El padre (3)

  07 Marzo 2021

Aloysius Alois Alzheimer a escena

el-padre-0Anthony (Anthony Hopkins) es un hombre de ochenta años irónico y vivo que a toda costa quiere vivir solo, lo cual que rechaza a toda cuidadora que su hija Anne (Olivia Colman) le busca para que le ayude en las tareas domésticas.

Anne está desbordada pues ya no lo puede atender diariamente y observa la evidencia de que mentalmente su padre empieza a tener serias dificultades. Por un lado, ella sufre la progresiva pérdida de su padre, motivada por su deterioro cognitivo y a todo nivel, pero también anhela el derecho a vivir su propia vida.

Primer largo del afamado dramaturgo y director galo Florian Zeller, con guion de su autoría junto a Christopher Hampton, adaptación de la obra teatral de título homónimo del propio Zeller. Su director no renuncia de sus orígenes teatrales por los cuales es sobradamente recocido, al contrario, exhibe excelentes decorados de estudio y subraya, haciendo de ello su razón de ser, los magníficos diálogos entre Anthony Hopkins y Olivia Colman.

Florian Zeller conoce bien el texto que escribió para el teatro. Estrenado hace ocho años en París con pleno éxito, lo traslada ahora a la pantalla. Es un libreto íntimo que surgió cuando su abuela empezó a manifestar síntomas de la denominada enfermedad de Alzheimer.

Pero el relato, más que en la abuela y el nieto, está centrado en un padre y una hija, un parentesco más directo y más próximo en edad. Como es sabido, en estos casos, la cordura de uno afecta a la estabilidad psíquica del otro. Es un análisis que Zeller aborda de manera sutil en ocasiones y otras de forma contundente: el deterioro del padre y las paradojas y conflictos en que se ve inmersa la hija ante unos hechos demoledores.

Con una meritoria fotografía de Ben Smithard, lo que sobresale en la obra es un reparto de lujo donde destacan Anthony Hopkins y Olivia Colman (que se lucen), rodeados de otras figuras importantes como Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams, Mark Gatiss, Evie Wray y Ayesha Dharker.

Pero sin ningún género de duda el gran protagonista es Anthony Hopkins, que acierta a recrear un confuso y demente personaje con una mirada perdida y vaga, repitiendo continuamente diálogos y dándonos una imagen anímica turbulenta y perturbadora, reflejo de la terrible enfermedad que padece. En suma, el padre se aferra con toda su fuerza a la memoria, y la hija desesperada y superada por la situación. Ambos están perfectamente acompasados e impresionantes en sus respectivos roles.

La idea es de una sencillez tan aplastante que es meritorio que Zeller la haya desarrollado con un argumento meridiano y que refleja perfectamente un drama tan dramático como cotidiano y veraz para muchas personas. Mostrar el alzhéimer, una demencia devastadora en un adulto mayor que cavila de manera incierta, confusamente, sin certezas, desorientado, olvidando a cada paso hasta lo más cotidiano y esencial, cómo sus vívidos recuerdos vuelan como el humo, sus arrebatos de hosquedad, a veces su honestidad feroz, su ternura, el desequilibrio y sus caídas en el terror de sentirse perdido en un hogar devenido laberinto indescifrable.

Florian Zeller consigue, en clave teatral, como ahora explicaré mejor, acercar el rostro de los actores en escenario, a los ojos del espectador de cine, por medio de una cámara atenta y precisa.

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Cine - teatro

Cuando el cine nació en 1895 y comienza a dar sus primeros pasos trató de buscar una posición intelectual que lo convirtiera en gran arte; para ello se valió del teatro, una de las expresiones artísticas más antiguas de la humanidad. Producto de esa necesidad nacería el llamado Film d‘art, que era la adaptación cinematográfica de las obras teatrales clásicas.

Algo que sucedió entonces fue que la gente del teatro decidió llevar el cine a su propio terreno, para convertirlo en un arte serio que pudiera ser visualizado por las élites sociales. Producto de esto surge la productora francesa Le Film d’Art que sería financiada por los banqueros Laffitte, para se pudieran realizar películas cuyo eje serían obras teatrales importantes.

En 1908, se realizó una película titulada El asesinato del Duque de Guisa que narraba las intrigas palaciegas en la corte de Catalina de Medicis. Y así, le seguirían filmes con argumentos teatrales y un ropaje de lujo como La reina Elizabeth, realizada en 1912.

Aunque esta etapa gozó de cierta popularidad no consiguió mantenerse a flote y abundaron las críticas que decían que ver el teatro fotografiado era una manera híbrida donde los decorados eran demasiado artificiosos, la cámara fija y con un exceso declamatorio.

La consecuencia es que los directores cayeron en la cuenta de que las adaptaciones teatrales a la gran pantalla tenían que adoptar las formas del lenguaje del cine y no a la inversa, es decir que el teatro podía pasar a las nuevas formas de la comunicación cinematográfica sin menoscabar sus propias exigencias.

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Se debería sobre todo al mérito a autores que supieron replantearse el texto literario en función del nuevo arte. Así, tenemos a cineastas como Friedrich Murnau, en el cine mudo, u Orson Welles con Macbeth, etc.

Al final, las dos artes no se han disociado, más bien han incorporado mucho de ambas, y se han acoplado a los nuevos tiempos. Gracias a ello el público sigue disfrutando de unas representaciones cada vez más versátiles y hermosas. Pero siempre se puede correr el riesgo de teatralizar en exceso el cine y olvidar aspectos sustanciales del Séptimo Arte, ajenos a la escena teatral convencional.

Dicho lo cual, propongo avanzar en mis comentarios de esta cinta de Zeller.

El papel del montaje

Mirando atentamente la cinta, uno se da cuenta de la importancia del montaje en este tipo de obras que hibridan teatro y cine.

Y para eso Zeller ha contado con el magisterio del reconocido y multipremiado Yorgos Lamprinos, que da toda una muestra, una lección de cómo hay que hacer para dosificar cinematografía y dramaturgia teatral, para que la cosa fluya, ruede y se active de manera perfectamente lubricada de forma paralela y sin disrupciones con la maquinaria narrativa. 

Creo definitivamente que, si Hopkins es pieza clave del film, Lamprino hace posible que esa pieza y el resto de la maquinaria funciones armónicamente y sin mínimo chirrido.

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Sigamos con el drama alzhéimer

La puesta en escena es bien sencilla: el alzhéimer en estado puro, un drama profundo y desgarrador, expuesto en forma interesante y atractiva para el espectador, pues lo hace en gran medida desde el punto de vista del enfermo, no sólo de la hija y cuidadores. Un hombre que ve que cómo, poco a poco, su mundo de recuerdos, imágenes e incluso de quién es él mismo se va derrumbando.

Una obra que, si bien no descuella en cuanto a entidad y calidad cinematográfica, tiene la inestimable cualidad de hacernos ver dramáticamente el estado mental de un hombre, lo que incluye también la relación con sus seres más queridos y cercanos.

En el plano psicológico tiene su interés la presencia constante del cáustico y sagaz padre-alzhéimer y su definición de estado de cosas, que es la definición de la familia en su conjunto, de la constelación familiar; o sea, esa especie de estructura flotante que percibe a sus componentes de forma inconsciente según patrones y estructuras en las relaciones del conjunto (algunos autores como Berne lo llaman «guiones de vida»).

Para el padre, en sus momentos de sarcasmo y «lucidez», él es el más inteligente, capaz y enérgico; su hija menor, fallecida en accidente y que no sale en el film, pero se la nombra en varias ocasiones, es la segunda en capacidad e inteligencia y brillante pintora; también bonita.

La difunta esposa según Anthony era de cortas entendederas, poco jovial y agraciada, amén de «abstemia», tomado esto como un insulto y signo de aburrimiento. Y la hija y abnegada protagonista que lo da todo por el «perverso» papi es igualmente considerada mujer de escaso cociente intelectivo y de poco encanto, por no decir fea, por lo que el padre se asombra cuando ella le confiesa que ha encontrado un nuevo novio (pues es mujer divorciada).

Y es penoso ver, reflejado sobre todo en la cara de infinita pena de la hija Anne, cómo estas cualidades y atributos, estos «guiones psicológicos» creados familiarmente, han quedado interiorizados, sirviendo como esquemas afectivos y cognitivos que afectan a su conducta y en general de todos de los protagonistas.

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El alzhéimer - persona

Hay también un capítulo importante que alude, no ya al enfermo neurológico sino al padre como persona, como ser humano. Se ven aclaratorias escenas de un Anthony capaz de enternecerse ante diversas arias operísticas que él escucha, todo un signo de dimensión estética y capacidad que la música tiene de apaciguar el espíritu. Extremo este por demás comprobado por la medicina en este tipo de enfermos.

Pero sobre todo al final, cuando el anciano ya ha sido ingresado en una institución, cuando ve que incluso su propia identidad y sus recursos mnémico-cognitivos se diluyen definitivamente, cuando Anthony se siente definitivamente ser sin rumbo e indefenso, el protagonista adopta una actitud receptiva e incluso infantil ante la solícita enfermera que le acaricia el cabello entre sus hombros mientras él exclama palabras como «mamá», «mami», cuando por fin es sabedor de que su frágil y fragmentada persona ha de desentenderse del mundo exterior y dejarse llevar, cual globo aerostático, por una especie de imago-imagen protectora que es quien lo va a conducir y cuidar, incluso le va a acompañar a dar un paseo por el parque.

Esa es la despreocupación regresiva del ser-demente, la vuelta a la infancia a que alude Rainer Maria von Rilke cuando escribe «La verdadera patria del hombre es la infancia».

Un enfermo de alzhéimer es algo más que neurología, es alteridad, es persona, persum (cara), prosopom (la careta del actor griego), per-se-una (una por sí misma, unidad sustantiva), per-sonare (sonar a través) de nuestro yo-piel.

Esto es la película. Habría para más. Pero he de poner un punto. La aconsejo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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