Dating Amber (3)

  01 Marzo 2021

La extraña pareja

dating-amber-0«Este lugar te matará». Ese es un estribillo recurrente en Dating Amber, la comedia dramática del escritor y director David Freyne sobre dos adolescentes queer, Eddie (Fionn O’Shea) y Amber (Lola Petticrew), que fingen ser una pareja para poder pasar un poco desapercibidos en la escuela secundaria, un lugar donde la diferencia está condenada a la mofa y el escarnio. Es una de esas líneas que a veces captura la difícil situación de un personaje con una precisión y sencillez tan mordaces que pilla desprevenido al espectador.

El lugar que «te matará», como Amber advierte a Eddie y a ella misma varias veces de una forma u otra, es la Irlanda rural en la década de 1990, donde el divorcio todavía es ilegal, una pradera idílica plagada de mojigatos atrasados ​​y matones homofóbicos. Cuanto más cafres son los comentarios más nos reímos, y es que el salvajismo campa a sus anchas en un centro escolar donde los alumnos pueden llegar a pegarse por su grupo de música favorito mientras los profesores se las ven y se las desean para atemperar tanta hormona descontrolada.

Las demandas de la heterosexualidad son letales tanto para heterosexuales como para gays en el condado de Kildare. El padre de Amber, por ejemplo, optó por pasar a mejor vida sin pasar por la casilla de salida, y desde entonces ella ha estado cobrando a sus compañeros de clase por usar la caravana de su familia como un lugar para tener cierto tipo de encuentros, y así poder ahorrar suficiente dinero y mudarse a Londres y trabajar para un fanzine punk.

Por el contrario, Eddie se revuelca en el dolor y la negación; su forma de andar es el resultado grotesco de su intento de imitar a los machos alfa del lugar.

Planea hacer exactamente lo que se espera de él, es decir, unirse al ejército y casarse con una chica agradable que probablemente lo hará dormir en el sofá de la sala como su madre (Sharon Horgan) lo hace con su padre (Barry Ward).

Amber sabe que vivir la vida de acuerdo con los deseos de los demás te matará, por lo que su oferta de fingir una cita con Eddie para que sus compañeros dejen de acosarlos parece más un acto de solidaridad, un intento de salvar a Eddie de la violencia que ella misma puede tomar con calma.

La película se nos muestra inicialmente hiper estilizada. Se nota el cuidado en el diseño de producción y la dirección de actores (soberbios ambos), es perfecta la precisión colorida y coordinada de la puesta en escena y la sobreactuación campy que apuntan hacia la sátira.

Pero hay una seriedad en Dating Amber que nos sigue pinchando poco a poco hasta que se apodera por completo de la película. Nuestra primera advertencia de que el humor puede haber sido solo el brillo de una propuesta cinematográfica mucho más seria, una especie de pista falsa, viene en una secuencia en la que Eddie y Amber toman el tren a Dublín y se topan con un bar tipo La Ostra Azul.

En lugar de codiciar los cuerpos masculinos o bailar toda la noche drogado (eso viene después), Eddie queda instantáneamente paralizado por una Drag Queen que parece salida de cualquier película de David Lynch y que canta You Can Depend on Me, de Brenda Lee. Se acerca a ella en el escenario como si, por fin, no estuviera atado al mundo. En una especie de comunión felliniana, Eddie abraza al trasunto de madre recién hallada como un niño perdido. Ella sigue cantando, meciendo a Eddie como si lanzara un hechizo extraño o bautizando al “bebé gay”, como ella lo llama.

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A partir de esa escena, Dating Amber se despoja a la perfección de sus afectaciones hiperbólicas para revelar una desgarradora historia de emancipación a través de la amistad. Freyne se las arregla para acusar la expectativa social de la heterosexualidad como una fuerza traumatizante y al mismo tiempo humaniza a sus víctimas heterosexuales.

Una breve escena en la que la triste madre de Eddie está, por una vez, sola en casa y pone un vinilo ilustra a la perfección lo explicado. Ella mira la fotografía enmarcada de su esposo y sonríe, recordándonos que, si bien la fantasía de la vida doméstica heterosexual encierra muchas promesas, en la práctica, puede ser un infierno agotador. «¡En cualquier lugar!», le dice Amber a Eddie cuando él le pregunta a dónde podría escapar.

Y a medida que su propia falsa historia de amor comienza a desmoronarse, por fin pueden abrazar la rareza y los sentimientos desordenados para los que no hay un lenguaje requerido, ni planos, y como tal, la oportunidad de encontrar un lugar que no los mate.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

  

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