Salvaje (2)

  18 Enero 2021

Una educación… del revés

salvaje-0«Buenos días. ¿No me das un toque de cortesía primero? ¿Sabes lo que es un toque de cortesía? Suena así… sutil, amistoso, como para tratar de llamar tu atención. Será lo que tu madre pretendía. ¿Verdad, señora? ¿Podría darme un toque de cortesía?

—No, de eso nada… Estaba en verde y usted no se movía»

(diálogo de dos conductores junto a un semáforo)

Un título menor, que no se acerca ni de lejos al cine familiar que se estrena habitualmente en los cines de medio mundo.

Y, sin embargo, no es nuevo. Todo lo contrario. Responde al viejo esquema de la serie B, ese cine de relleno, barato, en apariencia de escasas pretensiones… y que a veces esconde reflexiones más profundas.

Su estreno en cines resulta inesperado y su éxito, aunque moderado, confirma que otro cine es posible: ni tan azucarado que empalague, ni tan lleno de efectos digitales que impida ver a los actores, ni tan políticamente correcto que tras la batalla no aparezca en pantalla ni una gota de sangre.

Antes, todos estos elementos los podías encontrar en la serie B, hoy fenecida… ¿traerá su renacimiento esta pandemia de 2020?

¿Estrenos en salas de cine?

Hemos pasado un año marcado por el coronavirus, con los cines cerrados y los pocos que siguen abiertos no tienen apenas qué programar.

Las multinacionales guardan para 2021 sus grandes acontecimientos (en realidad, enésimos refritos de éxitos ya exprimidos) y cuando abran la veda, si la abren, habrá tantos «acontecimientos» que muchos ni siquiera tendrán pantallas para estrenarse.

Excepto las pantallas domésticas, donde todo vale con tal de rellenar horas y horas de incontables canales de pago con —lo has adivinado— nuevos «acontecimientos».

2020 ha sido el año en que sólo Warner Bros se atrevió a estrenar Tenet y Wonder Woman 1984 en los cines, mientras Disney apostaba abiertamente por estrenar directamente en su plataforma de streaming (Mulan y Soul) y el resto de multinacionales, de momento, retrasa sus grandes estrenos a la espera de tomar una decisión definitiva.

La ausencia de títulos de las grandes multinacionales ha abierto la puerta a los olvidados reestrenos en cines, una práctica desaparecida en los últimos años, lo que ha permitido disfrutar de nuevo en pantalla grande y en 4K de clásicos como Desafío total (Verhoeven) o In the mood for love (Wong Kar-wai).

Pero también se ha convertido en un escenario propicio para producciones baratas, que se alejan del cine familiar, de la comedia gamberra y del cine de superhéroes, que prácticamente monopolizan los estrenos norteamericanos en las mejores fechas.

Y entre ese cine de bajo coste económico, con alguna estrella venida a menos y con una narrativa que no se ajusta al telefilm, 2021 nos ha traído como regalo de reyes un plato no apto para paladares exquisitos… pero que deja un buen sabor de boca.

Realizada en 2020 con el título Unhinged, inicialmente se iba a llamar en España Fuera de control, pero por aquello de la duplicidad de títulos —o por una mayor comercialidad, cualquiera sabe—, finalmente se ha estrenado en salas el 6 de enero como Salvaje

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Bienvenidos a la serie B

Tres elementos protagonizan el film: el conductor Tom, la joven madre Rachel y la tensa sociedad en que vivimos cada día.

Cuatro minutos magistrales para presentarnos al conductor Tom (un Russell Crowe que llena la pantalla, no sólo por su papel, también por su orondo físico): noche, lluvia, limpiaparabrisas, sombras. El inicio del film es una sucesión de primeros planos. Una cerilla, se hace la luz. Un rostro desesperado. Una casa al fondo. En venta. Martillo en mano derriba la puerta. Luego, martillazos a los inquilinos. Quema la casa. Se marcha.

Una escena apabullante. Sin música. Sólo el sonido del limpiaparabrisas. Y la respiración entrecortada de Tom.

Una lección de puesta en escena.

Otros tres minutos para los créditos, acompañados por noticias de distintos medios de comunicación: violencia, ira al volante, pánico en la autopista, ansiedad… Todo ello con imágenes fragmentadas y con aire documental: fragmentadas como si fueran reflejos en un espejo roto.

Otra lección de coherencia.

Y, finalmente, cuatro minutos más, la escena del desayuno, para presentar a la madre, su hijo y los dos inquilinos que tiene en casa sin cobrarles, su hermano y su pareja. Separada, a punto de perder su trabajo, con discusiones familiares…

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Quizá resulta algo repetitiva tras los créditos. Demasiada acumulación de «problemas».

Aunque en 2020 —con el coronavirus y Trump, por poner dos ejemplos— quizá el concepto «problema» habría que replanteárselo.

En poco más de once minutos, Salvaje ha puesto todas las cartas sobre la mesa.

El resto es sencillo: toca jugar la partida.

Sin personajes ocultos, sin giros sorprendentes, sin sorpresas finales.

Incluso en su estructura, el film responde a planteamientos que ya no están de moda en el cine de las multinacionales. Aquí todo está claro desde el principio. Sólo falta saber quién gana.

Y al final, sin desvelar los pocos secretos de la trama, no hay dudas: gana esa sociedad que hemos visto en los créditos. La violencia. El ojo por ojo. La desesperación por escapar, aunque no haya dónde ir.

Es la última lección de coherencia de un film sencillo, pero honesto consigo mismo y con el espectador.

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Una falta de cortesía

En el minuto 20, todo cambia. Llega el punto de giro. Nunca mejor dicho: ella toca el claxon de manera exagerada; el conductor se disculpa; pide que ella también se disculpe… pero el orgullo puede más.

Y comienza una persecución con un solo objetivo: que Rachel sepa lo que es tener un mal día y que aprenda a disculparse.

A partir de aquí a disfrutar de Tom y Jerry, el juego del gato y el ratón.

Probablemente a los cinéfilos les resulte más familiar El diablo sobre ruedas (Spielberg, 1972), aunque aquella era más atractiva, sin explicaciones, pura fábula. Mejor, sin duda.

Quizá también se podría equiparar a otros films con coches y conductores como protagonistas: Driver (Walter Hill, 1976) sería un buen ejemplo, aunque también eludía las explicaciones y apostaba por la fábula. Mucho mejor, sin duda.

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Salvaje es más explícita. Comparte con el telefilm uno de sus mayores problemas: la verborrea incansable para explicar con palabras lo que ya vemos con las imágenes. Pero lo hace pocas veces, lo que se agradece.

No es un telefilm, lo separa de él su explícito tratamiento de la violencia (nada de censura cuando llega el «ojo por ojo»), su generosidad con la sangre y, aunque parezca mentira, los palos que recibe la protagonista (sí, una mujer) en manos del orondo conductor, Russell Crowe. Nada de amenazas y ella que mientras se escapa: zarpazo y a zarandearla. Lógicamente, dada la diferencia de tamaño entre ambos, ella va por los aires más de una vez.

En ese tono duro y poco apto para todos los públicos, las referencias más directas probablemente sean Un día de furia (Joel Schumacher, 1993) y Death Proof (Tarantino, 2007). Por su lenguaje, lo explícito de su violencia y su aparente falta de «pretensiones». Directos al grano.

De todas ellas parece tomar buena nota el alemán Derrick Borte, que dirige el film con buen pulso y una aseada puesta en escena. En sus 82 minutos de metraje (a los que se añaden los créditos finales) todo transcurre con notable velocidad y eficacia.

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¿Una metáfora?

La presión en estos días, en todos los días: el trabajo, el estrés, las colas en la autopista…

Los problemas familiares: el empleo, el colegio, la educación…

Y un tipo al que se le hinchan las narices (y todo lo demás, oiga). Se hincha… y la arma.

Todo muy simple en apariencia, pero el guion se permite algunos detalles simpáticos.

¿Cómo se comportan los demás? La matanza (con perdón) en la cafetería ofrece un buen ejemplo: grabar con móvil sí, ayudar al prójimo no. Así somos.

¿Cómo nos comportamos nosotros? Por llegar tarde, Rachel es despedida por su intransigente jefa. Cuando Tom le propone un diabólico juego (elige la persona que morirá a continuación, hasta que aprendas a pedir perdón)… ¿imagináis qué nombre le ofrece Rachel?

Una corrección en el guion que se extiende a la hora de presentar objetos necesarios (esas tijeras del prólogo, tan necesarias para el epílogo).

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Sólo flaquea en una escena final previsible, acomodaticia y que no inquieta tanto como el desarrollo de la trama hasta ese momento.

Por cierto, aquí la policía no es tonta, ni hay gritona que huya chillando del psicópata, ni el psicópata se vuelve torpe de pronto… la línea marcada no toma por estúpido al espectador, pese a alguna explicación redundante.

Russell Crowe y Caren Pistorious resuelven con eficacia unos papeles que ofrecen poco para el lucimiento, ya que gran parte del metraje aparecen sentados al volante. Pero resultan convincentes como víctimas y como verdugos.

La variedad en la planificación de las persecuciones se agradece. No abusa del permanente cambio de ángulo, que confunde más que crea tensión. Y en todo momento las persecuciones en mitad del tráfico resultan creíbles.

En cuanto a su posible doble lectura, esa metáfora sobre nuestro mundo actual, asaltado por los virus y un estrés cotidiano no siempre soportable… bueno, podríamos decir que es otra forma de educar, eso sí, del revés.

Una forma muy particular de «enseñar modales» en este mundillo tan irrespetuoso con el prójimo. La lección queda bien aprendida. De eso no hay dudas.

Un amigo me decía: «Buena falta hace un cine de entretenimiento que no ofenda». Pues eso. No ofende y circula a contracorriente del cine comercial actual.

Escribe Mr. Kaplan | Fotos DeAPlaneta

 

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