14 días, 12 noches (2)

  27 Febrero 2021

Viaje melancólico a Vietnam

14-dias-12-noches-0El odio de una anciana vietnamita a los invasores «bárbaros» que asolaron su país está en el origen del drama que conecta emocionalmente a dos mujeres de distinta cultura y sensibilidad, dos madres unidas por el amor a una misma hija.

Isabelle (Anne Dorval) vuelve a Vietnam, país natal de su hija Clara, con la esperanza de atenuar el dolor de su pérdida. Recorre el mismo itinerario que la llevó allí, años atrás cuando la adoptó, y en el camino encuentra, de forma inesperada, a Thuy (Leanna Chea), la madre biológica de la niña. Junto a ella emprende, ocultando su identidad, un hermoso viaje físico y emocional de confesiones íntimas y descubrimiento mutuo que se quiebra cuando la verdad aflora.

El director de cine y televisión canadiense Jean-Philippe Duval, muy premiado en su país por películas como Matroni and me (1999) y Through the misk (2009), firma 14 días, 12 noches (2019), su último largometraje de ficción y también el más personal y conmovedor, según afirma, porque le conecta con una realidad emocional muy próxima: tiene una sobrina china, adoptada por su hermana y la propia guionista de la película, Marie Vien, es madre de dos niños adoptados, uno de ellos vietnamita.

El plano fijo de una copiosa nevada precede a la aparición del título (de connotaciones turísticas inevitables y toda una declaración de intenciones) sobreimpresionado sobre una pantalla totalmente en negro. Un frío preámbulo que vaticina la distancia emocional sobre un contenido de alto voltaje.   

La primera secuencia de la película nos sitúa en el poblado de Ky Son (Vietnam), en 1990. El zoom nos va acercando a un estor de bambú con una pequeña rendija en el centro por donde la cámara se cuela para asistir al parto de una joven. Su rica y altiva abuela —luego sabremos que también resentida— entrega a la recién nacida en un orfanato para que —como única condición— envíen a la criatura con «los bárbaros».

Años después, en 2008, Isabelle, la madre «bárbara», llega desde Quebec a una ruidosa Hanói y observa y absorbe cada detalle de una ciudad muy cambiada. Acude al orfanato donde ella y su marido adoptaron a la niña en 1991, sin referencias, entonces, sobre su origen, que ahora sí le ofrecen.  

Esa pista la lleva a conocer a Thuy, la madre natural de Clara, una mujer joven, empleada en una agencia de viajes, especializada en tours para francófonos. Isabelle la contrata como guía turística, ocultándole su identidad, y descubre el hermoso país de su hija a través de los ojos de Thuy que le desnuda también su alma, ajena al dolor que se cierne sobre ella.

En esos momentos el espectador, partícipe del secreto de Isabelle, conecta con la tensión dramática de la situación y siente ternura por Thuy. Desearía ahorrarle la pena de conocer la verdad.

Thuy es una mujer generosa, dulce y creativa que ha sufrido mucho. Huérfana, casi desde que nació (sus padres, hermanos, primos murieron en el bombardeo de Hanói), fue criada por su rígida abuela y obligada a renunciar a su hija al nacer. Se ha sentido siempre marginada por ella y por su cultura (ella misma reconoce que se expresa mejor en francés que en su propio idioma: «Cuando hablo francés hablo mucho y cuando hablo vietnamita, nada»), pero ha encontrado en el arte una vía de liberación y superación personal.

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La guerra de Indochina y la de Vietnam dejaron una herida abierta en la sociedad civil vietnamita que muchos años después seguía sangrando. De las consecuencias de ese dolor/odio es la reacción de la abuela de Thuy ante la recién nacida, fruto de la relación de su nieta con un «bárbaro», que es como llama a los extranjeros (franceses, americanos…) que asolaron su país. 

También la señorita Thao, la cuidadora del orfanato que atendió a la niña durante su primer año de vida, está resentida con los extranjeros. Reprocha a Isabelle no haber cuidado bien de su hija («los extranjeros vinieron un día a matar a nuestros padres y robar a nuestros hijos», le espeta), cuando conoce las circunstancias de su visita. No obstante, le ayuda a contactar con la familia.  

14 días, 12 noches es un drama de mujeres, de mujeres heridas que sufren y necesitan perdonar y perdonarse para seguir adelante. La abuela y la señorita Thao para conculcar su odio. Isabelle y Thuy para superar la peor muerte que puede soportar una madre.

El director opta por la contemplación, la contención emocional, el silencio y la belleza visual como antídoto a sentimientos tan profundos que traduce en una representación donde la dispersión y reiteración argumental, el contrapunto sonoro y una estructura narrativa de continuos saltos temporales lastran el ritmo. Y en algunos pasajes, lejos de coadyuvar a intensificar el mensaje, lo desactivan.

El vaivén de flash-backs, al menos durante los primeros treinta minutos, si bien no impide la comprensión del discurso, sí lo dificulta. Un discurso articulado en torno a la dualidad como oposición y comunión de opuestos que abusa del contraste estético y simbólico (el blanco y gélido océano canadiense versus la calidez esmeralda de la mar serena vietnamita) como autoafirmación de su idiosincrasia intercultural. 

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A partir del encuentro entre ambas mujeres la narración se serena y fluye con parsimonia,  como esas embarcaciones sobre las que juntas surcan las aguas. Dos madres fuertes, cultas (científica, una; artista, la otra) unidas por el amor a una hija añorada, en una casi mística conexión de silencios trascendentes, confidencias íntimas y medias verdades, emociones a flor de piel y recuerdos inevitables. Su relación destila melancolía y verdad, posible gracias a la sensible interpretación de ambas actrices, que eclosiona en la escena de la confesión, dramática, sin llegar a desbordarse.

El director contextualiza el recorrido sentimental de las protagonistas con un hermoso viaje visual (con fotografía de Ives Bèlanger), antropológico y social por los lugares del Vietnam más auténtico, sus aldeas, gentes y paisajes emblemáticos (como la bahía de Ha-Long) que capta con sensible realismo de avisado documentalista.  

El contexto sonoro, en cambio, adquiere una presencia no siempre oportuna. Su utilización estridente desactiva cualquier emoción, como el Hanói ruidoso que se encuentra Isabelle a su llegada, o, la escena de Thuy alejándose en bicicleta, a cámara lenta, tras la confesión de Isabelle. La intensidad de la partitura musical de Bertrand Chénier, utilizada a modo de contrapunto sonoro emocional, resulta excesiva y anticlimática.

Quizás, al final, lo que el director quiere con su película (y el último tramo así lo sugiere) es celebrar la vida. La vida que continúa después de la muerte de un ser querido y 14 días, 12 noches es, en realidad, una película sobre la vida, sin descartar el dolor, la pérdida, la identidad, la culpa, las diferencias culturales y personales… pero también sobre el odio y el perdón de un pueblo marcado por «las invasiones bárbaras», (muy diferentes de las de Arcand) con terribles consecuencias.

No todos entendemos que una temática tan contundente, una tragedia tan sorda, no repercuta de la misma forma en el clima emocional de la película que apela al pathos del espectador a través de la contención, la contemplación y el silencio, sin llegar nunca a eclosionar. Sin embargo, la belleza visual no se la quita nadie.

Escribe Leo Guzmán

  

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