Volver a empezar (Herself) (3)

  06 Marzo 2021

La colaboración ante a la desgracia ajena

volver-a-empezar-0Phyllida Lloyd, la conocida directora británica de ¡Mamma Mia! (2008) y La dama de hierro (2011), continúa su labor de cineasta inquieta abordando historias distintas, con el denominador común de contar con personajes femeninos fuertes y luchadores.

La actriz irlandesa Claire Dunne, que escribe también el guion, es Sandra, una madre con dos hijas que se ve obligada a reinventarse, después de dejar atrás una vida terrible al lado de un marido violento y maltratador. Pretende construir su propia casa, un hogar seguro y feliz donde crezcan sus dos hijas pequeñas. Contará para ello con amigos dispuestos a apoyarla y ayudarla, y una mujer buena y bienhechora. En el proceso, además, no sólo reconstruye su vida, sino que también se descubrirá a si misma.

La película pasa casi rozando y sin entrar a fondo en la personalidad psicopática del esposo; en vez de eso, se centra en otros aspectos como ofrecer algunos apuntes sobre el sistema de protección social en Dublín. Pero, sobre todo, pone el foco en la valentía de la protagonista por subsistir junto a sus hijas y también en las buenas personas que la irán ayudando. De hecho, la película está vinculada con el término irlandés meitheal, cuyo significado es trabajo comunal o, como explica un personaje de forma elocuente: «cuando la gente se une para ayudarse».

Comprensión, ayuda y colaboración

Como decía, Sandra contará con la generosidad de otras personas, conocidos y desconocidos que la ayudarán de manera altruista. Es sugestivo y entrañable ver en la gran pantalla que es posible confiar en nuestros semejantes, en este caso para la construcción de una casa para una madre desamparada (la construcción de la casa me ha hecho recordar las escenas de la comunidad Amish en el film Único testigo (Peter Weir, 1985), donde se ayudan también para construir una vivienda a unos recién casados).

Quienes vean Volver a empezar podrán posicionarse entre los cínicos descreídos o los románticos y un tanto ilusos. Creo que, dada la complejidad de la vida, lo recomendable es posicionarse por el centro, por donde dicen anda la virtud. Ni pragmático ni tontaina, sino realista tirando a positivo.

La verdad es que hay, efectivamente, en muchas ocasiones, gente que ayuda y colabora con quienes lo necesitan. Además, con tanta mujer maltratada y tanta desgracia para los hijos como se ve en prensa, TV y en el propio film, no está de más bascular un poco hacia el polo de la utopía. Como dice Ocaña: «qué conveniente resulta a veces fantasear con la bondad del género humano».

Además, no es tan cierta la idea de que la solidaridad sea infrecuente. En todo caso resulta esperanzador y positivo estar convencido de que es común la cooperación, como ocurre en la película.

También creo acertado en estos comentarios la idea de hacer equivaler esta película con otras del director Ken Loach, también británico. La diferencia es que, mientras Loach es más descarnado haciendo hincapié en la miseria, esta obra está sublimada por el filtro de la fraternidad y la confianza.

Cierto es que también aparecen contradicciones, resquicios legales y judiciales, de una especie de estado de bienestar a la irlandesa. Sin olvidar alegrías puntuales en el encuadre de un devenir dramático y el batallar de una pobre y desesperada mujer contra un sistema que la margina y desatiende; pero siempre luce por demás la ilusión que no permite espera y que habrá de llegar.

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Cambio de perspectiva sobre la mujer maltratada

Por lo tanto, es una película que introduce un cambio de perspectiva con relación a cintas como Ladybird, Ladybird (1994), donde Loach realizó un retrato que subrayaba el dolor y la miseria de la mujer protagonista. En esta se apuesta por presentar batalla y por la esperanza. Este cambio de enfoque encaja perfectamente en el tiempo actual, un tiempo de lucha feminista, empoderamiento de la mujer y la necesidad de contar historias que lancen fuera del imaginario colectivo el concepto mujer-víctima.

Es una película hecha por mujeres, Phyllida Lloyd en la dirección y Claire Dunne como la actriz protagonista, guionista e impulsora del proyecto. Entre ambas convierten el periplo de una mujer acosada por los problemas, en una alegoría sobre la solidaridad y la necesidad de comprensión y empatía en este mundo incierto. El resultado es duro —como lo es la vida—, pero con libertad y arrojo, junto a la necesidad de ayudar y de abrazar.

A propósito, gran dirección de la Lloyd, que posa su cámara con espontaneidad en el mejor lugar: un rostro, un cuerpo, un detalle preciso, una mirada, un movimiento; un cine que sueña con una vida mejor. Estupendo el guion de Malcolm Campbell y la propia Dunne, basado en la historia de una amiga homeless y en la de un arquitecto que proponía construir la propia casa con poco dinero; además, el libreto está muy bien construido y cargado de emociones, sentimientos amorosos primordialmente, y plagado de entusiasmo.

Muy bonita la música que acompaña la historia, obra de Natalie Holt, junto a una fotografía y una cámara inquieta de Tom Comerford que acierta a enfocar lo principal.

Tienen gran peso los apartados interpretativos y de puesta en escena que acaban sosteniendo en gran medida esta apuesta. Gran trabajo de Clare Dunne, de las niñas y de cada uno de los secundarios (marido incluido): formidables. Actores y actrices como la acerada Harriet Walter, Conleth Hill como contratista espinoso pero adorable, Cathy Belton, Ericka Roe, Rebecca O’Mara, Sean Duggan, Charlenne Gleeson, Chelsea Gill, Lucy Parker, Ally Ni Chiarain, Elmear Morrissey, Liz Ftzgibbon, Molly McCann, Ruby Rose O’Hara, Dmitry Lochart y Anita Petry, todos de bien para arriba.

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El mecanismo de reparación

Hay un aspecto que tal vez pase algo desapercibido en el film pero que me parece veraz y muy humano. A mitad de historia, Sandra, la protagonista, está haciendo las tareas domésticas en la casa de una señora mayor médica (de las que trabajó en África y muy preparada), a la que tiene que ayudar directamente pues está mal de salud. No sólo de salud física, sino que está mal psicológicamente: asténica, depresiva y desmotivada.

En un punto, la doctora toma conciencia de la grave situación de Sandra y le ofrece una parcela de tierra aledaña a su vivienda y treinta y cinco mil euros para que construya su pequeña casa. Sandra queda perpleja, así como la hermana de la doctora cuando se entera, quien le recrimina su generosidad.

La conclusión es que continúa la historia, la casa va para arriba, también con la ayuda de desinteresadas personas. Y hete aquí que la doctora en cada episodio de estos acontecimientos la vemos más feliz, sana y exultante.

Esto es una realidad que sucede cuando hay una entrega, cuando se hace algo por un prójimo. Lo cuentan los voluntarios, el personal sanitario, los docentes, religiosos, etc. Esta evidencia fue descrita muy bien por el psicoanálisis de Melania Klein, quien analizó nuestro desarrollo desde el nacimiento y observó que, hacia el primer año de edad, el niño se percata de que existe una realidad fuera de él.

Cuando los niños toman conciencia de esto lo hacen también de que sus acciones pueden tener un efecto en el «otro»: madre, hermanos, etc. Esa toma de conciencia nos introduce en lo que Klein denominó «posición depresiva», o sea, el punto en cual los individuos nos percatamos que podemos infligir dolor con la consiguiente tristeza personal y culpa que eso con lleva. Pero también, al unísono, aparece según Klein el mecanismo de «reparación», o sea, la posibilidad de hacer algo para resarcir el daño causado. Muchos niños le regalan una flor o un dibujo a su mamá después de haberse portado mal. O los adultos somos más amables u obsequiamos algo a la persona dañada como forma de remediar el dolor causado («obsequios reparatorios»). La reparación y el deseo de reparar son parte integral del ser humano.

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La reparación se fundamenta en el sentimiento de amor y la aceptación de la existencia de otros seres. La reparación involucra también enfrentar el sentimiento de pérdida y perjuicio y el hacer esfuerzos para restaurar nuestros objetos de amor dañados. También la reparación efectiva implica un tipo y una cantidad de culpa que no sea tan elevada que lleve a la desesperación.

Por el contrario, engendra esperanza y preocupación positiva respecto a los seres queridos. La reparación en sí provee un camino para salir del desaliento, al promover un circulo beneficioso y evitar el círculo vicioso que aboca a la depresión. La reparación y el deseo de reparar es también una raíz importante para toda actividad creativa y es, sin duda, una parte central del desarrollo como seres sociales.

Toda persona sana (no hablo de psicópatas o con trastorno narcisista de personalidad), todo sujeto cabal alberga partes lesionadas o rotas de la imago materna interior (culpas y pena), dándose en los humanos esa necesidad inconsciente y permanente de reparar los efectos de nuestros fantasmas destructores sobre el objeto amoroso (la madre o equivalentes), lo cual se consigue subsanando a los otros.

Este mecanismo, por tanto, conlleva no sólo gratificar al otro, sino también reparar interiormente nuestra mismidad lesionada. Lo cual concluye en el encuentro de sentido a la existencia y lleva emparejado el bienestar a todo nivel y la satisfacción personal, la felicidad y la salud.

Eso le ocurre a la doctora de la película, e incluso a cuantos ayudaron a Sandra a construir su vivienda desinteresadamente. Esta cinta habla, sin decirlo, de este mecanismo vital de la «reparación» y del amor.

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Concluyendo

Más allá de los Servicios Sociales, los juicios por la custodia que asoman en el film y la terrible experiencia de haber convivido con un hombre maltratador y malévolo, hay un recorrido entrañable en el metraje, sobre todo desde que la protagonista comienza a reunir una comunidad adorable de amigos y paisanos que la van a ayudar.

A partir de ese momento, la narrativa deja de ser un mero caso de acoso o historia del mal momento vivido por una madre y sus dos hijas, para devenir relato directo al corazón, relato que se adapta al núcleo de la película con su mensaje de ayuda y desagravio al que lo necesita, porque en realidad todos lo necesitamos. Lo que se ve en la pantalla es una comunidad empática y humana, escenas dedicadas a las personas que pueden y quieren ayudar; personas estas que finalmente reciben de ese intercambio de ayuda, mucho más de lo que han ofrecido.

El público asistente también obtiene mucho de esta película: aprendizaje, lección positiva y la certeza de que otro tipo de comunidad es posible.

Escribe Enrique Fernández

  

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