil; una asociación fotográfica, esta sí nido de radicales), bares, que incluso nos lleva a Bayona, al País Vasco francés.

Cincuenta minutos después —sorprendentemente—, la hija pródiga regresa al redil. La presentación del personaje no tiene desperdicio: cumple todos los tópicos de una joven radical vasca, en cuanto a la indumentaria y a su discurso ideológico. Eso sí, la causa por la que lucha es justa: parar la destrucción ambiental que acarrea la llegada del TAV. No hay que criminalizar dichas protestas y englobarlas o equipararlas con la lucha terrorista. En fin, si el propio Sañudo se cree su guion, allá él. Desde luego la Historia y los hechos lo han desmentido.

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Con la presencia de la hija se entabla un duelo entre ambos personajes femeninos. Y en ese duelo dramático cifra el director la tensión. Un embarazo, un aborto, la recuperación de un dinero robado o desaparecido, la restitución del honor perdido de Ane, toda una serie de flecos que se estorban y que no consiguen hilvanar un desarrollo si no coherente, al menos cohesionado, que permita evolucionar las tensiones larvadas.

Lide es un personaje antipático, chulesco, rayano en la zafiedad y en la osadía del ignorante; una adolescente sine die a quien la vida ha acabado devorando; una asalta cunas de veinteañeros de usar y tirar…, en fin, una mujer libre, pero cuya libertad nos repele gracias a la mirada del director (o tal vez a nuestros prejuicios, que el director no ha sabido horadar y que puede incluso compartir).

Para más inri, dada su escasa cualificación, trabaja como guardia de seguridad en las obras del TAV, cuyas casetas y oficinas son objeto de constantes ataques con cócteles molotov caseros y vascos. La secuencia en que se cisca en el director y la jefa de estudios del instituto es sintomática de una sociedad y de unos padres que han perdido el rumbo. Que no se quejen de la cosecha.

Ane es una joven cuyo desarrollo dramático no consigue desprenderse del revestimiento-disfraz-caracterización externa: es más un arquetipo que la tabla de salvación por la que su madre está dispuesta al sacrificio. Con su afición a grabarlo todo, el guion parecía apuntar a un mecanismo de metaficción, mostrando y combinando imágenes diegéticas con las imágenes de la cámara de Ane, pero este recurso es abandonado sin mayores consecuencias.

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Esa grieta que decora la pared al lado de la puerta de entrada de su habitación, producida por una discusión hurtada, con acierto, al espectador, será restañada por ambas. Sin embargo, será una sutura aparente, formal. No se ha podido restañar la herida que las separará definitivamente.

Cabe destacar la sordidez de la geografía urbana por la que se desenvuelven los personajes. Unas calles y unas fachadas repletas de los grafitis propios de la resistencia vasca, sin ofrecer ninguna imagen de esa otra Vitoria burguesa y modelo de urbanismo sostenible. A Sañudo parece costarle rellenar de sentido una historia que ha pergeñado pero que no consigue encauzar.

El lugar común se apropia del deambular y de la desorientación vital de sus personajes: ni las cargas de los ertzainas (ridículas) ni las fiestas radikales dotan de sustancia al relato que paulatinamente se deshincha. Lide deviene, igual que Ane, una caricatura de sí misma. La voz de Violeta Parra entonando su Volver a los 17 resulta extemporánea. Peligrosamente, la película se desliza por el terraplén de lo melodramático. Cuando Ane, asustada y preocupada por las consecuencias de su acción de kale borroka, interroga a su madre sobre una víctima de sus actos, resulta falsa, incongruente, cartón piedra.

Más allá del trabajo de sus actrices, incapaces de insuflar más vida y emoción a unos personajes y a una historia que se agotan y muestran sus jirones por momentos, la película de David P. Sañudo formará parte de esa lista de fracasados intentos por radiografiar Euskadi, el País Vasco, Euskal Herria o las Vascongadas.

El paisaje y el paisanaje se dejan retratar. Su alma es tan esquiva como magnética y pregnante la violencia.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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