Fellini de los espíritus (3)

  25 Enero 2021

La magia en el cine

fellini-de-los-espiritus-0«No hay nada más sincero que los sueños»

(Federico Fellini)

Con motivo del centenario del nacimiento de Federico Fellini (1920-1993), Anselma Dell’Olio rinde homenaje al gran cineasta italiano con el documental Fellini de los espíritus. Se trata de un valioso trabajo para conocer algunas de las claves creativas del genio, sin embargo, dista mucho de constituirse en una obra sólida, ya que, en nuestra opinión, no aprovecha suficientemente bien la riqueza temática y estilística del cine de Fellini.

Con todo, sobresale la polifonía de fuentes —directores, amigos, colaboradores, periodistas—, que ofrecen multitud de testimonios sobre el creador de La Strada (1954). Aquí se aprecia una excepcional labor de entrevistas, amplia, variada, pues son más de veinte los entrevistados. La mayoría conoció directamente al maestro de Rímini, al trabajar con él a partir de la década de los 70.

Junto a las declaraciones sobre la vida y la filmografía de Fellini, se incluyen entrevistas al propio director —en diversos períodos de su trayectoria—, secuencias de sus películas, dibujos —y este es otro acierto, pues el cine de Fellini resulta, entre otros aspectos, un prodigio cromático y figurativo— e imágenes de animación.

Estas imágenes animadas, además de su inherente belleza —sublime las del corpulento Federico volando por el cielo, con sus características gabardina y bufanda—, profundizan en la dimensión simbólica, metafórica, onírica de la cinematografía felliniana.

Estos días, me encuentro leyendo Los diarios de Emilio Renzi (2015), del escritor argentino Ricardo Piglia. Algunas entradas de estos diarios son de una tremenda lucidez. El 12 de diciembre de 1964, afirma Renzi (álter ego de Piglia): «En literatura, creo, lo fundamental es tener un mundo propio». La reflexión ostenta tanta sabiduría que se puede extrapolar a cualquier ámbito artístico: la música, la pintura, el cine.

Y precisamente, ese «mundo propio» es lo que ilumina todo el cine de Fellini. Y esto solo se puede decir de los grandes creadores. Con cualquier escena de cualquier filme de Fellini distinguiríamos que es de él, que posee sus señas de identidad. Un genio irrepetible. Y un mundo propio, el felliniano, que alumbra la cultura europea de la segunda mitad del siglo XX. Con su calidad y hermosura, acaso solo podamos colocar el cine de Bergman —aunque existan cinéfilos que no soporten a Bergman y a Fellini—.

Dentro de ese universo felliniano, Dell’Olio consigue una notable aproximación a tres ejes del cine de Fellini: los viajes, los sueños y la posible trascendencia religiosa. Nos hallamos ante tres núcleos temáticos que, en menor o mayor medida, nutren la filmografía felliniana. Películas mágicas, misteriosas, donde la capacidad de sugerencia —base del arte intemporal— brilla con una luz inagotable.

La directora de Fellini de los espíritus se centra —quizá demasiado— en la década dorada de Fellini: los 60. Y en largometrajes de la relevancia de La dolce vita (1960), Fellini ocho y medio (1963) y Giulietta de los espíritus (1965), siendo este filme el que da pie al título del documental. La selección de secuencias es acertadísima, pues complementan e ilustran la propia fuerza y luminosidad de la filmografía felliniana, y ponen en imágenes los testimonios de las fuentes.

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Considero que el documental pierde aliento al dedicar tanto espacio a la influencia de Jung y del psicoanálisis, y todos los comentarios teóricos que suscita esto provocan algo de lo que el propio cine de Fellini quería alejarse siempre: el aburrimiento. En este sentido, pienso que no se pone en valor —se hace a una escala muy pequeña— la dimensión lúdica, el humor, el entretenimiento que generan las películas de Fellini. Porque cuando vemos una película de Fellini no importan tanto los ecos de Jung o de otros filósofos, sino que en esas dos horas nos reímos con frecuencia.

El cine de Fellini es alegría, diversión —como el de Berlanga—, mientras que el cine de Bergman es pensamiento, reflexión —como el de Erice—. De ahí que, por tener un enfoque demasiado teórico, conceptual, Fellini de los espíritus no se acerque apenas a largometrajes del maestro italiano que son prodigios de divertimento: Amarcord (1973) y E la nave va (1983).

Y junto con el humor, tampoco se presta la atención necesaria a otra piedra angular del cine felliniano: el erotismo. El deseo que nos mueve desde la infancia, la querencia por los cuerpos, el afán del goce físico. La filmografía de Fellini supone un canto a la vida, y vivir es fundamentalmente desear y amar.

El documental sí logra ilustrar con tino otros rasgos de la obra de Fellini, como la relevancia de la ciudad de Roma —el cineasta comentaba que siempre que pasaba por la Vía Apia le hablaban voces desconocidas— o el papel nuclear de Cineccittà en sus trabajos fílmicos.

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No obstante, en relación con los rodajes, con la propia labor creadora, posiblemente Fellini de los espíritus desaproveche la oportunidad para adentrarse en otra de las líneas centrales de Fellini, sobre todo a partir de los 70: la relación entre el cine y la realidad. Las posibilidades y los límites de la creación cinematográfica. La impresionante secuencia del barco a la deriva en E la nave va (1983), cuando el propio cineasta nos muestra la parte oculta del decorado, el revés de la magia, sería esclarecedora a este respecto.

Tanto el inicio como el fin de Fellini de los espíritus poseen un encanto indiscutible. El comienzo por focalizar con las imágenes del multitudinario sepelio de Fellini, el 2 de noviembre de 1993, la grandeza de un genio único, cuyo entierro es comparado por un entrevistado con el de un jefe de Estado. Y el final por efectuar un bellísimo homenaje no sólo al creador de Las noches de Cabiria (1957), sino por entroncar conceptual y estilísticamente con el final de Cinema Paradiso (1988), de Tornatore.

Fellini magia, Fellini misterio, Fellini eterno: una escultura de Cristo sobrevolando Roma; un caballo blanco en mitad de una autovía atestada de vehículos; una gran bola de acero que irrumpe en un local de ensayo musical. Múltiples significados. Un encanto perdurable. La primera película que vi de Fellini fue Satyricon (1969). Tenía 16 o 17 años. No entendí nada, pero me fascinó. Como un cuadro de El Bosco o un poema de Lorca: para disfrutarlos no hace falta comprender, solo sentir su belleza, su alcance mágico.

Disfrutemos de Fellini fellinianamente.

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos A Contracorriente Films

 

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