Otra vuelta de tuerca (0)

  02 Enero 2021

Si Henry James levantara la cabeza

otra-vuelta-de-tuerca-0Que una película recurra como punto de partida a un clásico de la literatura siempre abre una puerta a la esperanza. Cuando esa puerta nos lleva a un film idéntico a los actuales catálogos de sustos sin sentido, la cosa empeora. Pero cuando descubres que las claves de la obra literaria no sólo son ignoradas, sino manipuladas desde la primera escena, entonces la adaptación se convierte en traición al original.

La novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, es sólo una excusa, el film poco tiene que ver con ella, salvo la coincidencia de algunos personajes y algún momento, pero el misterio, la duda, la incertidumbre… esos desaparecen desde el prólogo del film, que ya no deja lugar a dudas sobre lo que vamos a ver.

Entramos en un terreno más molesto que si la directora partiera de cualquier idea «original» e hiciera un mal film, porque estamos ante una película que va «contra el espíritu» original de Henry James.

Lo que destroza cualquier atractivo de la función.

La novela The turn of the screw (1898)

Una joven de 20 años, que nunca ha abandonado el hogar familiar, accede a un trabajo como institutriz de dos niños huérfanos en una mansión apartada, en el campo, en pleno siglo XIX.

Tras la entrevista con el padre de los niños, el único requisito que este le pone es que no debe molestarle con ningún detalle de su educación. Pese a todo, la institutriz —que nunca nos dice su nombre— se siente fascinada por ese personaje y sueña con que su buen trabajo le permita algo más.

En la mansión Bly, el hijo mayor estudia, aunque acaba de ser expulsado, mientras la hija menor deambula por la solitaria propiedad con sus juegos, su imaginación y alguna sonrisa enigmática.

Además de los niños, el único personaje vivo es el ama de llaves, que cuida de ambos como ha hecho toda la vida.

Pronto aparecen dos personajes más: los fantasmas de la anterior institutriz y el mozo de cuadras, con el que tuvo una aventura sexual que acabó mal. Ambos están ahora muertos, al menos el mozo, que al parecer cayó borracho del caballo; de ella sólo sabemos que se fue de vacaciones y nunca más se supo nada.

Narrada íntegramente desde el punto de vista de la institutriz, la obra de Henry James describe su creciente obsesión por los fantasmas que amenazan a los niños, aunque en ocasiones parezca que entre niños y fantasmas hay algo más, quizá son amigos y la verdadera víctima puede ser ella, la nueva institutriz.

La novela finaliza con la muerte del niño, la institutriz junto a él y las dudas acerca de lo ocurrido: ¿han sido los fantasmas o ha sido ella? ¿hay fantasmas o todo está en la cabeza de la narradora? ¿qué ha ocurrido realmente en la mansión Bly?

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La película The turning (2020)

Desde la primera imagen, la película ignora la fidelidad al punto de vista de la institutriz y también la graduación del temor y la ausencia de certezas.

Tomemos un ejemplo, el prólogo, donde saltan por los aires las dudas del público, incluso antes de los créditos: la anterior criada huye despavorida, finalmente logra abrir la puerta de la mansión para escapar y alguien la encuentra… aunque no lo veamos, todos entendemos que la mata. Fin del prólogo.

A partir de este momento, todo se reduce a una acumulación de sustos. Es, probablemente la película con más sustos de la historia del cine…

Apenas un plano de un pez fuera del estanque, rematado por el niño «para que no sufra», es el único apunte enigmático del film. Todo lo demás se reduce a fuegos de artificio, sustos fáciles sin lógica ni sentido. Sólo la música de algunos momentos, con un toque coral infantil —en la línea de Poltergeist, de Jerry Goldsmith, o de La semilla del diablo, de Krzysztof Komeda— nos recuerda ese aire extraño de la novela, las dudas respecto a la infancia.

Mientras, la suma continua de sustos no provoca ni inquietud, ni incertidumbre. Nada. Una rutinaria acumulación de gritos, música chirriante, sorpresas, golpes de efecto y, finalmente, aburrimiento.

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Si a raíz de Saw se habló del torture porn, es decir, de la exhibición continua de torturas sin más gradación ni necesidad que la propia tortura en sí misma, esta versión de Otra vuelta de tuerca podríamos calificarla de «pornografía del susto»: hay tal acumulación de ellos que no existe preparación para cada uno, simplemente llegada a un espacio de la casa, oscuridad, golpe musical y teórico susto… esquema que al poco tiempo deja de ser efectivo por simple reiteración.

Es, probablemente, el gran problema de esta adaptación: se toma un material original para cambiar el espíritu íntegramente, sustituyendo el punto de vista subjetivo y la narración incompleta por un recital de presuntos sustos, un catálogo inagotable de explicaciones y algunos personajes nuevos para aclarar cualquier duda que pudiera tener el espectador.

Entre los cambios, es perfectamente válido trasladar la acción a los años 80 del siglo XX, tan de moda en el cine de Hollywood reciente: Verano del 84, Wonder Woman 1984...

Cambiar la fecha —normalmente para actualizarla— es algo habitual y admisible en cualquier nueva versión.

El problema está en los personajes que faltan… y en los que sobran.

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¿Por qué cambian los personajes?

En la novela, la protagonista accede en parte a su primer trabajo gracias a la fascinación que le produce el dueño de la mansión Bly: es su primera entrevista de trabajo, la primera vez que sale de casa, su primer contacto con las clases altas…

Todo ello ejerce una fascinación que puede ayudar, en parte, a que imagine cosas sobre su futuro, cosas que nunca se cumplirán —recordemos: el señor le prohíbe que le moleste con cualquier consulta acerca de sus hijos—, pero quizá faciliten ese desequilibrio emocional que empieza a sufrir la institutriz.

La eliminación del padre de los niños implica que esa fascinación desaparece en la película. Por tanto, ya no hay ningún elemento que nos haga dudar de la integridad mental de la institutriz.

También desaparece la complicidad con el ama de llaves, que en la novela le sirve para hablar, para confesarse e incluso para compartir sus temores… aunque el ama de llaves tampoco acabe de creer en esos fantasmas que la protagonista dice ver.

Para resolver esas dos carencias, los guionistas Chad Hayes y Carey Hayes, junto a la directora Floria Sigismondi inventan dos personajes, a cada cual más explicativo y menos atractivo.

La profesora particular —porque institutriz suena decimonónico— tiene una amiga, compañera de piso, a la que abandona para irse a trabajar, pero que le servirá de confidente en un momento puntual.

Naturalmente, en estos tiempos de lo políticamente correcto su compañera tiene que ser oriental o afroamericana. Esta vez le ha tocado ser morena de piel y ahí tenemos nuestra obligada «cuota de diversidad» en los personajes. Un tópico más, a estas alturas.

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Su presencia es «importante» para una escena en mitad de la trama: la profesora ha prometido a la niña que no la abandonará, como las anteriores; está a punto de marcharse, pero su escapada de la mansión Bly la lleva a un pueblo con una cabina telefónica desde donde llama a su amiga del alma.

La conversación tiene como único fin que ella «verbalice» lo que piensa, es decir, que nos explique que no va a abandonar a los dos hermanos. Así, como lo oyen. Hace falta decirlo por si algún espectador absorto en sus palomitas aún no se ha enterado. Un diálogo vergonzoso.

El otro personaje inventado es la madre de la profesora. Un personaje que parece inspirarse en el Drácula de Bram Stoker, concretamente en Renfield, el enfermo que está encerrado, loco, con visiones que plasma en unos dibujos…

Ese personaje servirá, atentos, para que en un momento dado nos aseguren que lo que estamos viendo quizá no es verdad, quizá lo está imaginando la protagonista «porque está loca como su madre».

Asunto resuelto: ¿no sabían los guionistas cómo explicar lo de la doble lectura? Fácil, lo verbalizan otra vez, lo lanzan a la cara del espectador sin ningún rubor. Si tienes dudas, nosotros te decimos la explicación. Sin más. Ningún problema de conciencia, oye.

En definitiva, los cambios de personajes van dirigidos a eliminar la sugerencia, la incertidumbre, la duda… y los sustituyen por una explicación en toda regla, directa al oído del espectador, para dejarle claro lo que ella ve —o cree ver—, lo que va a hacer y los motivos por los que puede estar imaginando cosas —insistimos, si es que las imagina—.

Por si todas estas explicaciones no fueran suficientes, se inventan un diario de la anterior institutriz, que está por ahí, en cualquier lugar. Nuestra protagonista lo lee de vez en cuanto, lo cual le ayuda a entender (a ella y al espectador, faltaría más) lo que le había pasado a la anterior inquilina de la mansión Bly. Un invento difícil de justificar, pero todo en este film avanza en la misma línea: que el espectador no tenga ninguna duda, hay que dárselo todo mascado, la incertidumbre no es buena para la taquilla...

Lo dicho, «fidelidad absoluta» al espíritu de la novela.

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El espíritu de Henry James

Porque al final ese debería ser el elemento clave al hablar de un film respecto a su fuente literaria original: la fidelidad al espíritu de la obra adaptada.

Cuando se lleva un libro al cine, casi siempre hay tendencia a hablar del respeto a la trama, a los personajes, a la época… y todo ello está bien, aunque no hay por qué desdeñar una actualización del material, eso sí, siempre que se mantenga fiel al espíritu del original.

¿Y cuál era el espíritu del novelista?

La incertidumbre, la duda, la falta de certezas y la colaboración del lector para completar un discurso que, no lo olvidemos, no está narrado desde fuera —no hay un narrador omnisciente, externo, que todo lo ve y nos lo cuenta—, sino que lo leemos a través de las palabras y la mente de la protagonista, la institutriz.

Por tanto, si está loca e imagina cosas, nosotros vemos lo que ella ve; y si es verdad que hay fantasmas, nosotros también los «vemos» con ella.

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Es lo que tiene el punto de vista elegido: si uno es fiel al mismo, el lector sólo tiene la información que le proporciona ese personaje… y puede decirle la verdad, o engañarle, o no saber cuál es la verdad absoluta. Y nosotros tenemos que aportar nuestra opinión para completar lo que nos cuenta la protagonista.

Si queréis ver todo eso en un film, no os perdáis Suspense (The innocents, 1961), de Jack Clayton, una perfecta recreación cinematográfica del punto de vista y de las inquietudes que produce la novela. Sin duda, la mejor adaptación de Otra vuelta de tuerca realizada hasta hoy.

Aunque ha habido muchas otras versiones (de la mano de directores como John Frankenheimer, Dan Curtis, Eloy de la Iglesia o Michael Winner), sin duda ésta es la más decepcionante, hasta el punto de resultar irreconocible la presencia de Dreamworks (la productora de Steven Spielberg) o de Floria Sigismondi (directora de algunos episodios de El cuento de la criada) detrás de esta «actualización» en la que ni siquiera su protagonista, Mackenzie Davis, logra transmitir esa ambigüedad que se le supone a su profesora.

Si Henry James viera esta adaptación, seguramente se moriría del susto, por su absoluta falta de respeto al espectador y a su novela Otra vuelta de tuerca.

Escribe Mr. Kaplan

 

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