La candidata perfecta (2)

  07 Febrero 2021

Entrañable obra sobre el pausado cambio en Arabia Saudí

la-candidata-perfecta-0Me ha gustado esta película, desde luego no es excelente, tampoco solemne en sus planteamientos sociales, ni ácida, ni furiosa, ni demasiado beligerante.

Su directora, Haifaa Al-Mansour, graduada en Literatura en El Cairo, formada cinematográficamente en Australia, fue la primera mujer que dirigió una película en Arabia Saudí, y tras su paso por Hollywood, ha dirigido también esta segunda obra en su país, La candidata perfecta, donde su autora reclama una revolución urgente pero tranquila, sobre todo con relación al papel de las mujeres.

El primer largo de Al-Mansour fue La bicicleta verde (2012), sobre una alegre y emprendedora niña de diez años que quiere montar en una bicicleta de color verde, algo impensable por ser el ciclismo una actividad reservada a los varones. La cinta fue rodada prácticamente a escondidas y con toda suerte de aventuras. En ese año Arabia Saudí era un país sin cines (el cine estuvo prohibido desde la década de los ochenta hasta abril de 2018, cuando se abrió la primera sala en 35 años) y prácticamente sin mujeres. O mejor, sin mujeres con voz. Como declaró Al-Mansour: «Existía una prohibición explícita y eso hacía todo más excitante y, a la vez, más triste».

Por suerte, transcurridos ocho años y después de haber firmado dos películas en los EE.UU. —Mary Shelley, 2017; Desmelenada, 2018—, estrenó en 2019 esta obra que se ha proyectado en España en muy pocos cines en 2020 y en plataformas en 2021. Una película con la que ha vuelto a su país, ya sin restricciones y el cine permitido. Como ha declarado la directora: «Lo más importante ahora mismo es la legitimidad. Ir por la calle con mi equipo y poder rodar sin que la policía interrumpa nada es un placer que cuesta explicar. Perder el miedo es increíble».

En la cinta, una mujer médica en ejercicio, de nombre Maryam (Mila Al Zahrani), se ve obligada a volverse de un aeropuerto, porque su tutor masculino (su padre), no había dejado firmados los convenientes papeles dándole permiso para viajar. Iba a asistir a un congreso médico y su padre, Abdulaziz (Khalid Abdulraheem), un prestigioso músico de laúd y cantante folklórico, se halla de gira y no pudo formalizar el trámite necesario como el legítimo tutor de la joven.

La situación resulta bochornosa para una mujer adulta. Ni siquiera un hombre bien posicionado de su familia se aviene a firmarle la tal licencia, en ausencia del padre, dice que es una responsabilidad que no puede asumir.

Motivada por esta circunstancia, enojada, decide inscribirse como candidata a la alcaldía de su pueblo e inicia una campaña contra las normas machistas que imperan en el país; para ello recluta a sus dos hermanas, Selma (Dae Al Hilali) y Sara (Nora Al Awadh), para recaudar fondos y planificar su campaña electoral.

Es una empresa atrevida que cuenta con pocos afines y muchos detractores, sobre todo los hombres. Pero ella centra el objetivo de su política en arreglar la carretera de acceso al hospital donde trabaja, lo cual es algo positivo y de innegable necesidad para toda la población.

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O sea, por pundonor y cierta rebeldía, la doctora saudí inicia una cruzada política en favor de sí misma pero también de la mujer en general. Pero no hay por qué asustarse, el relato es una especie de historia tan sencilla como efectiva, encantadora y libre de esquinas aviesas, con poder, convicción y la esperanza latente. Como escribe Martínez, «la visión que la película ofrece del régimen saudita es más que crítica, cítrica»

En definitiva, es un enfoque ácido pero que no escuece. Al-Mansour explica este tono benévolo así: «Soy feminista, pero no tengo nada en contra de los hombres. He tenido que romper muchos techos de cristal y he tenido que pelear muchísimo para conseguir estar donde estoy y no quiero que ninguna mujer u hombre tenga que pasar por donde he pasado. Creo que el feminismo es un asunto tanto de mujeres como de hombres. Es preciso un nuevo significado para la masculinidad que tenga que ver con la confianza, el amor y el apoyo a las mujeres».

Es decir, una postura centrada para no derrapar demasiado y evitar colisiones «indeseables», respetando la tradición y la cultura de su país, para facilitar el entendimiento y el progreso.

Pero no se puede obviar el cariz ultraconservador de las costumbres saudíes; como añade Al-Mansour: «Las cosas están cambiando. Sí, es cierto que el Islam tiene en mi país una de sus versiones más conservadoras. De hecho, la religión es casi una conspiración contra la mujer, contra su movilidad, contra la manera natural de comportarse... Pero todo está cambiando poco a poco. Muchas cosas tienen que ser reexaminadas y la propia mujer tiene que formar parte de ese debate. El velo, por ejemplo, es una forma de victimizarnos. Hay que aceptar el cuerpo femenino con el respeto debido». A lo que añade: «No estoy en contra de la religión, puesto que cumple una función, pero tiene que ser algo personal, no puede politizarse ni formar parte de la política. Es preciso una revolución, pero suave. Y por eso mi película está pensada desde el humor».

A Haifaa Al-Mansour le ha salido una película de expresivas y bonitas formas, en clave de fábula, tanto por el mensaje claro que transmite, como por la ponderada simplicidad de su propuesta.

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El guion, de la propia Al-Mansour junto a Brad Niemann, hace gala de una puesta en escena convencional y un perfil de los personajes alejado de lo complejo y dibujando con trazos claros de los problemas de la mujer saudita. Una especie de manera de aterrizar en las en las grandes pequeñas cosas de la vida, como el asfaltado de un camino por donde llegan las ambulancias al hospital donde trabaja la doctora-heroína protagonista.

Para ello utiliza elementos simples y sutiles que le dan al argumento ligereza y efectismo. Según lo veo, trata la directora de ir despejando de manera prudente el largo camino que resta por recorrer en un país de injustas y cristalizadas paradojas.

Puede provocar en el espectador occidental cierto sonrojo ver algunas escenas y episodios del film, como la callada y paciente respuesta de la doctora ante la burda expresión machista y misógina de sus colegas en la clínica e incluso de los pacientes varones, que prefieren ser tratados por un enfermero hombre y poco preparado, que por una mujer por muy doctora que sea.

Pero es interesante como el film equilibra esta tribulación ambiental, con un entorno familiar agradable, liberal, culto y respirable junto a sus hermanas. Su padre, tolerante e irónico, de modales apacibles y carácter afable, es un gran músico, y su historia ofrece un importante contrapunto a Maryam.

En la historia es Ramadán, cuando el padre emprende una gira con su banda de músicos locales tradicionales. Por primera vez las autoridades permiten conciertos públicos, a pesar de que a muchos «radicales» no les gusta la música. Los conciertos en los que tocan los músicos, ya mayores, cuentan con poca asistencia, siendo fuertemente vigilados por la policía. Pero el hecho mismo de que se les permita tocar y cantar es un evento que el padre ha estado esperando más de veinte años. Está también la «presencia» fuerte y libre de la madre ya fallecida, que acompaña a su marido como cantante, algo casi inaudito en ese contexto.

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Con esta sencilla, pero a la vez entrañable trama y encuadre, Al-Mansour consigue que entre un soplo de aire fresquillo y un hálito de esperanza para la mujer en su país.

Es también digno de subrayar cómo el film refleja un mundo en el que las leyes progresan con más rapidez que las mentes de sus ciudadanos. Los prejuicios y la sandez popular impiden aceptar la justicia y el progreso y a su vez, adoptar las medidas pertinentes para mejorar sus vidas.

Pero, en fin, Al-Mansour en lo que a mi concierne cumple sobradamente con una cinta entretenida, afectuosa, incluso enternecedora y quizá mejor comprensible si el espectador se pone en el lugar de su directora, mujer en un país intransigente y feroz con las salidas de tono mínimas de las mujeres, a las que incluso ni se les permite conducir automóviles. Cuando este sometimiento es fruto de décadas de historia patriarcal, las alternativas toleradas sólo caben cuando hay elementos de humor o cordialidad que palíen el mordiente del recado.

No tenemos más que recordar, siendo diferente y sin duda menos solemne y severo nuestro franquismo, cómo Berlanga o Bardem y otros, utilizaron el humor y la espontaneidad en su cine para burlar la censura del momento, una comicidad que camuflaba la sátira y el látigo de sus producciones. Pues igual Al-Mansour, quien, salvando las distancias con estos dos genios, construye un drama costumbrista que incorpora las múltiples caras del sexismo en la actual Arabia Saudí, pero de manera amable y didáctica, intentando sacar partido de la agitación urbana y de cierta tensión que proviene de escenas intimistas.

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Al-Mansour urde con vivacidad la quimérica hazaña de una médica candidata a la alcaldía de su pueblo. «Un relato de empoderamiento donde el idealismo de la protagonista debe hallar acomodo, más allá del fatalismo, en las agridulces aguas del posibilismo» (Yáñez).

Cuenta con una excelente música de Volker Bertelmann, que juega un papel importante en la narrativa, levanta el ánimo y cuya partitura mezcla con tino canciones de amor tradicionales y melodiosas cantadas por una variedad de excelentes intérpretes. Buena fotografía de Patrick Orth.

El reparto está muy bien, con Mila Al Zahrani como protagonista principal, junto a Nora Al Awadh y Dae Al Hilali (las hermanas), Khalid Abdulraheem (muy bien como el padre), Shafi Alharthy, Tareq Al Khaldi y Khadeela Mua’th.

Una visión franca del mundo saudita que sin duda resultará curiosa al público español y occidental. Una perspectiva en cierto modo irónica sobre una sociedad aburrida y fastidiada por la cuestión del género y la mujer invisible, que coloca hace de esta coproducción entre Arabia Saudita y Alemania, una obra especial que yo creo va a captar el interés de los espectadores.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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