Explota, explota (1)

  30 Enero 2021

Ed Wood en la memoria

explota-explota-0En octubre de 2020 se estrenaba en cines, en plena pandemia, esta apuesta por el optimismo y por lo retro, bajo el manto de las conocidas canciones de Raffaella Carrà y con algunos apuntes críticos como telón de fondo.

Desde la primera escena uno tiene que frotarse los ojos para comprobar que no está durmiendo y que esto no es una broma: es una película y es así como Nacho Álvarez y el resto del equipo han elegido hacerla.

Ante un disparate de este tipo cabe el análisis serio o abandonarse a lo que venga, porque viene de todo y casi nunca con una lógica o la elegancia mínima para una comedia «seria» (con perdón).

Las canciones de Raffaella Carrà son interpretadas por los protagonistas… aunque ella se reserva un cameo al final del film. Y, bueno, hay quienes cantan bien y quienes hacen lo que pueden.

Viendo Explota, explota el espectador tiene una sensación general de asistir a un voluntario monumento a lo kitsch, a lo hortera —incluido Fernando Tejero como trasunto de Valerio Lazarov—, a cierta cursilería asumida con naturalidad.

La misma naturalidad con la que Ingrid García-Jonsson y Verónica Echegui, junto al resto del reparto, cantan y bailan los distintos temas. Un gran esfuerzo de interpretación, pese a que alguno de ellos, literalmente, da la nota.

Aunque para nota, la de Verónica Echegui: con una naturalidad asombrosa, roba escenas a todo aquel que comparte plano con ella durante el film. Una interpretación extraordinaria, de la que destacamos la que probablemente es la secuencia más brillante del film: feliz por estar enamorada, descubre en el Metro el otro mundo en el que se mueve su chico, en realidad más interesado por «otros chicos».

Todo al ritmo de la canción Lucas, naturalmente. Un monumento de Raffaella Carrà a la ingenua que no sabe que a su novio le van más los caracoles que las ostras, como ya se apuntaba en la célebre escena recuperada del Espartaco (1960) de Stanley Kubrick.

Pero el guion no hay por dónde cogerlo: ni la presunta boda inicial no celebrada en Italia, ni el regreso de la protagonista a España (aunque no a su casa), ni las casualidades para tropezar con distintos personajes (los distintos encuentros con Pablo), ni las sutilezas de guion para que su novio italiano la encuentre, ni las reacciones cuando por fin se encuentran…

Casi nada conserva un mínimo de lógica que haga «creíble» la historia que vemos.

Explota, explota tiene un aire a musical de la MGM de los 30 y 40, en color y formato panorámico, con un número musical brillante que sorprende al inicio de la función, la escena en el avión: el regreso comienza como algo real y se transforma en un espacio irreal, mágico, todo al ritmo de la canción Adiós, amigo. Quizá la canción con un mayor esfuerzo de diseño y coreografía.

Un prólogo que promete y sorprende.

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Lástima que ese convencimiento de estar haciendo la gamberrada del siglo no venga acompañado de una realización y un guion más apañados, y que la mayoría de escenas forzadas tengan que salvarlas —cuando pueden— los intérpretes.

Si hablamos de los últimos musicales, La La Land (2016), de Damien Chazelle, ofrece un buen ejemplo de cómo combinar el drama, la comedia y las canciones en una historia que, además, homenajea el cine y en la que todo encaja con naturalidad.

Y si hablamos de homenajes, Tim Burton supo homenajear al «peor director» de la historia del cine con Ed Wood, una película brillante y triste a la vez, pero capaz de mostrarnos el amor hacia un personaje real que amaba el cine, aunque no tuviera ni idea de qué era rodar y montar «correctamente» una película.

Algo de todo ello hay en el film de Nacho Álvarez, pero planteado de un modo distinto: no se trata de homenajear al personaje, sino de recrear aquel cine y aquella televisión asumiendo sus mismos códigos (vestuario, personajes, uso del zoom…), pero sin la elegancia de Burton.

La presencia de la censura, encarnada por Pedro Casablanch y su hijo Fernando Guallar, heredero «natural» de tan insigne cargo, da pie a algunos momentos prometedores… pero sin hacer sangre.

Queda algún apunte sobre la tarea del censor (midiendo cuánto muslamen, por encima de la rodilla, se podía mostrar en televisión), aunque su mirada en ocasiones delate su verdadero pensamiento. Incluido un cierto discurso sobre la necesidad de «libertad» y de apertura…

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Un discurso, por cierto, que hoy en día sería igualmente válido para la televisión pública en nuestro país, cada vez más anquilosada.

Por último, durante el film podemos recordar cómo eran las realizaciones en TVE al final de la dictadura. Más un homenaje cariñoso que un análisis o una crítica.

Incluso la aparición de la Guardia Civil para poner orden no pasa de un amable chiste.

Entre tanto buenismo y felicidad, queda la voluntad de los intérpretes, incluso al cantar los temas musicales, y también la música de Roque Baños, que logra una banda sonora notable pese a la abundancia de canciones: una instrumentación con aires italianizantes, que por momentos recuerda a los 70, junto a temas simpáticos (Novia a la carrera), con aire de comedia (Estudios de televisión), románticos (Llegada de Massi), algún fragmento que homenajea a Nino Rota (El estudio de Chimo, Despedida de Vero y María) y el uso de coros alegres como las comedias españolas de los 70 (Paseo por el Retiro, Ahora te toca a ti).

Como es habitual, Universal Music ha editado el disco solo con las canciones de la Carrà, afortunadamente Meliam Music (estudio y editora del propio Baños) ha distribuido los 17 cortes, con los 24 minutos de la música incidental del autor de Alatriste, Los crímenes de Oxford, Ocho apellidos vascos o Adú, nominada este año al Goya.

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Aunque en la película pasa a veces desapercibida (salvo en los créditos finales), es una banda sonora muy recomendable.

Quizá lo mejor que se puede decir es que a base de apostar por situaciones ridículas, uno acaba aceptándolas con cierta naturalidad —como los intérpretes— y eso no la convierte en un bodrio, simplemente en un despropósito que hay que aceptar con paciencia.

Y el mejor ejemplo es la escena final: todos los protagonistas cantando y bailando al son de la Fiesta, de Raffaella Carrà, incluido el censor (dando rienda suelta a sus vicios ocultos), su hijo ex censor (con su añorada guitarra) o el realizador espabilado (asumiendo su papel de padre).

Buen rollo y optimismo a raudales… aunque nada de lo mostrado tiene lógica ni resiste un mínimo análisis.

Como el cine de Ed Wood, sin ir más lejos.

Escribe Mr. Kaplan

 

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