Borat, película film secuela (3)

  27 Enero 2021

No sin mi hija

borat-secuela-0Fue en aquel cine, te acuerdas, en una mañana en un pueblo del Garraf... permítanme que comience esta crítica comentando la manera fortuita en la que quien esto escribe se dio de bruces con una de las películas más divertidas de la historia del cine: Borat, en su título corto, o con la coletilla «Lecciones culturales de Estados Unidos para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán».

Sesión sorpresa en el Festival de Sitges de 2006. Ni idea de lo que van a proyectar. Igual muchos ya lo saben, pero yo no me he enterado. Sentado en las últimas filas, por si se hubiera optado por una obra de salpicón de higadillos y hay que poner pies en polvorosa.

Se abre el telón y desde el primer minuto no puedo parar de reír. Se ve que muchos no lo pillan porque empiezan las deserciones ante el torrente de gags irreverentes y homenajes escatológicos. Da igual. El que se queda lo disfruta y seguro que sale del Auditori enumerando el sinfín de chorradas y obscenidades al que ha tenido la suerte de asistir.

La película llegó a salas en noviembre del mismo año y supuso el pistoletazo de salida para que un actor como Sacha Baron Cohen alcanzara el éxito planetario. A partir de ahí otros trabajos igual de descacharrantes (Bruno, El Dictador, Agente Contrainteligente…) e incluso algunos intentos de venderse como intérprete dramático del método (la serie El espía, El juicio de los 7 de Chicago…), pero Borat solo hay uno… o dos, porque, tres lustros después, llega a plataformas la muy esperada continuación: Borat, película film secuela.

Lo primero que sorprende de esta nueva aventura del reportero más dicharachero del otro lado del telón de acero es que la mala uva no se ha perdido con el paso de los años. Si bien es cierto que nos hallamos ante una película mucho menos lograda que el film seminal, también lo es que nos brinda algunos momentos de transgresión humorística que justifican con creces su visionado.

Esos momentos de incomodidad carcajeante tienen lugar sobre todo en la primera parte del film, aquella en la que Borat y su hija (un auténtico prodigio de desparpajo y química con su padre ficticio) llegan a esos pueblos perdidos de la América profunda donde te puedes presentar sin guion que la misma idiotez y afán capitalista de sus habitantes te nutren de material para horas y horas de metraje.

Allí darán rienda suelta a su corrosión y, mediante situaciones donde prima la ambigüedad del mensaje, conseguirán el objetivo de demostrar hasta qué punto de puedes llegar a tronchar de quienes no ven más allá de sus narices. Ojo a los momentos surrealistas que harían sublimar a dadaístas que acontecen en esa improvisada oficina de envíos con el cruce de faxes entre el héroe de la función y el Gobierno de su país, que le ha enviado en misión de conseguir visibilidad con Trump.

Lo que empieza como una comunicación normal y corriente va mutando en la parte contratante de la primera parte y, al final, y ante la pasividad del dueño del local —quien cumple estoicamente con su trabajo— se llegan a cruzar misivas que de haber sido interceptadas habrían tenido seguro problemas de censura. También destaca la escena de la cena de presentación en sociedad de los jóvenes del lugar, con un baile con invitado sorpresa que ninguno de los asistentes al evento podrán olvidar.

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La pena es que según avanza la peripecia el nivel de impiedad va perdiendo fuelle primando lo guionizado. La gracia del asunto está en conseguir que, mediante cámara oculta y como hacía el añorado Manuel Summers en su trilogía To er mundo… (To er mundo é… gueno, To er mundo é…mejó y To er mundo é… demasiado), conseguir que el ciudadano de a pie sea puesto y expuesto a situaciones incómodas en las que se vea obligado a actuar de la forma más alejada de la lógica posible.

Ese punto álgido de locura marxista se vuelve a lograr en el tramo final, aquel que a modo de mascletá sobre cierto político de relevancia (no esconderemos su nombre, porque la escena en la que aparece y se queda a gusto ha sido comentada por todo tipo de medios de comunicación: nos referimos al exalcalde de Nueva York y seguidor acérrimo del recién despachado presidente Trump, Rudi Giuliani).

Siempre nos quedará la duda del porqué ese momento hilarante, en el que el «pillado in fraganti» está a punto de mear fuera de tiesto de forma que podría llegar a ser incluso flagrante, es cortado en seco cuando todo apuntaba a que se iba a alcanzar el culmen de la encerrona. Los hacedores sabrán, pero bueno, de todas maneras, es un momento muy disfrutable.

En definitiva, a los que les gustó la primera parte se lo van a seguir pasando bien con esta secuela, tan descarada y desvergonzada como aquella, aunque el hecho de que el personaje ya sea mundialmente reconocido, la irrupción en mitad del rodaje de la pandemia que aún nos asola y cierta desgana en alguno de los pasajes vayan en detrimento de una obra que suma cuanto más cafre es.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

 

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