Y llovieron pájaros (2)

  13 Marzo 2021

Confort canadiense

y-llovieron-pajaros-0Al resguardo de tan enigmático y metafórico título, homónimo de una novela de la canadiense francófona Jocelyne Sasucier, la directora y guionista Louise Archambault pergeña una historia de suave aliento poético en que la profundidad de los sentimientos enunciados transcurre en paralelo al vasto e inconmensurable marco natural en la que se inscribe y desarrolla.

Un relato de emociones digno de una sociedad a la que la razón —incluso la instrumental— repele y en la que el lugar común disfrazado de argumento de generalización indiscutible reina sobre una república de buenas y salvíficas intenciones. Un relato que se ufana en su poeticidad y en un incontenible lirismo que se quieren disimular con una enunciación fría, a veces incluso aparentemente áspera, pero que es una máscara maleable y dúctil para apelar y exacerbar a los corazones más propensos a la emoción.

Articular un discurso que persigue una reivindicación de toda una serie de ideologías sufijadas —adulteradas y edulcoradas— tales como el ecologismo, el feminismo, el progresismo, la eutanasia, la antipsiquiatría hospitalaria, el cannabismo…, a modo de popurrí con el que fabricar una onda para arrojarla contra el establishment goliatino dominante, cuando se parte de una tradición y un presente político (el Canadá francófono, Quebec) en el que dichos valores no son sólo asumidos, sino que se enarbolan por parte de sus principales dirigentes políticos, convierte el mensaje contestatario en un superfluo y retórico ejercicio de ademán huero, en una mera pose esteticista y conformista, en una indulgente y vanidosa y satisfecha exhibición de la enfermedad moral que nos infecta: la inanidad enmascarada de protesta.

Valga resaltar la pericia narrativa de la directora para ocultar sus carencias y resaltar sus virtudes, para vendernos la manta reconfortante, el elixir crecepelos. La película se dedica a mostrar los enigmáticos hechos que anteceden al nexo del título («y») pues este título es una consecuencia de aquellos. También, al modo metaficcional, el título del filme lo es de la exposición fotográfica y pictórica (una instalación) que clausura satisfactoriamente el relato, amén de desvelar el enigma haciéndolo público, algo muy propio de nuestra época: lo que no se ve no existe.

En la tradición norteamericana, la religación con la Naturaleza adquiere estatus ideológico, religioso. Thoreau y su Walden; Emerson y el trascendentalismo; Whitman y el canto a sí mismo, esa búsqueda de la felicidad que parece ser un mantra, un objetivo irrenunciable, ocupa la mayor parte de esta historia, en que la búsqueda de la dicha supina se asocia indisolublemente con la búsqueda de la libertad. Ambas se encuentran lejos del mundanal ruido, en medio de los vastos bosques canadienses, de sus prístinos lagos, de ese reflejo del Edén en la tierra.

Y la directora entona su alabanza de aldea y menosprecio de corte, su beatus ille particular a través de un trío de modernos y provectos eremitas que por diversas causas han concurrido en ese refugio paradisíaco. La muerte de uno de ellos, un sobrevenido ataque al corazón, es el catalizador que arranca el motor narrativo. Otra muerte paralela, en un entorno civilizado, desata otro fleco de la historia que, obviamente, concurrirá con el anterior.

Tres viejos personajes, golpeados por la vida, pero no derrotados, se afanan por vivir su vida de la manera más libérrima. El personaje femenino, recluido durante sesenta años en un psiquiátrico, iniciará su ritual de liberación con la ayuda de los otros, de uno de ellos en particular, que se convertirá en su instructor, cuidador, compañero y, finalmente, gozoso amante.La historia implícita de cada uno de estos tres personajes se irá desvelando paulatinamente, a la par que la directora nos muestra con fruición su cotidiano discurrir: nadar en el lago, pescar en él, cortar madera, cazar liebres, cocinar dichas liebres y comérselas; fumar tabaco rubio empaquetado; beber whisky embotellado; cultivar una parcela clandestina de cannabis para sufragar sus gastos y su apartada vida.

y-llovieron-pajaros-2

De las causas y motivos de su renuncia a la sociedad y a la familia se nos irá informando mediante una serie de diálogos cruzados entre ellos. Planos generales del espectacular y esplendoroso paisaje, marco incomparable, se suceden con planos de proximidad de los personajes, de sus gestos, ademanes, miradas... Entre medias, insertados aleatoriamente, unos planos cenitales de lo que se intuye un incendio, en concreto un incendio acaecido hace sesenta años y que fue determinante en la vida del actante infartado y catalizador. Su actuación durante dicho voraz y terrible incendio lo convirtió en leyenda y su leyenda lo orilló de la sociedad. La pintura ha sido su tabla de salvación.

Una moderna artista está preparando una exposición sobre aquel apocalíptico incendio. En su búsqueda de información irrumpirá en el paraíso de los ermitaños y profanará el templo-cabaña donde se guardan las pinturas del fallecido. Su empeño será sacarlas a la luz y reivindicar a su hacedor. Nuevo mensaje: el Arte el (cine) cura, tiene efectos balsámicos.

El incendio se convierte en el eje axial del guion, en una alegoría que ilumina el sentido oculto, implícito de la película y de las vidas de los personajes. El fuego destruye el bosque, el paraíso, el edén. La pasión de las emociones es un fuego interior que destruye al hombre. Aunando pasado y presente, un nuevo incendio —son recurrentes— amenaza el ostracismo de los protagonistas. Su desalojo puede ser su destrucción, en vez de su salvación.

El más bohemio y desvencijado físicamente (alcohólico, fumador) apostará por no abandonar el edén. Recurrirá a un suicidio asistido mediante la ingesta de cianuro (botecito que ha estado pululando disimuladamente por las cabañas). Se hace acompañar de su perro. Esta secuencia se quiere el clímax emocional en el reverso lúgubre (filmados los estertores y espumarajos, así como las lágrimas de sus amigos). Su impudicia ha tenido un paralelismo placentero, un anverso dichoso, en la secuencia en que la pareja de octogenarios hace el amor —con preliminares, penetración y sin lubricantes—.

y-llovieron-pajaros-5

Para impedir los obstáculos materiales y naturales —el campo es muy duro, la naturaleza es implacable—, toda la acción transcurre durante el cálido verano. La nieve no interesa, pues ya lo ha dicho el suicida: no soportará otro invierno; el año anterior estuvo dos meses en cama con neumonía (¿solo en su cabaña?).

La pareja superviviente, felizmente constituida y acoplada, buscará otra casita más cerca de la carretera, tal como quiere la mujer. La brújula de su juventud penderá del dintel del nuevo hogar. Ha encontrado su destino, aquel que su represor e inhumano padre le cercenó por fingir ser una nueva Casandra profética, encerrándola en una institución psiquiátrica en donde ha permanecido ¡sesenta años! A veces se tiene la impresión de navegar por entre medias de flecos de la antipsiquiatría de Alguien voló sobre el nido del cuco, con resabios de Dersu Uzala, salvando todas las luengas distancias.

Lo más sólido de la película lo constituye la interpretación de los tres actores protagonistas. Gilbert Sicotte encarna a Charlie, el nuevo amante en la senectud, al cual ya se le pudo ver en España en El vendedor (2011), otra muestra de cine canadiense quebequés. Andrée Lachapelle da vida a la renacida mujer, oráculo desatendido (murió, a los 88 años, al poco de que se estrenase la película).

El más conocido y tal vez mejor, por más versado y fajado en las lides cinematográficas, Rémy Girard, que se mimetiza con Tom, un cantante de éxito arrollado y triturado por su carrera triunfal. Este actor ha participado en El declive del imperio americano (1986), Las invasiones bárbaras (2003), Incendies (2010) y La caída del imperio americano (2018). Hay que resaltar que el actor interpreta en vivo y en directo las poéticas canciones de su personaje y que lo hace muy bien.

El cine canadiense en su vertiente francófona se mira en el espejo del cine europeo, en cuya tradición vanguardista y autoral quiere insertarse, pues al fin y al cabo habla en francés. Sin embargo, en esta ocasión el resultado ha sido un producto diglósico: un decir —un narrar— muy aparentemente transgresor, lírico, reivindicador; pero un contenido acomodaticio, previsible, ufano y bien pagado de su superioridad moral de partida, de la seguridad y verdad de su tesis previa, impuesta a la historia más que derivada de la misma.

Políticamente no ya correcto, sino hegemónico y dominante. Para sentirse reconfortado.

Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Avalon Cine

  

y-llovieron-pajaros-3