Noticias del gran mundo (2)

  14 Febrero 2021

Paul Greengrass se ha comprado un trípode y un dron

noticias-gran-mundo-0Podría ser un chiste. Pero, hemos visto su cine y hablamos en serio.

Desde Domingo sangriento (2002) hasta 22 de julio (2018), pasando por su trilogía sobre Jason Bourne, United 93, Capitán Phillips o Green Zone, Greengrass ha rodado todo su cine cámara en mano, en movimiento continuo, a modo de reportaje televisivo en mitad de un conflicto armado.

Por primera vez, Greengrass abandona el uso exclusivo de la cámara al hombro y de los movimientos cercanos al párkinson. Y, como colofón, prescinde del montaje epiléptico.

Apuesta por la estabilidad. Por mostrar un viaje donde importan el paisaje (a vista de pájaro), las paradas, los tiempos muertos, las conversaciones y los encuentros que van realizando.

Y responde a una lógica inapelable: todo el film es un viaje exterior —e interior— en el que los dos protagonistas buscan un poco de estabilidad para su futuro, algo que les haga olvidar un pasado cargado de muerte y soledad.

Un paseo por la historia

La película se sitúa en Texas en 1870, hace cinco años que ha finalizado la Guerra de Secesión y los del Sur sufren las consecuencias en su propia tierra: patrullas de vigilancia de soldados del Norte, necesidad de tener papeles para poder viajar y la ausencia de personajes dispuestos a asumir responsabilidades en este nuevo mundo.

Un antiguo oficial sudista, el capitán Kidd (Tom Hanks), se dedica a leer noticias por los pueblos, en un intento por sobrevivir y, sobre todo, por llevar la cultura a unos vecinos analfabetos y dominados por los vencedores. Tras tropezar con un linchamiento en mitad del bosque, descubre a una superviviente, una niña que ha pasado años entre los indios kiowas, aunque su origen es alemán, Johanna (Helena Zengel).

A partir de este punto inician un viaje juntos, buscando alguien que se haga cargo de ella, hasta encontrar a unos parientes alemanes que no la reciben precisamente con los brazos abiertos.

En su largo viaje van aprendiendo a convivir, para lo que deben comenzar por el idioma, ya que el lenguaje con el que acaban entendiéndose es una mezcla de kiowa, inglés y alemán.

Para tener algo que comer, Kidd continúa haciendo sus actuaciones por los pueblos donde pasa: recoge periódicos del lugar, selecciona noticias y, por una moneda, lee a los vecinos algunos temas cercanos, con los que intenta mantener el espíritu animado, ante el país en decadencia que se va encontrando.

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La doble naturaleza del viaje queda patente desde el principio: un sudista vencido busca su lugar en el mundo, le acompaña una extranjera, y sus paradas sirven para demostrar lo deteriorado de la situación, donde los valores más básicos se han perdido. Los personajes son símbolos de la nación, que sobrevive también como buenamente puede.

Pero hay más, Paul Greengrass es un cineasta político, comprometido, sobre todo en sus inicios (Bloody Sunday), aunque también arremete contra el Poder y sus tejemanejes en su trilogía de Bourne y en el resto de sus films. Por ello, hacer una lectura de los Estados Unidos en la actualidad es fácil. Sobre todo, si tenemos en cuenta que ha sido escrita y dirigida en los últimos estertores del huracán Donald Trump.

Greengrass habla del poder, de rebelarse contra los tiranos, como ese que quiere obligarle a leer sólo sus propias noticias, pero el pueblo vota a favor de Kidd, que quiere contar algo más. Emotiva, pero quizá una escena forzada hasta el límite, para resaltar su valor simbólico.

Pero Greengrass es así: un cineasta de ideas, comprometido, liberal… a su manera.

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¿Otro infierno de Dante?

Además de los diálogos, el conocimiento mutuo y el paisaje generosamente mostrado incluso en brillantes tomas aéreas (ese dron sabiamente utilizado), Greengrass tiene tiempo para reflexionar, en cada parada del viaje sobre distintos aspectos.

Destaca el elegante tratamiento del sexo: una mirada entre dos seres ya maduros, sin pareja, cansados y necesitados de cariño; una elipsis; y luego, él sentado, no puede dormir; ella le observa desde la cama. Una relación adulta. Hay cariño. No hay amor. Pero necesitan ese momento juntos.

Y, poniendo a prueba la credibilidad del espectador, también es especialmente atractiva la tormenta simbólica donde se mueven los indios, el pueblo casi desaparecido. La pantalla inundada por el viento y la arena, Kidd no sabe cómo moverse y es ella la que le enseña el camino e incluso consigue un caballo que le ceden unos indios apenas entrevistos en la tormenta.

El pueblo que desaparece, como tragado por la tierra. Muy simbólico todo.

También habla de las bajas pasiones del ser humano, simbolizadas en los tres exsoldados que quieren comprar a la niña porque necesitan «desahogarse». O los que quieren manipular a la prensa para que elogie sólo su propia figura.

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Pequeños dictadores allá donde vayan. Siempre surge el individuo convencido de ser la persona adecuada para mandar y esclavizar a sus semejantes.

Quizá ese sea uno de los puntos más flojos del guion: lo caricaturizados que resultan los personajes secundarios, la mayoría de ellos negativos.

Ni el cacique del pueblo donde todos trabajan matando búfalos para vender las pieles; ni el soldado sureño que quiere violar a la niña, aunque ello le cueste la vida; ni el marido alemán que no entiende otro idioma que no sea el trabajo y no tiene tiempo para leer libros.

Todos trazados con brocha gorda. Ideas antes que personajes desarrollados.

El encuentro con estos seres «malvados» son paradas obligadas de un viaje que necesita elementos «significativos» para que el espectador comprenda la evolución del capitán Kidd y la joven Johanna.

Acaba resultando demasiado mecánico, forzado en exceso.

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Dos clásicos en mente

Este viaje del veterano y la niña parece inspirarse en las dos versiones de Valor de ley —la de 1969, de Henry Hathaway, y el remake a cargo de los hermanos Coen—, pero no finaliza con la entrega de la joven, aquí asistimos a un epílogo que modifica el mensaje final.

También toma como referencia Centauros del desierto, la obra maestra de John Ford, con el viaje entre el oficial del ejército del Sur y la joven que fue secuestrada por los indios y sólo habla ese lenguaje…

Greengrass incluso homenajea el célebre plano de Ford visto desde el interior de la cabaña, con John Wayne que se queda fuera de la sociedad. Aquí también se queda fuera, pero no sólo él, también Johanna, la niña doblemente huérfana.

Y, tras una huida hacia adelante, buscando en las noticias una realidad —o una ficción— que mejore el mundo en que vive, coronado un clímax frío y desangelado… un epílogo más cálido.

La simbólica narración final, sobre el escenario, donde se cierra el círculo con el que empezó el film —los preparativos para su actuación inicial—.  Ese simbólico final escenifica la historia de un hombre enterrado por error, ya que no estaba muerto, pero que logra despertar, aporrear su ataúd y unos novios, que se iban a casar en esa misma iglesia, lo devuelven a la vida.

Un renacimiento en toda regla, como el del pueblo americano tras su autodestrucción en una guerra fratricida. Una autodestrucción que contiene similitudes con la última legislatura, la de Donald Trump, una época de racismo exacerbado, peleas por el poder, odio...

Por fin, algo de alegría entre los vecinos, ese «renacido» probablemente es el capitán Kidd, que por fin ha superado su trauma y aprende a vivir, gracias sobre todo a «su hija», que también forma parte del espectáculo.

Esa actuación final, ante un público emocionado, que necesita reír ante la miseria que le rodea, recuerda a la canción de la joven alemana, ante los soldados franceses, en la última escena de Senderos de gloria, de Kubrick.

Dos finales emotivos donde los haya.

En busca de la estabilidad

No falta la cámara a mano tan querida por Greengrass, aunque queda reservada para algunos primeros planos y momentos de tensión.

El resto del Noticias del gran mundo está narrado con un lenguaje más tradicional, cercano al del western clásico: acude al encuadre reposado, al uso del trípode, al valor del paisaje como un elemento más en este mundo creciente…

Destaca la cantidad de atardeceres y amaneceres que muestra el film, para apoyar la idea de viaje, de paso del tiempo, de cambio… y de un nuevo nacimiento.

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Ayer y hoy

El paisaje también es protagonista de la fotografía de Darius Wolski. Interiores apenas iluminados, como corresponde a la época, generosos planos generales, a veces tomas aéreas que convierten a los viajeros en minúsculas partículas del paisaje.

Visualmente, una película muy atractiva.

Y también atractiva a nivel sonoro.

James Newton Howard tiene pocas apariciones, algunas de sus melodías casi pasan desapercibidas y sólo se explaya en momentos contados (el tema final de los créditos es el más recordado en el film).

Por el contrario, sigue las enseñanzas de Hitchcock y en la larga escena de la persecución y el tiroteo en la montaña, la más intensa a nivel de acción, no hay una sola nota musical. Casi pare un homenaje al ataque de la avioneta en Con la muerte en los talones. Aunque aquí tampoco hay humor, sólo desesperación ante la necesidad de matar a tres pistoleros o morir.

La partitura de Howard remite al folk, al country, un sonido típico del oeste americano, con instrumentos como el banjo o la armónica, y no falta la incursión de la gran orquesta en momentos puntuales, con ese sonido típico del western de Hollywood.

Pero la película es sobre todo Tom Hanks, siempre en pantalla, siempre tranquilo y, sin embargo, siempre sabe cómo transmitir.

Hanks y Greengrass ya coincidieron en Capitán Phillips, donde también tenía un protagonismo absoluto en el barco secuestrado.

Aquí vuelve a ser fundamental su presencia: el héroe cansado, tranquilo, que apuesta por la reconciliación, como vemos en esa lectura de periódicos donde el público del sur no acepta las imposiciones del bando vencedor y se rebela, lo que a punto está de acabar en una nueva batalla… hasta que el capitán Kidd sabe cómo mediar para evitar un altercado.

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La guerra ha terminado y hay que hacer un esfuerzo por la convivencia, por el entendimiento, algo plasmado en un viaje en el que el capitán Kidd aprende a hablar algo de kiowa y de alemán. Un lenguaje formado por distintas raíces con el que logra, poco a poco, sintonizar con la joven Johanna y entender cómo ha sido su vida, sembrada de muerte y destrucción.

Para esa comunicación es fundamental compartir el viaje, pero también atender a los periódicos, a lo que está escrito.

Greengrass pone el acento en la importancia de las noticias (reales), pero también de las historias (ficción, recreación, invención). Johanna siempre habla de «historias», bastante dosis de realidad ha tenido con la muerte de su familia nativa (alemana) y la adoptiva (kiowa), a la que habrá que sumar una tercera familia «de sangre» cuyo único lazo con ella es ese con el que la mantienen atada a un poste… para que no se escape en busca del nuevo mundo.

Una mirada a la América actual, donde sigue presente el racismo, donde el poder intenta apoderarse de la prensa, donde es imprescindible tener papeles para moverse por un terreno salvaje, poblado por seres presuntamente civilizados —pero solo presuntamente—, un lugar en el pueblo necesita historias felices, un espectáculo que le saque de su triste realidad y la comunicación es cada vez más importante para manejar a las mass.

Todo muy ambicioso.

Y pese a todo no es un gran film. Se ve, pero resulta moroso en su desarrollo. Demasiado pensado sobre el papel.

Un viaje de libro. Pero no es la aventura de una vida.

Y es que cuando uno ha visto hace poco Con la muerte en los talones, casi todos los viajes en el cine resultan menos brillantes, más lentos y las distintas paradas no admiten comparación.

Escribe Mr. Kaplan  

 

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