La chica del brazalete (3)

  16 Febrero 2021

Cara de nada

la-chica-del-brazalete-0Para el plano final de La reina Cristina de Suecia (1933), Robert Mamoulian le pidió a la divina Garbo que pusiera «cara de nada». Una cara que tenía que ocultar cualquier atisbo de emoción, mirada incluida, que no diera pistas al espectador sobre lo que escondía en su interior.

Salvando las distancias, Stéphane Demoustier, le pidió un esfuerzo parecido, pero en toda la película, a la protagonista de La chica del brazalete (2019), la joven Mélissa Guers, una actriz debutante que ha conseguido ocultar tras su hierático semblante todo el misterio de la chica del título.

Stéphane Demoustier es un cineasta francés con experiencia en varias facetas de la profesión. Como director, tras varios cortometrajes premiados en distintos festivales internacionales, debutó en el largometraje con Terre battue (2014), conocida también como 40-Love, un drama familiar con el tenis como contrapunto argumental, que se estrenó en la Semana de la Crítica de Venecia.

Le siguió el mediometraje Cléo y Paul (2018), una angustiosa y poética odisea de 61 minutos que tenía como protagonistas a dos hermanos gemelos (los hijos del director), de corta edad, perdidos por las calles de París.

La chica del brazalete, con guion del propio Demoustier, como sus filmes anteriores, es un thriller judicial, pero a la vez un drama familiar y un retrato de la juventud actual que, según palabras del propio director, explora temas ya tratados en su primera película, pero de una forma más radical en términos de punto de vista, construcción y estilo.

La película cuenta la historia de Lise, una adolescente de dieciséis años, acusada de la muerte de su mejor amiga. Dos años después, durante el juicio, queda expuesta la vida sexual secreta de la joven ante la sorpresa de todos/general, incluidos sus propios padres, que temen, que a falta de pruebas concluyentes que la incriminen, puedan decantar el veredicto hacia una sentencia moral. 

La película no está planteada como un thriller judicial al uso porque a Demoustier no le interesa tanto el esclarecimiento de los hechos, como servirse de los recursos del género para exponer temas como la brecha generacional entre padres e hijos, los códigos de conducta de la juventud actual o la imparcialidad de la justicia.

A estas alturas ya intuimos que la chica del brazalete del poético título no es la musa de ningún artista, inmortalizada para la posteridad con un bonito adorno en su brazo, sino una joven en libertad vigilada con una pulsera en el tobillo.

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Antecedentes

La chica del brazalete vuelve la mirada sobre un caso de asesinato juvenil, ocurrido en Argentina, que tuvo mucha repercusión mediática en su momento y del que ya había un antecedente cinematográfico reciente.

El caso real que inspira la película ocurrió en enero de 2007 cuando la joven, Lucila Frend, de veintiún años, fue acusada de asesinar a su mejor amiga Solange Grabenheimer, de la mima edad, en Buenos Aires.

El antecedente fílmico, por su parte, hay que buscarlo en la película Acusada (2018), segundo largometraje del director argentino Gonzalo Tobal, un drama judicial y familiar inspirado libremente en este caso real que el propio Tobal ha tratado de esquivar de todas las formas posibles y del que se desvincula oficialmente en los créditos iniciales de su película: «Los personajes, tramas y eventos que aparecen en esta película son totalmente ficticios. Cualquier coincidencia con personas, nombres, tramas y eventos reales es pura coincidencia».

A partir de ahí, Demoustier no desmiente su interés por el caso real, pero afirma que su película   no es un remake de la película argentina, aunque la conocía, sino su propio enfoque de un suceso que le pareció interesante abordar, alejado de la ortodoxia narrativa del género judicial, pero sirviéndose de sus recursos, para contar la historia no desde el punto de vista de la protagonista sino de quienes la observan.

La chica del brazalete tiene la apariencia de ese cine de autor complejo y perturbador que parece contarte menos de lo que deseas o más de lo que eres capaz de entender y que además lo hace de una manera tan personal que identifica a su creador.

No conozco el cine de Stéphane Demoustier lo suficiente para reconocer las huellas de su autoría, pero sí la película de Tobal, para determinar cuánto hay de original en su propuesta, más allá de lo que él mismo confiesa. La respuesta es que apenas se parecen, más allá de la coincidencia argumental.

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La familia

La primera escena de la película nos sitúa en un día de playa familiar, dos años antes del desarrollo de la trama. Un plano general nos muestra al padre (Roschdy Zem), la madre (Chiara Mastroianni), el hijo pequeño y a Lise (Mélissa Guers), la hija adolescente, disfrutando de un relajado día de sol. De pronto, aparecen unos gendarmes que hablan con el padre y se llevan detenida a la joven, que con parsimonia se viste y tranquilamente les acompaña, ante la inacción del resto de la familia.

Esta impecable introducción, que la diferencia notablemente del bochornoso arranque de la película argentina, es muy significativa en varios aspectos. Primero, determina el punto de vista del director respecto a la narración y el lugar asignado al espectador (más observador que partícipe); segundo, vaticina el tipo de relación (distante) entre los miembros de la familia, y lo más importante, anticipa la actitud (indolente) de Lise ante lo que se avecina.

Dos años después, tras seis meses de encierro, Lise está en libertad provisional a la espera del juicio que decidirá su culpabilidad en el asesinato de su mejor amiga, Flora.  

El director nos adentra en el hogar de la acusada días antes del juicio para presentarnos a su acomodada familia de clase media. A través de planos medios y cortos la cámara acorrala a los personajes en su propia fisonomía, en un intento por escrutar su pensamiento, la expresión de sus rostros, sus reacciones… sin ofrecer ninguna certeza más allá de lo que cuentan.  

Todos transmiten una naturalidad tensa. El padre busca la mejor abogada posible para su hija y le da consejos sobre cómo comportarse en el juicio, pero Lise le reprocha que siempre le diga lo que tiene que hacer. La madre intenta acercarse a ella y cuando le pregunta cómo se siente, la chica responde con un lacónico: «Bien, normal».

Lise se mantiene encerrada en sí misma, inaccesible. Solo el hermano pequeño bromea con la posibilidad de trasladarse a su cuarto, que es más grande, cuando a ella la metan en la cárcel.

La brecha generacional entre Lise y sus padres es un abismo que el juicio evidenciará y cambiará para siempre su forma de relacionarse. Entremedias está el proceso de asumir ese cambio brutal de una manera tan abrupta. Aceptar que los hijos eligen. Entender que los padres sufren.

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Lo que el juicio desvela

Lise es la única acusada y todo está en su contra, pero a falta de pruebas irrefutables que la incriminen, ¿qué definirá el veredicto?

Desde el momento en que el esclarecimiento de los hechos se enroca en la negativa de Lise a admitir su culpa, y las pruebas para demostrar su implicación pierden consistencia, las declaraciones de los testigos y de la propia acusada desvelan la vida privada de Lise: fiestas desenfrenadas, promiscuidad sexual, excesos varios... Una vida íntima que ella asume con naturalidad, como una joven de su tiempo, pero que abochorna a sus padres, que no obstante defienden su inocencia, y escandaliza a la agresiva y reaccionaria fiscal (Anaïs Demoustier) que ve en el comportamiento disoluto de Lise indicios de su culpabilidad.

Su brillante abogada (Annie Mercier), por el contrario, una mujer madura y sin los prejuicios de su oponente, consciente del derrotero moral que puede tomar el juicio, defiende la libertad de Lise para vivir su sexualidad como quiera. Una postura que, a la sociedad, y a la justicia, todavía le cuesta asumir como normal, según el director.

Las redes sociales han cambiado la forma de relacionarse de los adolescentes postmillennial como Lise. La irreverente generación Z se ha vuelto permeable a una sexualidad más intergéneros, desinhibida y abierta que la de sus padres, de la que hacen gala en grabaciones y fotos íntimas que comparten e intercambian. No obstante, según el director, esta conducta también les hace más vulnerables y expuestos a un tipo de violencia que las redes vehiculan y que debido a su inmadurez y fragilidad no saben manejar.

Este derrotero moral del juicio puede haberse inspirado también en el caso de Amanda Knox, una chica americana de veinte años, acusada de matar a su compañera de piso en Italia, también en 2007 que tras cuatro años presa fue finalmente absuelta porque parece ser que el veredicto se basó más en su desconcertante y desinhibida conducta y en el retrato negativo que se hizo de ella, incluido el aspecto sexual, que en las propias pruebas.

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La emotividad contenida

El hermético rostro de Lise no transmite emoción alguna que oriente al público en ningún sentido sobre lo que hizo, piensa o siente, más allá de lo que dice. Su cara de nada, y su actitud impiden la empatía con un espectador ávido por encontrar algún resquicio por el que asomarse a su misterioso interior.

La construcción emocional del personaje, tan bien interiorizado por Mélissa Guers, consigue transmitir (silencio, indolencia, fragilidad, osadía…) la idiosincrasia de su generación, relajada y cómplice con sus amigos, pero hermética e inaccesible para los adultos, incluidos sus padres, una actitud en la que el director ve un símbolo de la propia adolescencia.

Esta parquedad emocional de Lise la aproximan a otros personajes sentados en el banquillo como al indiferente Meursault de Camus, o la espiritual y contenida Juana de Arco de Robert Bresson, una inspiración que Demoustier no oculta. 

También nos recuerda al adolescente protagonista de Después de esto (2015), de Magnus von Horn, condenado por el crimen de una compañera de instituto, cuyo semblante serio e inescrutable tampoco se descompone. 

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El punto de vista

La historia está contada desde un punto de vista externo, imparcial. El autor adopta una mirada objetiva (focalización externa), distanciada de los sentimientos y pensamientos de los personajes, a los que muestra a través de una planificación centrada en su fisonomía. Rostros inescrutables, como el de Lise, que no denotan emotividad alguna.

Ya en la primera secuencia en la playa, donde no se escucha nada de lo que se dice, se impone al espectador una lejanía respecto a los hechos que va a permanecer inalterable durante el resto de la película, por mucho que después la cámara se acerque.

El director no ofrece pruebas fehacientes de la culpabilidad o inocencia de Lise. Deja al espectador que juzgue y, como un testigo más del juicio y de lo que la cámara le ha permitido escrutar y conocer de la vida de la acusada, emita su propio veredicto.

El propio Demoustier ha declarado que él mismo al elegir ese tipo de focalización externa dejó en manos de Melissa Guers desentrañar con su interpretación si Lise (la única que sabe si miente o dice la verdad) es o no, en realidad, culpable. 

Su posición es la misma, dice, que la del espectador, y como tal, él tampoco sabe si Lise cometió o no el asesinato. Sin embargo, y a pesar de su pretendida objetividad, no puede sustraerse a dejarnos algunas pistas sobre su posición al respecto.

La escena final, cuando ya se ha emitido el veredicto y Lise, al salir del tribunal —con el rostro insondable de siempre, al que se escapa una mueca furtiva—, se coloca la cadena de su amiga en el tobillo, es una de ellas. Otras hay que buscarlas, por ejemplo, en el cromatismo. La pared roja tras la acusada en la sala del juicio no pasa tampoco desapercibida. La misma imagen que se ha elegido para el cartel publicitario de la película. No es el rojo, precisamente un color neutro.

En resumen

Sobria, elegante y sutil película, de estilo muy cool, que equilibra el distanciamiento impuesto al espectador, la contención emocional de la interpretación y la pulcra puesta en escena con la intensidad dramática de su argumentario, muy efectivo como exposición de las preocupaciones personales del director, como reflexión colectiva, crítica social y hasta como tímida reivindicación de los cabos sueltos que aún le quedan por atar a nuestra ¿abierta? ¿tolerante? ¿liberal? sociedad globalizada.

Escribe Leo Guzmán | Fotos Surtsey Films

  

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