Las brujas (2)

  09 Febrero 2021

Entre el homenaje y lo políticamente correcto

las-brujas-0Vuelve Robert Zemeckis a los cines y lo hace de la mano de Roald Dahl, en lo que al parecer puede ser el inicio de una serie de producciones bajo la marca del escritor. La idea no es mala, el autor de Charlie y la fábrica de cholate tiene suficientes libros como para mantener un par de décadas su cita anual con las pantallas de medio mundo.

Y si es inesperado ver al veterano Zemeckis de regreso a la gran pantalla (tras los relativos fracasos de Aliados y El desafío), más sorprendente resulta ver que tiene en el guion y la producción dos colaboradores mejicanos: Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón.

¿Colaboradores?

En estos tiempos de proyectos que van de mano en mano, no hay que pensar que han compartido mesa y mantel, más probable es que hayan echado una mano ocasional (Del Toro con la historia) o que el proyecto inicialmente fuera a dirigirlo alguien que luego se ha desentendido por los derroteros que iba tomando el film (o lo han puesto de patitas en la calle, vaya usted a saber) y le conceden un crédito como «productor» por si toca cobrar en especias.

Suposiciones aparte, aunque la película pretende ser «algo nuevo», en realidad la sombra del film dirigido por Nicolas Roeg en 1990 es muy alargada y en muchos momentos Zemeckis parece rendir homenaje a aquella La maldición de las brujas y, sobre todo, al papel de Anjelica Huston como la gran bruja.

Visto hoy, un film quizá sobrevalorado. Pero es una maliciosa adaptación de la novela de Roald Dahl… y sigue dejando un poso de mala uva del que Disney jamás ha oído hablar en sus adaptaciones «infantiles».

Las brujas comienza con un prólogo: una proyección didáctica a unos niños, a los que se les enseña que las brujas existen, están a nuestro alrededor y hay que estar vigilantes. La escena se retomará al final y descubriremos entonces quién es el que habla con ese conocimiento de causa.

Durante los créditos aparece una de las grandes ideas del film: un plano medio de un niño sentado, la imagen comienza a girar para descubrir que está boca abajo, acaba de sufrir un accidente, han muerto sus padres y él se ha salvado por llevar puesto el cinturón.

Todo ello contado con un giro de 180 grados de la cámara para poner de cabeza la vida del niño. Justo lo que acaba de suceder con el accidente. Un giro que sugiere cómo Robert Zemeckis es un narrador que sabe cómo usar la imagen.

Pero ideas atractivas de puesta en escena no hay muchas más.

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Por lo demás, siguiendo a Dahl y Roeg, Zemeckis mantiene la fidelidad a la imagen de las brujas sin máscara: verrugas por todo el cuerpo, calvas, tres dedos en las manos y un aspecto repugnante…

Aunque Las brujas versión 2020 resulta menos repulsiva que la versión de Nicolas Roeg hace 30 años: La maldición de las brujas era más inquietante. Aquí, con su velo digital, la imagen es, en general, más amable.

Sin embargo, no es eso lo que molesta de esta versión de Zemeckis.

Lo realmente triste es que aquí todo es más «comercial» (se liman las aristas ideológicas) y políticamente correcto, algo que empieza a ser un virus en el cine que viene de Hollywood.

Los protagonistas ya no son un jovencito y su abuela, blancos y europeos.

Aquí son americanos, en la América Profunda de los 60, y con la imprescindible diversidad: una niña, un niño gordito y negrito… igual que los ratones: blanca, marrón y negro. Y, por supuesto, la abuela es negra y se rebela contra las brujas blancas.

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¿Hay motivos para esta diversidad? Eso mismo me pregunto yo, Mr. Zemeckis.

La novela se ha actualizado en base a los criterios políticamente correctos actuales, no sólo a nivel de protagonismo (aquí también tenemos niñas al poder: todo muy guay), sino que esa caza de brujas por todo el mundo deja claro que la fiesta no ha acabado.

Porque hoy el mal hay que combatirlo en serio y «en serie»: dejemos preparada la peli por si tiene segundas y terceras partes.

(Entre paréntesis: lo alucinante es que Anne Hathaway y la Warner Bros. se disculparon tras el estreno del film porque ella tiene tres dedos y en Estados Unidos —dónde si no— un grupo de discapacitados se sintió ofendido por el film: ellos padecen ectrodactilia, o sea, falta de dedos en las manos… lo mismo que las brujas del film. A ver si en director’s cut aparecen con seis o siete dedos, para compensar. Lo de la corrección política sí es un virus que va a acabar con el cine de Hollywood.)

Zemeckis tuvo una época dorada en los 80 y 90 del siglo pasado, la mayoría de veces producido por Spielberg: desde la trilogía Regreso al futuro hasta Forrest Gump, pasando por ¿Quién engañó a Roger Rabbit?

Pero en la segunda década del siglo XXI anda engullido por un sistema de estudios al que no acaba de ajustarse, quizá él ya es producto de otra época, como su mentor Spielberg, y apenas logran encajar en la lista de superhéroes y superbobadas que tienen previstas estrenar las multinacionales cuando el coronavirus les permita abrir los cines.

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Sí, quedan unos impecables retoques digitales en los rostros, con una boca así de grande que sugiere esa maldad congénita de unas brujas acostumbradas a zamparse a los niños o, como mínimo, a convertirlos en ratones.

A pesar de ese aspecto, Anne Hathaway está sobreactuada al máximo, aunque lo requiera su papel, y no cabe duda de que su interpretación homenajea a la gran bruja del film de Nicholas Roeg… quizá, conscientes de ese parecido, han aplicado un tratamiento digital para alejarse de Anjelica Huston, convirtiendo su boca en una auténtica mandíbula amenazadora.

Nos queda la sensación de una adaptación bastante fiel al libro (sobre todo en el final, que fue cambiado por Roeg para conseguir un «imposible final feliz»). Aunque la adaptación no apasiona. Estas brujas quieren dominar el mundo comiéndose a los niños... pero con lo repelente que es al menos uno de los niños, pues si se lo comen igual lo agradecemos y todo.

(Entre paréntesis: ¿os hemos hablado ya del peaje políticamente correcto? Eso ayuda lo suyo a la falta de pasión.)

Eso sí, Zemeckis ha logrado crear algunas escenas en las que hace gala de un gran dominio de la planificación. Excelentes momentos de cine-cine: la subida de los tres ratones a la habitación de la tía (un ejemplo de cine de aventuras), el suspense en el robo de frasco del apartamento de la gran bruja (suspense bien construido), el show de brujas explotando en la comida en el hotel (que recuerda a las explosiones de cabezas en la mucho más maliciosa Kingsman) y alguna más.

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En esos momentos podemos disfrutar de su dominio de la cámara y del montaje, pero son pasajes aislados. El producto carece de continuidad.

Por último, destacar la atractiva fidelidad de uno de sus inseparables socios, Alan Silvestri, que dota al espectáculo de una dinámica banda sonora, especialmente atractiva en las escenas de acción, que en algunos momentos recuerdan a títulos anteriores de la pareja creativa (la trilogía de Regreso al futuro y ¿Quién engañó a Roger Rabbit?) y que se ajusta como un guante al tipo de film que estamos viendo, entre lo infantil y la reflexión con una pizca de maldad.

Pese a que temáticamente guarda relación con algunas características de su obra (el personaje normal sometido a una aventura extraordiaria, la evolución del protagonista que ya no volverá a ser el mismo, el manejo del tiempo) Zemeckis ya no encuentra su espacio vital en el cine que puede —o le dejan— realizar actualmente. Normal que lleve años produciendo en televisión, episodios de traviesas series donde la incorrección política todavía es posible.

Otro al que están jubilando las multinacionales, como al mismísimo Spielberg.

Escribe Mr. Kaplan  

Más sobre Zemeckis:
Robert Zemeckis: El tiempo en sus manos (libro de Pau Gómez)
¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who framed Roger Rabbit?, 1988)
Náufrago (Cast away, 2000)
El vuelo (Flight)

 

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