Wonder Woman 1984 (1)

  10 Enero 2021

Mal guión para una peli de palomitas

wonder-woman-84-0La segunda aventura cinematográfica de Wonder Woman, nuevamente dirigida por Patty Jenkins, se presenta con varios desafíos a cuestas: ha de ser la respuesta de DC Comics al éxito de Marvel, también la rival a los seriales de superhéroes masculinos, es la carta de presentación de la nueva Liga de la Justicia (más adulta, se dice), es un homenaje a las películas de superhéroes de los 70-80 (Superman en especial), ha de contentar a las defensoras del #MeToo y, por último, debe contener los ingredientes para llevar a toda la familia al cine, superando los temores a estrenar en salas medio vacías por el Covid-19.

Demasiado incluso para un superheroína que en su primer film sorprendió gratamente a casi todo el mundo.

De aquella Wonder Woman (2017), de Patty Jenkins, nada que añadir a lo apuntado por Juan de Pablos Pons en la crítica en Encadenados en su día. Os recomendamos una relectura de ese artículo para conocer los orígenes del personaje y su entorno.

Aquí, las sorpresas son menos gratas… excepto la banda sonora de Hans Zimmer, que suma otra franquicia a su larga carrera (el cine de Chris Nolan, Piratas del Caribe y las novelas de Dan Brown entre ellas), aunque su omnipresente música acaba por resultar agotadora.

Al igual que hace la película Wonder Woman 1984, damos por hecho que el público conoce la mítica isla secreta Themyscira, la existencia de las amazonas, su vida feliz en contacto con la naturaleza, que allí sólo viven mujeres, su capacidad para viajar a la Tierra y sus extraordinarios poderes, con los que Diana Prince (Wonder Woman) corrige el desastroso rumbo de algunos acontecimientos de la Humanidad: en su primera aventura, durante la Primera Guerra Mundial; y en esta segunda, salva al mundo de sus propios deseos en el mítico 1984, que alude tanto a George Orwell como a un tiempo pasado que hoy se mitifica muy a menudo en el cine.

Un prólogo magistral

Junto a los créditos iniciales, unos planos espectaculares nos muestran durante tres minutos la isla, la vida de las amazonas, su diversión continua y también su amor por la naturaleza y por los deportes.

Un golpe de gong separa esa primera escena de la segunda, aún más espectacular, en la que varias amazonas compiten en una especie de juegos olímpicos. Todas adultas, menos una niña.

Más allá de su lección de montaje y ritmo, la escena sirve para presentar la Verdad, uno de los grandes temas del film: sin verdad, sin honradez, no hay victoria… por ello la niña no puede ganar, ha hecho trampas. Esa niña, claro, es Diana, la futura Wonder Woman.

En estos diez primeros de película un elemento es fundamental: la banda sonora de Hans Zimmer, que otorga unidad a ambas escenas y, al mismo tiempo, su frenesí rítmico predispone al público a un espectáculo apabullante a nivel visual y sonoro.

Solucionada con instrumentos electrónicos y percusiones con un aire «primitivo», es una lección más de un autor que nos sorprende a menudo por lo distintas que son entre sí sus partituras… aunque no siempre en el sentido positivo. Recordamos que en el primer film el compositor fue Rupert Gregson-Williams, colaborador de Zimmer en algún film anterior.

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Superman como modelo

Tras el excelente prólogo, un salto en el tiempo nos lleva a 1984. Las imágenes de ese momento nos hablan de un mundo caótico, donde hace falta la presencia de una mano (casi) invisible para ir resolviendo pequeños disgustos.

Hasta que entramos en un centro comercial y esa mano cobra vida: Wonder Woman en acción.

Y comienzan los problemas: el primero y más grave, el tono elegido para sus aventuras.

Porque no hay seriedad ni ese aire reivindicativo que teníamos en el primer film. Aquí todo es menos serio, hay un intento fallido por conjugar el humor con la acción. Quizá es lo que los ejecutivos consideran «cine familiar», pero no acaba de encajar.

A medida que avanza el metraje, ese humor se irá combinando con un explícito homenaje a Superman, el film (1978), de Richard Donner.

Similitudes que van desde los pequeños salvamentos iniciales hasta escenas sacadas de aquel film (el vuelo de la pareja protagonista, la alteración del rumbo de la Tierra en la parte final), para terminar con un humor que, en realidad, no recuerda al film seminal de la saga de Superman, sino a su tercera entrega, Superman III (1983), de Richard Lester, donde el coprotagonismo correspondía a Richard Pryor, un presunto actor humorístico de éxito en aquella época. Un film que hoy ha envejecido muy mal.

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Un humor tosco, chabacano en ocasiones, desde la captura inicial de los ladronzuelos en la joyería hasta la presencia del malo de la función, el magnate Maxwell Lord (interpretado por el chileno Pedro Pascal, famoso por sus papeles en Juego de tronos y The Mandalorian en televisión).

Y ese humor nos descoloca, no encaja con la seriedad planteada en los temas que se tratan en la película. Porque el film habla de esa honradez inicial y de la importancia de nuestros deseos, de lo que queremos para nuestra felicidad y la de los demás.

Temas quizá demasiado profundos para un envoltorio que se pretende «ligero» con tal de atraer a familias enteras, porque la película, lógicamente, es tolerada…

(De hecho, y esto lo citamos entre paréntesis, su pulcritud es tal que las braguitas de la mujer Maravilla cambian de tamaño según las escenas: cuando se trata de sugerir con una larga falda, son microscópicas; pero en las peleas aparece provista de un modelo más casto, por aquello de caídas y movimientos indiscretos. Cosas del Disney familiar que hoy también copian los de la competencia.)

Además, comienza a hacerse notar el otro gran problema: el tiempo.

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Un metraje excesivo

Tras dejarnos boquiabiertos con el prólogo y reducir el nivel con la escena de acción en el centro comercial en 1984, la heroína Wonder Woman desaparece y no vuelve a intervenir hasta el minuto 80 de la función.

Más de una hora pasamos viendo cómo es la vida de una superheroína que desea ser una persona normal (con su amor recuperado y todo) y que, pese a todo, es idolatrada por la Barbara una intelectual del Museo Smithsonian cuyo mayor deseo es ser como esa heroína …

Y, mediante una misteriosa piedra que otorga los deseos, estos se cumplen.

Si las escenas de acción copian al original Superman cinematográfico, aquí también tenemos una particular variante de la kryptonita, en este caso el citrino, una piedra que, según se nos cuenta, ha estado presente en el final de distintas civilizaciones… y ahora la tenemos aquí, en un caótico 1984.

¿Qué deseamos? Esa es la gran pregunta del bloque central del film.

Que la amazona Diana (una notable actriz, la israelí Gal Gadot) quiera recuperar su historia de amor con el piloto que compartió sus aventuras en la anterior película, da pie a una buena idea de puesta en escena: la cámara gira en torno a ella y a un personaje que, con los giros, se transforma en su anterior amor (Chris Pine, fallecido en el anterior film).

El problema con su chico es que queda reducido a secundario cómico, siempre a la sombra de su «compañera»; en definitiva, un sucedáneo de Richard Pryor en aquel Superman III.

Pero poco más se puede añadir a esta larguísima historia de amor, salvo constatar que los clichés de los films de superhéroes se repiten, pero invertidos: él es el torpe, ella la heroína.

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Agujeros de guion

El otro elemento clave de la trama es ese falso magnate, que consigue la piedra y se transforma en ella, es decir, él mismo concede deseos a todo el mundo. ¿Dios? ¿Amor?... ni de coña.

Aunque aceptemos la premisa de la existencia de esa piedra de citrino, lo inadmisible es la acumulación de tópicos y sinsentidos en un guion que para entonces ya hace aguas por todas partes. Veamos algunos ejemplos:

1. Las mujeres inteligentes, cuando ligan se vuelven tontas. Dicho así suena de un machismo subido. De hecho, si la película estuviera escrita y dirigida por un hombre habría recibido multitud de críticas en ese sentido, pero como es una mujer parece que hay que obviar la actitud de Barbara.

2. La seña de identidad de una mujer es llevar zapatos de tacón alto. Sí, va unida al anterior punto y resulta chocante. De hecho, hay un excesivo apego a este tipo de detalles para definir a ambas mujeres (Diana y su compañera Barbara). Imprescindible el tacón alto para ser sexys, otro de los deseos de las protagonistas. Del #MeToo, ni rastro.

3. En su búsqueda del Mal visitan el despacho del magnate y allí encuentran las pistas porque hay dibujos por todas partes de la piedra de citrino y, atentos, unos billetes de avión tirados en una papelera: así descubren que se marcha a Egipto. ¿De verdad? ¿Es la mejor solución para llevar a los protagonistas tras su pista? ¿Unos billetes tirados en una papelera? Venga ya.

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4. El tramo final se basa en una emisión que llega a todo el mundo. Literalmente, una emisión mundial por televisión. Es imprescindible para que el mensaje llegue a todos. Pero la credibilidad de esa emisión se viene abajo cuando las cámaras de televisión ya andan por el suelo tras alguna que otra pelea… ¿qué tipo de conexión es esa?

5. Y el buenismo, en el peor de los sentidos, hace su aparición: todo apunta a que hay que ser buenos, hacer el bien, pensar en positivo y así se arreglan los problemas del mundo… Ojo, como idea nada que discutir, pero otra cosa es cómo se muestra en el film: patético. ¿De verdad cuatro ejemplos tópicos de la maldad congénita del ser humano pueden servir para explicar que somos naturalmente malos? ¿Y qué decir del cambio de opinión? ¿Cómo conseguir que el mundo cambie su egoísmo por pensamientos positivos? No lo desvelaremos, pero es un buen ejemplo de la diferencia que hay entre una idea y su plasmación en pantalla. Realmente triste.

6. Por último, mi escena favorita del film, el vuelo en avión invisible de la pareja protagonista (inspirado en el vuelo de Superman 1978, aquel inolvidable «¿Puedes leer mi mente?» de Lois Lane a Clark Kent), sólo tiene una pega: su momento culminante es atravesar un castillo de fuegos artificiales. Para justificarlo, Diana le dice a su chico que lo lanzan porque se está celebrando el 4 de julio. Así, sin más. No hemos visto en el metraje ninguna alusión al 4 de julio (ni en calles ni en ningún lugar), pero como hacen falta los fuegos artificiales pues la protagonista «los justifica». Un buen ejemplo de guion desastroso.

7. Último detalle del guion. Para acelerar el conocimiento del citrino, nada mejor que un chamán auténtico que conoce toda su historia. ¿Cómo aparece y por qué existe este personaje? Mejor no intentemos justificarlo. Baste decir que nos explica a nosotros, espectadores, todos sus poderes, su historia, su función… En fin, personaje increíble donde los haya que la guionista y directora utiliza para hacer avanzar la acción por decreto ley. Una escena difícilmente aceptable.

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La amenaza árabe

Si al hablar de cómo son presentadas las mujeres teníamos algunas dudas, la forma de presentar al mundo árabe también es para quitarse el sombrero.

En plena crisis del petróleo, el magnate egipcio de turno no tiene mejor deseo que crear un nuevo muro de las lamentaciones. Mejor dicho, un muro que separe a los infieles de los afines a su religión. Tal cual.

Ese viaje a Egipto, hacia el minuto 80, da pie a la segunda gran escena de acción, en la carretera. Brillante en su envoltorio, aunque con problemas «de lógica» de esos que son difíciles de aceptar: los militares del convoy árabe son tan torpes que no son capaces de acertar a un taxi que, desde luego, no es blindado. Ni disparando todos a la vez.

Y no digamos ya de los problemas con los poderes de Diana: a veces vuela, salta y desplaza un vehículo blindado de una patada; pero en otros momentos es débil y necesita que «su chico» la salve. Se supone que pierde poderes porque así lo desea ella, para poder recuperar a su pareja. Pero en una misma escena alternar momentos con poderes y otros sin ellos… como mínimo resulta confuso para el espectador.

La que no ofrece dudas es la resolución final de esa larga batalla en mitad del desierto: el clímax llega con unos niños, en mitad del desierto, jugando al fútbol en la única carretera. Y hay que salvarlos, claro. Una idea que desmonta la credibilidad de cualquier guion.

Nos quedamos, eso sí con que estas escenas y las de Themyscira fueron rodadas en Fuerteventura, Tenerife y la alcazaba de Almería, en septiembre de 2018 (sí, hace más de dos años). España vuelve a ser plató de producciones cinematográficas y eso es una buena noticia.

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Duelo de mujeres

Dejamos para el final el enfrentamiento con su eterna enemiga de los cómics: Cheetah, aquí traducida como Felina.

Prisionera de sus deseos, poco a poco pasará de intelectual a sexy y finalmente malvada de turno. Pero tranquilos, no morirá. El buenismo del film también se extiende a las luchas finales… y hay que salvaguardar personajes para el futuro de la franquicia.

Y cerramos con un personaje que dejamos a la interpretación de cada lector/espectador: Asteria.

En ese flashback que nos explica las virtudes del inmaculado traje dorado que dota a Wonder Woman de un inequívoco aspecto de ángel —con alas y todo—, se nos presenta también a Asteria, la amazona que se inmoló para salvar a todas las amazonas de la amenaza de los hombres.

Sí, como lo han leído.

El mensaje «feminista» del film es tan simple que asombra que se plantee en una escena tal cual. Ilustrada con una imagen del inmaculado traje dorado rodeado por una manada de hombres «malvados». Literalmente. Ahí tenemos a ese ángel/Diana que baja a la Tierra para salvar a la Humanidad... eso sí, los malos son hombres y las salvadoras mujeres.

Pero puede ser peor. Y lo es.

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En un final lleno de buenos propósitos, con imágenes de todo el mundo renunciando a sus pequeños deseos para conseguir la paz mundial, también el hijo del magnate es utilizado como elemento lacrimógeno para conseguir un final feliz, donde el malo de turno tampoco es tan malo.

Aquí todo el mundo es feliz —¿estamos en el mítico 1984 de Orwell?— como muestra ese lamentable epílogo a cámara lenta, con ciudadanos del mundo caminando bajo la nieve y alguien que salva a una mujer de morir accidentalmente. No, no es Wonder Woman… es la presencia en la Tierra de un personaje que ya hemos visto y que, probablemente, protagonizará la tercera aventura cinematográfica de la mujer Maravilla.

Final feliz, después de dos horas y media que resultan largas, pesadas, mal estructuradas a nivel de guion y que claman por la existencia de un montador que elimine escenas innecesarias y pode el metraje.

En el plano final, resumen de su «homenaje» al Superman de 1978, vemos a Diana volando sobre la Tierra, con una planificación muy similar a la usada por Richard Donner en su film. Seguimos alimentando el «homenaje» ¿o es simple copia?

Escribe Mr. Kaplan

Más información en Encadenados:
Wonder Woman

 

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